Historia del mago


La luz golpeó con intensidad. Quemaba tanto que le hacía daño a los ojos.

—La luz... ¿Por qué me duelen los ojos?

—Nunca los has usado, John. Igual que tus músculos, por eso están flácidas. Necesitarás pasar una rehabilitación antes de nada.

—¿Qué va a pasar ahora? —quiso saber

El hombre trató de tranquilizarle.

—No te preocupes por eso ahora, John, ya habrá tiempo para las explicaciones.

El hombre estuvo a punto de salir por la compuerta de aquella metálica estancia. Pero antes de dejarle sólo, John habló:

—Morfeo... ¿Dónde está mi varita?

El aludido se dio la vuelta y miró a John, que permanecía tendido sobre la camilla, mirándole implorante.

—Tranquilo, John, también habrá tiempo para eso. Habrá tiempo... para muchas cosas. Descansa.


Apoyó la cabeza contra el frío metal y cerró los ojos. Desde que había terminado la rehabilitación no había salido de su camarote, esperando a las respuestas que Morfeo le había prometido.

De repente, la compuerta se abrió, entrando Morfeo en la estancia.

—Buenos días, John. ¿Listo para algunas respuestas?

Al rato, caminaban por la sala principal de aquel sitio donde se encontraban, aunque John no sabía muy bien de qué se trataba.

—¿Qué sitio es este? —quiso saber.

—Mi nave, la Nebuchadnezzar, un aerodeslizador. Esta es la sala principal, desde donde nos conectamos a Matrix. Ven, siéntate aquí.

John así lo hizo, sentándose sobre un viejo sillón. A un lado había un pequeño ordenador. Antes de que pudiese hacer o decir nada, notó cómo alguien le introducía un artilugio punzante en el cuello, cerrando los ojos de puro dolor.

El dolor acabó por cesar. Abrió los ojos y se encontró en un amplio espacio en blanco, sin nada mas que él mismo. No había rastro alguno de la Nebuchadnezzar. Miró a un lado, donde vio a Morfeo, solo que parecía otro. Las sobrias vestimentas que llevaba en la nave habían sido sustituidas por un elegante traje y unas gafas de sol.

—¿Esto es Matrix? —preguntó John.

Pero Morfeo negó con la cabeza.

—No. Es un programa de carga. Nuestro programa de carga. Aquí nos proveemos de todo lo que necesitamos, desde ropa hasta... armas. Si te das cuenta, tus ropas son distintas, y tienes un rastro de pelo y, sobre todo, has recuperado tu barba. Eso hace este programa y Matrix en general, nos da la imagen que tendríamos en ella. Pero ahora mismo no necesitaremos nada. Ven, siéntate.

John no lo había visto, pero frente a Morfeo aparecieron dos grandes butacones y una vieja televisión, una que a John le recordó a la que su abuelo poseía. O aquel quien él creía que había sido su abuelo.

Se sentó en uno de ellos, al igual que Morfeo, quien tomó un mando a distancia y encendió la televisión. En la pantalla se vio el perfil de una ciudad.

—Este es el mundo que creías conocer, John. Grandes ciudades, personas yendo a sus trabajos, ganándose la vida... Una sociedad que ha alcanzado el apogeo de su conocimiento, regocijándose en su sabiduría al crear... a la IA, la inteligencia artificial. Pero qué pensarías si yo te dijese que todo eso es una mentira, que el mundo que has creído conocer, el mundo en el que has vivido toda tu vida no es real —pulsó un botón y la idílica imagen cambió a una de una ciudad totalmente arrasada, con un cielo negro y tormentoso. La imagen, de repente, pareció materializarse alrededor de los dos hombros, cambiando el blanco espacio por el de una ciudad en ruinas —. Bienvenido, John, al desierto de lo real.

—¿Cómo... cómo es posible? —John no daba crédito a lo qué veía.

—Nunca supimos quién dio el primer paso, si las máquinas o nosotros, pero si sabemos que fuimos nosotros quienes bombardeamos el cielo. Privadas de su principal fuente de energía, las máquinas cambiaron su percepción de nosotros.

—¿Qué quieres decir?

Morfeo se calló un momento antes de hablar, meditando lo que iba a decir.

—El cuerpo humano es más sorprendente de lo que nos pueda parecer, John. Genera más bioelectricidad que una pila de 120 voltios y más de 25.000 julios de calor corporal. Combinado con una forma de fusión, las máquinas contaban ahora con toda la energía que podían necesitar. Más, incluso, que el propio sol —se calló un momento, manteniendo la mirada perdida —. Tú viste los campos, John, tal y como los vi yo. Me negaba a creerlo, pero es verdad. Este es el mundo que conoces ahora, un mundo donde los humanos ya no nacemos, sino que se nos cultiva. En interminables campos que se extienden hasta allí donde la vista se pierde. ¿Qué es Matrix? Matrix es control, un programa informático para esclavizar a la raza humana y reducirla a una mera forma de obtener energía.

John permanecía sentado sobre el butacón, aunque en clara tensión.

—Los magos... ¿también sabían esto?

—Las personas mágicas, John... son seres humanos. Sois seres humanos. Ellos tampoco pudieron escapar a las máquinas.

—¿Y no queda nadie de los míos?

Morfeo negó con una mano, tratando de tranquilizarle.

