Un día lleno de sorpresas.

Ichigo.

Si alguien me hubiese dicho que habría estado en esta situación por culpa de un gamberro cualquiera con pinta de pertenecer a la mafia Yakuza, que iba a terminar castigado por el resto del año por culpa de ese mismo maldito idiota, y que para colmo iba a tener que pasar mis días de castigo con él, habría decidido que quizás debería haberlo golpeado. Habría sido trabajo duro decidirlo, ya ven, porque no creo en la violencia salida de ninguna parte. Sin embargo, mientras las palabras del director Sousuke Aizen ingresan en mi cerebro y la sinapsis de mis neuronas termina por hacerme entender lo que está diciendo… comienzo a replantearme que quizás, también, debería golpearlo a él por ser el imbécil más redomado con el que me he topado en la vida.

Lo cual es decir bastante, porque estoy sentado al lado de otro imbécil. Pero ése no es el punto. El punto es que me están jodiendo la vida y no es como si yo hubiese querido que todo eso pasara. Tampoco es que la culpa sea toda mía. Pero, de nuevo, ése no es el meollo del asunto.

— ¿Está hablando en serio?—dejo salir. Me levanto de mi silla con un movimiento violento que me sorprende incluso a mí, y mis palmas dan abiertas contra el escritorio del director. Se me atasca una exclamación ahogada en la garganta, porque, amigo, esto ni siquiera es justo. ¿No es que hay que ser generosos con el prójimo? Lo único que hice fue defender a un chico de ser traumatizado por el resto de su vida. ¿Es tan malo que haya defendido a un tipo al que ni siquiera conozco?—. ¿Todo el año escolar? ¿Con él? ¿En la misma habitación?

—Así como lo escuchas, Kurosaki. No puedo permitir esta clase de comportamiento en un evento inter escolar.

—Siéntate ya, Strawberry, no es como si fueras a lograr nada más con eso. Estás dándome flojera.

Strawberry. Ni siquiera es imaginativo.

—Cierra la boca, cabrón—le gruño desde mi posición, mirándolo con furia. Lo odio. Golpear la mierda fuera de él, dejarlo sanar, y repetir el proceso no podría aplacar la ira que siento cada vez que lo miro a los ojos. Bastardo.

—Veamos si puedes hacer que me calle. Venga, ¿quieres otra paliza?

— ¡Señor Jaegerjaquez!—lo reprende el director. Un par de fríos ojos marrones se clavan en Grimmjow, que parece muy relajado en la silla. Con el cuerpo medio inclinado, una pierna cruzada y el brazo apoyado en el respaldo de la silla, parece como si no le importara que por su culpa estemos en esta situación—. ¿No le parece lo suficientemente grave estar hablando de un castigo? ¿Es que no tiene respeto por la autoridad?

Algo me dice que el bastardo se siente tentado a contestarle, pero se lo piensa mejor. Compone una mueca de desagrado con los labios mientras entrecierra sus ojos hacia el hombre sentado tras el escritorio, sus cejas frunciéndose a tal punto que creo que los extremos interiores podrían tocarse.

—Eso es lo que pensé—sisea Aizen, cruzando los brazos sobre el escritorio—. Siéntate, Kurosaki.

¿Sigo de pie? Bueno, ¿y qué más da? Me dejo caer en la silla que se ve más cómoda de lo que es, sintiendo el retortijón revolver mis tripas cuando noto la sonrisa del desgraciado sentado a mi izquierda.

—Ahora bien—continúa—, el castigo no va a interferir en ninguna de las actividades de sus clubes. Dado que tú, Jaegerjaquez, y tú, Kurosaki, son el mejor material en cada uno de sus equipos, no voy a desestabilizar así a la escuela. Sin embargo, los días que no tengan prácticas, se quedarán dos horas más en la biblioteca.

—Tch—el sonido que escapa de los labios del gamberro suena amenazante, aunque no ha dicho una sola palabra. Alza una ceja hacia el director, casi con sarcasmo, y las ganas de golpear su jodida cara contra el escritorio vuelven con tanto ahínco que se me escapa el aliento—. Lo que sea. ¿Puedo irme ya?

