N/A: ¡Nuevo fanfic Caulscott! :) Creo que como muchos, no quedé demasiado conforme con el final de Life is Strange y es por eso que me ha costado muchísimo escribir desde entonces (tengo otra historia de este juego que aún no termino), pero la inspiración ha venido a mí con este fanfic de dudosa longitud que espero que sea de su agrado. Gracias por leer, los reviews se agradecen muchísimo.
La portada de esta historia es un fanart de nathanprescious (tumblr) y no me pertenece.


1.

EL ASESINO


Esto de llevar un diario encima es una estupidez, pero al menos me ayuda a mantener mis ojos ocupados en un papel mientras los ojos de todos los demás están encima de mí como si fuesen monstruos.

Fue una mala idea volver a este comedor después de siete años y más sabiendo que todos saben lo que hice. Estoy seguro que ninguna persona en este puto pueblo no está enterada de que le puse una bala en el vientre a la punk favorita de todos, en el baño de chicas de la academia que alguna vez supo ser toda mía.

Su madre aún trabaja aquí. El hecho de que haya sido ella quien llenó mi taza de café me provoca una punzada en la cabeza. No dijo nada, sólo se sorprendió al verme y apretando los dientes, me sirvió café. Se alejó de mí tan rápido como vino, y desde entonces nadie volvió a atenderme. Mi taza lleva quince minutos vacía. Me estoy empezando a sentir nervioso.

Tranquilo, Nathan.

Necesito recordar las palabras del doctor Bill y reproducirlas en mi cabeza hasta que se aleje esta presión en la garganta: "Anota todo lo que pienses, todo lo que sientas. Llevar un cuaderno contigo te ayudará a distraerte y a canalizar tus problemas. Luego, en la próxima sesión analizaremos juntos los sucedido durante la semana". Puras mierdas.

Quizás me levante ahora y me vaya, aunque no pueda ver el rostro de aquella chica. Sólo me la describieron una vez y no la vi en mi puta vida, pero cómo la detesto. Ella estaba allí cuando todo se fue a la mierda, pudo evitarlo y no lo hizo. Necesito… voy a preguntarle por qué no lo hizo. Estaba allí para salvar a dos desconocidos y lo único que hizo fue dejar morir a uno y hundir en un pozo de mierda al otro.

Llevo tres semanas afuera por la gracia de mi padre y no puedo dejar de culparlo por eso. Otra vez entrometiendo su millonaria nariz en mis asuntos cuando él, yo y todos saben que mi merecido destino era pudrirme entre esas rejas, como el asesino, como el puto monstruo que soy.


La escritura de Nathan fue interrumpida por la presencia de alguien más que se acercó a su mesa de forma rápida como un rayo, y esforzándose por no molestar, le sirvió café.

El sonido del líquido desplazándose dentro del recipiente de cerámica hizo que Nathan clavase sus ojos en el humo que se elevaba y se distrajese por un par de segundos, hasta que elevó la mirada al rostro de la mesera, temiendo que se tratase de Joyce nuevamente.

Sus pupilas se dilataron al apreciar un rostro mucho más joven y de facciones delicadas. Mejillas pecosas y ojos azules. Ella no le miraba, llevaba el cabello recogido en un desprolijo moño, era delgada y pequeña. Inmediatamente supo que era ella a quién había estado esperando desde que se adentró en Two Whales Diner aquella mañana. Ella era Maxine Caulfield.

Cuando la taza estuvo llena, casi a tope, Max se alejó con pies veloces, tratando de evitar todo posible cruce de palabras con aquel muchacho que ella conocía muy bien pero que sin duda alguna, él no podía reconocerla a ella.

Una ráfaga fría le recorrió la espalda. Los rumores eran ciertos: Sean Prescott había gastado miles, quizás cientos de miles de dólares en los mejores abogados para conseguir que Nathan saliese de prisión con la promesa de que se mantendría en casa y recibiría el tratamiento psiquiátrico que las autoridades habían estado negándole aunque era visiblemente un pobre chico enfermo. Siempre lo había sido.

Ni bien Joyce irrumpió en la cocina con lágrimas de ira en los ojos y le comunicó que "el asesino de Chloe" estaba en el comedor, le temblaron las piernas. Los Prescott habían "huido" de Arcadia Bay luego de que se supo que el cuarto donde se torturaba jovencitas había sido financiado con dinero Prescott, que Rachel amber había muerto allí y que todas aquellas confesiones habían salido de la boca de su hijo.

