El Llamado de la Luna Mística

Capitulo 6: La despedida.

— "Espero tu comprensión y apoyo en esta situación y te pido por él, por favor padre, no le hagas daño. Pensé que debías estar enterado sobre esto. No te enojes…" —escribió la princesa. Tomó el trozo de papel y releyó con atención de que todo quedara muy claro. Cuando se convenció que la carta contenía lo necesario la dobló y la metió en un sobre. La enviaría a primera hora del día.


Subían a la habitación del rey tomados de la mano en silencio. Ha decir verdad, a la pareja se les habían acabado las lágrimas y las súplicas. Lo vieran desde el ángulo que quisieran las cosas no salían bien para ninguno, así que decidieron pasar la última noche que tendrían, juntos.

Entraron a la habitación, apenas iluminada por velas y la luz de la luna que se colaba por el balcón. Van se quitó la capa que caía en sus hombros y la dejó caer al piso, mientras Hitomi, sonrojada lo observaba. No habían hablado acerca de ello, pero ambos lo esperaban.

— Te amo —susurró, tomándole el mentón y hundiendo los labios en los de ella. Al separarse, la cargó con delicadeza y la depositó en la cama—. Quiero hacer el amor contigo —declaró con una voz tan seductora que la enloqueció.

— Te amo —correspondió ella atacando la boca de Van y enterrando los dedos en su suave y negro cabello.

Con sutileza y sin dejar de besarse, ambos fueron despojándose de la ropa que les estorbaba en esos momentos. Van beso los párpados de la chica, sus mejillas, su cuello y después su vientre y se dio un momento para admirarla desnuda.

— Eres hermosa, Hitomi —le concedió con una sonrisa. Con un dedo, ella dibujó una línea por los bordes de los músculos del pecho de rey, provocándole un escalofrío.

— Y tú el hombre más guapo —admitió con algo de pena, desviando la mirada.

— No hagas eso. Quiero recordarte viéndonos a los ojos. No tienes que sentir pena de nada. Nos amamos… te pertenezco y sí, te deseo, me encanta tu cuerpo, pero no es sólo eso… es algo más que escapa a mi razón y entendimiento. Es algo que no puedo describir.

— Lo sé —afirmó ella.

Él buscó otro beso, mismo que se intensificó. Lo esperado estaba a punto de llegar; Van deslizó sus dedos entre los de ella y la tomó con fuerza mientras la penetraba y el vaivén comenzaba. Los suspiros y jadeos se hicieron presentes, junto con incontables besos y caricias tiernas.

Era la primera vez de ambos y quizás la única que tuvieran juntos y tenían toda la noche por delante, antes de separarse. Así que en ese momento iba a amarse hasta que no pudieran más y el amanecer los alcanzara.


Cuando Hitomi despertó se descubrió sola en la enorme cama del rey, cosa que la extrañó mucho después de lo que había sucedido durante la noche. Se incorporó de sopetón y encontró en la esquina de la cama un vestido, una rosa blanca y una nota. No pudo reprimir la sonrisa al leer:

— "Amor mío, salí un momento pero me reuniré contigo en poco tiempo. Por favor usa este vestido. Te encontraré en la colina del lado este. Merle te indicará el camino. No te preocupes por nada… Van" —Hitomi tomó el vestido con delicadeza; era azul pastel, de tela vaporosa, mangas largas y falda hasta el suelo. Le pareció sumamente hermoso.

Se tomó algo de tiempo para bañarse y arreglarse. Cuando estuvo lo mejor presentable posible para él, bajó al comedor en busca de la consejera real. Tuvo un poco de miedo de cruzarse con Layra. A decir verdad le parecía algo demasiado atrevido por parte de Van, comportarse de esa forma como si nada pasara, pero todo lo atribuyó a que ese día ella regresaría a su hogar y él quería vivir al máximo sus últimas horas juntos. Estaba en desacuerdo de hacer algo que lastimara a la princesa, pero a como estaban las cosas, sabía que debía darse esa oportunidad, pues después de eso lo perdería.

Cuando encontró a Merle, la chica gatuna se encontraba sola, desayunando.

— Te ves muy bonita —la halagó con una amplia sonrisa.

— Gracias. ¿Y la princesa…? —se aventuró a preguntar, inspeccionando la habitación

— No ha salido de su cuarto al parecer. Aún no ha bajado por aquí, o al menos no la he visto…

— Ya veo… —susurró, pensativa.

— Olvida eso un rato. Van me pidió que te indicara a dónde debías ir.

— ¿Qué piensa hacer?

