¡Hola! Hay algunas aclaraciones antes de comenzar el capítulo que me gustaría puntualizar.

En primera instancia, este es un fanfic Reylo AU, es decir, voy a salirme del canon tanto como pueda y es posible que lo haga casi en su totalidad. La historia se desarrolla en la época actual, en la Tierra, en el mundo como lo conocemos el día de hoy. Sin embargo, aunque podrán notar ligeras modificaciones en el comportamiento de los personajes como los conocemos, éstos cambios están total y absolutamente justificados, por lo que, les pido de su paciencia para que puedan ir percibiendo los porqués durante el desarrollo de la historia.

Me gusta tratar temas que conozco, muchos de ellos tienen la intención de dejar un mensaje, de aportar algo más que de sólo entretener. Por lo que, si hubiese lectores que están esperando que este fanfic sea hecho con la exclusiva intención de hacerles pasar un buen rato, temo decepcionarlos mucho, porque no, este fanfic no va a ser precisamente bonito ni agradable. Va a ser intenso, crudo, doloroso, angustiante por momentos y muy duro de leer en otros más. Insisto, lleva buena intención y no desvelaré nada más sobre la trama, pero, he recibido algunos comentarios sobre el comportamiento poco común en el personaje de Ben Solo que, me remitiré a insistir, son necesarios para el desarrollo de la historia, que como reitero, es un AU, son justificables y es posible que hasta obligatorios. Me temo que si están buscando un fanfic donde las cosas serán sencillas para juntar a nuestros amados Rey y Ben-Kylo Ren, este no es el caso.

Yo no hago fanfics felices por completo *cara triste*

Agradezco que sigan esta historia, y agradezco aún más las críticas constructivas que amablemente me han hecho llegar, espero que esto no les ahuyente, pero es que si fueron más comentarios de los normales y quería aclarar que esto tendrá que ser así porque la historia lo justifica, ya lo verán.

Sin más, comenzamos.

Dedicado a NK.

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Capítulo II: Hungry Hearts

"… Heavy on my shoulders, is the weight
As I'm walking out the footsteps of my fate
I don't have another way
And all I want is to be free …"

The storm in me fragment by Richard Willis & Jeff. D. Moseley

Dedicated to Jude. Finally, you can go to the right home.

Pasaron dos semanas.

En dos semanas, por lo menos me encontré con Ben cada mañana en el pasillo mal iluminado del complejo. Pero cada vez parecía que tenía más luz. Era una apreciación interesante.

No hablábamos de nada en específico, a veces no hablábamos de nada. Pero era agradable permanecer en el mismo lugar, sin silencios incómodos, sin la necesidad apremiante de decir algo para llenar los huecos enormes en una convivencia sin cosas comunes.

Ben es más reservado que la mayoría de las personas y aunque propiamente yo soy algo así como un caso especial porque no me molesta entablar conversación con cualquier persona, puedo perfectamente pasar el tiempo con él sin preguntar nada y sin decir una palabra. Supongo que somos de ese modo.

Pero una mañana, al final de esas dos semanas, sucedió algo fuera de la nueva rutina.

Me desperté sobresaltada, con el corazón saltándome en el pecho y una sensación abrumadora de tomar aire. Me calcé unos tenis, me abrigué con una chamarra deportiva y decidí salir a correr mientras, con cierta urgencia, me ataba el cabello en una cola de caballo.

Lo que vi en el pasillo me tomó por sorpresa, pero parecía justo lo lógico luego de despertar con el pie izquierdo. Aquel acontecimiento echó a perder mi día y los días siguientes, en que me enteré de un acontecimiento sumamente desagradable y con el que no sabía cómo lidiar pues jamás nadie había sido tan cercano a mí como para involucrarme tan profundamente en su vida.

Al abrir la puerta, Ben despedía en su puerta a una chica de 'interesante' imagen.

Llevaba el cabello corto, en una especie de corte moderno. Rubia, de rasgos finos y piel blanquísima y brillante que vestía únicamente un corto vestido punk. Sus botines no carecían de estoperoles y picos de metal y su chamarra de cuero negros tampoco. Sus labios parecían haber estado maquillados de un tono rojo fortísimo, pero en ese momento parecían casi de su tono natural, una especie de tenue rosado que podía fácilmente entreverse detrás de un ligero velo de su anterior lipstick. De piernas larguísimas y de estatura tanto o más alta que Ben, reía estridentemente, mientras éste, aunque parecía algo avergonzado y en general ambos se tambaleaban como si estuvieran ebrios, él sonreía de una forma diferente, como si lo que le dijera lo divirtiera de un modo especial.