Ahora los Prescott estaban en Portland, escondiendo su vergüenza y siendo señalados por la clase elitista de todo Oregón, incluso de todo Estados Unidos.

No habían dejado Arcadia cuando su hijo fue acusado como homicida de Chloe, pero sí lo habían hecho cuando los asuntos del pueblo les tocaron más de cerca, cuando todos los problemas ya no los tenía que cargar solamente el hijo enfermo, la oveja negra de la familia.

Joyce le pidió encarecidamente a Max que se encargara de atender a Nathan, ella no podía hacerlo. Cada vez que salía a servir a otros clientes y veía la delgada figura del muchacho sentado en la mesa más alejada, le recordaba a Chloe en un cajón. Para ser sinceros a Max también le pasaba pero su historia y la de Joyce eran completamente diferentes.

Max pudo haber salvado a Chloe y no lo hizo. De haberlo hecho definitivamente la historia sería diferente porque ni Joyce ni Nathan estarían en este plano para molestarse por la presencia del otro.

–Ey, tú –el camionero llamó la atención de Max, la cual había sido transportada por sus pensamientos. –Sírveme más café –exigió.

–Sí, disculpa –respondió inmediatamente mientras que por detrás de la mesada mandaba un par de miradas furtivas a Nathan, el cual le daba la espalda, y parecía haber dejado de escribir desde que ella se acercó a su mesa.

¿Por qué se había molestado Sean Prescott en sacar a Nathan de la cárcel? Max estaba segura de que nadie en el pueblo se hacía esa pregunta, francamente porque quizás ninguno de los que estaba allí cuchicheando sobre él lo conocía tanto como ella.

Nathan era la causa de la vergüenza y el martirio que Sean Prescott vivía actualmente. El hecho de darle la libertad al hijo que avergonzaba a la familia era extraño e inesperado y a diferencia de todos los pueblerinos, Max sabía que Nathan no era un niño mimado adorado por sus padres y consentido en todo, sino que era aquella marioneta que Sean no dudaría en utilizar si le daba algún beneficio.


Es ella, estoy seguro. Victoria me la describió bien. Maxine también pudo reconocerme. No me miró directamente pero el desprecio que vi que sentía cuando se me acercó lo dice todo.

Ahora, me siento peor. Tengo rabia y ganas de hablarle directamente pero ninguno de los hijos de puta que hay aquí dudaría en romperme la cara en donde le dirija la palabra a alguien.

No puedo escribir. No puedo seguir escribiendo.


Nathan colocó una de sus manos dentro del bolsillo del sobretodo que llevaba puesto y con manos temblorosas sacó un frasco de ansiolíticos. Siempre los llevaba consigo desde que era "libre" debido a que los ataques de pánico eran cada vez más frecuentes.

Rápidamente colocó una píldora debajo de su lengua y dejó que se disolviera un poco. El gusto amargo del fármaco hizo que se le tensionara la mandíbula y suspiró agotado, tratando de tranquilizarse. El dejar que la pastilla se disolviera en la boca era una técnica que el psiquiatra le había enseñado para que ésta hiciera efecto más rápidamente, pero desde que la llevaba en práctica no le había servido: el gusto de aquella mierda lo ponía aún más histérico.

Tomó la taza de café y dio un gran sorbo. El sabor químico se mezcló con el café, y si bien él prefería tomar el café sin azúcar, aquel gusto le era diez veces más satisfactorio.

La píldora recorrió su garganta casi disuelta, dejando un rastro agrio a su paso. Max, la cual seguía observándolo desde la mesada, jadeó un poco la cabeza: No estaba segura de lo que había tomado, pero bajar un medicamento con café era realmente estúpido.

El muchacho cerró su diario con las manos sudorosas y volvió a guardar el frasco dentro de su abrigo. Sin pensarlo mucho se puso de pie. La silueta alta y extremadamente flaca llamó la atención enseguida y todos voltearon su rostro hacia "el asesino". Un silencio aterrador se hizo en el comedor.