— No tengo idea. Juro que no me quiso contar, pero bueno. Ven acá —le hizo señas con sus patitas para que se acercara a la ventana.

— ¿Ves ese enorme árbol a lo lejos? —ella sintió—. Bien, más adelante vas a encontrar una cumbre en donde está el jardín de la reina. Él te esperará ahí —ella sonrió, muy emocionada.

— Gracias, en verdad, Merle… —dijo, al borde de las lágrimas, tomándola de las manos.

— No tienes nada que agradecerme. Ahora anda, antes de que Layra despierte y quiera arruinar todo esto… —ella asintió y apresuró el paso.


Hitomi había pasado ya el enorme árbol que Merle había usado como referencia y a lo lejos podía ver la colina en la cumbre. Pequeñas flores y arbustos comenzaban a poblar el caminito trazado del castillo hasta ese lugar. La vista le pareció simplemente deslumbrante. Al acercarse un poco más, notó la alta figura de Van, esperándola al pie del lugar pactado. Vestía una túnica negra con bordados dorados en las orillas y esta vez no llevaba su capa. La recibió con los brazos abiertos, esperando su abrazo.

— Una vez más, te ves hermosa —la admiró. Satisfecho por la elección que había hecho de la prenda—. Sabía que te quedaría.

— Es precioso —dijo, refiriéndose al vestido.

— Era de mi madre, lo usó el día en que se comprometió con mi padre.

— No debiste darme algo tan valioso.

— Sí que debí —tomó a la delgada corredora y la asió de la cintura para pegarla a su cuerpo—. Lo de anoche fue lo más sagrado que me ha pasado en toda mi vida.

— V-Van… —se puso completamente roja.

— Lo juro, Hitomi. Ni cuando me coronaron rey sentí tantos nervios y tanta felicidad —confesó, robándole un beso—. Pero bueno, no te traje aquí tan temprano sólo para platicar. Ven —la guio unos metros más, lejos del jardín. Se adentraron un poco hacia el bosque que aun pertenecía a los terrenos del palacio y en un claro, hallaron una manta y comida dispuestas en el pasto.

— ¡Vaya! ¡Se ve delicioso!

— No creerás que te iba a dejar sin probar bocado, además yo también muero de hambre. ¿Te apetece?

— Por supuesto.

Desayunaron sentados en aquel bosque. Platicaron y rieron como si no hubiera un destino, como si nada fuera real y tuvieran todo el tiempo del mundo. Cuando terminaron, pasearon entre el bosque y observaron todo tipo de animales y aves, mientras platicaban. Después, le hicieron una visita a las tumbas de los padres de Van y a Folken, en donde Hitomi les dedicó unas breves palabras a cada uno y recolectaron un ramito de flores silvestres que colocaron en las lápidas. Luego de eso, Van la tomó en brazos y atravesaron el cielo de Fanelia; Hitomi pudo observar desde esa hermosa vista la majestuosidad del pueblo, el palacio y los terrenos del bosque. Volaron por largo rato, hasta que el descendiente de Atlantis se cansó y regresaron a la cumbre.

— Casi es hora de que me vaya —anunció ella con tristeza, viendo como el sol amenazaba con esconderse—. La puesta de sol está próxima… una hora quizás…

— No quiero verte partir —admitió él, deshecho—. No puedo soportarlo, no esta vez…

— Creo que lo mejor será que te adelantes, tampoco quiero despedirme… —avanzó hacia él y le acarició el rostro—. Van Fanel, rey de Fanelia, mi alma es tuya —la voz se le cortó al mismo tiempo en que las lágrimas abordaban el momento.

— No te vayas —suplicó una vez más, aunque en vano, pues sabía la respuesta de ella.

— Van, ya lo hemos hablado, por favor… —él asintió. La tomó de las manos y se las besó.

— Quiero que me prometas algo —comenzó, nervioso.

— ¿Qué…? —Van se hincó, sosteniendo la mano izquierda de la chica. Con su otra mano buscó en su bolsillo y de pronto sacó un anillo.

— Éste es el anillo de bodas que mi madre llevaba. Es tradición de Fanelia que las argollas pasen de generación en generación y quiero que tú lo tengas, porque yo llevo el de mi padre —le enseñó la mano. En su dedo anular izquierdo llevaba una argolla plateada.

— Pero la que debe llevar esto es…

— Eres tú. Ya sabes lo que sucede con la princesa, a ella nunca se lo pedí y mandé a hacer otros anillos porque si yo no usaba estas alianzas contigo, la mujer que amo, entonces no las usaría con nadie. Así que por favor prométeme que la usarás—ella asintió y él deslizó el anillo en el dedo de Hitomi —se besaron por varios minutos para después comenzar a alejarse.

