Aclaraciones iniciales:

El fic está basado en los acontecimientos de Ocarina of Time, siendo este primer capitulo antes de estos.

Los pensamientos están en cursiva, por cierto.

Los personajes de este fic no me pertenecen y hago esto solo por mera entretención y sin ánimos de lucro.

Espero que disfruten la lectura. :)


Mudora

Si hubiera algún libro con la historia de tu vida, ¿leerías el final? —Dijo la voz, con ese tono lúgubre y sardónico, al que ya se había acostumbrado.

¿Por qué no? —Respondió, su tono era una burla en comparación al que usaba la voz, ésta no la vio pronunciar su pregunta, pero podía imaginar su sonrisa desafiante y juguetona.

Ojalá hubiera visto las verdaderas intenciones tras sus palabras.

I

La advertencia

Zelda pensaba en aquel entonces que había veces —muchas de hecho— en las cuales no podía ser más feliz.

Aquello, acompañado del pensamiento de que si una minúscula gota de felicidad entraba en su ser definitivamente estallaría, pero no moriría, claro que no lo haría. Algo como la felicidad nunca podría matarla.

Más bien, creía en la posibilidad de que aquellos fragmentos que componían su ser llegaran a tomar la forma de una pequeña Zelda. Mucho más pequeña de lo que actualmente era, porque para los cortesanos ella todavía era la pequeña princesa Zelda.

Si fuese así, bien sabría lo que haría, cómo no saberlo. Perseguiría a sus maestros por todo el castillo, incluso en aquellos lugares recónditos en donde, a veces, le daba miedo ir por el ambiente sombrío que había allí. Los hartaría con todas esas preguntas que tanto les molestaba que hiciera y los obligaría a responderlas, si no, no servían de nada sin su respuesta, a menos que esta no fuera al caso. O fuera uno de sus intentos para disuadirla.

Pensaba, con esa sonrisa traviesa que solo ella tenía, en sus caras de fastidio al escuchar tantos cuestionamientos dichos sin cesar por cientos de diminutas voces al unísono. O mejor aún, que cada una de sus "mini-yo" pronunciara una pregunta distinta, porque bien sabía que si quería saciar su curiosidad debía de contar con la colaboración de todas para acabar ese mismo día (aunque lo creía imposible, su curiosidad era infinita).

Zelda podía divertirse a sí misma fácilmente con ese tipo de pensamientos revoloteando en su cabeza, de la misma forma en la que había visto la hadas hacían sus travesuras. Sus fantasías le permitían gozar de todas aquellas cosas que no se atrevía, ni se atrevería a hacer. Por suerte, siempre podía soñar y puesta a soñar, ¡podía hacerlo en grande!

La pequeña princesa, de recientes ocho años cumplidos, contaba con una curiosidad y vivacidad que se reflejaban en sus cristalinos ojos azules, y ciertamente no dejaba de sorprender, incluso a aquellos cercanos a ella, como Impa, que según le decían varios, era una tarea harto difícil.

Una mañana despertó con unas imperiosas ganas de leer, la princesa era una ávida lectora a su corta edad. Así que hizo todo el mérito posible para acabar con sus clases en el menor tiempo posible.

Logró su objetivo sin dificultades, hacia algún tiempo había dado con el truco y este para su suerte, o desgracia (aún no sabía cómo determinarlo), consistía en quedarse callada. Quería darse el tiempo de encontrar un buen libro con el que entretenerse un buen rato, alimentar su imaginación y creatividad, y refrescarse el pensamiento.

Zelda recorrió los largos pasillos de la biblioteca con reprimida impaciencia, porque si realmente esperaba encontrar lo que buscaba debía hacer acopio de toda la que poseía. Se repitió mentalmente las palabras de Impa, la paciencia es una virtud decía, con ese timbre de voz tan monótono que la caracterizaba. Pensó entonces que Impa de verdad debía de tenerla, porque después de tantas veces de repetirle hasta el hastío la misma frase, ella no terminaba de comprender como no se cansaba.

Por lo tanto, ¿no era más fácil calificar la impaciencia como una característica inédita en ella y dejarla a lo suyo, así como su nana poseía una testarudez de magnitudes similares a su impaciencia? Impa parecía no entender aquel punto y como no poseía su perseverancia decidió dejarlo, en cuanto vio que nunca daría su brazo a torcer, de la misma forma en que a ella le hubiera gustado que la dejaran.