Nathan sacó un billete de cincuenta y lo dejó sobre la mesa sin molestarse en pensar que un par de tazas de café no salen cincuenta dólares en ninguna parte del mundo. No le importó. Se dio media vuelta, colocando su cuaderno bajo el brazo e inmediatamente cruzó miradas con la joven mesera que al igual que el resto de personas allí, le miraba fijamente.

A diferencia de los demás, Max bajó los ojos inmediatamente, perturbada por los ojos pálidos del joven. Él le miró un par de segundos más mientras volvía a ojear su cuaderno con ansiedad y luego empezó a caminar hacia la puerta.

–Al fin se fue ese hijo de puta –exclamó un cliente que, para gracia de Max, estaba frente a ella. –Estaba conteniéndome de darle una paliza.

–De hacer eso, no te dejaba poner un pie aquí nunca más –la voz rasposa de Joyce se apareció por detrás de Max sobresaltando a ésta última.

–Vamos, Joyce. Sabes lo qué te hizo ese engendro…

–Sí, Carl. Claro que lo sé y no necesito que me lo recuerdes –atacó la mujer, tomando una jarra y sirviendo al hombre con cierto rechazo. –Pero si yo soy capaz de perdonar, tú también puedes, ¿no?

El comedor volvió a inundarse con el silencio. Todos habían oído a Joyce porque todos allí estaban pendientes de sus palabras. Max miró a la mujer con cariño, como siempre lo hacía y ella le devolvió la mirada con entendimiento. Max sabía que Joyce no podía olvidar ni perdonar lo de Chloe pero su alma era tan pura que no permitiría que ni siquiera se le hiciera daño al joven que acabó con la vida de su hija.

De cierta manera, la justicia había hecho lo suyo por siete años y aunque todos creían que Nathan se merecían al menos perpetúa, Max no estaba de acuerdo. Una persona como él, necesitaba apoyo y no la desolación que provocan unos barrotes de acero, pero la gente nunca entendería eso. Era mucho más simple catalogar a Nathan de asesino y cómplice de un psicópata que averiguar por qué hacía todo aquello.

Arcadia Bay y su gente le enfermaban desde que tuvo que dejar ir a Chloe por el pueblo. No se arrepentía pero si nunca hubiese vuelto, no tendría que haber sufrido tanto como sufrió.

Se había graduado de la academia Blackwell con nota promedio y ahora trabajaba de forma temporal en Two Whales Diner para costearse una carrera universitaria en Seattle. Convivía con Warren desde hacía casi dos años y las cosas marchaban de una forma tan sospechosamente normal desde hacía tanto tiempo que era de esperarse que alguno de los fantasmas de su pasado se apareciera.

Literalmente, Nathan era uno de ellos. Siempre había sido delgado pero ahora lo estaba aún más, su estatura había aumentado al igual que la profundidad de sus ojeras y la palidez de su rostro. La primera impresión cuando volvió a verlo después de tantos años fue que estaba más muerto que vivo y que no era de extrañarse que volviera a sus antiguos hábitos de drogadicción.

Aquel sobretodo negro con el que se había aparecido resaltaba aún más sus demacradas características y aunque llevaba el cabello engominado como siempre había sabido usarlo, la sombra de una barba de un par de días se le apreciaba en las mejillas y se le hundía en los pómulos esqueléticos.

Ya no estaba allí, pero Max aún podía sentir su energía. La gente aún hablaba de él y Joyce seguía tensa. Lo mejor que podía hacer era retirar la taza de café que el joven había dejado y el billete que había lanzado sin mirarlo siquiera. Eso fue lo que hizo.

Acomodándose el desaliñado rodete en el cabello se dirigió hacia la mesa y tomó la taza de café aún caliente y el sorpresivo billete de cincuenta que yacía a un lado de la misma, pero algo más llamó su atención: cerca del servilletero un trozo de papel blanco contenía algo escrito. Parecía haber sido arrancado a último minuto y un par de números yacían en él.

Max lo tomó. La caligrafía era casi ilegible y muy irregular pero no le costó entender lo que decía: "Maxine, llámame". Tragó saliva sorprendida y arrugó el papel de forma impulsiva por miedo a que alguien más lo viese, pero no había nadie a su lado.

Volvió a mirar el papel y esta vez tratando de contenerse lo dobló y prolijamente lo colocó en el bolsillo del delantal. No pensaba llamarle pero el vínculo que Nathan Prescott tenía con su pasado era tan potente, que por un segundo llegó a dudarlo.