Epílogo

La casa se ha sumido en el más absoluto silencio. Solo el reloj, con su incesante y repetitivo "tic-toc", irrumpe en la enmudecida atmósfera. Se ha recostado sobre la alfombra, pero sus ojos no se desvían de la puerta de entrada. Sabe —ruega— que tarde o temprano, él llegará. Debía regresar. Era Navidad.

Nunca habían hecho cosas realmente especiales en esa fecha, pero usualmente Kung Lao bebía de más y acaba conversándole durante horas, horas que el disfrutaba a su lado. Ambos se necesitaban, se complementaban.

No comprende del todo qué es lo que ha ocurrido. Él simplemente lo dejó allí, solo, le dio unas palmadas, un abrazo y le dijo que pronto regresaría. ¿Acaso había hecho algo malo? Pero no, Kung Lao no lo dejaría así, él no era ese tipo de personas.

Decide parar con sus teorías catastróficas. Todo se solucionaría de un momento a otro, cuando su amo atraviese la puerta y él se le abalance encima.

Hasta entonces, Marvel solo debe seguir recostado en la fresca alfombra. Y no dormirse, claro.


En casa de su madre, están a punto de ser las doce en punto. Ya toda su familia se levanta y busca copas para brindar. Todos lucen felices, radiantes, algunos ya han bebido de más y han comenzado a contar anécdotas ridículas o, de plano, asquerosas.

Pero la preocupación no le permite disfrutar del todo aquella fiesta. Sostiene la copa de cristal entre sus dedos y no puede evitar que estos se extiendan, se retuerzan, se doblen y desdoblen.

Ha llamado a casa varias veces, y nadie ha contestado el teléfono. Claro que bien Jade podía estar dormida, pero sin estar allí, no había garantía de ello.

La noche avanza, ya algunos tíos completamente ebrios han comenzado a bailar con sus esposas cuarentonas. Alguno que otro familiar se le ha acercado y le ha ofrecido formar parte del jolgorio, pero ella, con la mente abstraída en otros asuntos, rechazó la oferta.

Ya han pasado las doce para ese entonces. Ha intentado llamar y una vez más, nada. Entonces, recibe un llamado. Toma el celular completamente emocionada y esperanzada, pero se trata de una llamada de Johnny.

— ¡Feliz navidad, amor! —le grita el actor, que por su tono puede presumir que no está en su mejor estado —. ¡Te amo!

—Feliz navidad para ti también —lo saluda, con un tono tan jovial como logra fingirlo.

— ¿Algo más que decir?

—También te amo.

—Entonces sí es una feliz navidad para mí —añade y comienza a carcajear estruendosamente.

La teniente, recostada en el respaldo de la silla, se encoge de hombros, consternada. Intenta sonreír, ni Johnny ni su familia se merecen recibir ese trato de ella. Quizás Jade se ha acostado temprano y todo está en orden.

Pero algo en su interior le dice que las cosas no van bien.

— ¿Intentaste contactar a Kung Lao? —le pregunta Johnny, adquiriendo un sorpresivo tono serio —. No ha contestado mis llamados.


Herbert Kramer alza su copa de champagne en lo alto, brinda por la salud, por la familia, por la prosperidad y por la paz y, como quien no quiere la cosa, se bebe hasta la última gota de la copa. En el resto de la mesa, las copas permanecen llenas hasta el borde. Nadie ha bebido nada y nadie ha probado un solo bocado.

Los platos que ha preparado la cocinera para su familia no lucen nada despreciables. Pavo, ensalada, incluso langosta; diferentes variedades de salsas y especias. Todos ellos distribuidos en una larga y elegante mesa, finamente pulida y lustrada. Sobre ella pende un enorme candelabro repleto de cristales de color celeste.

Herbert decide ignorar la poca consideración de sus comensales, para luego darles a sus hijos una lección sobre el significado de la navidad. Les habla de lo importante que es dar antes de recibir y después, con un renovado ánimo, decide hablarles de que finalmente el caso de los renegados fugitivos está en manos de Kung Lao. Añade, al borde de la emoción, que lo hace para protegerlos y que, desde ahora, ya no hay nada de qué temer.

Sin dudas, la invasión ha hecho daños irreparables, y tomar cartas en el asunto en casos como estos es primordial y absolutamente indispensable, aun cuando eso implica elevar el ego de Kung Lao por encima de las nubes, que es un poco más alto de lo habitual.

Qué diablos, Herbert sabe que el muchacho se merece cada felicitación. Es formidable.

Pero más allá de todos los tópicos de conversación, el comedor sigue sumido en un silencio ensordecedor. No es para menos; no hay nadie más en la sala que él mismo.

Las navidades para él se han vuelto indescriptiblemente amargas.

Fin.