Hola, soy Tamami-chan para los que no me conocen. Espero que les guste mi historia. Me inspiré a través del fanfic de Nocturna4, llamado: Cómeme Señor Lobo :) y el otro que se llama Cohete a la luna, de la usuaria Sandra Strickland.

Disclaimer: no poseo la serie de Hey Arnold, sólo tengo a mis Oc's y a la trama que haré. Sin ánimo de lucro.

Título: A veces lo que se ve en realidad no es lo que parece

Prólogo...


Una chica de cabello dorado algo ondulado abrió la puerta de su habitación y tiró la pesada mochila cayendo estrepitosamente sobre el piso de madera. Luego, se desplomó agotada en su pequeña cama. Estaba tan cansada que no creía poder alzar ni un solo dedo.

— Estúpida, estúpida Helga —se maldijo a sí misma la adolescente, enfadada—. Siempre tienes que arruinarlo todo...

No creía igualmente que diciéndose esas palabras lograra que los recuerdos de hace unas horas dejaran de girar a su alrededor, como si se trataran de satélites alrededor del planeta Tierra.

Él siempre lograba que nunca se fuera de sus pensamientos. Maldita, maldita sea la vez que se enamoró perdidamente de él.

La chica portaba un gran lazo rosa, colocado cuidadosamente en medio de su cabeza, y de esta manera recogía su abundante cabello. Su vestimenta consistía en una camiseta del mismo color rosado, unos pantalones vaqueros y unas zapatillas blancas.

«Siempre, siempre, tengo que tratarlo de esa forma» pensó. Se odiaba tanto a veces… aunque, si solamente fuera sincera consigo misma él podría aceptarla como algo más que una simple conocida. En realidad, eso es lo que trataba de convencerse, pero no creía que fuera cierto. Si no, lo hubiera hecho hace mucho tiempo.

Además, su orgullo no lo permitía. Una y otra vez tiraba bolitas de papel para atraer su atención o mirándolo a lo lejos, como si fuera una acosadora. ¿Es que ella se conformaba sólo con eso? Claro que no. Lo que pasaba era que su orgullo no lo permitía. Pero no sólo eso. No quería volver a sentirse humillada otra vez frente a los demás.

Se acordó nuevamente del suceso hacía unas horas... el día en que observó a él hablando con su amigo afroamericano sobre Lila, la chica pecosa de cabello rojo trenzado.

— Ese estúpido cabeza de balón, siempre pensando en ella —murmuró la rubia de orbes azules con su frase característica. No podía sentirse más frustrada.

Siempre era lo mismo; ella lo molestaba, él trataba de ignorarla pero no lo lograba y terminaba enojándose, aunque no lo demostrara. Debía ser muy mala para hacerlo enfadar de esa manera. Y no creía que nadie lo provocaba de esa manera como lo hacía ella. Suspiró.

Arnold siempre era… la clase de persona que ayudaba a alguien sin obtener nada a cambio. Alguien bondadoso que posponía sus deseos personales por los demás. En pocas palabras: altruista.

De pronto se le vino a la mente el día en que el rubio intentaba encontrar a alguien el día de Navidad, el día en que ella pensaba qué podía regalarle.

Primero eligió obsequiarle un ferrocarril de juguete, después fue una patineta morada, luego un videojuego y al final… se decidió por lo que más quería: unas botas de nieve de Nancy Spumoni. Al principio se mostraba reacia a dar el único regalo que sus padres le daban en época navideña. Pero con tal de que él sonría, se las dio al hombre que ellos intentaban convencer de que encontrara a una persona muy querida para él, o al menos eso parecía.

Caía nieve por la ventana cuando observó lo feliz que estaba al haber ayudado a alguien. Esa fue una de las pocas veces que pensó que no era tan mala idea ayudar a alguien de vez en cuando.