Cuando terminó de ver los estantes más bajos, los únicos que ella alcanzaba, se dio cuenta de que ya era hora de ver los más altos. Pidió ayuda a unos de los encargados de la biblioteca, el más joven y el que mejor le caía. No hizo preguntas, como de costumbre, solo se limitó a ofrecerle una sonrisa cordial y obedeció.

A Zelda le agradaba porque era uno de los pocos que no mostraba una falsa preocupación por su integridad, no como las criadas y demás sirvientes, que la cuidaban de hasta de cortarse con un papel. Frunció levemente el ceño cuando recordó aquel hecho, ella no estaba hecha de cristal, así que no entendía por qué tanto interés por su bienestar.

Con la escalera en su sitio comenzó a subir entusiasmada, peldaño por peldaño, con la agilidad característica de los niños de su edad. Rió levemente cuando recordó la pereza con que las encargadas de la biblioteca subían para reacomodar los libros, ninguna comprendía su emoción cuando la veían a ella.

Zelda estaba a mitad de la escalera cuando una idea cruzó su mente con la velocidad de una flecha, incrustándose con suma certeza, era una de esas ideas que luego de ejecutarlas las consideraba estúpidas, pero en esos momentos no sonaba tan mal. Así que hizo caso a ese impulso, no creía en que se arrepentiría más tarde. Continuó subiendo hasta alcanzar lo más alto, tomó impulso y haciendo nuevamente uso de su portentosa agilidad, se arrimó sobre el estante sin el menor esfuerzo.

Desde allí a Zelda la vista le pareció impresionante y como no tenía miedo a las alturas se atrevió a mirar hacia abajo, desde allí los pasillos le parecían un cordelito. Por un instante se sintió tan omnipotente, ella siempre era quien debía alzar la vista para ver a los demás.

La inmensidad de la biblioteca la asombró nuevamente, aunque en ningún momento se sobresaltó, ella muy bien conocía cada lugar de la estancia, había recorrido innumerables veces todos sus rincones y podía jurar que no había sitió que ella no conociera. Ahora podía vislumbrar con detalles aquel lugar que tanto apreciaba, giró sobre sus talones, provocando una elegante sacudida de su vestido, rosa pastel —como amaba ese color— dedicándose a observar lo que tan bien había memorizado, desde arriba todo le parecía tan nuevo. Luego su vista se detuvo y todas sus afirmaciones se quebraron en cosa de segundos.

Era un lugar apartado, bloqueado por unos cuantos estantes pequeños, vacíos, viejos y muy destartalados y tras ellos, una vieja repisa, tan añeja, que creía que en cualquier momento se derrumbaría.

Zelda bajó del estante y se deslizó por las escaleras, incentivada por la curiosidad y un nuevo sentimiento cuyo nombre no conocía pero ya tenía uno. Había visto aquel lugar en contadas ocasiones, era uno de esos sitios que procuraba no frecuentar, siempre que iba allí, sentía una extraña presión en el pecho y un terror indescriptible, pero habiéndolo visto de la forma en que lo hizo, podía apartar aquellas sensaciones y dejarse guiar por el impulso.

Llegó al lugar, la madera de las estanterías estaba tan raída que daba un aspecto ligero, aunque seguía pesándole, no le costó mucho trabajo hacer un pequeño espacio para acceder al rincón. Zelda se colocó de costado, entró el estómago todo lo que pudo, contuvo la respiración y giró su cabeza para finalmente entrar.

Ignoró la punzada en sus sienes y el miedo palpitante que crecía a medida que avanzaba, con pasos dubitativos y temblorosos. La curiosidad no había sido suficiente para reemplazar su terror hacia ese lugar, más aún, permanecía ahí, en un rincón alejado de su mente, intacta y protegida de sus temores. Pensar en ella le hizo dar los pasos restantes para llegar a la repisa. Por suerte, estaba a un poco más arriba de un metro desde el suelo, por lo tanto podía alcanzar aquello que se posaba sobre ella.

Era un libro, tan empolvado y viejo como la misma repisa, de tapa dura, voluminosa y cubierta por una gruesa capa de polvo. Zelda lo tomó, las manos le temblaban, su mirada expectante, sus pupilas ligeramente dilatadas y el aliento titilándole.