— Me encantaría darte mi dije de nuevo…

— No, debes llevártelo. Quizás algún día podrías volver y… —Van cayó en cuenta de que decir eso sería doloroso pues él estaría casado y ella tal vez lo haría en un futuro. Verse las caras siendo adultos y separados no sonaba tan bien como lo pensaba.

— No sé si lo soportaría —admitió, imaginándose a Van rodeado de hijos de la princesa.

— Sí, creo que tienes razón… —aceptó el rey.

— Es hora de que te vayas Van, me queda poco tiempo aquí y deseo meditar un poco… —pidió la chica de la luna mística.

— Nunca voy a olvidarte… —aseguró él con todo el corazón, mirándola por última vez. El Rey giró en sus talones y enfiló de regreso al palacio, a enfrentar su realidad. Esa en donde ella no tenía cabida.


La consejera real terminó sus deberes. Había permanecido en la biblioteca esperando toparse con la princesa de Daedalus en alguna hora del día, cosa que no ocurrió. Por una parte la tranquilizaba al pensar que no debía lidiar con ella e impedir que arruinara el momento entre Van y Hitomi. Pero por otro lado se extrañó bastante. El que no hubiera salido de su cuarto para nada indicaba que la chica o no la estaba pasando bien o traía algo entre manos.

Dispuesta a descubrirlo, Merle fue hasta la habitación de la princesa y tocó la puerta. No obtuvo respuesta alguna.

— ¿Princesa Layra? —llamó—. Soy yo, Merle… ¿Puedo entrar? ¿Princesa? —la gatuna chica pegó la oreja a la puerta esperando escuchar pasos acercándose, pero eso no sucedió. Giró la perilla para darse cuenta de que no tenía puesto el seguro y entró; la habitación estaba vacía.

Por alguna razón, Merle pensaba que la princesa saldría detrás de algún mueble o del baño en cualquier instante, sin embargo, cuando se acercó a la cama y encontró una carta en el buró sintió una punzada de temor.

El sobre tenía escrito el nombre de Van al frente, pero eso no evitó que se tomara el atrevimiento de leer. Van había salido y no tenía tiempo de buscarlo. Ella era la consejera y amiga del rey, no había porqué esperarlo, así que decidió leer.

— Oh no… —pronunció, leyendo—. Esto es… justo ahora… —Merle tomó la carta y salió corriendo fuera del castillo lo más rápido que le daban sus patas. Debía alcanzar a Van y a Hitomi. Bajó las escaleras a prisa y atravesó el patio para ir camino a la cumbre—. ¡Van! ¡Hitomi! —gritó con desgarro, al no verlos cerca. Corrió un poco más y se topó con el gran árbol que le dio de referencia a Hitomi y ahí casi choca con Van.

— ¿Qué te pasa? —le preguntó, alarmado de ver la angustia en sus pupilas gatunas—. Merle ¿qué…?

— No vi a la princesa Layra en todo el día así que subí a buscarla y hallé esto en su habitación —le extendió la carta y él la leyó rápidamente.

— Esto significa que… —antes de que pudiera decirlo, el halo de luz fue invocado por Hitomi en el interior del bosque. Estaba por partir—. No… ¡No!

— ¡Vuela, Van! ¡VUELA! —exclamó su mejor amiga. Sin pensarlo él desplegó las alas.


— ¡HITOMI! ¡ESPERA! ¡HITOMI! ¡NO! —le gritó el rey al mismo tiempo en que llegaba hasta ella. Van extendió los brazos para envolver el frágil cuerpo de la chica impidiendo su partida. Acto seguido, cayeron al suelo y enseguida él se incorporó para arrancarle el dije del cuello tirándolo a un lado, lo que hizo que el portal hacia la luna mística, desapareciera.

— ¿Por qué hiciste eso? ¿Qué pasa? —la jovencita se puso de pie, un poco aturdida.

— Debes leer esto… —le tendió la carta—. Es de Layra, Merle lo encontró en su habitación.

