Capitulo III

Edward se irguió en la cama, adormecido. Había alguien haciendo ruido en el rellano de la escalera. Tras la ceremonia había sentido el impulso de salir de la ciudad, de manera que en lugar de pedirle al taxista que le llevara a su apartamento junto al río, le había hecho feliz diciéndole que su destino era Sussex.

Escucho otro ruido procedente del rellano. No lo había soñado. Solo había una explicación. Eran más de las dos de la mañana y había alguien en la casa. Alguien que no había sido invitado.

Bajo de la cama preguntándose qué podía tener en el dormitorio que pudiera servirle en una situación como aquella, pero estaba totalmente a oscuras y no sabía por dónde empezar a buscar. Sabía que su raqueta de squash estaba en algún lugar de la casa...

Justo en aquel momento la puerta se abrió de par en par. Edward no pudo ver quién o que acababa de entrar a su dormitorio. Un segundo después alguien se abalanzo sobre él.

No tuvo tiempo de pensar. Alargo las manos y aferro al intruso. No pensaba permitir que algún jovencito del pueblo le robara la plata o sus equipos de alta tecnología. Finalmente logro sujetar al muchacho contra la alfombra. ¿Pero cómo iba a llamar a la policía?

-¡Oh!-. Un punzante dolor irradio desde su clavícula izquierda. ¡El chico le había mordido! ¡Y se estaba escapando! Edward alargo rápidamente una mano y lo sujeto por el tobillo.

Lo primero era comprobar con quien estaba peleando. Se estaban gritando mutuamente, pero Edward no lograba distinguir las palabras. Alargo una mano hacia la lámpara de la mesilla de noche y la encendió.

Y lo que vio lo dejo completamente perplejo. Tal vez estaba soñando. No se trataba de un chico del pueblo... Sino de una mujer joven con suaves rizos castaños y grandes ojos chocolates. ¡Y llevaba puesto un pijama!

Edward sabía que había algunas mujeres dispuestas a lo que fuera por conocerlo, pero aquello era excesivo. Entonces ella empezó a balbucear y Edward oyó que decía su propio nombre.

-Ya sé quién soy. ¿Pero quién diablos eres tú?- Bella lo miro, sin aliento. Edward noto la irregularidad subida y bajada de sus curvas que ocultaba la chaqueta de su pijama.

-Soy Bella Swan... Su nueva asistenta.- Edward se relajó al escuchar aquello y Bella se acurruco en el suelo a sus pies como una niña pequeña y empezó a temblar.

Edward no sabía cómo manejar la situación. Mas valía que Bella Swan saliera de allí antes de que el hiciera o dijera algo de lo que pudiera arrepentirse en la mañana.

-Será mejor que vuelvas a tu cuarto.-

~~Tiempo Después~~

BPOV

Bella se estiro en la cama. Se sentía como si la noche anterior le hubiera pasado un tanque por encima.

Miro por la ventana. Estaba a punto de amanecer. Tal vez, un poco de aire fresco le vendría bien para evitar que su mente siguiera volando en cinco direcciones diferentes.

Se levantó de la cama, se puso en jersey sobre el pijama y se calzo unas zapatillas. Una vez lista, escucho atentamente unos segundos, pero no percibió algún ruido procedente de la habitación contigua.

Tras constatar que la costa estaba despejada, salió de la habitación y bajo rápidamente las estrechas escaleras que llevaban a la planta baja y a la cocina, un lugar lo suficientemente apartado de las habitaciones como para finalmente Poder respirar con calma y pensar. Una vez en ella, puso agua a hervir y miro a su alrededor. El pasaje que llevaba al patio era visible por la puerta entreabierta. Su coche estaba afuera, listo para irse.

¿Y si salía por la puerta en aquel mismo momento, entraba en el coche y se iba de allí para no volver nunca más? El impulso de hacerlo era casi irresistible. Respira, piensa...

Sabía que debía controlar sus impulsos, que debía sopesar las cosas antes de actuar. Aunque su desastroso encuentro de la noche anterior con su jefe fuera de garantizarle un despido inmediato, tenía que controlarse.

Con un suspiro. Vertió el agua hirviendo en la tetera y abrió las puertas corredoras que daban al patio. El jardín estaba precioso bajo la suave luz de los tempranos rayos del sol. Aspiro con fruición el fresco aire de la mañana y camino hasta salir de las sombras de la casa para disfrutar de la calidez del sol. Echo la cabeza atrás y permaneció quieta unos momentos, sintiendo los rayos del sol en el rostro mientras aspiraba los aromas del jardín.

