Juventud descarriada.

Ichigo.

Tener clases los días sábado debería ser ilegal. Y, sobre todo, debería ser ilegal que te dejen castigado después de la hora por algo de lo que realmente tú no tuviste la culpa. Pero, como hemos aclarado a lo largo de todo… esto, el punto no es exactamente ése. El punto es que estoy enojado, incómodo, furioso y…

Caliente.

Ya, ya está, ya lo dije, nadie lo recuerda. Pero sí. Tres semanas han sido suficiente tiempo como para que haya terminado de ver a Jaegerjaquez de otra forma. No me culpen, pero pasar dos horas al día con alguien termina haciéndote verlo de más cerca. Muy de cerca. Incluso aunque trate de concentrarme en los libros y los deberes, ellos solamente ocupan mi mente por un periodo de tiempo muy corto; después de un rato, no puedo quitar mi atención de él.

Niego con la cabeza, confundido, ganándome una mirada sorprendida de Rukia, que camina a mi lado.

—Así que… ¿qué te pasa hoy?—inquiere suavemente, casi con ligereza.

Puede ver a través de mí como si yo fuera cristal. No sé si sentirme agradecido de ello, o furioso conmigo mismo por ser tan fácil de leer.

—Rukia—comienzo, algo inseguro— ¿qué pasaría si te dijera que me…? Ah, diablos. Que me atrae alguien.

—Eso depende—medita ella, poniendo el dedo índice de su mano derecha sobre su mentón—. ¿Es guapa? ¿Es mayor? ¿Es una prima…?

Abro la boca para decir algo, pero ningún sonido sale de ella. Me he quedado mudo. ¿Cómo decirle? ¿Cómo explicarle que no es una chica, si un tipo? Y no cualquiera. Sino el gamberro oficial del instituto de Karakura.

Y de nuevo, me lee con facilidad.

—Oye, no, espera. No es una chica—se detiene abruptamente, asustándome. Me detengo yo también y me giro hacia ella, ligeramente avergonzado—. ¿Es un chico?

—Pues… sí.

Sus ojos violeta se clavan en mí, ligeramente entrecerrados. Está intentando saber si bromeo, y Dios sabe que me encantaría estar jugándole una broma. Durante todo este tiempo he pensado en lo estúpido que es. ¿Sentir atracción física hacia la personificación de lo que yo más odio en el mundo? ¿Qué clase de ridiculez es esa? Debo estar loco de remate. Loco. De. Remate.

— ¿Quién es?—inquiere, suavemente. Oh, mierda, ese es el tono que usa para sondear. Si Rukia Kuchiki quiere respuestas, va a obtenerlas. Incluso aunque haga mi mejor esfuerzo para mentirle—. Ichigo… ¿quién es?

Se me aprieta la garganta y se me seca la boca. ¿Cómo explicarle? Su mirada se traba con la mía por lo que parecen milenios, sus ojos penetrantes viendo a través de mí como si yo fuera simple cristal. A veces tengo la sensación de que Rukia es capaz de leer mi mente, de ver lo que se esconde tras mis ojos.

—Jaegerjaquez—me rindo por fin, dejando salir un suspiro de exasperación.

Casi puedo ver los engranes girando en su cabeza; la información parece haberle descompuesto el cerebro. Su boca cuelga abierta y se cierra, para luego volver a repetir el proceso. Finalmente, aprieta los dientes, un músculo en su mandíbula retorciéndose casi de forma indetectable.

Se cruza de brazos, haciendo malabares con su maletín. Sus ojos se entrecierran hacia mí, sus perfiladas cejas frunciéndose al medio de su frente y generando líneas cargadas de estrés en la piel de alabastro de su frente.

—Jaegerjaquez.

Asiento con la cabeza. Parece como si me hubiese dado una cachetada.

— ¿Jaegerjaquez?—repite, esta vez con un chillido en la parte trasera de su garganta. Su pecho sube y baja al compás de su respiración, que comienza a agitarse—. ¿El bravucón por excelencia de la escuela? ¿El que te dejó un cardenal en la mitad de la cara?

Vuelvo a asentir.

—Ichigo, de haber sabido que eras así de masoquista…—suspira, pasándose una mano por el cabello.

Oye, no es mi culpa. No es como si yo hubiese querido empezar a verlo de otra forma. Simplemente pasó. Y sí, sé que es la típica excusa, que es lo que todos dicen, pero es cierto. Comenzó como la frustración hacia sus comentarios de listillo, hacia su sarcasmo y sus intentos de sacarme de mis cabales. Incluso creí con el paso del tiempo que estaba aborreciéndolo incluso más que antes, lo cual consideraba bastante imposible. Pero a medida que los días transcurrían, me encontraba a mí mismo pensando vagamente en las horas de castigo después de clases. Mi mente vagabundeaba sin permiso alguno hacia su voz, hacia sus ojos. Y ahora… pues ya. Atracción física. Paff. Igual que un puñetazo en la cara.