Van:

Anoche presencié tu reunión con la chica de la luna mística y mi corazón se rompió por completo. Sin embargo mis ojos se han abierto y sé que jamás en toda tu vida podrías amarme o amar a alguien como la amas a ella, pese a todo lo que yo haga y al buen matrimonio que podamos tener o los hijos que yo pueda darte. Es duro, pero tampoco quiero una vida con alguien que no ha de amarme con la intensidad que yo lo hago. Te parecerá raro todo esto por mi reciente actitud y por todo lo que te dije la noche de ayer. El destino simplemente no me ha favorecido y prefiero ser yo quien termine este sufrimiento de los tres. Cuando leas esta carta probablemente yo me encuentre ya en mi reino, hablando con mi padre. Al principio quise mandarle una carta en donde te pondría en una mala situación pero, eso no nos ayudaría y la verdad no quisiera hacerte daño. Así que por favor no tienes que preocuparte, le explicaré todo a él y asumo la responsabilidad de ser yo quien rompe este compromiso. Sólo quiero que seas feliz, y yo también quiero serlo y eso no sucederá estando juntos.

Layra.

— ¡Van! ¡Esto…!

— No tienes que irte… ¡esto se ha acabado…! —pronunció con voz cortada, estrechando a la joven.

— No puedo creerlo… —confesó ella con lágrimas que comenzaban a arremolinarse en sus verdes ojos—. Se ha acabado… esto por fin se terminó —dijo ya dejando desbordarse y aferrándose al pecho del rey. Él también se permitió llorar como símbolo de rendición. Van sintió en ese momento que todo el sufrimiento, las noches en vela pensando en Hitomi tratando de adivinar su nueva vida y tratar de aceptar de su cruel destino… todo eso había valido la pena.

— Te amo mi Hitomi… te amo muchísimo —la besó con frenesí y entre lágrimas de alegría ella correspondió con hambre desmedida.

Van se separó de la chica y de pronto se hincó:

— Hitomi Kanzaki, ¿aceptarías ser mi esposa?


El regocijo del pueblo era palpable. Van había mandado a su consejera real Merle a dar un comunicado a todos los pobladores explicando a grandes rasgos la situación, y pese a que al principio la mayoría se sentía confundido bastó que vieran a Hitomi y a Van paseando de la mano entre las calles para entender la razón por la cual el compromiso con la princesa de Daedalus se había cancelado. Hitomi gozaba de gran popularidad y cariño en Fanelia, así que la noticia de la boda no hizo más que intensificar la felicidad colectiva.

Por otro lado y alentado por Hitomi, Van no había querido dejar de lado la carta de Layra y había ido al día siguiente a hablar con el padre de esta, asumiendo las consecuencias de sus actos; al final de cuentas la princesa había tomado la decisión pero había sido algo que el propio Van la había orillado a hacer así que decidió ser sincero, por él y por Hitomi. Quería defender su amor y mostrarle al mundo que las cosas habían sido desafortunadas y por eso todo se había tornado de esa forma tan difícil para los tres. En primera instancia el Rey parecía comprensivo, dado a que Layra se había echado la culpa, pero Van desmintió la versión de la princesa y le contó al soberano de Daedalus cómo había sido todo. Terminando su relato el rey estaba visiblemente molesto pero le agradeció su sinceridad y le dijo que prefería que el compromiso se hubiera disuelto ya que no era justo para su hija vivir a la sombra de alguien más y tener un matrimonio desafortunado, ya que, aunque lo habían arreglado, él había confiado en que la belleza e inteligencia de su hija bastaran para encantarlo y que se enamorara de ella. Van agradeció de vuelta por el tiempo y la comprensión del rey y le dijo que deseaba que sus reinos siguieran tan amigos como siempre, pero que sabía que la herida sanaría poco a poco y que lo entendía…

— ¿Ya está lista la novia? —impaciente, Van tocó la puerta del cuarto que desde ese momento en adelante sería de él y de su reina.

— Lo está, pero no puedes verla —le contestó la voz de Merle desde adentro.

— Lo sé, lo sé… es de mala suerte —aunque ante ese comentario el joven rey pensó que no podían salir las cosas peores de lo que ya habían tenido que pasar—. Te veo en un rato mi preciosa Hitomi —gritó desde su lugar y después se dispuso a bajar hacia el patio del castillo en donde se oficiaría la ceremonia.

El palacio estaba adornado de arriba abajo con flores y telas. Había una enorme alfombra roja que guiaba el camino que Hitomi recorrería hasta llegar a el novio y alrededor muchas sillas que los invitados que comenzaban a llegar ya estaban ocupando. Faltaba poco menos de media hora para que todo comenzara y Van ya se moría de nervios. Daba vueltas de un lado para otro y saludaba vagamente a la gente del pueblo y a los que ya estaban ahí porque en verdad estaba muy ansioso.