Aquello le recordó a otras mañanas en su casa. A menudo se levantaba temprano y salía al jardín antes de que Jacob y Vanessa despertaran. Bella utilizaba el jardín para centrarse, para olvidar por un momento las exigencias cotidianas de la vida y limitarse por unos momentos a "ser". Caminaba descalza sobre la hierba hablando en alto; la mayoría de las veces se limitaba a divagar, pero otras alzaban el rostro al cielo y daba gracias a Dios por todas las cosas que hacían que su vida fuera perfecta.

Pero tras la muerte de Jacob y Vanessa había dejado aquella costumbre. ¿Acaso esperaba encontrar la paz tras algún arbusto del jardín? No era probable. En cuanto a Dios... Hacía tiempo que no hablaba con él. Bajo la mirada y contemplo distraídamente una telaraña que brillaba entre las ramas de un arbusto.

¿Qué iba a hacer? Estaba sola y metida en un lío. Su sueño de ser independiente, de liberarse del pasado, se había desmoronando en menos de veinticuatro horas. ¡Que ilusa había sido creyendo que podía liberarse de sus fantasmas!

Una solitaria lagrima se deslizo por su mejilla. La froto con un dedo mientras los pensamientos se arremolinaban en su mente. Finalmente, se descalzo y se puso a caminar y hablar en alto al cielo hasta que se quedó sin palabras.

~~Tiempo Después~~

Bella dejo de guardar cosas en la maleta al escuchar un ruido procedente del descansillo. Había decidido tener el equipaje listo para cuando su futuro ex jefe la despidiera, así le resultaría más fácil manejar sus emociones e irse.

Tomo el osito azul de Vanessa que había dejado en la mesilla de noche y lo presiono contra su rostro. Después lo beso y lo coloco en su sitio en la maleta.

En la mesilla también había un marco que contenía su foto favorita con Jacob, tomada durante su luna de miel. En ella aparecían sonrientes, felices, con el pelo agitado con el viento. Deslizo un dedo por la mejilla de su marido. Su maravilloso Jacob.

Había sido un hombre tan cálido y divertido, con su característica enorme sonrisa y su díscolo pelo... Perderlo fue como perder un órgano vital. Vivir y respirar resultaba muy duro sin él. Se conocieron el primer día de primaria y fueron inseparables desde entonces. Tras graduarse en la universidad, Jacob se dedicó a ser mecánico y ella consiguió un trabajo de. Secretaria en una importante empresa de Londres. Vanessa no tardó en llegar a sus vidas después de aquello.

Bella casi empezaba a sentirse culpable por ser tan feliz... Hasta que una lluviosa tarde se lo llevo todo. Con un involuntario suspiro, tomo la foto de la mesilla y la guardo en la maleta. Cuando termino de llenar esta, la cerró y se sentó en el borde de la cama para tratar de pensar en lo que iba a hacer.

Podía volver a su casa durante unas semanas si aún no la habían reservado para algún alquiler, pero eso sería como volver a atrás y, después de lo que había costado ponerse en marcha, no quería hacerlo.

Pero tampoco tenía muchas opciones después de lo sucedido la noche anterior.

Ya iba siendo hora de llevar las maletas al coche. Se puso de pie, tomo la maleta grande en una mano y coloco la otra bajo el otro brazo para tener la mano libre para abrir la puerta.

Pero cuando la abrió se quedó petrificada en el umbral. Edward Cullen estaba ante ella, con el puño cerrado, como si estuviera a punto de lanzarle un derechazo.

EPOV

Edward dejo caer la mano, la metió en el bolsillo trasero de su pantalón y saco unos billetes de veinte libras doblados. Los alargo hasta Bella.

-He pensado que tal vez necesitaría estos- dijo él. Bella lo miro como si estuviera ofreciendo una granada de mano.

-Para la combara- añadió.

-¿La compra?- dijo Bella.

-Sí, la compra. Ya sabe, con dinero... - dijo Edward y agito los billetes ante ella. Bella siguió sus movimientos con la mirada.

-Pero yo creía... -jugueteo nerviosamente con un pequeño guardapelo que colgaba de su cuello-. Pensé que... Que estaría...

Ruborizada, se apartó de Edward, que se quedó mirando los billetes que sostenía en la mano. Aquella mujer no parecía entender el concepto de la compra, lo cual suponía un problema para una empleada de servicio. Su decisión de quitar importancia al incidente de la noche anterior pareció de pronto demasiado prematura.

Paso al interior de la habitación. Había maletas y bolsas en la cama. Estaban tan abultadas que se notaban que habían sido llenadas a toda prisa. Las cremalleras no estaban cerradas del todo y una prenda de seda con un ribete de encaje asomaba por una de ellas. Edward tuvo que obligarse a apartar la mirada.

Bella siguió su mirada y fue rápidamente a meter la prenda que sonaba por la maleta. ¿Maletas? Edward ladeo la cabeza. Claro. Su nueva asistenta pensaba que iba a despedirla.