— ¿Y él?

La voz de Rukia descarrila mi tren de pensamiento. Parpadeo hacia ella, volviendo a la realidad tan rápido como un chasquido, medio confuso debido a la niebla que cuelga sobre mi cerebro.

— ¿Él… qué?

—No te hagas el tonto conmigo—bufa Rukia, poniendo los ojos en blanco con tanto desdén que casi me siento ofendido—. ¿Ha pasado algo?

Siento el calor antes de siquiera terminar de procesar la frase en mi cerebro. El sonrojo trepa por mis mejillas, descolgándose del ángulo externo de mis pómulos, y tengo la necesidad acuciante de mirar hacia cualquier parte menos a ella.

—No—contesto firmemente. No estoy mintiéndole—. Intento ignorarlo lo más que puedo. Es un pesado.

Una ceja se alza sobre sus ojos, que ya no brillan con desconcierto. La forma en la que me mira… amigo, es casi picardía. El calor en mi cara aumenta unos peligrosos grados.

—Ignorarlo. Sí, ajá. ¿Tú te crees que yo soy tonta?—dice, medio riendo. Está intentando ser seria, pero parece que mi dilema interior la hace reír. No sé si quiero golpearla o abrazarla. Quizás las dos—. Claro que es un pesado. Es Jaegerjaquez. Pero podrías ser su am…

— ¿Amigo?—dejo salir, sorprendido. La palabra parece errónea cuando se junta con el nombre de Grimmjow—. Rukia, es un imbécil. Golpea gente por gusto. No podría ser amigo de alguien así… jamás.

—Ya, pero aún así te gusta. ¿Qué dice eso de ti?

Oh, ha puesto el dedo en la llaga. Y como si eso no fuera poco, acaba de ponerlo con fuerza. Frunzo el ceño, molesto de que haya dado con el problema con tanta facilidad. Tiene razón, después de todo. Si considero a Grimmjow un imbécil, ¿en qué me convierte a mí sentirme atraído hacia él? ¿En alguna clase de hipócrita? Claro que lo hace. No tengo siquiera que preguntármelo.

Y la certeza de saber que estoy traicionando mis valores, mis principios y mis ideales, hace que sienta náuseas.

—No lo sé—termino por contestar, en tono evasivo. No puedo decirle a Rukia la conclusión a la que llegué en el momento en que comencé a mirarlo más de la cuenta.

Pero, como siempre, ella ya lo sabe.

—Dice que eres un hipócrita. Eso es. Y lo sabes.

—No debería habértelo dicho—refunfuño. Esperaba el juicio, pero no sabía que me molestaría tanto oírlo realmente. Las cosas son distintas cuando las piensas a como se llevan en la realidad. Y esa diferencia nunca ha fallado en hacerme sentir como alguna clase de idiota de récord Guiness—. Debería haberme quedado callado.

Para mi sorpresa, ella deja salir un suspiro casi cansado. Cierra los ojos por un momento, el violeta de sus irises desapareciendo tras la delgada piel de sus párpados, donde venas moradas tan delgadas como cabellos se extienden por la parte superior como filigranas. Sus largas pestañas negras tocan la parte superior de sus pómulos.

Cuando vuelve a mirarme, sus ojos ya no lucen tan tormentosos. Hay calma en ellos, una calma que me hace sentir mejor conmigo mismo por alguna razón que desconozco.

—Soy tu amiga, tarado—dice con suavidad. Es casi un ronroneo tranquilizador—. Puedes decirme lo que sea. Me alegra que me lo hayas contado. Sé que debe ser difícil sentirte de esa forma hacia él.

Dejo salir la exhalación que no sabía que estaba conteniendo. A medida que el aire deja mis pulmones, una sensación de mareo, como si el cerebro se me hubiese convertido en algodón, llena mi cabeza. Mi pecho arde en necesidad de oxígeno, el martilleo de la presión sanguínea en mis oídos rugiendo con tanta fuerza que por un segundo es lo único que puedo oír. El minuto parece interminable, sin aire, con los pensamientos tan lejos unos de otros que apenas alcanzo a divisarlos entre la niebla que nubla mi cerebro.

Y tan rápido como había comenzado, termina con una nueva inhalación.

—Gracias, Rukia—musito lentamente, mi voz un tono más bajo y casi silbante en mi caja torácica.

—Pero Ichigo—continúa, como si yo no hubiese hablado en lo absoluto—, te recomendaría que intentaras conocerlo. Quizás hay más detrás de quien es. ¿Has pensado que quizás… él es diferente a cómo se muestra?