— ¡Pero mira lo guapo que estás! —la voz de Millerna lo sobresaltó y más fue la sorpresa cuando la princesa se le echó a los brazos y lo estrechó con fuerza y efusividad—. Estoy tan feliz por los dos… Allen y yo lo estamos ¿No es así mi amor? —comentó ella integrando a su prometido a la plática.

— Su majestad —dijo Allen haciendo una reverencia—. Así es, me alegra mucho por los dos, por fin estarán juntos —Van escudriño la mirada que el rubio le ofrecía y notó cierto halo de tristeza en sus ojos pese a que éste sonreía. Sin embargo se prometió internamente no hacer "una escena", después de todo, Hitomi lo había elegido a él sobre cualquiera y en breves minutos serían marido y mujer. Así que si Allen Schezard tenía sentimientos arraigados por su futura esposa ese era problema del caballero y de Millerna.

— Les agradezco a los dos por estar en este momento tan importante para Hitomi y para mi—devolvió la reverencia.

— Tu traje de gala es envidiable, en verdad te hace lucir muy bien —recalcó la princesa de Asturias aplaudiendo y dando vueltas alrededor de él observando la tela.

— Era el traje que mi padre usó en su boda, es tradición de Fanelia usar estas ropas. Y bueno, ustedes no vienen precisamente en fachas eh, princesa —comentó Van al analizar el pomposo vestido rosa en el que estaba enfundada Millerna y el traje azul que vestía Allen.

— Se hace lo que se puede, mi Rey, pero no quisimos opacarte, este es su día, nosotros ya tendremos el nuestro muy pronto —dijo la rubia princesa mientras se colgaba del brazo de su prometido y sonreía con ilusión.

— Bueno, debo ir a mi lugar, la ceremonia está por iniciar y al parecer los pobladores ya se están abarrotando. Les aconsejo que ocupen sus lugares antes de que no los dejen pasar.

— Van tiene razón, Millerna, debemos ir a nuestros asientos —afirmó el rubio—. Te veremos del otro lado, Rey. Mis mejores deseos para los dos, sé que serán inmensamente felices y se lo merecen…

— Gracias, Allen —contestó sinceramente, porque en verdad no le guardaba rencor y sabía que el ex caballero lo decía con franqueza—. Sé que así será.

Van se adelantó y cruzó el largo patio por la alfombra roja hasta llegar a donde se encontraba el sacerdote, frente al altar. Hitomi no tardaría en bajar y él moría de ganas de verla usando aquel hermoso vestido de su madre.


— Bien, señorita usted está lista —Merle terminó de colocarle a Hitomi las peinetas en forma de plumas sobre su cabello que sujetaban su velo de novia. Ambas contemplaron el reflejo que les devolvía el espejo del tocador; Hitomi esbozó una amplia sonrisa, se sentía inmensamente bella y nerviosamente feliz.

— Merle, sé que te he agradecido mil veces desde que llegué, pero enserio, gracias, gracias —la tomó de las manos y habló con voz profunda—. Gracias por estar con nosotros, por apoyarnos y ayudarnos. Tú eres lo más cercano que conozco a una hermana. El mío como sabes murió y era muy pequeño, así que Van y tú son mi familia, son lo que me queda… así que gracias por ser como eres conmigo. Te quiero mucho.

— Y-Ya b-basta… me vas a hacer llorar y tú vas a llorar también y todo nuestro esfuerzo por maquillarte va a ser en vano —dijo secándose los lagrimales de los ojos que comenzaban a querer llenarse de lágrimas conmovidas—. Sé que al principio fui una malcriada pero bastó tratarte para darme cuenta que eras una persona extraordinaria. Sé que tú y Van serán muy felices porque son el uno para el otro.

— ¡Ay, Merle! —exclamó la novia echándose a los brazos de la chica gata.

— Ya, ya, basta… —dijo apartándola, más por las ganas que tenía de echarse a llorar que por rechazo—. Bueno, bueno, es hora de que baje y ocupe mi lugar. En diez minutos deberás bajar tú, ya todos te han de estar esperando así que no tardes mucho, no hagas que Van se sienta nervioso y crea que no has llegado porque cambiaste de opinión.

— Sería divertido pero no le haría eso a Van, además de que no me perdonaría una broma de ese tipo…

— Lo sé, pero ya sabes que el rey es un poco fatalista. Me adelanto, te veré abajo —anunció la chica gatuna que usaba un vestido azul rey vaporoso que le resaltaba el color naranja de su pelaje.

