Capitulo 6: Dulces y tentadores dieciséis.

"Hellsing es propiedad de Kouta Hirano"


"Sir Integra Hellsing, de cabello largo, ojos color cielo en piel apiñonada, piernas tentadoras y de cuerpo estilizado; Una dama de sociedad en toda la palabra" esa era la descripción de los periódicos de la ahora casadera muchacha, quien vio su foto en la sección de sociales y sintió la furia hervir en su pecho.

El vampiro soltó una carcajada al ver aquella jocosa publicación y se la restregó a la Sir en la cara, quien ahora lo echaba de su oficina, sin que este hiciera un intento de marcharse.

Después de su guerra con Iscariote y posterior de su cumpleaños dieciséis, la rubia y el monstruo habían hecho "las pases", era un acuerdo tácito entre ambos después de la aventura en Francia. Alucard no menciono del incidente que desato su enemistad, y la sir parecía ignorar sus hormonas adolescentes, aquellas que parecían dispararse a lado del vampiro.

La jovencita leía aquella nota periodística, pensaba en pedirle apoyo a la mesa redonda para despedir a aquella horrible periodista, quien se había atrevido a hacer de ella una "soltera codiciada", que se creían aquellos imbéciles, si ella era una guerrera.

Encendió un cigarrillo y se paro cerca de su ventanal, observando como algunos coches paseaban fuera de su mansión, hacia un día precioso afuera, y el vampiro la había atormentado con sorna con aquella estupidez, sintió su presencia detrás de ella, estoico e inerte.

— ¡Te dije que te marcharas! — lo retó, él le lanzo una sonrisa abierta, y se quito el fedora rojo, para darle una pomposa reverencia.

— Otra vez las inseguridades, ama — le reprocho cínico, ella dejo el puro en el cenicero, clavando con furia aquel objeto mientras viraba a encararlo, lo vio ahí imponente e inmortal, deseo que su apariencia no le provocara aquellos latidos desenfrenados en su corazón, aun los recuerdos de hace un año la hacían odiarlo, la había seducido, y eso aun estaba grabado con fuego en su memoria.

Alucard percibió el cambio de aroma en ella, aquel sentimiento cuando se disfrazo de aquel mortal insulso, pero aun siendo él, un monstruo al acecho de una jovencita quien cada día parecía ceder más a sus pecaminosos deseos sobre él.

— Te veo agitada, pídeme que mate a aquella periodista — comento arrastrándose como una sombra detrás de ella, Alucard puso su mano enguantada en el hombro de la rubia, quien no se perturbo ante el contacto, deseaba estar tranquila ante la cercanía del aroma del demonio que era su fiel sirviente — haría eso y más por ti, ama.

— ¡Aléjate! No caeré en tus tratas, ¡maldito chupasangre! — soltó desdeñosa, mientras el vampiro tomara su barbilla ocasionando una mueca contrariada en ella, sintió que aquel toque la quemaba, el estomago le dio un vuelco al ver los ojos bermellón brillar, como un hechizo.

Walter interrumpió en la oficina, ocasionando que Alucard se alejara molesto, otra vez el anciano asediaba a la rubia, evitando cualquier oportunidad del vampiro de hacer algo indebido con la jovencita, ella centro su atención en su mayordomo, quien miraba acusador a ambos.

— Señorita Integra, la reina mando esto — comento tendiéndole una carta con el sello real de la corona, ella abrió con una daga aquella masiva, viendo aterrada que la reina había mandado a llamarla a una ceremonia real.

— ¡No!, quiere que vaya acompañada — se quejó la joven, causando una sonrisa del demonio, que se volvió una mueca al ver que Walter comenzó a sugerir a varones de la corte, jóvenes hijos de la mesa redonda, así como miembros de la milicia de las escuadras Hellsing.

— Inaudito, mi ama no tiene necesidad de ir con un hombre desconocido, ella puede ir sola a una gala real sin necesidad de un imbécil — defendió Alucard a la jovencita quien lanzo un suspiro al ver que los hombres iban a pelear por causa de aquella invitación nociva.

— No he salido con muchachos, la reina quiere verme con un heredero — se quejó ella, recordando el peso de su deber, era corresponder en ese linaje ante los Hellsing, el apellido se acabaría con ella, pero debía de escoger seriamente sus pasos amorosos, ella estaba a la vista de todos.

— Inaceptable, no debe darles gusto — se quejó el demonio, viendo como Walter iba empezar a defender el protocolo real, pero por él, ese tipo de cosas eran ya pasada de moda, y mira que él era un ser milenario.

La rubia estaba enojada con toda la maldita parafilia, harta de aquello, salió de su oficina, dando un portazo al dejar a Walter y Alucard a medio pleito, los cuales se quedaron en silencio al ver a la Sir salir hecha una furia.

Ella tomo uno de los corceles que poseían en el establo de la familia, una yegua blanca que era su preferida, su nombre era Henrietta, y fue un regalo de su padre a la edad de cinco años, las cosas relacionada con citas la ponían nerviosa.