—Eso no es todo—repone él, echándose hacia atrás en la silla de cuero con ruedas. ¿Está ese maldito disfrutando de esto?—. Si alguno de ustedes reprueba algún examen o pierde alguna competición, o tiene siquiera un retraso a las horas de clase… ambos quedarán excluidos de sus respectivos clubes. Sin mencionar que arriesgarían reprobar el curso.

¿Reprobar el curso? ¿Está bromeando?

Incapaz de decir nada, mi boca cuelga abierta en medio de mi sorpresa. Le clavo la mirada, alzando las cejas con incredulidad, sin atreverme a creer lo que acaba de decir.

—Comienzan mañana. ¿Queda claro?

Claro como el agua, bastardo.

Me atrevo a echar una mirada hacia Jaegerjaquez, que ya no parece tan divertido. Algo dentro del discurso del director acaba de dejarlo tan anonadado como a mí, y no sé si debería reírme en su cara o simplemente sentir empatía. Decido que quizás reírme de él sería la mejor opción. ¿Sentir empatía por un bravucón como él? Ni en un millón de años.

Sin embargo, algo en sus ojos hace que mi determinación se tambalee. Parece destruido.

—Retírense de mi vista.

En un parpadeo, la expresión de dolor del rostro de Jaegerjaquez desaparece. Parece que nunca hubiese estado allí. Durante un segundo parece que todo su mundo se derrumba, y al siguiente, vuelve a ser el mismo desgraciado engreído con esa sonrisa que muestra los dientes y los ojos azules refulgiendo con maldad. Ni siquiera es malicia. Es maldad.

Toma su bolso deportivo y se levanta. Un metro ochenta y seis de puro músculo mortífero. Créanme cuando les digo que un golpe de este bastardo duele como el infierno. Todavía me late el cardenal que sus nudillos dejaron en mi pómulo izquierdo.

Dejando salir un gruñido de estupefacción mezclada con rabia, lo imito. A pesar de no ser tan alto como él, fácilmente podría partirle los brazos si quisiera. Pero no quiero. No quiero, ¿cierto?

Espero a que salga primero. Ni estando en el séptimo círculo del infierno me acercaría a menos de un metro del cabrón. Me dirige una mirada altanera por sobre el hombro, sonriendo como si fuese el día de Navidad y él hubiese obtenido exactamente lo que quería antes de abrir la puerta con más fuerza de la que yo considero necesaria y dejar la oficina.

Me estoy colgando el bolso en el hombro cuando un carraspeo del director me detiene.

Con las cejas alzadas y mi peor expresión, me giro a mirarlo. Ya no parece tan severo; no obstante, sigue pareciendo decepcionado. ¿Debería hacerme sentir mal la cara que tiene? Si es así, no está surtiendo el efecto deseado. Aunque no voy a decírselo a la cara. Es decir, ya me granjeo suficientes problemas por mi cabello, ¿por qué tendría que agregarle más a la revoltura?

—Kurosaki—comienza el hombre. De pronto parece muy cansado. Se pasa una mano por el cabello marrón echado hacia atrás, un mechón errante devolviéndose y colgando sobre su frente. A pesar de parecer joven y fuerte, se nota que los años están comenzando a pesarle sobre la espalda—, Jaegerjaquez necesita de alguien que lo guíe. Es un buen alumno a pesar de su mal comportamiento, y sé que lo que pasó no fue completamente culpa tuya. Sin embargo, dados los acontecimientos recientes, no puedo hacer la vista gorda con tu participación en la pelea.

—Defendiendo a alguien más—puntualizo con un gruñido que me raspa la garganta.

Él me ignora olímpicamente.

—Eres un buen chico. Sé que podrás hacer algo por él.

Dejo salir un bufido que no le pasa desapercibido.

—Ni siquiera lo conozco. ¿Por qué tengo que llevar yo esa responsabilidad?—inquiero, arrugando los labios ante la sola idea de pensar en Jaegerjaquez.

—Porque—comienza Aizen, cruzando los dedos frente a su cara— eres el único que ha pasado por algo parecido.

¿Qué, en el nombre del mismísimo Lucifer, se supone que significa esa mierda de frase?