Recordó también cuando dejó caer por equivocación el pequeño libro rosa que contenía sus más íntimos pensamientos. Para ella era como un diario: escribía todo, hasta el lugar más recóndito de su corazón. Él estaba convencido que la persona que había escrito en el libro era Ruth; su amor platónico. Qué idiotez. Nadie se imaginaba que era ella quien lo había escrito, ni por asomo. Nadie lo sospechaba. Tanta era la vergüenza que sentía al haber anotado su nombre allí y que mientras tanto leían sentados en la entrada de la escuela, acercándose peligrosamente a la última página. La única opción que le quedaba fue el arrancar esa hoja, masticarla y tirársela a él, para luego reírse e irse a clases. Bueno, al menos fue lo único que se le ocurrió en ese momento.

También recordó cuando se hizo pasar por Cecile, la amiga francesa de Arnold en el día de San Valentín. Era tan extraño. No lograba entender por qué podía demostrar sus sentimientos con tanta facilidad a través de una tonta apariencia. ¿Se podría decir que si no fuera Helga G. Pataki, ya estaría saliendo con él? Eso nunca lo sabría…

Sumado a que la verdadera Cecile había venido de improvisto a Chez Paris, el restaurante dentro de Hillwood donde había menú francés. Debido a ese suceso, no tuvo más opción que declarar que ella en realidad no era la amiga que estaba suponiendo que viniera. Él nunca supo quién era en realidad. Olvidó uno de sus zapatos rojos, quedándose con tan sólo uno.

«Como si fuera cenicienta» pensó amargamente. Hubiera deseado que el rubio lo hubiera sabido, que la descubriera y se asombrara. Aunque eso ya era pasado. Ahora tenían quince años, y nada volvería a ser lo mismo.

Pensando en eso, no puedo evitar quedarse dormida. Lentamente cerró sus ojos abrazada a su almohada rosa, y cayó en un sueño profundo.

Sonó el despertador, anunciando el amanecer.

— ¿Ya es hora de despertar? Quisiera unas horas de más —se quejó, somnolienta. Estuvo a punto de golpear su despertador y romperlo en pedazos. Lamentablemente hoy justamente era lunes. El peor día de la semana, al menos para ella.

Bajó a desayunar a través de las escaleras. Miriam estaba encerrada en su habitación, como siempre. Bob estaba ya en el trabajo. De seguro nadie se había enterado que había despertado.

«Como siempre» repitió.

La casa estaba extrañamente silenciosa, algo que no ocurría a menudo. Siempre se oía alguna queja por parte de su madre o padre, o (como ocurría en su niñez) alguno de sus tantos monólogos que expresaban su loco amor por él.

Ella ya sabía cocinar, debido a que siempre se olvidaban de prepararle el almuerzo. Empezó a hacerse su desayuno, rápidamente: un jugo de naranja y una tostada cubierta de mermelada de frutilla.

Iba a llegar tarde otra vez.

Encontró una nota algo abollada sobre la mesa antes de irse.

-Compra pan y algo de leche-

«¿Qué se creen, que soy la chica de los recados?» pensó, malhumorada. Ya empezaba mal el maldito día.

Cogió el autobús. Se sentía muy apretujada entre todas esas personas. Odiaba las multitudes. Lo único positivo que podía sacar de esa situación era que como era invierno, no tenía frío.

Llegó corriendo a la institución. Sentía que no respiraba. Rápidamente tomó una bocanada de aire y abrió la puerta. Se oía el característico bullicio de una secundaria común y corriente.

Suspiró con alivio. Al menos no se había retrasado, como ella creía. Se sentó rápidamente al lado de su fiel amiga Phoebe, en el fondo del salón.

— Hey —dijo la chica pelinegra, a modo de saludo.

— Llegué por los pelos…

— Se nota —declaró la asiática, notando pequeñas gotas de sudor en la frente de la rubia—. Cambiando de tema, ¿Cómo ha ido tu relación con tu madre? —formuló.

— La verdad es que no ha avanzado casi nada. Miriam es así. A menos que ella tenga un trabajo y sienta que no tiene tiempo para su hija no va a cambiar en lo absoluto —respondió, encogida de hombros.

— Claro —afirmó—. Pero sabes que ella está tratando de dejar el alcohol por tu bien, ¿No? —contestó la otra.

— Sí —asintió—. Aunque no es tan simple… —replicó ella, evadiendo el tema. No quería hablar mucho sobre eso. Sabía que intentaba animarla, pero aún no estaba preparada para aceptar la realidad del problema de su madre.


