Más allá


Se detuvo un momento para poder recuperar el aire. Miró atrás, contemplando la cuesta que acababa de subir. Jadeando, se secó el sudor de la frente. Echó un vistazo a la vieja cámara de fotos que colgaba de su cuello y, reponiéndose, continuó con su andadura.

En el pueblo se habían comentado muchas cosas, pero todas coincidiendo en una cosa, el enorme castillo que había aparecido a unos kilómetros de allí. Muchos no habían dado crédito a lo que decían unos pocos. Cerca del pueblo sólo había un valle y un gran lago de oscuras aguas, pero nunca en la vida un castillo había descansado allí, menos aún había podido aparecer de la nada de la noche a la mañana.

Pero ella sí que dio una mínima credibilidad a la historia. Tampoco tenía nada que perder, únicamente una larga caminata hasta el valle, que en su vida diaria suponía una novedad. Trabajaba como reportera en el periódico local, si es que se le podía llamar periodismo a redactar las noticias oficiales del ayuntamiento y, de vez en cuando, alguna historia fuera de lo normal que inmiscuía a algún vecino. Pero muy rara vez.

Si allí no había ningún castillo aparecido de la nada, volvería entonces al pueblo y a su insulsa vida. Si realmente lo había, supondría una noticia que pondría al periódico local, y a ella misma, en el plano internacional. Alguna buena oportunidad de trabajo podría salirle, capaz de hacerle abandonar su entorno e irse a la gran ciudad.

Finalmente, salió del bosque. Desde donde se encontraba había una perfecta vista del valle y del lago. Y más allá, aquello que despejó todas sus dudas. Un enorme castillo al pie de las altas montañas, con grandes torreones, vidrieras... Era una maravilla arquitectónica que jamás en su vida había visto. Su padre le había llevado numerosas veces al valle, donde allí no había nada más que la propia naturaleza. Y, sin embargo, ahora estaba allí mismo, viendo aquel castillo.

Cogió su cámara de fotos y apuntó con el objetivo. Mientras ya había efectuado varias, se percató de que allí abajo, en los enormes terrenos adyacentes, había gente. Sin dudarlo ni un momento, a pesar de tener ya la exclusiva en sus manos, descendió hasta llegar al valle, en dirección a aquel castillo.

Sin embargo, reparó antes en otra estructura. Completamente hecha de madera, con varias torres simétricamente situadas y estandartes de varios colores colgando de ellos, le pareció ver objetos volando sobre aquella estructura. Echó un vistazo al castillo antes de dirigirse hacia aquello que estaba sucediendo. Cuando estuvo más cerca, se sorprendió de ver lo que veía. Eran personas, chicos y chicas jóvenes. Y estaban volando, volando sobre escobas, lanzándose una pelota entre ellos.

Su cámara no paraba de hacer fotografías. Ni se preocupaba de si alguna había captado a uno de esos chicos volando en escoba, iba a gastar por completo el carrete. Se oían estruendos de voces, pero decidió no seguir allí, sino ir hacia aquel castillo. Cuando llegó y para su sorpresa, no había nadie en él.

Dedujo que sus habitantes estaban en aquella estructura de madera, contemplando a aquellos chicos volando en escobas. Su cámara, de nuevo, no paraba de hacer fotografías: de un enorme vestíbulo con una escalera de mármol y una especie de relojes de arena llenos de piedras preciosas. Aquello reluciente que vio le parecieron rubíes. También una enorme estancia con cuatro largas mesas, con un techo... ¡no había techo! ¡Se podía ver el cielo abierto!

Continuó con su andadura, obnubilada por lo que veía. El carrete hacía rato que se le había agotado, pero se negaba a abandonar aquel lugar, uno que parecía hasta mágico.

De repente, al doblar una esquina, reparó en tres personas que se encontraban al final de un pasillo. Iban ataviadas con trajes negros y gafas de sol.

—Esto... Hola. No quería molestar, es que..

—No debería estar aquí —dijo uno.

—Probablemente sea un fallo —indicó otro.

—Ellos no deberían ser capaces de verlo —comentó el tercero.

Los tres miraron un momento a la periodista.

—¿Procedemos? —preguntó el primero.

—Sí, el error...

—Debe repararse.

Los tres hombres caminaron hacia ella. Asustada, echó a correr, intentando huir de aquel castillo. Los tres hombres echaron también a correr, persiguiéndola. Para cuando llegó al vestíbulo, comprobó horrorizada que las grandes puertas estaban cerradas. Se dio la vuelta y aquellos hombres la cercaron.

El primero de ellos se acercó.

—Usted... no debe estar aquí.

Alzó una mano hacia ella, mientras ella misma cerraba los ojos, preguntándose si aquel iba a ser su fin. No se atrevía a abrir los ojos. No había nada que quisiese ver...


Despertó en su cama, aterrorizada. Un sudor frío recorría todo su ser. Miró a su alrededor, hasta que reparó en su cámara. Se levantó y comprobó que el carrete estaba usado por completo. Bajó hasta su cuarto oscuro, donde revelaba sus fotografías. Estaba convencida de lo que había visto y necesitaba comprobarlo de nuevo.

Tiempo después, mientras las fotografías se secaban y sin esperar a ver qué había captado, salió corriendo de su casa con dirección al valle. Era noche cerrada y corría peligro de perderse en el bosque, pero necesitaba verlo por ella misma. Necesitaba ver que ese castillo seguía ahí. Tras un largo viaje, llegó hasta el valle, pero siendo de noche no podía ver nada. No vio ningún castillo ni ninguna luz, pero bajó hasta el valle para comprobarlo de primera mano. Había sacado de su bolso una linterna que trajo consigo. La encendió e iluminó a su alrededor. Caminó hasta que se topó de bruces con una verja. Pasó la luz de la linterna hasta que dio con un cartel: "NO PASAR", rezaba.

Miró a través de la valla, viendo unas ruinas de alguna antigua estructura. Se apartó mientras en su mente se producía un intenso debate. Por un lado, no había allí ningún castillo. No se encontraba allí el castillo en el que había estado. Por otro lado, una parte de sí misma le decía que esas ruinas habían estado siempre allí, las viejas ruinas de algún antiguo castillo en el valle, ni siquiera un reclamo turístico, pues decían que eran muy peligrosas.

Se arrodilló en el suelo, respirando con dificultad. Volvió a mirar el cartel y, de repente, sintió la imperiosa necesidad de alejarse de allí. Se levantó y se dio la vuelta, volviendo al bosque con la intención de regresar a casa.

Una vez estuvo allí, reparó en el cuarto oscuro donde revelaba sus fotografías. Vio las últimas fotografías que había revelado, sin recordar siquiera haberlo hecho. Entró en el cuarto y cogió las fotografías, ya secas. Se había revelado por completo. En ellas vio las ruinas del castillo del valle. Frunció el ceño, pues no entendía para qué había ido hasta allí a tomar fotos de las ruinas, si no tenían atractivo alguno. Se encogió de hombros y tiró las fotografías a la basura. Abandonó el cuarto y subió a su habitación. Antes de apagar la luz y tumbarse en la cama, miró a través de la ventana. Una solitaria farola iluminaba la plaza del pueblo. Estaba desierta por completo, salvo por una única persona que allí se encontraba, un hombre ataviado con un traje negro. Curiosamente, parecía estar mirándola directamente a ella. Un escalofrío le recorrió por completo, pero corrió la cortina, y se fue a la cama, hasta dormirse.

Aquella noche, y todas en adelante, sin comprender por qué, soñó siempre con un castillo. Un enorme castillo en el valle, cerca de allí.