Me dedico a observarlo, entrecerrando mis ojos hacia él con la duda dándose vueltas en mi cabeza. Sousuke Aizen, el director de la escuela, no parece ser un idiota. Entonces, ¿por qué se está comportando como uno? No hay ninguna forma, ni ahora ni después de esta vida, en la que Grimmjow Jaegerjaquez y yo podamos tener algo en común… además de un cabello desagradablemente vistoso.

—Vete de aquí, Kurosaki.

No espero a que me lo digan dos veces. Salir pitando es la única opción que tengo para no recriminarle acerca de su ridícula forma de pensar. ¿Ese idiota y yo… pasar por cosas parecidas? Ya, claro. Te veo en el siquiátrico, Aizen.

Lo peor de todo esto, es tener que pasar dos horas al día con él. Dos horas. Asistir al equipo de artes marciales ahora es obligatorio, y encima me veo obligado a mantener excelentes calificaciones. Ahora, si eso no es un castigo épico, pues que alguien me ponga frente a un tren.

A las puertas de la escuela me espera Rukia. Está apoyada contra un muro, jugando con su celular, las cejas fruncidas al medio de su frente en un gesto de concentración tan aterrador, que siento que va a cortarme la garganta con los dientes en el momento en que le diga una sola palabra.

Sin embargo, al acercarme a ella, sus ojos violeta se alzan de la pantalla, que se refleja en sus pupilas como un rectángulo blanco. Me clava la mirada y enarca las cejas, cerrando la tapa del artefacto con delicadeza y guardándoselo en el bolsillo de la falda.

— ¿Qué te dijo?—pregunta directamente, justo en el momento en el que alcanzo su posición. Al parecer mi cara lo dice todo.

—El resto del año castigado—refunfuño, jugueteando con el cierre de mi bolso deportivo de lona negra. Sé de antemano que Rukia se va a enojar más incluso de lo que lo va a hacer mi papá. Oh, demonios, mi papá—. Dos horas todos los días después de clases. Excepto los días que tenga entrenamiento.

—No es tan malo—Rukia se encoge de hombros, alzando las manos con las palmas hacia fuera como si quisiera quitarle importancia al asunto. Su maletín de cuero café cuelga de su mano derecha, y desde el cierre, se balancea un colgante con forma de conejo—. Podrás hacer las tareas aquí y todo.

—Ya, claro, pero no te he mencionado todavía la peor parte.

— ¿Y cuál sería la peor parte?—inquiere con suspicacia.

Exhalo en un suspiro cansado.

—Dos horas al día con el bastardo de Grimmjow.

Un silbido agudo sale de sus labios, mientras parpadea incrédula hacia mí. La escuela está vacía debido a la hora, e incluso los clubes que se quedan después de clases comienzan a abandonar el edificio. Así que iniciamos caminata, ella mirándome sin poder creérselo aún, y yo mortificándome de la porquería que saco por hacer de buen samaritano.

Se supone que hoy, luego de prepararnos todo el verano y parte de las clases, teníamos las olimpiadas inter escolares. Las escuelas de todo el país competían por las medallas y todo era muy deportivo y muy "sano". Las competencias se hicieron aquí, en la preparatoria de Karakura. Es fácil ver los vestigios de la fiesta deportiva: aún hay tarimas por quitar y guardar, un poco de suciedad en el piso, algunos estudiantes voluntarios y de los clubes guardando los implementos.

Todo estaba muy bien. Mi equipo de taekwondo y yo estábamos preparándonos para enfrentarnos a las escuelas rivales en el gimnasio de la escuela. No perdimos ninguna pelea; para variar, salimos campeones escolares. Aunque las medallas que me llevo a casa pierden un poco el brillo si lo comparamos con el hecho de haber sido castigado por meses.

El problema comenzó luego de la competencia de natación; el equipo masculino de la escuela está compuesto por una variopinta cantidad de personas, aunque ninguno de ellos destaca como Grimmjow Jaegerjaquez. Por cuatro cosas: su cabello celeste, su altura, una gigantesca cicatriz que le atraviesa en diagonal desde las clavículas hasta el oblicuo… y el hecho de que parece un pez en el agua. No he visto nadador más rápido que ese bastardo. Cuando ganó su categoría, simplemente salió del agua, se quitó el gorro de goma y los lentes con displicencia, se puso una toalla alrededor de los hombros y le dedicó a la entrenadora una sonrisa de suficiencia. Como si hubiese sabido que iba a ganar.