No sé cuál fue mi reacción o si hubo algo en especial en mi rostro que delató la molestia real que sentí, porque no sé tampoco si fue instantánea. Lo que sí sé es que, crucé la vista un segundo con Ben, él me miró sobre el hombro de la chica, y mientras ella volteaba hacia mí, yo cerré la puerta estruendosamente y salí corriendo por el pasillo.

Saqué los audífonos de la chamarra y puse el rock más pesado que encontré en mi iphone. Por alguna razón, me sentía desplazada y no quise volver de inmediato a casa. Así que decidí tomar un autobús al trabajo. Sabía que tendría problemas por el código de vestimenta, pero tendría que inventar una lesión o usar el período como excusa. Lo que fuese para no volver a casa a cambiarme.

Fue el día más odioso y largo en mucho tiempo. Me cansé lo suficiente cuando volví caminando de regreso a casa. Al sacar mis llaves del bolsillo y abrir la puerta, mi vista se desvió ligeramente hacia la puerta del frente, que, semiabierta, dejaba ver poco del interior, mismo que yo no había visto.

Si lo pensabas, era inusual.

Ben había estado en mi departamento muchas veces en las últimas dos semanas. Pero yo no conocía el suyo y jamás había sido invitada.

Pensé un segundo en pasar de largo y encerrarme de inmediato sin mediar palabra con Ben. Pero después de todo ¿Por qué? Esa persona con él en la puerta podría ser su amiga o pariente y en realidad no había motivos para que yo estuviera tan molesta.

Me acerqué a su puerta y la abrí con la idea de disculparme, aunque incluso esa actitud habría sido tonta de mi parte, porque él ni siquiera sabía que yo estaba molesta y seguramente tampoco sabría el por qué en caso de haberlo notado, así que deseché mentalmente este pensamiento y simplemente entré, esta vez pensando en saludarle. Quizá así me contaría quién era esa chica.

Pero mi ansiedad con respecto al tema, desapareció pronto.

Un sofá de cuero, algunos adornos interesantes y modernos en una vitrina de madera negra. Cortinas de un tono rojo quemado contrastaban con paredes de un tono chocolate obscuro. En mi opinión, ése no era el estilo del Ben que yo conocía.

El desayunador había sido modificado. La barra en la cocina fue transformada con unos bancos altos, de modo que era la única mesa existente. El desorden era evidente, parecía que habían tenido una fiesta. Aunque realmente no recordaba que hubiese ningún ruido en particular o música a alto volumen.

Pero no se podía hacer la vista gorda con los vasos sucios de licor en la barra, las botellas de vino tinto y whisky casi vacías, algunas por completo; cajas de pizza sin terminar y lo que parecía ser harina sobre una bonita tabla de picar acrílica. Quizá les había dado por hacer pizza después de comer la comprada.

Todo parecía silencioso.

Me preocupé. No podía negarme que en mi interior tenía esa sensación de que pasaba algo malo; sentía ansiedad y mi corazón, por algún motivo, comenzó a latir desbocado, como cuando haces un gran esfuerzo físico.

Sentí que estaba invadiendo terreno desconocido.

Había dos habitaciones. Abrí la primera. Un escritorio y un librero lleno de material de todo tipo, sobre todo de Ingeniería. Esta habitación conectaba con la segunda. Al abrir la puerta, mi corazón se detuvo unos instantes.

Iluminada únicamente por una lámpara de noche, la habitación también era obscura y aparecía sucia y desordenada. Las sábanas negras estaban tiradas en el piso y el edredón no alcanzaba a cubrir ni la tercera parte del colchón. Las almohadas estaban desordenadas y los almohadones cubrían parte de la alfombra.

Entonces realmente me alarmé. ¿Por qué el departamento de Ben estaba abierto?

Me puse en guardia y tomé uno de los adornos en la cómoda acercándome hacia la puerta del baño, podía haber dentro algún ladrón. Por eso es que no estaba preparada mentalmente para lo que encontré del otro lado de la cama.

Tumbado boca abajo, Ben yacía sobre la alfombra, inconsciente.

Por unos segundos mi cuerpo pareció sacudirse. Después de la conmoción inicial, mi cerebro pareció apagarse por completo y mis manos y cuerpo comenzaron a moverse por sí solos. Sentía que veía una especie de película en primera persona y como pude, traté de levantar a Ben. Al voltear su cuerpo para observar si podía ponerlo en la cama, descubrí con horror que le había sangrado la nariz profusamente y un enorme charco de su propia sangre, algunas partes secas, otras coaguladas, manchaba la alfombra escandalosamente.