Ahogó un suspiro y retiró con la mano desocupada parte del polvo, ensuciándosela, no pudo evitar estornudar cuando sintió algunas motitas pulular cerca de su nariz. El libro era de un color rojo pálido desgastado, que en mejores años debió haber sido de un escarlata reluciente. No se leía ningún título en su cubierta.

Mejor, no le gustaba la forma en que algunos libros daban detalles de su contenido a través del título.

Zelda sacó un pañuelo de su bolsillo y terminó por sacudirlo entre pequeños estornudos y balbuceos de reproche por ser alérgica al polvo, luego lo hojeó. Para su suerte, estaba en su idioma, hubiera odiado el hecho de que estuviera en una lengua antigua, pues aunque la conocía, aquello no le bastaba, también había que entenderlo y ella le faltaba bastante para que lograra interpretarlo en su totalidad.

—Pss, pss…Aquí.

Se viró, juró haber escuchado a alguien, pero no vio nada. Probablemente habían sido sus temores los que estaban buscando alguna excusa para seguir asustándola, había sido un murmullo tan apagado…

—Eh, tú, niña, te estoy hablando —Zelda comprendió entonces que no se trataba de una persona, sino de algún espíritu cuya esencia debía de ser muy débil, o quizás estuviera demasiado dispersa.

Se relajó un poco, estaba acostumbrada a ese tipo de presencias, no era la primera vez que un espíritu le hablaba. Desde que su poder mágico había despertado sentía las voces tanto de espíritus como de fantasmas u otros entes cuya naturaleza aún no conocía del todo.

Podía escuchar los susurros del viento y las sabias voces de algunos árboles, las chillonas risas de las hadas, que se decía solo los niños podían escuchar con claridad y algunos otros seres y objetos jamás creyó llegaría a entender.

Descartó la idea de que aquel ser fuera el causante de sus miedos, pues, si así fuera, hubiera podido detectar su presencia antes de que este le hablara. Además, no sentía ninguna aura maligna. Suspiró y decidió contestarle.

—¿No te has sorprendido ni un poco?

—¿Qué acaso me darás algo si lo hago?

—Ah, parece ser que eres una persona que no se sorprende fácilmente. Que aburrida.

—¿Qué te pasa?, ¿acaso fuiste dueño de este libro? —Tal vez fuera un fantasma, cuya aura era mucho más intangibles que la de los espíritus, probablemente le iría a reclamar por haber tomado su propiedad, por la forma en la que le había hablado.

—No, claro que no, yo nunca he sido dueño de nada.

—¿Qué eres? —Zelda decidió mirar al sitió de donde provenía la voz, quizás ella no pudiese verlo, pero él sí.

—Solo soy eso que escuchas, he venido a advertirla, princesa Zelda —contestó la voz, con su tono lúgubre y grave, a la princesa le pareció estar hablando con un anciano amargado y roñoso, aunque por el tono con el que se dirigía a ella, le causaba cierta simpatía.

—¿Qué tipo de advertencia? —Apretó el libro contra su pecho, supuso que aquello no sería bueno para su futura lectura.

—Niña, no deberías tomar ese libro, hazme caso y déjalo en su lugar. Asegúrate que nadie vuelva a encontrarlo siquiera, quémalo si puedes.

La princesa se disgustó, ¿por qué la voz vendría a advertirle sobre el libro? Después de todo, los libros eran ficticios, por lo tanto, nada de lo que apareciera ahí debería interferirle.

—¿Por qué?

—En serio, no creo que sea bueno para ti saber lo que hay en esas páginas —grave error, la voz había despertado la curiosidad innata de la princesa, ahora sí que tenía ganas de descubrir que ocultaba.

—No veo por qué no debería saberlo —su respuesta había sonado escueta, pero sin perder el tono infantil y risueño de su voz.

—Mira, yo no puedo impedir que lo hagas, pero me he tomado la molestia de decirte que lo que contiene ese libro no será bueno para ti. Ni se te ocurra leerlo.

Zelda volvió a mirar en dirección a la voz, consiente ahora de que solo era eso, una voz. Mas aun, le dirigió una sonrisa burlona. La voz sintió la aptitud desafiante de la princesa.

—Mira como lo hago.

Compartieron un par de palabras más, pero no hubo ningún cambio ante la negativa de la princesa. Era imposible.