La pregunta me toma completamente desprevenido, chocando contra mí como si me hubiese dado de cara directamente con un sólido muro de concreto salido de la nada. Claro que lo había pensado. Grimmjow es… distinto cuando está conmigo en la biblioteca. Sí, es un pesado. Sí, hace comentarios de listillo todo el tiempo. Me distrae de mis deberes.

Pero no parece un depredador.

—Voy a pensarlo—suspiro, pasándome una mano por el cabello. Quizás es una escapada sicológica, un tic nervioso, pero no me interesa—. Venga, enana, te invito a cenar.

—No puedo creer que me hayan arrastrado hasta aquí sin mi consentimiento.

—Sí, sí, como sea, Ichigo. Simplemente sonríele al guardia. Es amigo de los padres de Renji.

—Rukia, somos menores de edad.

Rukia mueve una mano hacia mí con displicencia, quitándole importancia al asunto. Me pregunto cómo puede hacerlo con tanta facilidad.

Son las diez y media de la noche de un sábado. El clima extrañamente frío para la primavera de hace unos días se ha desvanecido completamente, dejando tras de sí un agradable calor y el aroma de los cerezos en flor. La luna se alza en el medio del cielo, igual que un párpado medio cerrado, las estrellas casi desvaneciéndose debido a las luces de las farolas y las luces de colores que se filtran a través de la puerta entreabierta del bar.

Las más de cincuenta personas que esperan en fila detrás del gorila del portero se inclinan hacia delante cuando el tipo le niega la entrada a un menor. Le dirige una fiera mirada que hace que el chico se empequeñezca, encorve los hombros y se meta las manos a los bolsillos, largándose de allí sin siquiera molestarse en protestar.

Nos movemos hacia delante.

El bar frente a nosotros se llama El Arrancar. El edificio de dos pisos de ladrillo rojizo que parece un galpón abandonado durante el día, cobra vida durante la noche, renaciendo de entre los cristales rotos a su alrededor, brillando como estrellas caídas bajo las luces de colores que se filtran a través de las grietas de la pintura negra en las ventanas, imposibilitando mirar hacia dentro para husmear. Las colillas de cigarrillo siembran el suelo de blanco y naranjo, rodando sobre el asfalto que parece negro debido a la poca iluminación del sector, el viento arrastrando papeles y latas como esos típicos arbustos en el desierto. Sobre la puerta cuelga un letrero inclinado, iluminado con luces de neón azules que crujen y chisporrotean. Las letras blancas y monótonas de color blanco sobre un fondo negro rezan «El Arrancar», viéndose tan desvencijadas y descuidadas que uno creería que de hecho el bar está abandonado no sólo durante el día, sino también en la noche.

Cuando por fin alcanzamos al gorila de la puerta, Renji se abre paso entre nosotros con una sonrisa amplia y lobuna. Los ojos del gorila se clavan en él, y una sonrisa igual de amplia que la de mi amigo le tironea los labios.

—Mira quién decidió acordarse de los pobres—comenta, hacia nadie en particular—. Renji Abarai.

—Shuuhei—saluda el pelirrojo, extendiendo el puño a modo de saludo. El gorila, Shuuhei, con un tatuaje de un sesenta y nueve en el lado izquierdo de la cara, y tres cicatrices verticales sobre el ojo, choca su puño contra el de Renji. Se ven cercanos y cómodos el uno con el otro—. ¿Qué tal estás?

—Soportando críos—suspira él, pasándose una mano por el cabello oscuro. Sus ojos entonces se fijan en nosotros, el grupo de ocho personas apiñándose tras la espalda de Renji—. ¿Amigos?

—Sí.

—Pasa.

Los ojos de Renji se clavan en los míos mientras, boquiabierto, sigo a Rukia y Tatsuki dentro del caldeado ambiente del bar. Me dedica una sonrisita de superioridad cuando traspasamos la angosta y alta puerta pintada de verde latón.

Dentro, el mundo parece esfumarse tras tu espalda. Como entrar a una dimensión completamente desconocida.

El espacio es amplio y decorado con tonos azules, grises y blancos, luciendo moderno y acogedor. El suelo de baldosas negras y blancas, igual que un tablero de ajedrez, se extiende por metros y metros más allá de donde alcanza a divisar el ojo. Lo único que puedo ver, gracias a la forma del techo, es que estamos en un gigantesco cuadrado cuyas proporciones ni siquiera quiero intentar adivinar.

La pista de baile al medio del lugar está llena de cuerpos que se mueven al son de la música que retumba a través de bocinas de alta fidelidad. Incluso a este volumen, con el bajo del sonido reverberándome en la médula de los huesos y la nuca, puedo distinguir cada instrumento que compone la música.