Cuando se dirigía a los camarines (cerca de donde yo andaba rondando con Tatsuki y Renji, dos de mis amigos), un chico bajito de una de las escuelas que estaba en carrera para conseguir una de las medallas por tenis de mesa se chocó con él. A pesar de que se disculpó en un tono bastante alto que no fue difícil de escuchar, Grimmjow simplemente lo tomó por el cuello y lo estampó contra la pared de concreto que se alzaba a su lado.

Fue como una reacción instantánea ¿saben? Un minuto estaba allí, apoyado contra un árbol, haciéndole bromas a Renji acerca de lo ridículo que se veía en su uniforme de kendo, y al siguiente estaba corriendo a volarle la cara al desgraciado por violentar así a un chico cuyo único pecado había sido toparse con él.

De lejos se veía enorme. En plan, una mole de hueso, músculo y gotas chorreando por todos lados, alzándose imponente mientras sostenía al pobre niño con una sola mano. La tensión en su brazo izquierdo era sorprendente, como una máquina bien engrasada con los tendones tensos corriéndole bajo la piel igual que serpientes, con la apariencia de cuerdas expuestas a un peso considerable.

—Eh, machote—siseé, acercándome a él. No me saca más de cinco centímetros, pero los músculos que envuelven los huesos de su pecho francamente son aterradores, incluso para mí. Apreté los puños, dedicándole un ceño fruncido—. Déjalo ir.

Me dirigió una mirada sorprendida bajo unas cejas alzadas con una sorna tan gélida que se me hizo un nudo en la garganta. A través del cabello húmedo, sus ojos color zafiro se clavaron en los míos, mandándome un escalofrío de terror por el espinazo. En el club de taekwondo todos somos excelentes luchadores, pero ninguno miraría a su oponente con esa sed de sangre. Jamás. Sería lo más bajo que podríamos caer.

—Claro—sonrió Jaegerjaquez, abriendo la mano que sostenía el cuello del chico—. Como tú quieras, Naranjita.

Pronuncio el ridículo apodo que me había dado tras cinco segundos con suavidad, inyectando tanto veneno en cada sílaba que me sorprendió no morirme envenenado ahí mismo. Lo miré lo más tranquilo que podía, desviando mis ojos solamente para mirar al muchacho que tosía en el suelo.

—Hey, amigo, ¿estás bien?—pregunté, sin moverme.

Él asintió apenas. Vaya pedazo de mentira. Y vaya que era yo un pedazo de imbécil por preguntarle una cosa así. Había estado colgando solamente por el cuello a lo que calculé eran unos quince centímetros del suelo, ¿en qué universo un ser humano podría estar bien después de una agresión como esa?

—Vete a la enfermería. La chica de allá te va a acompañar—ordené tranquilamente, apuntando a Tatsuki. Sabía que estaba a mi espalda. Casi podía sentir la tensión que manaba de ella en olas sofocantes.

Cuando el chico se fue, Grimmjow me dedicó una sonrisita divertida. Era un gesto salvaje que alzaba toda la comisura izquierda de su boca, recogiendo el labio superior y mostrando los afilados caninos con aspecto de ser más felinos que humanos. Podía imaginármelos arrancando trozos de piel y carne sin siquiera sorprenderme.

— ¿Así que eres el defensor de los desamparados, eh?—se burló, pasándose una mano por el pelo húmedo casi inconscientemente. No se me escapó el tamaño de la cicatriz que le dividía el torso y el abdomen en dos; tendría que haber tenido por lo menos unos cuatro centímetros de ancho—. Vaya imbécil.

— ¿Y tú qué te crees? ¿Muy valiente por agredir a un chico que no podría hacerte daño ni con un cuchillo?—escupí, cruzándome de brazos. Sentía el rubor del enojo alzándose en mis mejillas y maldije en mi fuero interno. Sonrojarse es una respuesta estúpida en cualquier situación, mortificante por decir lo menos. Pero, hey, no me juzguen por haber estado furioso—. Vaya desgraciado.

Eso pareció tomarlo con la guardia baja. Me pregunté a mí mismo cuántos eran capaces de responderle a un insulto. Grimmjow no me da miedo en lo absoluto. Pone mis sentidos en alarma constante cada vez que está demasiado cerca, porque la agresión simplemente se desprende de él. Brilla en su mirada y se insinúa en la cicatriz de su pecho.