—Recuerda que te lo advertí…. —Y se desvaneció, sus últimas palabras habían resonado con un tono tan sombrío y macabro, provocando que un escalofrió le recorriera la espalda a medida que la voz se iba apagando.

Salió del rincón, reacomodó lo estantes para que nadie se enterara de aquel lugar y se fue correteando por los pasillos hasta llegar a su habitación. No tuvo que leer mucho para decidir que no pararía hasta terminar. Las palabras se la tragaban.


A pesar de lo mucho que a Zelda le gustaba leer, porque realmente era de sus pasatiempos favoritos, habían veces en las que simplemente no podía impedir que la interrumpieran mientras lo hacía, cosa que de vez en cuando la molestaba en sobremanera, pero en esta ocasión decidió dejarlo pasar. Tenía hambre y era hora de cenar, el estómago le rugía.

Sentía la latente sensación de haber pasado página por página con demasiada rapidez, consiente en la forma en que sus ojos se deslizaban por la hoja sin detención y como en ellos aparecía ese brillo tan particular, el del asombro.

Ahora que se detuvo tenía tiempo de asimilar todos esos conocimientos adquiridos y reconocer todas las emociones aún persistentes. Los acontecimientos relatados le habían sorprendido, incentivando su imaginación e invitándola a pensar en aquella fantasía, porque el relato transcurría en torno a una leyenda.

Una bastante conocida, creía haberla escuchado en una de sus clases de historia.

Cuando acabó de cenar regresó a su habitación tan rápido como pudo, sorprendiendo a algunos en el camino, a veces su entusiasmo era contagioso.

Abrió las puertas e intentó cerrarlas con parsimonia, consiente del sobresalto que había causado. Aquel último recordatorio la había hecho pensar en muchas cosas y entre éstas, la advertencia. Estaba dispuesta a no retomar la lectura hasta averiguar más respecto a la leyenda.

Escondió el libro en un cajón y lo cubrió con las prendas que solo usaba en ocasiones exclusivas e importantes. Cada mañana venían a escoger su vestuario.

Decidió hacer cierto caso a la voz, así nadie podía verlo y también reprimiría sus ganas de continuar.


La clase de historia era la última de aquel día, para mala suerte de la princesa, cuya paciencia no creía darle abasto, pero esta vez decidió armarse de ésta y así no ponerse de mal humor. Cuanto odiaba hacerlo.

De alguna forma las mismas clases habían contribuido en esto, despegándola un poco de aquel mundo ficticio (o tal vez no tan ficticio) y llamándola a curiosear en esas cosas interesantes que había en la realidad.

Muchas de estas cosas de vez en cuando le gustaba rebatirlas, debido a lo complejo que le resultaban algunas ideas.

Para ella la verdad absoluta que tanto le inculcaban no existía, no comprendía la forma en la una idea tan compleja tuviera cabida dentro del pensamiento lógico, siendo que ésta solo podía ser comprendida únicamente por una minoría que llegaba a cierta cantidad de conocimientos exclusivos que aportaban para llegar a ese entendimiento.

Entonces, ¿por qué no estaba aquella "verdad única" dentro del verdadero y comprensible pensamiento lógico, en donde la mayoría de las mentes accedía? Porque muchas veces había encontrado distintas formas en la que se podía explicar un "algo" con aquellas características que lo hacían entendibles, llegando igualmente al objetivo.

Sus maestros parecían no entender aquella concepción de las cosas que poseía la princesa, y en lugar de pedir explicaciones, ordenaban que guardara silencio y atendiera a lo que ellos decían y explícitamente solo a aquello. Seguramente no soportaban que fuera una chiquilla quien los cuestionara, cuando ellos se habían pasado toda una vida estudiando esos conceptos que ahora le enseñaban.

Zelda a veces optaba por callar, sabiendo de los orgullosos que eran, mientas ella se entendiera, no habría que preocuparse.

La ocasión de entonces fue una de esas veces, en donde utilizó la misma estrategia del día que fue a la biblioteca. Pocos días antes.

Dio resultado nuevamente, algunos se habían percatado del silencio de la princesa y volteaban a verla de vez en cuando, las veces en las que creían diría algo, pero por mucho que la observasen el resultado era el mismo. Zelda se encontraba en un estado casi taciturno, algunas veces había abierto la boca para preguntar, luego lo pensaba y decidía permanecer igual, no sin antes fruncir su semblante e inflar las mejillas en señal de reproche consigo misma. Otros simplemente habían ignorado ese hecho, disfrutando de la comodidad que significaba poder dar una clase en paz y sin interrupciones.