Escuché mi propia voz llamándole por su nombre, varias veces, lejana como en un sueño. Ben respiraba, pero no respondía; aunque con dificultad y sin levantarlo, tomé una de las almohadas de la cama y la puse bajo su cabeza acomodándolo boca arriba. Me temblaban las manos.

Tomé el teléfono y marqué el 911. Nuevamente, mi voz sonaba lejana, perturbada pero fría y consciente. Pensé en que quizá hubiera alguien que quisiera acompañarle al hospital.

Huxley.

Eso me asustó más que acompañar a Ben al hospital.

Comencé a hurgar en los pantalones de Ben y, en efecto, su celular, un discreto y bonito Samsung negro estaba en su bolsillo. Lo tomé, casi suplicando que no estuviera bloqueado, pero sentí mi corazón desmoronarse cuando vi que sí. Sin embargo, agradecí que Ben fuese una persona que tomaba notas, porque, mientras la ambulancia llegaba y los paramédicos lo preparaban para subirlo a la camilla, pude observar en la puerta del refrigerador de su cocina, un post it de color azul.

En fuertes trazos, la leyenda "Huxley" y un número telefónico aparecían plasmados junto a algunos imanes y recetas médicas.

Corrí a mi propio apartamento, tomé mi bolso y cerré. De inmediato tomé mi iphone, le quité los audífonos y comencé a marcar.

Todo pasó muy rápido y lo fácil que había sido resolverlo me había resultado demasiado abrumador. No sabía que yo era capaz de actuar tan rápido.

Cuando Huxley contestó, sólo dije "Hola. No sé si me recuerdes. Soy Rey. Ben está inconsciente. Vamos al Harborview Medical Center. Por favor, no tardes…" y colgué sin esperar respuesta.

Al ver el rostro pálido y demacrado de Ben, lamenté profundamente no haberle saludado al salir de casa aquella mañana.

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Habían pasado unas dos horas desde que el hospital había ingresado a Ben a Urgencias. Mientras le hacían exámenes, permanecí en la recepción. Como no era familiar, no querían darme ninguna información en tanto localizaban a algún familiar. Al pasar un rato y darse cuenta que Ben no tenía padres o hermanos que pudiesen hacerse cargo, el médico me pidió pasar a su oficina, pues necesitaba darme información delicada. Huxley me devolvió la llamada y mencionó que tardaría en salir del trabajo pero que iría a relevarme al hospital en cuanto saliera. Terminando la llamada, el médico se dirigió de inmediato a mí, mortalmente serio.

- Señorita, ¿Qué parentesco hay entre usted y el paciente?

- Somos vecinos. Acaba de mudarse y nos llevamos bien.

- ¿Sabía usted de los problemas del señor Solo con los estupefacientes?

Eso definitivamente me sacó de contexto.

- ¿Cómo dice?

- Drogas. Su amigo tuvo una sobredosis de cocaína y hay grandes cantidades de alcohol en su sangre.

Traté de balbucir algo, pero no pude. No tenía la menor idea y jamás había sabido de nadie que consumiera drogas. No supe cómo reaccionar.

- Señorita Naberrie, necesito que sea muy honesta conmigo porque su amigo está realmente grave. Tuvo convulsiones y sigue teniéndolas cada cierto período de tiempo.

- N… No – Atiné por fin a decir – No tenía la menor idea. Estoy… Asustada – Y temblando, comencé a llorar, abrumada, balbuceando - ¿Se va a recuperar?

- Tengo que inducirle a un coma para ayudar a su cerebro a sanar. Le administramos ya una importante cantidad de anticonvulsivos, estamos filtrando su sangre para desintoxicarlo y esperamos que, con el coma, su cerebro se recupere de las lesiones generadas por las convulsiones. Es una medida de apoyo para ayudarle a sanar desde dentro. Necesitamos que haya alguien para firmar las autorizaciones. Alguien que se haga responsable de él. Dado que no tiene familiares, me temo que debo pedirle que piense en su amigo y…

- No hace falta. Deme todo lo que haya que firmar.

- ¿Está segura? Si él no llega a lograr recuperarse... – le interrumpí.

- Le he dicho que me dé lo que haya que firmar. Me encargaré de él.