Cuando era pequeña, no podía evitar ser curiosa. Interrogaba a sus padres, aunque no siempre obtenía una respuesta satisfactoria.

— ¿Qué es eso? —preguntó la niña uniceja, señalando la taza que sostenía la mujer de cabello rubio.

— Café —contestó secamente.

—¿Puedo tomar un poco? Huele bastante bien... —sonrió ella.

— No, Helga. No es para niños —negó su madre

Luego de muchos tiempo, llegó a darse cuenta que eso en realidad no era "café" sino otra cosa totalmente diferente.

A través de los años vio que ella empezó a volverse algo violenta con su marido, produciendo algunas peleas con su hija de por medio.

— Miriam, me estás tapando la televisión, ¡¿puedes apartarte de ahí?! —exclamó el hombre, haciendo un ademán grosero.

— Cállate Bob —respondió su mujer, agresivamente—. No necesito que me digas qué hacer y qué no.

— No te atrevas a hablarme de esa manera —respondió él, amenazadoramente—. Otra vez con tu "problemita" ¿No? ¡Nunca me habías levantado la voz así!

— ¡¿Y crees que tengo que ser un robot que haga sólo lo que tú digas y no me revele a las idioteces que a veces dices?! ¡Y deja de meterte en mis asuntos! Yo me arreglo sola, ¡Soy lo suficiente adulta para que no metas tus narices en algo que no te incumbe! —dijo, elevando la voz.

— ¿No te molesta que nuestra querida hija Olga te vea así? Porque se ve que te encanta que vea lo demacrada que estás ahor-

— ¡CÁLLATE! ELLA NO IMPORTA AHORA, ¿SABES? A TI SOLO TE IMPORTA OLGA, ¿NO? NUESTRA HIJITA PERFECTA. ¿HELGA SOLO ES UN OBSTÁCULO? —gritó la mujer, interrumpiéndole.

— Yo no dije eso Miriam. Estoy tratando de mejorar la relación con nuestra hija menor… —contestó el hombre, tratando de calmar a su mujer. Muy pocas veces eran las que él se mostraba más calmado y con la cabeza fría.

— ¡ESA ESTÚPIDA PSICÓLOGA PARA PADRES LO ÚNICO EN LO QUE TE AFECTÓ LA RELACIÓN ES ACHICARTE TU PEQUEÑO CEREBRO MÁS DE LA CUENTA! ¡YO TRATO DE SER BUENA MADRE CON HELGA, PERO TÚ LO ÚNICO QUE SABES HACER ES MIRAR TELEVISIÓN Y COMER COMO UN CERDO!

Helga, a la edad de nueve años, observaba la pelea con los ojos muy abiertos. Parecía como si Miriam fuera una persona completamente diferente. Odiaba admitirlo, pero esa faceta suya le daba miedo. ¿No la querían? Aunque siempre lo hubiera sabido. De pequeña, sólo alababan a su hermana mayor. Nunca le prestaban atención.

Lágrimas silenciosas corrieron por sus ojos. A pesar de que aparentaba ser fuerte, no lo era. Muy dentro de ella era muy sensible a las críticas de los demás. Se encerraba en su caparazón e intentaba que nada le afecte. Pero cuando se trataba de sus padres o el chico que amaba…

— Helga… —murmuró Miriam preocupada, viendo sus lágrimas. Nunca se dio cuenta que su hija pequeña lo pasaba tan mal. Discutir con Bob, ¿Eso es lo que quería? No… tenía que hacer algo. Si tenía que dejar el alcohol… por su hija… estaba bien. Su instinto maternal estaba por arriba de su adicción. No iba a dejar que eso le gane.

Quiso correr hacia ella para consolarla y reconfortarla, pero ahora no estaba.

A veces la niña no podía evitar llorar silenciosamente, encerrándose con llave en su cuarto. Se acurrucaba en su cama y desataba todas sus frustraciones con la almohada. Miriam y Bob Pataki a veces podían ser muy, muy malos padres.


— Helga… —llamó Phoebe, por lo bajo—. ¿Estás bien? Pareces estar algo pálida —añadió, alarmada.