—Te crees muy hombre, ¿no? Esfúmate antes de que pierda la paciencia, niño—soltó, haciendo un ademán con la mano. Como si yo no valiera su tiempo—. Lo digo en serio.

—Mira cómo tiemblo—silbé. Quería que sonara como una burla, pero creo que el enojo que me bombeaba en las venas me lo hizo imposible. Me latía el pulso tras la oreja y el corazón me palpitaba con tanta velocidad que incluso estando de pie me faltaba el aire.

A pesar de los años de entrenamiento que he experimentado, nunca había visto un golpe venir tan rápido y con tan poca anticipación. Simplemente surgió de la nada, dándome apenas tiempo para subir la guardia y moverme de mi lugar. De no haber sido tan rápido como soy, aquel puñetazo habría asestado directamente sobre mi nariz, presumiblemente rompiéndomela.

Pero no fue como si me bloqueara. Las peleas callejeras (en las que suelo meterme muy a menudo debido al color de mi cabello) me habían hecho tomar precauciones en este tipo de casos. ¿Lleva algún arma? De cualquier tipo. ¿La lleva? ¿No? Está completamente solo, ¿no es verdad? Puedes atacar.

Y eso hice exactamente. En cuanto descubrí un punto débil en su defensa, mi pierna entró con toda la fuerza de mi cadera. Mi pantorrilla y mi empeine dieron de lleno contra sus costillas, mandándome un chispazo de dolor por los nervios. No suelo golpear sin los protectores y mucho menos golpear moles como aquella. Lo sentí perder el aire por un par de segundos, los que aproveché para girar sobre mi pierna de apoyo y asestar una certera patada, con el talón del pie, directamente contra su pecho.

No sé cómo moví tal cantidad de carne y furia. Retrocedió tambaleante mientras la respiración me silbaba en los pulmones, los jadeos impidiéndome oxigenar como debía. Sentía el flato en el costado comenzando a hacer presión. Estaba entrando en pánico y ahora que lo pienso, tiene toda la lógica.

Pensé que había quedado inutilizado. Dudé que se pudiera mover. Dos golpes como esos en las costillas y el pecho duelen como el infierno incluso cuando llevas las protecciones. ¿Qué se sentirá recibirlos cuando no llevas nada sobre la piel y quien los proporciona va con zapatillas?

Cuando lanzó el puñetazo hacia mi cara, incluso más rápido que el primero que vi venir, alcancé a hacerme a un lado lo suficiente como para que no me diera de lleno en el tabique de la nariz. Sin embargo, sus nudillos dieron perfectamente contra mi pómulo izquierdo, mandando relámpagos de luz por la parte trasera de mis párpados y haciendo aparecer estrellas negras frente a mi visión por un par de segundos. Luché por aclarar la neblina rojiza que cubría mi cerebro mientras bloqueaba otro de esos potentes golpes con el antebrazo.

Amigo, si algo me ha dolido en la vida, fue ese bloqueo.

Mi gancho izquierdo conectó con su barbilla con tanta fuerza que me quedé sin aire y con los nudillos pelados. Dio un tambaleante paso hacia atrás, pestañeando como si hubiese perdido el sentido, y me miró lívido de ira.

— ¡Kurosaki! ¡Jaegerjaquez!

Una valiosa mirada. Una sola. No moví mi atención de él por más de tres segundos y para cuando me di cuenta, su brazo derecho había impactado contra el lado izquierdo de mi cara de nuevo. Me dejó literalmente sentado de culo en el suelo, intentando encontrar la ubicación correcta de arriba y abajo.

—No estás en tu club, Strawberry.

—Ichigo. ¡Ichigo!

Siento un golpe en el hombro y parpadeo sorprendido. Dejo salir un gruñido de dolor, sobándome la piel dolorida. Rukia puede medir treinta centímetros menos que yo, pero la condenada pega como si fuera una boxeadora.

—Maldita sea, Rukia—silbo entre mis dientes apretados.

—Te llamé cuatro veces. ¿En dónde diablos estabas perdido?—pregunta, frunciendo sus perfiladas cejas hacia mí.