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Huxley llegó unos momentos después de salir de la oficina del médico, que llevaba ya los documentos en su tabla para efectuar los trámites. Pasaba de las siete y treinta de la noche. Sentía una debilidad profunda y una enorme ansiedad que ahogué en silencio, procurando mantener la calma. Me ardían los ojos y de vez en cuando, alguna lágrima escapaba de ellos; era un impulso incontrolable pero ligeramente odioso.

Hux se sentó junto a mí y me tendió un vaso de café.

- No sabía de qué te gusta, así que sólo traje capuchino normal – Y me miró seriamente – No tenía idea de que Ben no te había dicho nada sobre su adicción. Me temo que te debo una disculpa en su nombre por involucrarte en esto. Si deseas que yo firme los documentos, sólo dímelo, sé que a él tampoco le gustaría que tuvieras que pasar por todo este asunto. De hecho, debo pedirte un favor – Y lo miré con fijeza – Ve a casa a descansar. Yo me quedaré con Ben.

- Imposible. No me iré.

- Oye, sé que esto ha sido duro para ti, pareces buena chica y dudo que alguna vez te hayas topado con un adicto, pero Ben está muy inestable ahora y puede hacerte daño.

- Ben estaba bien esta mañana.

- ¿Lo viste?

- Sí, antes de irme a trabajar, estaba en el pasillo hablando con una chica, estaban riendo y se veía nor…

- ¿Qué chica? – me interrumpió, alarmado.

- Una chica alta y rubia. Su aspecto era… - Y me quedé pensando, buscando una palabra que no encontré.

- Natalie – Y movió la cabeza. Las aletas de su nariz se abrieron y su rostro enrojeció como si estuviera furioso - ¿La habías visto antes?

- Nunca. Pero parecían hablar y reír muy amigables y yo me fui. Ni siquiera crucé palabra con Ben. Estaba apresurada por irme, incluso no me llevé el auto y tomé el autobús para aprovechar y correr un poco. Desperté un poco… ¿Cómo decirlo? Con el pie izquierdo esta mañana.

- Natalie es dealer.

- ¿Qué es eso?

- Ella vende drogas. Estuvo en la cárcel unos meses y salió bajo palabra hace unos días, pero veo que no le importa que la ingresen de nuevo. Voy a hablar con el médico, necesito ver lo del trámite de pago, Ben tiene un fideicomiso y si es necesario, habrá que usarlo en caso de que el dinero de su cuenta bancaria no alcance para pagar todo esto. ¿Estás segura de quedarte aquí?

- Sí – y me tallé los ojos – al parecer lo trasladarán a una habitación y me permitirán una cama dónde dormir. El doctor no quiere que esté por su cuenta en caso de que haya cambios durante la noche, así que una enfermera estará monitoreando cada hora, pero no está de más que me quede ¿O sí?

- No lo está. Gracias por esto, Ben no tiene a nadie además de a mí.

- ¿Ustedes son… parientes? – Me atreví a preguntar. Huxley parecía realmente preocupado.

- No. Somos… Compañeros. Y quiero creer que amigos. Hemos pasado por la misma situación antes.

- ¿A qué te refieres? – Me extrañó cómo su rostro se tornó muy serio.

- Soy su consejero de AA – y me miró a los ojos con seriedad – Ben también es alcohólico y esta sería su segunda recaída... ¿Sabes si había alcohol en su casa? ¿Alguna píldora o cigarrillos de marihuana?

Traté de recapitular y contesté.

- Veamos… Había comida sin terminar, muchas botellas de whisky y vino tinto vacías en la barra y… una tabla de picar con harina.

Hux sonrió sin poder evitarlo.

- Tu ingenuidad es una cosa buena. Eso no era harina, Rey.

- ¿Cómo dices?

- El polvo blanco en la tabla se llama cocaína y es una droga potente que se puede inyectar, inhalar o tomar, esa tabla no es para picar comida. Es una tabla para preparar la droga y que no se "contamine". Ben ha sido adicto a esa porquería por años. Perdió su anterior empleo y tuvo que abandonar a su familia después de que tuvo un accidente en el auto de sus padres. Su hermana iba con él y murió. Su madre trató de hacerlo permanecer con ella e incluso se separó de su padre por esa causa. Su padre no quiso volver a saber nada de Ben después de eso.

Me entristeció mucho saber demasiadas cosas que Ben no me había confiado, pero, por otro lado, apenas lo conocía y era natural que no me dijera ninguna de esas cosas. Eran demasiado tristes, demasiado dolorosas para soportar revivirlas de nuevo hablándolas con alguien más.