— ¡Ah! —exclamó—. No, no es nada de lo que debas preocuparte —Dijo la adolescente, moviendo rápidamente su brazo derecho a ambos lados, como si así pudiera apartar los problemas, de un manotazo.

Su amiga sólo siguió observándola con sus lentes de marco azulado, como si pudiera examinarla con rayos X.

Después de algunos años de ir a la psicóloga, la doctora Bliss, comenzó a hacer efecto las largas sesiones con la mujer. Empezó a conversar más y estrechar lazos con su amiga Phoebe. Pero incluso con ella, no le era tan simple contarle sus problemas personales. Además, detestaba que la asiática se preocupara de esa manera. Le hacía pensar que la estaba hiriendo de alguna forma.

Tratando de distraerse, observó a su alrededor. El chico rubio estaba sentado dándole la espalda. Su amigo Gerald estaba conversando con él.

De repente, todos volvieron a su lugar, indicando la llegada del profesor.

— Hoy tenemos a dos nuevos alumnos… —anunció.

«Otra vez no. Dios» se quejó a sus adentros.

— Pasen —dijo el profesor, con un ademán.

Helga observaba a los dos adolescentes. Los dos eran muy parecidos y vestían ropa negra.

— H-hola a t-todos. Soy A-annie Chat-te… —susurró la chica, sin poder siquiera pronunciar su apellido completamente.

— Y yo su hermano gemelo, Christopher —interrumpió el otro, sonriendo—. Pueden llamarme Chris

Por un segundo, la chica le pareció que sus orbes negros lanzaban una mirada amenazadora a su acompañante.

Se frotó los ojos «¿Será mi imaginación?» pensó, extrañada.

— Somos alumnos de intercambio de Francia —escuchó.

«Francia... ¡¿Francia?!» que coincidencia. Sonrió.

Los miró de frente. Ah. El pelo de la adolescente tapaba uno de sus ojos. En cambio el chico parecía muy entusiasta y divertido de las miradas que atraía.

La miró de reojo y su sonrisa se ensanchó más, como si se tratara de un programa de televisión interesante que pasaran por la televisión.

«¿Qué le pasa a ese?» pensó, fastidiada «Me hace acordar a los babosos que seguían a Olga y se colgaban de su faldita»

Miró de nuevo al cabeza de balón. Estaba embobado mirando a la nueva. «Agh. Siempre lo mismo. Se enamora de idiotas que nunca le prestarán atención…» pensó con fastidio.

Le tiró un avión de papel, escrito en rotulador negro "Idiota" Le pegó en su cabeza. Se tapó la boca para aguantar la risa. Las facciones de su cara eran tan graciosas… aunque sabía que él estaba molesto, no podía evitarlo.

— Siéntense —ordenó el profesor, casi sin interés. Parecía querer empezar su clase de inmediato. Annie se sentó enfrente de ella. Tenía las orejas muy rojas. La rubia giró lo ojos. ¿Por qué, de todos los lugares, eligió el asiento cerca suyo?... Apenas había entrado a la clase suya y ya le desagradaba. «Un récord. Merecería un premio» se felicitó falsamente, con sorna.

Hoy tenían Geografía, una asignatura un tanto aburrida para casi toda la clase. La mayoría dibujaba, se ponía a chatear con el celular o se dormía. Ella, en cambio, escribía poesía. Le apasionaba la literatura romántica.

— ¿Quién me puede decir qué es latitud geográfica? —preguntó el profesor—. No es demasiado difícil —agregó.

Phoebe levantaba la mano. Ella se sorprendió cuando vio otra levantada antes que la suya. Era la nueva.

— ¿Annie Chateau? —señaló. Su rostro se iluminó de repente, esperanzado. Seguramente estaba muy feliz ya que eran muy pocos los que tenían verdadero interés en su materia.

— L-la latitud geográfica es l-la distancia angular m-me-medida en grados entre c-cu-cualquier punto de la Tierra y el p-paralelo 0.

«Son palabras textuales de el libro de Geografía… ¿Cuándo…» se sorprendió el hombre.

— No otra vez —se quejó la asiática, maldiciendo por lo bajo.