Cuando Hitomi se supo sola se puso de pie y abandonó el tocador para observarse de pies a cabeza en el enorme espejo que Van tenía en su cuarto. El vestido de novia era precioso. Las mangas eran largas y holgadas, y tenía hilos dorados bordados por todos lados. No iba a negar que era un poco pesado llevar aquel ajuar pero se miraba y el reflejo le devolvía a la Hitomi que había sido feliz hacía tantos años, esa Hitomi que poco se había dejado ver en los últimos meses pero que estaba ansiosa de que volviera. Moría también de ganas de ver a Van en su traje y de bajar pero decidió hacerle caso a Merle y esperar un poco más.

La jovencita se encontraba alisando la falda de su vestido cuando alguien tocó la puerta:

— ¿Van? ¡Ya deberías estar abajo! —regañó ella desde adentroypensó que Van estaba siendo demasiado irresponsable.

— Soy Allen… ¿Puedo pasar? —preguntó el rubio mordiéndose el labio. Hitomi no contestó pero la puerta se abrió de inmediato develando la figura de la chica de la luna mística enfundada en su vestido de novia lo que lo hizo echarse para atrás y sentir un vuelco en el corazón porque estaba verdaderamente hermosa.

— ¿Allen? ¿Qué haces aquí? —preguntó ella desconcertada asomándose por la puerta sin intención de dejarlo pasar—. Debes irte de aquí, estoy por bajar… ¿En dónde está Millerna?

— Hitomi ¿recuerdas la pregunta que me hiciste hace tiempo? Sobre si yo la amaba por ser ella o porque se parece tanto a Marlenne…

— ¿Es preciso que me digas esto en este momento? —interrumpió la futura reina con extrañeza—. Mira, si te tardas mucho ella va a preocuparse o puede pensar cosas que no son —argumentó Hitomi, molesta.

— Lo sé y seré breve… es importante que sepas, es el día de tu boda…

— Sí, pero esto no me concierne a mi… Allen no te entiendo, no sé qué pretendes…

— Millerna es una mujer hermosa y extraordinaria que merece lo mejor, que merece ser amada por ella y no por que se parece su hermana. Sin embargo yo… si he venido aquí es para decirte que sé que siento cosas por ti que quizás jamás podré dejar a un lado, pero quiero que sepas que no intentaría nada, que de verdad deseo toda la dicha para ti y Van y sé que ambos se aman con locura —Hitomi abrió sus ojos verdes de par en par, horrorizada ante el hecho de que Allen soltara esa declaración tan a la ligera y precisamente ese día—. Y con respecto a Millerna… la quiero y sé que seremos felices, estoy dispuesto a ello y a aceptar que Marlenne se ha ido.

— No sé si alegrarme por todo esto que me dices o no. La respuesta era para ti y no para mi Allen, y esto ya lo sabías desde hace mucho tiempo pero has sido necio y has decidido engañar a los demás y engañarte. Como dices, Millerna merece ser amada por ser ella, pero tú me acabas de confirmar que pese a que la quieres, Marlenne sigue siendo una razón por la cual sigues con su hermana y yo también estoy figurando en tu vida cuando no pretendo eso. La reina Millerna es mi amiga y quisiera estar ahí para ella, por siempre. Pero no puedo estar cerca de ti y permitir que te confundas, así que voy a pedirte que pongas en orden tus sentimientos y tomes tu distancia, no hoy, no me arruines mi boda y no le arruines la fiesta a tu prometida. Discúlpame si reacciono así, pero nada de esto tiene sentido, te pido que te retires.

— Sé que es una locura y una tontería que esté haciendo esto el día de hoy, pero necesitaba que lo supieras. En verdad, deseo su felicidad, majestad —Allen hizo una reverencia, miró a Hitomi por unos segundos, admirando su etérea belleza en aquel traje de novia y sin decir más se fue a ocupar su lugar al lado de su futura esposa.

Allen soltó un suspiro pesado, no sabía muy bien porqué había hecho aquello ¿Qué había esperado? ¿Qué Hitomi le dijera que también lo amaba y cancelara todo? Estaba siendo sumamente idiota. El ex caballero de Asturias se abrió paso entre la gente y fue a ocupar su silla junto a Millerna.

— Te tardaste un poco, pesé que Hitomi llegaría antes que tú y te lo perderías… —le susurró su futura en la oreja.