- ¿Podrías llamar a sus padres, Hux? ¿No crees que deberían saber que está aquí?

- No sé si sea lo correcto. A Ben no le gustaría. Podemos esperar a que despierte y preguntárselo. Sólo recuerda que mencionamos en la documentación que no conocíamos a sus familiares o si existían.

- ¿Y si no despierta? – Pregunté angustiada.

- Si el médico dictamina que no hay nada qué hacer, llamaré a sus padres.

- Bien. ¿Está bien si me quedo? No puedo hacerte permanecer aquí, Hux, ve a casa y si pasa algo más, te mantendré al tanto – y me levanté – Gracias por el café. Y por todo.

- Gracias a ti por ser una buena amiga para Ben – Y levantándose del sofá de la recepción, dio vuelta por el pasillo rumbo a la salida.

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- ¡Eres un monstruo! – Escuché mi propia voz gritarle a Ben, pero era diferente. Parecía acalorado y furioso, podía sentir en mis venas su odio y su deseo, todo al mismo tiempo. Sus ojos ardían como carbones encendidos y la nieve caía, ya no suave y tranquila, sino que parecía lluvia.

- Sólo somos nosotros dos esta vez – Su voz profunda y modulada resonó en mis oídos - ¡Yo puedo mostrarte los caminos a la Fuerza!

Las espadas de luz, ondulantes en nuestras manos nerviosas chocaban y las chispas parecían no herirnos siquiera. Cruzamos las espadas varias veces, nos atacábamos con toda la furia con que éramos capaces. Estábamos tan cerca físicamente pero tan lejos emocionalmente que parecíamos, literalmente, otras personas.

Y en medio de ese caos, desperté, con la imagen del rostro de Ben, furioso, como si estuviera resquebrajándose por dentro.

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Eran las 3 de la mañana. La enfermera encendió la luz para revisar a Ben. Abrí los ojos, encandilada como estaba por la blanca luz de la habitación de color azul claro y me acerqué junto a ella.

Ben tenía fiebre. Lucía enfermo.

Unos surcos obscuros bajo sus ojos denotaban cansancio y enfermedad evidente, tenía las mejillas ligeramente rojas y la frente perlada en sudor. Su cabello parecía húmedo y la almohada también lo estaba.

- Señorita, debo cambiar la almohada. Llamaré a los enfermeros para cambiar las sábanas también, le administraremos un poco de ibuprofeno para calmar la fiebre y haremos pruebas de infección, quizá debamos administrar también antibióticos. ¿Puede quedarse con él? Debo avisar al doctor de guardia – La pregunta sonó estúpida en mi mente, pero sólo asentí.

- Por supuesto. Aguardaré – Y mientras la enfermera salía de la habitación, caminé al baño donde mojé una toalla con la que limpié el rostro blanco de Ben, que pareció no tener reacción alguna.

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A las siete de la mañana, el doctor de Ben comenzaba sus rondas.

Dos enfermeros trasladaron a Ben en la camilla rumbo a la sala de tomografía para realizarle una y verificar el estado actual de su cerebro. Las convulsiones cesaron durante la noche y la fiebre había remitido con los medicamentos administrados unas horas atrás. El médico parecía optimista y me sugirió que, si tenía empleo, lo atendiese o descansara un poco en casa. Le dije que permanecería allí e hice una llamada al trabajo. Mi jefe me comentó que llamaría a la señorita Kanata, que no le hacía gracia porque no hablaba bien inglés pero que, si no había más opción, tomara unos días y no los descontaría de mi paga, que hiciera de cuenta que tenía vacaciones. Mi jefe era una persona realmente amable cuando se trataba de situaciones de enfermedad. Él era diabético y a veces debía ausentarse varias veces al día para administrarse su propia insulina.

Al volver de la tomografía, los enfermeros volvieron a acomodar la cama, cambiaron las sábanas y almohadas y acomodaron luego a Ben, cerciorándose de que todas sus líneas de medicamentos y nutrición estuvieran funcionando.

Así, pasaron dos días enteros en que Huxley iba y venía del hospital haciendo trámites, llevando y trayendo comida para mí, solucionando la situación del seguro de Ben y en general, ocupándose de que todo estuviera como debiera estar. Tenía la sospecha de que Hux trabajaba para Ben haciendo estas cosas más que sólo hacerlas como su consejero de AA, pero no le mencioné nada, pues temía ofenderlo.