—Ningún lugar—miento tajante. Aún me hiere el orgullo ese simple instante de desconcentración que me valió lo que ya es un cardenal en formación.

Deja salir un ruidito indefinido de su garganta, dándome a entender que no se la cree. No la culpo. Seguramente sabe en qué estaba pensando. Pero eso no importa.

—Aquí nos separamos—le digo, apuntando a la derecha de la bifurcación que se abre ante nosotros. Las calles están casi vacías y a lo lejos se siente el ruido de los autos—. Nos vemos mañana.

—Hasta mañana—se despide. Abre la boca para decir algo más, pero luego la cierra sin haber dicho nada. Vaya pequeñaja extraña.

Me encamino hacia mi casa con la cabeza gacha y las manos embutidas en los pantalones del uniforme. Dejo escapar una voluta de aliento condensado, que se arremolina blanca en el aire y luego desaparece. La temperatura ha descendido drásticamente hoy. No hacía tanto frío cuando comenzaron las competencias hoy en la mañana.

No tardo más de cinco minutos en llegar a casa. Luce como siempre se ha visto durante mis diecisiete años de vida: el letrero azul pizarra anunciando «Clínica Kurosaki» y la pared de ladrillos grises que rodea el jardín. La madera clara que constituye la fachada de la casa y el techo azul inclinado. Las ventanas destellan de limpias y el camino de entrada está tan impecable que creo que ni una sola mota de polvo se atrevería a posarse sobre los pastelones.

Dejo salir un suspiro resignado. A esta hora, seguramente papá está esperando a que me aparezca para darme la reprimenda del siglo. Según el director Aizen, ya se habían comunicado con nuestras respectivas familias para informar del problema ocurrido hoy. Hasta donde sé, Grimmjow no tiene familia, así que me pregunto quién irá a tomar tal recado.

Borra eso. No tiene por qué importarme quién cuide de ese cabrón.

Hago avanzar mis pies por la entrada y cuando abro la puerta principal de la casa, me sorprende encontrar un pie volando directamente hacia mi cara. La patada me derriba sobre mi espalda, y un par de segundos después, Isshin Kurosaki, mi padre, está haciéndome una espléndida llave que no me permite moverme. Me ha puesto boca abajo con la cara contra el parqué y el bolso con mi implemento deportivo enterrado en el estómago.

— ¡¿QUÉ CLASE DE HIJO DESCONSIDERADO ERES?!

— ¡SUÉLTAME, MALDITO SICÓPATA!

Oigo pasos apresurados en la entrada. Desde mi posición, con la mejilla izquierda latente pegada el suelo de madera que se calienta demasiado rápido para mi gusto y con los brazos estirados en una dolorosa posición tras mi espalda, alcanzo a ver un destello de cabello rubio.

— ¡Papá!—llama la voz de Yuzu—. ¡Onii-chan acaba de llegar! ¿Cómo puedes lanzarte sobre él así como así?

—P-pero Yuzu—lloriquea papá, sentado sobre mi espalda y conteniendo mis piernas con las suyas. Me revuelvo en el suelo, intentando salirme de su agarre, pero parece que fuera imposible— estuviste aquí cuando el director llamó…

—Por lo mismo, viejo, deberías dejar que se levante—comenta cansinamente la voz de Karin.

—Mis dos hijas me detestan—llora él, soltándome por fin. Me pongo en pie de inmediato, estirando los miembros, sintiendo los músculos hormiguear bajo la piel.

—Estás loco, ¿te lo han dicho?—gruño hacia él. Hago girar mis hombros hacia atrás para hacer que se desvanezca la sensación tirante que me acalambra la espalda.

—Tú. A la cocina. Ahora.

Esto es nuevo. Isshin Kurosaki va a regañarme. Ah, pero si el día está completamente lleno de sorpresas. Primero, un tío de metro ochenta y seis me tira sobre mi trasero tras un gancho derecho que habría dejado grogui hasta el mismo Muhammad Ali, el director de la escuela me pide que cuide del imbécil de Grimmjow, y ahora mi papá decide ser un padre y darme una reprimenda.

De nuevo, si el tipo de antes me hubiese dicho que este día iba a apestar tanto, no me lo habría pensado dos veces en golpear la mierda fuera de él. Y habría disfrutado cada segundo de ello.