Ella cabalgo por los jardines sinuosos de la mansión y vio encima de ella miles de murciélagos seguirla, estaba asechando sus pasos, recordándole quien era su mascota fiel, ella llegó hasta lo más profundo del bosque de la mansión, a uno de los robles más gruesos donde amarro a su caballo, el cual relincho aterrado al ver la sombra oscura que se formaba atrás de ella.

— Alucard, no pedí tu compañía — se quejó ella, observando que este lucia una apariencia más relajada, no tenía su inusual gabardina ni fedora, casi podía ver la sensual figura, delineada y a la vista gracias a la falta del ropaje grueso.

— Ama, sabes que mi deber es protegerla — le dijo cínico, dándole una sonrisa, incomodándola de nuevo, estaban lejos de la mansión ella lucia agitada, lucia un pantalón ajustado, unas botas oscuras para montar, un saco que la hacía lucir como un muchacho, su cabello casi recuperaba su largo, después del incidente en Francia, Alucard observaba la feminidad oculta, virginal y cada vez más incitante de aquella mujer.

Era valiente, bella y con porte, pero ahí estaba la terquedad de nuevo, en sus intentos de huir de aquellos sentimientos nuevos, los cuales estaban destinados a seguirlos.

— ¿Cuánto tiempo ignoraras esto? — se comunico en su mente, Integra abrió los ojos asustada al ver la sonrisa torcida y sentir un movimiento en falso del vampiro, las manos uniéndose a las de ella y aquella maldita caricia que deseaba se prolongara, sacó su arma bendita y a lo alejó de un tiro certero.

— No olvides de donde provienes Alucard, y de donde vengo yo — le recordó ella, inquebrantable, ocasionando la risa malvada del vampiro, quien volvió a regenerar su cuerpo de aquel embiste de la rubia — somos enemigos.

Pero él ignoro aquella palabrería.

— ¿Y como ignoraras el hecho de que tu corazón late por un monstruo? — se burló el vampiro, ocasionando que Integra torciera una mueca desdeñosa, estaba molesta con el imbécil del Nosferatu, era obvio que él sabia jugar bien sus cartas, odiaba el hecho de sentirse vulnerable, y sobre todo enamorada de un ser tan abominable, y claramente prohibido.

— No conozco a nadie más que Walter y a ti, es obvio que estoy deslumbrada de tu imagen juvenil — se enojo ella, el vampiro torció su gesto un poco, acercándose a ella de nuevo, la joven se mantuvo estática, aunque sus brazos querían jalar el cuello del vampiro, hundirse en su cabello, aspirar aquella fragancia varonil que emanaba su cuerpo frio e inerte, pero no, ella era de hierro.

— Algún día caerás, y yo estaré ahí para sostenerte, condesa… — susurro en su oído, ocasionando que la rubia se ruborizara hasta la punta del cabello, y el vampiro desapareció, dejándola con la respiración entrecortada y maldiciendo su mala suerte, su misión real y sobre todo, el que tenía que ir a ese estúpido baile.

Y sin que nadie la observara, Integra Hellsing grito con todas sus fuerzas, en un quejido interminable por sus desdichas.

El día del baile llegó, ella lucia preciosa, con un vestido conservador color jade, el cual acentuaba sus curvas de manera precisa, aquellas que se empezaban a formar en su cuerpo joven, Walter la miraba orgulloso, ella esperaba a su cita.

El joven era familiar de uno de los miembros de la mesa redonda, la llevó del brazo hasta el coche donde un sirviente del muchacho abrió la puerta, lucia eufórico, casi loco, llevar a la heredera de la poderosa casa Hellsing era darle un rango mas alto de status, ella estaba aburrida, escuchando platicas frívolas, de caza, de bienes, de dinero, todo giraba en torno de aquel joven de cabellos rojos y sonrisa afable, era atractivo, pero le faltaba un aire que no podía encontrar en hombre normales.

Estaba comparándolo con el vampiro, en cada palabra dicha, sin aquella inteligencia aguda y cínica que Alucard poseía, sin aquella experiencia que tenia como líder, la sabiduría de la no vida era tremenda, no poseía el atractivo místico del Nosferatu, ni su porte, vaya ni la gracia.

Era tan aburrido e infantil, ella quería largarse de ahí.

Unos ojos la seguían de cerca, vigilándola, a lo lejos la reina lo percibió, ahí estaba el vampiro enamorado perdidamente de su mayor enemiga, de su ama cuya familia lo había esclavizado despojándolo de aquel estatus entre los suyos.

La rubia se marchó de aquella reunión muy decepcionada, el jovencito la despidió con un beso en la mano, ella ignoro sus parloteos y entro a la casa, sin un sonrojo, ni siquiera una mirada dulce, nada.

Llego a dormirse, se quitó el vestido sinuoso, y colocándose su piyama de seda sintió por primera vez temor, miedo de que el vampiro hubiera nublado su juicio de tal manera que nadie pudiera hacerle competencia, un pavor de que ella lo amase de la manera que el presumía que lo hacía, hundió aquellos pensamientos, en lo profundo de su mente.

Esperando que la corte ni Alucard lo notaran, así se pusiera una mascara de hierro sobre su rostro, ella no lo demostraría. Juraba por su padre que no lo haría.

N.A. Un poco de Hellsing para el alma.