Al anochecer del tercer día, el médico se acercó a mí, indicándome que había pasado el tiempo del coma y le quitarían los sedantes a Ben para probar si despertaba. Hicieron lo que correspondía a su decisión y una vez que le quitaron los sedantes, el doctor me indicó que permaneciera atenta, pues era posible que Ben despertase en cualquier momento. Le daba unas horas para que comenzara a recuperar su habilidad para respirar por sí mismo.

Yo estaba profundamente ansiosa.

Me había quedado en un hospital, uno de los lugares que más me aterraban en el mundo, a cuidar de un hombre al que prácticamente no conocía. Me había enterado de muchos de sus demonios, cuando probablemente él no quería que yo los supiera. Probablemente con la intención de no involucrarme demasiado en su vida personal.

Me di cuenta que probablemente no quería que yo supiera nada sobre él porque no confiaba en mí y eso, lógicamente, me hizo sentir como si estuviera invadiéndolo.

¿Qué iba a pensar cuando supiera que había entrado en su casa, que había visto su desorden, que sabía quién era su proveedor y que ahora conocía sus drogas?

Estaba segura que no saldría bien.

Me mecí lentamente en la silla para las visitas de la habitación, justo al lado de la cama de Ben; y arropándome a mí misma con el suéter más viejo que tenía, me quedé dormida.

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Por la mañana, Huxley llegó con un sándwich y el mismo tipo de café que había traído los tres días anteriores. Me lo tendió en silencio y se sentó en el sofá de la habitación. Se veía más iluminada; Huxley abrió la ventana, así, sentado como estaba, y dejó entonces en una mesita, el florero que llevaba ese día.

- ¿Por qué trajiste flores?

- Así lo indica alguno de los consejeros de AA. Si llevas flores a la habitación de alguno de nuestros compañeros, estás trayéndole la vida de regreso.

Dijo esto muy seriamente, por lo que nada respondí. Observé con detenimiento las flores.

Aster tataricus.

- Son flores caras.

- Son simples asteres, Rey – replicó Huxley.

- Shion – repetí entonces en japonés. Los asteres tataricus son llamados shion, que significa "No te olvidaré" – Sé qué clase de flores son éstas. Dime, Huxley, ¿Hay algo que no me estés diciendo, acaso… Sobre las flores? – Y sonreí. Nuevamente, estaba asumiendo que quizá había algo entre ellos.

- Las flores las envía la madre de Ben – Al final, le había avisado.

- ¿No ha querido venir? – Me extrañó.

- Sí. Pero su padre no y ella no puede llevarle la contraria. El hombre está enfermo.

- Comprendo, yo… - En ese momento, Ben apretó los párpados, tratando de despertar.

Huxley salió corriendo a buscar a la enfermera y al doctor. Mis manos temblaban del modo en que lo hacían cuando lo encontré y comencé a susurrar su nombre, muy despacio, como si quizá no pudiera hablarle más alto.

- Ben… Ben… Soy Rey. Estás en el hospital, estoy contigo – Sus manos se sentían heladas, pero tenía mejor color y los surcos bajo sus ojos habían desaparecido.

- ¿Rey? – Repitió. Y abriendo los ojos, los fijó en los míos. No pude hacer más que sonreír.

- Estoy muy feliz de que no hayas muerto.

- No he muerto gracias a ti.

- ¿Cómo sabes eso?

- Me trajiste de regreso a casa, es más luminoso de este lado.

- ¿Tienes ganas de volver a casa? Huxley y yo te llevaremos. El doctor te revisará y podremos irnos, creo que hay mucho que hacer, pero primero debes descansar.

- Gracias por traerme de vuelta.

Sonreí.

- Shion – Repitió entonces con su fuerte voz.

- Sí. Huxley te trajo esas flores. Son de tu… De tu madre. Entonces conoces los asteres tataricus.

- ¿Mi madre sabe que estoy aquí y envió estas flores? – Esto último lo dijo con mucha decepción.

- No puede venir, te envió esto.

- Siendo así, tira esas flores, por favor.

- ¡Ben! Son las flores que tu madre…

- ¡Tíralas! – Gritó con fuerza, sin embargo, más que exigencia, sonaba a súplica. Tomé las flores y las acomodé en el basurero, aunque sobresalían.

- Ya está. Ya está. Tranquilo – Y me senté junto a él en la cama, en ese momento el doctor y Huxley entraron y me retiré un poco – ¡Me alegro que llegaran! Ben está ansioso por irse de aquí.

Hablaba más por mí misma que por él.

Nuevamente, estaba siendo egoísta.