Lamentaba admitirlo, pero esa nueva parecía poseer un alto nivel intelectual. Esto era muy extraño. ¿Para qué querría ir a una escuela normal cuando podría ir a una de élite?


Cuando tocó el recreo, Arnold se acercó hacia ella.

«Al final, él… se habrá dado cuenta de mis sentimientos» pensó Helga, con una mirada soñadora, sonrojándose.

— Hola Annie. Yo soy Arnold —se presentó el chico, con una sonrisa—. ¿Te sientes bien? —preguntó.

Helga se derrumbó en su asiento, decepcionada. «Así que sólo era la nueva…»

— T-todo b-bien. G-gu-gusto en conocerte —exclamó la chica, algo nerviosa.

— ¿Quieres que te enseñe la escuela? —preguntó el rubio—. Así te será más fácil orientarte —agregó él.

— S-si q-quieres —aceptó Annie, tartamudeando.

Los dos se fueron sin mirar siquiera a Helga.

— ¿Quién se cree esa para coquetear así con él? Parecen una pareja cursi de telenovelas— murmuró la rubia, con su corazón latiendo rápidamente. Luego se escondió debajo de su banco, sacando un relicario dorado de su cuello que contenía una foto sonriente del chico mencionado.

— Mi querido Arnold, siempre tan caballeroso y samaritano… ¿Pero por qué, por qué tienes que estar con una chica que tan sólo acabas de conocer? —pronunció, sintiendo una punzada en su pecho.

Esa chica se parecía mucho a Lila: linda, inteligente y tímida. En pocas palabras, perfecta. El único defecto sería el tartamudear; sin embargo se veía opacado por todo lo demás.

Aunque ella no estuviera en ese momento, estaba convencida que si se conocieran se harían amigas de inmediato. No obstante, la chica pelirroja ya no se encontraba entre ellos. Había decidido volver al campo y ayudar a su padre. Pese a que no lo admitía abiertamente, extrañaba un poco a sus pecas y acento campirano

Escuchó a Rhonda conversar con su amiga Nadine.

— Esa chica tiene un buen sentido de la moda. Se merecería ser amiga mía —dijo, egocéntricamente. Le faltaba la risa de "me importa todo una mierda excepto yo misma"

Volvió a concentrarse en el asunto de la chica nueva, ¿Qué diablos? ¿Por qué se había enamorado a primera vista de la chica que apareció apenas hace unos minutos? ¡¿No se suponía que seguía queriendo a Lila?!

Por esa razón es que no entendía realmente a los hombres. Aunque se comportara los más marimacha posible, no lograba comprender sus mentes. Se decía que las mujeres eran complicadas, pero eso no quería decir que los chicos tampoco lo fueran.

Sintió una respiración cerca de su cuello, sacándola de sus cavilaciones.

— ¡BRAINY! —gritó ella espantada, golpeándolo fuertemente en la cara.

«Agh. Un día HORRIBLE» pensó ella, remarcando la última palabra y dando zancadas por el pasillo. Quería desquitarse con alguna cosa, sea cual sea.

Chocó con algo. Ese algo era una persona.

— Mira por dónde vas, cabeza de balón —le espetó. Ya tenía suficiente de todo esto.

— Lo siento, Helga —se disculpó el chico.

— No necesito tu perdón —escupió despectivamente, sacándose el polvo del vaquero.

Él solamente rodó los ojos con fastidio. La chica que lo acompañaba los observó escrupulosamente.

«Qué interesante pareja encontramos aquí. Creo que de aquí en adelante los días no serán tan aburridos» sonrió la chica, divertida.

Por alguna razón Helga sintió un escalofrío correr por su espalda.

«Definitivamente hoy es el peor día que he tenido» resopló la rubia, apartándose un mechón rebelde de su frente.


Bueno, hasta acá el prólogo. Es el capítulo más largo que hice en mi cuenta de fanfiction. Llegué a las 3.000 palabras, mi meta :D

Espero que les haya gustado, dejen su opinión en la cajita de abajo :3

Tengo unas ideas para el capítulo uno, espérenlas :') Bueno, si las logro materializar en un texto, claro xD

Me esforzaré para hacer una historia completa...

Que tengan un buen día :)