A Zelda se le hizo muy pesado.

Para su suerte, la clase de historia había sido distinta.

La visión que tenía su maestro era muy distinta que la de los demás, puesto que Zelda pocas veces participaba, ya que era mucho más difícil de cuestionar. Aunque para ella la guerra no tenía explicación.

Es como si, de repente, a los gobernantes les naciera atentar contra la estabilidad de otros. La explicación más clara seria la ambición de aquellos que seguían insatisfechos que su poder, pero para ella aquello era un concepto difícil de entender, siendo que nunca había tratado con alguien de ese talante.

Más tarde le entendería de la peor forma posible.

Esta vez no tuvo reparos en preguntar y fue muy directa respecto al tema, llevaba todo el día esperando, como se frustraría si llegara a negárselo…

Nuevamente tuvo suerte, el maestro estaba contento aquel día, había entrado a la biblioteca con una sonrisa de oreja a oreja y en cuanto escuchó a Zelda preguntar por la leyenda del Héroe elegido, se lo relató con lujo de detalles, contestando varias dudas.

Según la historia, el Héroe había participado en varios acontecimientos a lo largo y ancho de la historia de Hyrule, ayudando a la nación a salir de los grandes periodos de oscuridad y trayendo la paz de vuelta, contrastando con lo que la leyenda relataba.

Ésta decía, que cada vez que el mal amenazara la estabilidad del reino, un héroe nacería para acabar con él y devolver la armonía a las tierras y la felicidad en los corazones de la gente, trayendo consigo tiempos de prosperidad.

Zelda en el libro había leído como el reino caía ante las fuerzas y el poder del villano, como extendía su tiranía sobre la gente y como ésta debía ajustarse a sus demandas. Se le había encogido el corazón cuando leyó la forma en que la esperanza se extinguía en la mente de los habitantes de aquel reino (porque en ningún momento se decía el nombre de éste).

Pero, ahí estaba el héroe, devolviendo la esperanza y reconstruyendo poco a poco lo que había sido un reino bendecido. Leyó con suma fascinación el valor de aquel destinado a semejante tarea, como se debatía sin temor entre la vida y la muerte contra todo aquello que subyugaría la luz. Zelda pensó más que nunca en lo ficticio que le resultaba todo.

Alguien con una convicción como esa nunca podría existir…Nadie podía poseer un corazón y una valentía tan inmensa como las mismas praderas.

Más aún, la certeza que le había dado su maestro respecto al valor histórico que tenía aquel relato había provocado en ella cierto temor, porque si en alguna ocasión había pasado… ¿Qué podría garantizar que más tarde no? Y por otra parte, estaba la voz y su advertencia, ahora todo cobraba mayor sentido.

Quizá tenía razón… —Pensó la princesa.

—Todas las leyendas tenían su parte verdadera, princesa Zelda —había dicho su maestro ante su reacción—. Pero no hay nada que temer, porque si bien aquello es cierto, entonces, el nacimiento del héroe significa la llegada de tiempos cruentos. No nos queda más que confiar en ello y ver como la leyenda se cumple, las diosas así lo han legado.

Zelda no supo si tirarse reír o llorar.


Aquella charla había provocado que Zelda pensara en mayor profundidad sobre los personajes del libro. De esta forma se le haría mucho más simple establecer relaciones entre el relato y la situación actual y vería como esto repercutía con la advertencia.

En primer lugar, estaba la Princesa del destino, a ella le había causado una familiaridad muy curiosa, pues… ¡Se llamaba igual que ella! Este hecho hizo creerle efectivamente Hyrule era el sitio del que se relataba, la historia se lo confirmaba y el nombre de la soberana solo reafirmaban aquel hecho.

Se recordó porque decía "soberana", después de todo, no podía llamarse soberana a alguien que no toma aún el control total del reino, siendo que antes de su figura estaba el rey. Más aún, en las leyendas, hablaban de la princesa como la principal gobernante. Pensó entonces en lo afortunada que era ella por poder estar acompañada de su padre, el rey.

Tiempo después lloraría su pérdida.

Su tensión crecía y crecía.