— Me desorienté un poco, no recordaba donde estaba el tocador, pero ya estoy aquí —comentó él tratando de dar la sensación de ligereza. Un murmullo general interrumpió su charla:

— Y ella también, aquí viene…

La multitud reunida en el lugar contuvo el aliento y se escucharon varios suspiros entre los asistentes. Hitomi caminaba con una inmensa sonrisa en los labios hacia el altar. La chica de la luna mística sostenía un pequeño ramo de flores blancas entre las manos y tenía la mirada fija hacia el rey de Fanelia. A Van se le salieron las lágrimas de inmediato al verla avanzar hacia él, de hecho, tuvo el impulso de salir corriendo hacia ella, estrecharla con todas sus fuerzas y llorar de dicha en sus brazos pero lo reprimió cuando Hitomi llegó hasta él y le ofreció su mano: Van se la tomó y depositó un beso en el dorso de su palma y luego otro pequeño en los labios de su amada.

— Soy el hombre más afortunado y feliz de este mundo —dijo Van, ensanchando su sonrisa. Hitomi le limpió los rastros de lágrimas en los ojos y enlazó su mano a la de él.

— Todo valió la pena… por fin estamos aquí los dos en donde siempre debimos estar…


— ¡Folken! ¡Folken, espérame!

— ¡Apúrate Yukari! ¡Corre!

La hermosa niña de cuatros años corría detrás de su hermano mayor de nueve por la playa del reino. Sus pequeñas pisadas se marcaban en la arena mientras olas le acariciaban las plantas de los pies intentando alcanzar a Folken.

— ¡Mamá! ¡Dile que me espere! —rezongó la pequeña de ojos verdes y cabello negro.

— ¡Folken! ¡Regresa! —el niño paró en seco y se dio media vuelta con una sonrisa en los labios ante la petición de su mamá.

— ¡Es que ella es muy lenta! —se defendió el castaño.

— Sí, pero es porque tu hermana es chiquita aún y debes comprender que no puede ir a tu mismo ritmo —le explicó Hitomi a su hijo mayor y éste le lanzó una mirada suspicaz con sus grandes ojos cafés.

— Está bien, lo siento —declaró el heredero—. Ven Yukari, vamos a recoger conchas —le dijo a su hermanita tomándola de una mano. Los hermanos caminaron un poco más a la orilla de la playa seguidos por su madre que los vigilaba de cerca para que ninguno fuera llevado por las olas del mar, sobre todo la pequeñita.

— Oye, mamá… ¿En dónde está Papá? —preguntó la menor.

— Papá tuvo que ir al pueblo a reunirse con unas personas pero dijo que estaría aquí al atardecer, así que ya no debe tardar —Yukari suspiró con un poco de decepción—. De verdad, no tardará así que recoge muchas conchitas para que se las enseñes cuando llegue ¿De acuerdo?

— De acuerdo —asintió Yukari y comenzó a buscar en la playa ya más animada.

— ¡Yo voy a hacer un castillo de arena! —exclamó Folken comenzando a moldear la arena con sus manos—. Le pondré muchas torres y una fortaleza, seguro que a papá le va a gustar.

— Estoy segura que sí —asintió a su hijo.

Hitomi se sentó a unos metros de distancia de ellos para poder admirarlos. Sus dos hijos estaban creciendo mejor de lo que ella pudo imaginar: ambos eran listos, dulces y buenos. Folken, llamado así por ella en honor al hermano de Van, tenía todo el temple de la familia real: a su corta edad estaba muy interesado en las labores que desempeñaba su padre y era muy responsable en su educación y forma de actuar. Siempre que el niño podía acompañaba al rey en sus diligencias sin embargo otras tantas Hitomi prefería que viviera su niñez al máximo y lo alentaba a que se desempeñara en los juegos propios de su edad. Sabía que Van y ella debían preparar al príncipe para el futuro, pero su padre no quería que su infancia se viera mermada como la de él por eso combinaban a la par deberes y educación con juegos. Al contrario, Yukari, nombrada así por su padre como agradecimiento a la mejor amiga de Hitomi, era una niña delicada pero valiente. La pequeña poseía el encanto de cualquier nena de su edad que soñaba con ser una mujercita, pero a la vez era recatada y disciplinada y muy unida a su padre y hermano. Yukari representaba en su familia la sutileza y el punto de protección, pero también tenía dotes de líder y un desenvolvimiento ante la gente que no era muy común para su edad. Ambos eran la vida de sus padres que hacían lo mejor por educarlos para que fueran personas de bien y valerosos.

— Ya veo que se divierten sin mí ¿no? —dijo la voz de Van detrás de Hitomi y los niños.

— ¡Papi! —exclamó Yukari lanzándose a los brazos del rey que la acogió y le dio vueltas en el aire.

— ¡Hola, preciosa! ¿Qué hacías?