Pero por tentadora que resultara la idea, no podía permitirse hacerlo. En primer lugar porque Rosalie se le echaría encima si lo hiciera, y en segundo lugar porque necesitaba que alguien se ocupara de la casa mientras él estaba viajando. Tenía que tomar otro vuelo en menos de veinticuatro horas y no podía permitirse el lujo de buscar otra persona. Ya había resultado difícil encontrar una sustituta cuando la señora Sue había decidido irse.

Tal vez había llegado el momento de utilizar un poco del encanto Cullen para que Bella Swan se relajara. Tal vez se relajaría si le hacía ver que el incidente de la noche anterior le había parecido divertido.

Distendió los labios en una sonrisa extraída de su arsenal, la que le garantizaba que las mujeres se derritieran a quince pasos.

-En cualquier caso, me alegra que siga en su propio dormitorio -dijo, y sumo a sus palabras un guiño para dejar claro que estaba bromeando.

-No esperaba que hubiera nadie más en la casa -dijo Bella, totalmente seria.- Aun no me he familiarizado con la distribución de la casa y... Quería ir al baño... Pero conté mal...

Había algo que Edward aun no comprendía.

-¿Por qué no utilizo el baño de la habitación? -.

-¿El baño de la habitación? -repitió Bella perpleja.

Edward se encamino hacia una puerta color crema que se hallaba frente a la cama, diseñada a juego con la del armario que había al otro lado denla chimenea. La empujo con los nudillos y se abrió. Bella se quedó boquiabierta al entrar al pequeño y elegante baño. Volvió a salir sin decir nada.

Edward pensó que su nueva asistenta parecía bastante normal cuando dejaba de gritar, morder y balbucear.

Tuvo una repentina imagen de la noche anterior, del amplio pijama azul y blanco de Bella, no lo suficientemente grande como para disimular sus curvas... Y empezó a sentirse un poco nervioso.

-¿Tengo un baño... Dentro del armario? -dijo ella.

Edward se encogió de hombros.

-El armario es ese -señalo la puerta que se hallaba al otro lado de la chimenea. -Simplemente hicimos que la puerta del baño fuera a juego. Las puertas secretas parecen encajar en esta casa.-

La expresión de Bella le hizo ver que consideraba aquello una estupidez.

-Me pareció una idea divertida -añadió Edward con la esperanza de que sonriera. Pero se limitó a parpadear-. En cualquier caso -continuo con un suspiro -, vamos a tratar de superar las siguientes 24 horas sin choque ni tropiezos en medio de la noche.

Bella parecía dispuesta a morderlo de nuevo. Evidentemente, el humor no era el camino con ella. Habría que volver al terreno profesional.

-De acuerdo. Tome esto de momento -Edward dejo el dinero en el tocador mientras Bella lo miraba con suspicacia. -Voy a conseguir una tarjeta de crédito para que pueda hacer las compras, y un ordenador portátil para que podamos mantenernos en contacto vía e-Mail. Para esto necesito que firme algunos papeles... Si le parece bien.

Bella asintió sin dejar de mirarlo, como si temiera que en cualquier momento fuera a hacer un movimiento repentino.

Edward se acercó a la cama, tomo el osito que había junto a una de las maletas y le echo un vistazo. Al parecer, a su nueva asistenta le gustaba dormir con su osito. Cuando volvió a arrojarlo a la cama, reboto y acabo en el suelo. Bella se lanzó a recogerlo como una exhalación, lo estrecho contra su pecho y lanzo una iracunda mirada a Edward.

Edward se pasó una mano por el pelo, desconcertado. Era hora de retirarse.

-Nos vemos a la hora de comer, ¿De acuerdo?- dijo él.

-De acuerdo -respondió escuetamente Bella.

-¿Cenara con nosotros? He invitado a Rosalie a cenar, para darle las gracias por haberme encontrado una...- tenía la palabra "fiera" en la punta de la lengua, pero se contuvo justo a tiempo.

No es una fiera, sino una asistenta, se dijo. No lo olvides.

-Por haberme encontrado una asistenta tan rápidamente. He pensado que será una buena manera de romper el hielo antes de que vuelva a irme-.

-Gracias -murmuro Bella, pero su mirada decía que prefería caminar sobre carbones calientes.-

-¿Podría estar la cena lista para las ocho?- dijo.

Bella entrecerró los ojos imperceptiblemente a la vez que asentía. Edward salió de la habitación y se encamino hacia la escalera. Rosalie tenía muchas cosas que explicarle. Su amiga perfecta para el trabajo era perfectamente extraña.

Bajo al cuarto de estar y se sentó en el sofá frente al fuego. El desfase horario hacia que le costara pensar con claridad, y tenía la sensación de que había mantenido aquella conversación con Bella aun dormido y soñando.