—Sí que los hay, John, porque no todos caímos en las garras de las máquinas. Hubo muchos que huimos, algunos de los tuyos con ellos. Conforman ahora una pequeña comunidad en Sión.

—¿Sión? —no entendía a qué se refería.

—La última ciudad humana que existe, emplazada cerca del núcleo terrestre, donde aún hace calor.

—Entiendo... Y esa comunidad mágica de Sión, ¿podré verla algún día?

Morfeo asintió con la cabeza.

—Has tenido suerte, la Nebuchadnezzar viaja a Sión para repostar. Llegaremos en tres días. Mientras tanto, mira dentro de tu bolsillo.

Así lo hizo John, notando, de repente, un bulto. Del bolsillo sacó una varita mágica. La contempló un momento y, acto seguido, la agitó, provocando una pequeña lluvia de chispas. Sonrió y siguió contemplando la varita. Morfeo, por su parte, siguió sentado en su butacón, mirando seriamente a John.


Sión era más impresionante de lo que Morfeo y el resto de la tripulación de la Nebuchadnezzar le había comentando. Lejos de parecerse a cualquier ciudad estándar, con sus altos rascacielos, el núcleo principal de la ciudad era su muelle de atraque, una enorme bóveda donde se encontraban las principales naves de la flota. Desde allí, por lo que dedujo John, se accedía a otras partes de la ciudad.

Tras atracar la nave, Morfeo le llevó hasta uno de los subniveles de la ciudad, donde accedió a un complejo de habitaciones y grandes estancias.

—Te dejaré aquí, porque es un asunto tuyo. La nave saldrá mañana, tómate tu tiempo.

Caminó por un enorme salón, donde varias personas se encontraban sentados en el suelo y charlaban o intercambiaban artilugios. Algunos le miraban pasar, mientras otros no reparaban en él. Se suponía que todas esas personas eran magos y brujas, pero John no veía magia en ninguna parte.

—Hola —saludó a una anciana que descansaba sobre una silla, leyendo un libro —. Me llamo John. Hace poco que he...

—¿Desconectado de Matrix? —preguntó ella. John asintió, provocando que la mujer sonriese — Suele pasar que nadie sabe explicarlo al principio. Dime, John, ¿qué necesitas?

—Yo... Soy un mago.

La mujer se levantó de repente, a pesar de su avanzada edad.

—Bienvenido. Esta es la comunidad mágica de Sión, descendientes de los magos y brujas que sobrevivieron a la guerra contra las máquinas. Eres uno más de nosotros.

John miraba extrañado a aquella mujer, que parecía más una fanática que otra cosa.

—No he visto que aquí realicen magia.

La mujer bajó la vista.

—No podemos. No tenemos varitas ni materiales para realizarlas, pues ya no existen. Su conocimiento se perdió hace mucho tiempo.

—Pero... Pero aquí también hay desconectados de Matrix, ellos sabrán cómo se hacían. Y pueden conectarse, pueden ir a ver un fabricante o...

Pero la anciana no respondió a aquello. Volvía a sonreír y retomó su lectura. John miró a su alrededor, viendo como la gente manipulaba objetos, agitaba trozos de metal como si fuesen varitas, pronunciaban hechizos o consultaban libros.

Lentamente, John abandonó aquel lugar.


Al rato, entraba en el camarote de Morfeo en la Nebuchadnezzar.

—¿Cómo te ha ido, John?

—Todo es una mentira, ¿verdad? Esa gente no hace magia.

Morfeo junto las manos mientras meditaba lo que iba a decir.

—Es cierto, no la hacen. No son magos.

—Entonces... ¿Dónde están los magos?

—No lo has entendido, John, la magia... no existe. Es parte de la programación de Matrix, aunque no logramos entender esa parte. No sabemos si es intencionada o un fallo generalizado que afecta a algunos seres humanos conectados pero que no les perjudica ni compromete a toda Matrix en sí. Pero que, a fin de cuentas, explica vuestro mundo, vuestra magia. Vuestra capacidad para realizar hechizos, para hacer todo aquello que un humano corriente no podría.

John se sentó sobre una silla, sin dar crédito.

—Yo... ¿No soy un mago?

—Me temo que no, John. Los desconectados que fueron magos o brujas en Matrix son los que más difícil les resulta adaptarse, cuando se dan cuenta de que no van a poder hacer magia nunca más. Son los que más tiempo pasan conectados después, lo cual no es bueno. Por eso tenemos esa "comunidad mágica", como efecto placebo. Si no, con el tiempo... acaban suicidándose. Por la fuerte dependencia que tienen.

—¿Por eso veníamos a Sión? ¿Para ver si necesitaba un... efecto placebo?

Morfeo bajó la mirada, a modo de disculpa.

—Es la regla general para con vosotros, John, no soy yo quien lo decide —el hombre asintió, con la mirada perdida —. ¿Estás bien, John?

Pero el aludido cambio su rostro a uno totalmente serio.

—Ya no soy John, Morfeo. Todos aquí tenéis un nombre y yo ya he decidido el mío.

—Me alegra oír eso, todos necesitamos algo para distraernos. Pronto encontrarás otras cosas que hacer. ¿Cómo te llamas ahora?

John miró seriamente a Morfeo, en silencio.

—Cifra. Me llamo Cifra.


Nota del autor: Chan, chan, chaaaaaan xD Juro que la idea era más elaborada (y extensa) en mi cabeza, pero al final me ha salido esto. Espero que a Gaheller le haya gustado.