Luego estaba la sierva elegida, cuyo único dato relevante era que pertenecía a la tribu Sheikah, el pueblo de las sombras. Zelda cada vez que leía las apariciones de aquel personaje en el libro, se acordaba de Impa. Porque bien se sabía que era una de las pocos descendientes de aquel clan, si es que no era la última.

El villano, su identidad le resultaba sumamente confusa, pero lo que más le preocupaba eran las ambiciones de éste, pues éstas no solo se resumían en el control total del reino, sino también en la obtención de un poder que en detalles no se entraba y cuya información carecía como para averiguarlo ella misma.

Y más tarde, estaba el héroe.

Al igual que con el villano, de su identidad no se hablaba a mayores rasgos, más allá de su voluntad y el valor que poseía, pero por ahí estaba, debía estarlo.

A Zelda le llamó mucho la atención la relación que mantenían el Héroe elegido y la Princesa del destino, pues se exhibía abiertamente que estos reencarnaban juntos y están destinados ayudarse mutuamente y a crear estrechas relaciones, pero no a reconocerse. Era ley de vida empezar desde cero.

Pensó entonces en lo buena que era que de alguna forma estuvieran destinados a reencontrarse, le resultaría muy triste que no pudieran ver a ese alguien con el que en una vida anterior se tuvo una conexión profunda, ¿no estaría esa parte, de forma inconsciente, extrañando al otro? Los lazos verdaderos perduraban sin importar el tiempo, nunca mueren, había leído.

Creyó entonces que aquel relato ocultaba tras la tragedia, una historia de amor bastante añeja.


Ya quedaba poco para acabar el libro. Para su tranquilidad el bien había triunfado, nuevamente según se leía. Entonces no era mentira la repetición de aquella historia.

De alguna forma estaba aceptando la advertencia y lo que esto traía consigo, a medida de que sus certezas eran más y más evidentes. Solo quedaba esperar, porque si bien aquello resultaba inevitable, la solución podía estar a su alcance.

Zelda trató de leer con la misma parsimonia con la que había empezado, y hasta cierto punto lo logró, porque bien aquel solo podía llegar a ser un relato inspirado en la leyenda, teniendo entonces su gota de ficción y realidad, permitiéndole entonces disfrutar y emocionarse como con cualquier libro a sabiendas que aquello podría ocurrir tiempo más tarde.

Efectivamente la princesa nunca dejó de fascinarse, a pesar de que cierta amargura estaba presente en menor o mayor cantidad. Seguía pensando en el héroe y lo irreal que le había parecido a primera instancia, pero ahora comprendía que solo gracias a su imagen podía seguir sosteniendo cierta tranquilidad.

Aunque le parecía siendo poco probable que esto llegara a desarrollarse y que la llegada del mal no estuviera tan lejana. Por el momento.

Continúo leyendo, echada sobre un mullido sillón recubierto con terciopelo y algunos almohadones de felpa. Se humedeció un poco el dedo y cambió la página, ¡que tristes le resultaban todos los finales!

Zelda con sus ocho años disfrutaba del romance y con este caso había estado sumamente expectante, nuevamente había echado su imaginación a volar, mucho más alto que otras veces, a sabiendas del rol que su personaje cumplía en la historia.

Pasó una página más, hubo algo en específico que hizo que se perturbara, aunque no sabía bien por qué.

Se decepcionó tanto…que injusto le resultaba todo de repente. Zelda pensó en lo insensata que estaba siendo y no quiso darle mayor importancia a sus emociones, pero no podía negarlas.

Cerró el libro, lo dejó en su sitio y trató de olvidar aquello, sin resultados positivos.

Días más tarde el libro se encontraba nuevamente abandonado sobre su repisa, ojalá se empolvara pronto.

Creyó haber escuchado a la voz carcajeándose a la distancia.


Antes de poder decir cualquier cosa, muchas gracias a todos aquellos que han llegado hasta aquí, espero que les haya gustado. :)

Inicialmente tuve muchas dudas respecta a si publicar o no, debido a que aún hay detalles que se me escapan en la trama, pero no se preocupen, a medida de que escriba lo iré solucionando, tengo planeado hacer unos fics más a partir de éste cuyo detalles no diré hasta que finalice, que constará de tres capítulos.

Espero sus criticas y comentarios, de verdad serian un gran apoyo para continuar y por supuesto mejorar, si notan algún error o algo que debería ser corregido díganmelo, se los agradecería de todo corazón.

¡Nos leemos en el siguiente! ^^