Era evidente que ella estaba muy enfadada. Si el incidente de la noche había plantado una semilla de sospecha en su mente, la conversación que acababa de tener y lo que había visto aquella mañana temprano habían añadido fertilizante.

Su cuerpo aún no se había adaptado al horario de Greenwich, y la noche anterior no había parado de dar vueltas y leer en la cama hasta que había decidido tomar una ducha. Camino del baño, vio algo a través de la venta que lo impulso a asomarse.

Bella estaba caminando por el jardín, agitando los brazos y hablando consigo mismo en voz alta. ¡A las seis de la mañana! ¡Y en pijama!

Pijama.

Edward experimento un nuevo cosquilleo de excitación. La proximidad de las mujeres era una de las alegrías de la vida... Pero no creía haberla experimentado nunca después de ver a una mujer con un pijama que podría ser de su abuelo.

Había estado a punto de sufrir un ataque al corazón cuando Bella había cargado contra el en medio de la noche. Era posible que el pequeño cuerpo y las delgadas muñecas de su atacante le hubieran hecho pensar que se trataba de un chico, pero cuando encendió la luz comprendió que no podía estar más equivocado. No era un chico lo que tenía sujeto por el tobillo. Aquellos rizos caoba solo podían pertenecer a un angel de Botticelli...

En aquel momento empezó a molestarle el mordisco que tenía en el hombro izquierdo. No, no era un angel; sus instintos no le habían engañado. ¡Era una fiera!

Y no debía olvidarlo. No tenía por qué gustarle aquella mujer; solo tenía que pagarle para que mantuviera la casa en orden. Mantendría las distancias con Bella Swan y no pensaría en ella en cualquier otro sentido... Aunque hubiera algo diferente y refrescante en ella.

Locura, se recordó. Esa es la diferencia. Una mujer como esa supone problemas. Nunca se sabe que va a hacer a continuación.

Dejo escapar un prolongado bostezo. Se dijo que era buena idea volver a quedarse dormido, pero resultaba muy tentador hacerlo estando sentado en un sofá ante el fuego. Cerró un momento los ojos.

Se oían voces femeninas procedentes de la cocina. ¿Estaría Rose ya allí? Miro su reloj. Había dormido más de tres horas. Se encaminaba hacia el comedor cuando se encontró con Rosalie, que iba a buscarlo.

-Haz el favor de no disgustar a mi amiga, Edward. Necesita el trabajo y no puedes fastidiarla.-

Edward se quedó perplejo. Se suponía que era Bella la que tenía que hacer un buen trabajo para él, la que debía tratar de no molestarlo.

Abrió la boca para expresar su opinión, pero volvió a cerrarla enseguida. No había forma de discutir con su mandona prima cuando se ponía así. Paso lo mismo cuando, teniendo los 14 años y ella 10, trato de convencerla un verano para que no se llevara a casa un gatito perdido. Rose llego a adorar aquel gatito, pero Edward nunca olvido las marcas que le dejo en los brazos cuando acepto llevárselo a casa.

Desafortunadamente, habían hecho falta otros veinte años para que se curara del hábito de rescatar seres descarriados de todas clases.

Tanya fue uno de ellos. Delicada, de aspecto frágil y vulnerable. Y él no había sido capaz de resistirla. Algo despertaba su instinto protector Cuando se cruzaba con mujeres como aquella. Y Tanya había sido la más necesitada de todas. Aunque no le importaba. Por él, se habría pasado el resto de sus días cuidándola.

Tres meses después de que Rosalie lo encontrara, cuando ya estaba totalmente recuperado, el gato desapareció y no volvió nunca más. Ese era el problema con los seres descarriados. Estaba en su naturaleza ser egoístas.

De manera que Edward había decidido evitar relacionarse con seres descarriados... Tanto felinos como femeninos.

Las mujeres siempre querían Algo de él, pero el solo se relacionaba con las que querían cosas sencillas: dinero, fama por asociación, atención. Aquello era fácil de dar y no le costaba nada.

Edward volvió al presente animado por un exótico aroma a hierbas y especias. Rose no tuvo que aleccionarlo más. El olor lo llevo hasta el comedor. Ocupo una silla frente a Rose y espero, con las papilas gustativas alerta.

Hubo un destello de un delantal y unos rizos caoba en el umbral cuando Bella desapareció en la cocina para ir por la última de una serie de humeantes fuentes. Edward trago la saliva que se estaba acumulando en su boca, esperaba que no tardara mucho.

Finalmente apareció. Al menos pensó que era ella. Parecía tranquila, serena, y dejo la última fuente de una serie de recetas Thai en la mesa.

Edward se alegró de que pareciera tan controlada.

Pero a su estómago le daba lo mismo aquella transformación. Gruño exigiendo que empezara a llenarlo y Edward obedeció sin tardanza.