Disclaimer: El universo de Harry Potter pertenece a J.K Rowling.

Este fic ha sido creado para los "Desafíos" del foro "La Noble y Ancestral Casa de los Black" y es producto de una terrible confusión.

Estación: Invierno.

Palabra: Hielo.


El Rito.


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Da giros sobre sí misma envuelta en un baile cadencioso, se pierde en movimientos circulares con sus manos, sus caderas, su cabello, su cuerpo entero.

Siente el frío decembrino abrazarla, acompañarla en su danza, susurrarle mensajes en silbidos misteriosos que, sin embargo, ella sabe interpretar: son saludos de su madre.

Cuando por fin se cansa, en el momento en que sus músculos se entumecen ante un dolor sanador, se deja caer sobre el suelo del bosque. No le importa que esté cubierto por la nieve, al contrario, le alegra. Cierra los ojos, deja que la sangre que hierve en su rostro se derrita con el frío y pasa un buen tiempo así, acunada por el sopor del cansancio.

No quiere levantarse, aprieta sus ojos con fuerza pero sabe que es inútil. Debe hacerlo, todavía queda faltando la parte más importante del ritual.

Se incorpora con lentitud, sus movimientos se han tornado pesados al igual que sus párpados pero aun así, logra alcanzar la mochila naranjada que dejó en el tronco de un árbol horas atrás. Ya la tiene, está regando las flores secas que guardaba dentro. Son muchas, parecen millones, son inagotables. No, no lo son, ya se acabaron.

Se inclina sobre el montículo de flores y comienza a hacer lo que su madre le enseñó para espantar la tristeza: ‹‹es un veneno››, le decía, ‹‹te abraza con fuerza sin permitirte escapar. Por eso debes resistir, rodearte de las cosas que más quieres y explorar tu interior en busca de la armonía››.

Apaga sus ojos, enciende sus recuerdos y canturrea de manera casi inconsciente unas notas calientes, suaves, llenas de suspiros. Pero sin planearlo, las voces que normalmente no le afectan invaden su mente: locura, ridiculez, contradicción, extravagancia. Todas las acusaciones apuñalan su estómago, lo penetran y retuercen de la mano de aquella chica, la que desangró con violencia sus promesas de amistad. Es por ello que canta más fuerte e intenta atraer momentos divertidos, risas, confusiones; como si necesitara invocar un patronus.

Lo ha logrado, Luna lo siente; su madre también y lo susurra en silencio. Y sin darse cuenta, como una consecuencia natural del ritual, comienza a mecerse con la brisa invernal, al parecer. Pero en realidad, es por los brazos de su madre que le rodean como cuando tenía nueve años, la edad en que la perdió. Da un largo suspiro y se permite soltar un par de lágrimas; cubitos de hielo que queman desde dentro. Pero no es tristeza lo que estas encierran —no totalmente— sino amor, felicidad, nostalgia y reencuentro.

La corriente de aire cesa repentinamente y, con un movimiento involuntario, la rubia se abraza a sí misma, queriendo prolongar los recuerdos sin poder hacerlo; se ha acabado el rito. Pero sabe que ha funcionado, porque ese calorcito que siente dentro le confirma que, en sus propias pieles, ha encontrado a la amiga que necesita.