— Recogía conchitas y Folken hacía un castillo

— ¿De verdad? Folken, ven aquí —le pidió su padre y le extendió la mano libre para abrazarlo—. Hola, hijo —Hitomi sonrió ante la hermosa escena que sus ojos vislumbraban. Como esa había muchas todos los días porque eran una familia muy unida y amorosa. Van se desvivía por sus hijos y pese a todo el trabajo que tenía siendo rey, era un padre y un esposo extraordinario. Van notó enseguida la mirada de su esposa sobre ellos y sonrió—. ¿Qué les parece si le damos un abrazo todos a mamá?

— ¡Sí! —exclamaron al unísono los niños. Hitomi abrió los brazos para recibiros a los tres en un apretado abrazo.

— Los amo, a los tres —declaró ella, besando la frente de sus dos pequeños y depositando uno en los labios de su esposo.

— Y nosotros a ti —expresó Folken, contento.

— Oye papi, ¿quieres ayudarnos a buscar más conchas y decorar el castillo que hizo mi hermano? —preguntó Yukari, parpadeando y sonriendo.

— Muy bien, vamos —bajó a la niña y ella y su hermano se echaron a correr adelantándose a donde se encontraban las conchas y el recién levantado castillo de arena.

— Me alegra que hayas podido llegar justo antes del atardecer —declaró su esposa tomándolo de la mano.

— Nunca me perdería esto —dijo él, admirando a Hitomi y acariciando su mejilla con el pulgar—. Nunca me perdería un día sin mis niños y sin ti. Gracias por escogerme para ser el padre de tus hijos.

— Hice la mejor elección aquel día de mi vida en que regresé a este lugar para verte de nuevo. Gracias amor, te amo.

— Te amo, mi preciosa reina —Van tomó con ambas manos el rostro de su esposa y la besó con dulzura mientras ella correspondía y le rodeaba la espalda con sus brazos. Las risas de sus hijos no se hicieron esperar por mucho y los hicieron darse cuenta que el beso se estaba prolongando, así que se separaron y caminaron hacía ellos para acompañarlos.

La vida se había encargado de acomodar todas las cosas en su lugar y de recompensar todo el sufrimiento que habían vivido. Van y Hitomi, daban gracias al destino todos los días por haberlos encontrado y reencontrado. Por haberles dado una segunda oportunidad de ser maravillosamente felices, por tener un bello reino, unas buenas personas alrededor de ellos, a sus hermosos hijos y sobre todo por tenerse el uno al otro después de todo lo que habían tenido que pasar para llegar a eso.

— ¿Hitomi? —la llamó Van mientras ella ayudaba a Folken a darle forma a su castillo de arena y él recogía conchitas cerca de ellos con Yukari.

— ¿Si?

— Si pudiéramos volver a nacer y elegir tener otra vida diferente a la de ahora o pasar por todo lo malo que nos sucedió nuevamente para estar juntos ¿Qué elegirías? —el rey observó los ojos verdes de Hitomi que se iluminaban ante su bella sonrisa.

— Viviría todo de nuevo… eso elegiría —los reyes se sonrieron cómplices mientras el sol al fin se ponía en el horizonte.


¿Por qué no actualizar a la 1:00 am? Después de todo solo tengo que despertarme a las 6 porque entro a trabajar a las 7 am... no es mala idea que me llegue la inspiración que estaba buscando para terminar este fic, no? Jajaja pues ya estoy aquí ya qué le hago? Mis musas! Benditas horas para inspirarme! Pero ya no me quejo, la verdad es que tenía escrito el 80% de este fic y me estaba atorando en pequeñas cosas. ¿Qué les digo? Mi misma letanía de siempre. GRACIAS, por esperar por seguir, por leer, por retomar, por escribirme... dos años para terminar este fic... un año en que tardé en actualizar este cap... pufffffff...

La verdad es que me alegra cómo quedó. Sé que a veces soy una escritora que tiende al drama, a muuuuuuucho drama, aunque trato de que sea dramático pero que no se pase de irreal, me gusta el drama perdón, pero bueno ustedes son los únicos que pueden decirme si sí fue too much o si logré que les gustara aunque sea un poco tanta sufridera. La verdad el final de los hijos ni lo tenía en mente fue algo que me vino ya a lo último y me gustó mucho. La visión de escaflowne es una se mis series favoritas de todos los tiempos... espero que les haya gustado toda esta travesía por donde nos fui llevando a todos. Ya no sé qué más decir porque muero de sueño... espero que el final les agrade! Gracias por cerrar un fic mas conmigo, los quiero!

Princesa Saiyajin.