Por el lado izquierdo de la entrada, una enorme barra tras la cual se manejan varios barman se extiende paralela a la pared y a la estantería donde descansan una cantidad de licores tan grande que no alcanzo ni siquiera a identificar una o dos botellas. Luces de colores instaladas tras la pared de cristal iluminan el vidrio y los líquidos de diversos colores en sincronización con la música.

A la derecha, arrimados a la pared, hay reservados con sillones construidos en medio círculo, rodeando mesas bajas que a estas alturas están llenas de tragos y ceniceros, gente riendo y bebiendo. Puede que uno u otro estén dándose el lote en los reservados más alejados de la puerta.

Hay pilares que sostienen el techo, pintados de color blanco. Al mirar hacia arriba, comprendo por qué el lugar parece tan iluminado, siendo que las únicas fuentes de luz están en las esquinas y tras la pared de cristal en la barra. El techo es un espejo gigantesco, compuesto de algunos más pequeños que deben medir por lo menos dos metros cuadrados. Mis ojos marrones me devuelven la mirada desde el reflejo, difuminados por la distancia.

Al fondo del lugar, hay una escalera de caracol pintada de negro que se retuerce hasta casi marearme, sus peldaños dirigiendo hacia el segundo piso.

La mano de Rukia se ase en mi brazo.

—Venga, Ichigo—me insta, empujándome para que siga a Renji—. Vamos al subterráneo.

¿Subterráneo?

Me arrastran entre la multitud. Capto miradas de lujuria dirigidas hacia mí, hacia Renji e incluso hacia Rukia, que apenas podría moverse sin empujarme a mí para abrir el mar de cuerpos que se balancea a nuestro alrededor. Hay calor por todas partes, olor a cigarrillo, clavo y alcohol, el dulzón aroma del sudor alzándose sobre las cabezas de los clientes que parecen perdidos en la música y en el movimiento monótono de su baile.

Por alguna razón, una inyección de adrenalina me llega directo al corazón.

Más rápido de lo que cabría de esperarse, llegamos a la escalera de caracol. Se oye desde arriba el sonido de las risas y se ven pies pasando de vez en cuando por el rectángulo que da la salida al segundo piso. Pero no es arriba a donde nosotros vamos: al clavar la mirada en el suelo, otro rectángulo del mismo tamaño que el que yace sobre mi cabeza se abre como una boca, llevando a las profundidades del pub El Arrancar. Renji comienza a hacer su camino con confianza, descendiendo hacia el subterráneo como si lo hubiese hecho miles de veces.

Lo sigo, sin necesidad que Rukia me obligue empujándome. Detrás de mí desciende ella, luego Tatsuki, luego Ishida, Keigo, Mizuiro, y cerrando la marcha, Chad. El mundo cambia de nuevo ante mis ojos, surgiendo desde la semi penumbra, iluminado en tonos rojos en contraste con el verde.

Cuando llego al pie de la escalera, parpadeo confuso. Parece que el mundo superior hubiese desaparecido completamente tras mi espalda, tal como lo hizo el exterior al poner el primer pie en El Arrancar.

La sala es tan grande como la superior, pero aquí no hay pista de baile, ni bola de discoteca colgando del techo, ni espejos sobre nuestras cabezas. Suena una suave música que apenas tiene que luchar con la que se pierde en el rectángulo que da paso al primer piso, la ornamentación de la estancia tan diferente a la primera que uno creería que al bajar la escalera, El Arrancar se ha desvanecido.

El suelo sigue siendo blanco y negro, aunque el uso del espacio es distinto. En vez de reservados, mesas, sillones, pista de baile y barra, se extienden varias filas de mesas de pool alineadas perfectamente la una con la otra, igual que pupitres en una sala de clases. El fieltro verde de las buchacas, la mesa y las bandas contrastando con la luz rojiza que se proyecta desde apliqués empotrados en las paredes que en otros tiempos tuvieron que haber sido para lámparas de gas.

Varios camareros se pasean entre las mesas donde se reúnen los jugadores, sosteniendo tacos de diversas alturas y diablos para los tiros más largos. Uno que otro frota tiza celeste contra la punta de su respectivo taco, el polvo casi brillando bajo la luz rojiza.

—Vamos a jugar—dice Renji con una sonrisa ladeada.

Oigo la emoción de mis amigos salir de sus bocas con vítores y a través de sus manos con aplausos. No me doy ni cuenta cuando me uno a ellos, sonriendo con el corazón latiéndome a mil en el pecho.

No se supone que esté aquí. Nada de esto es legal. Soy un menor de edad metido en un pub, de cara a juegos de apuestas. Nadie juega pool o billar sin apostar; no es lógico.

Nos dirigimos a una mesa en la esquina más alejada de la habitación. Debajo de cada mesa hay una tabla deslizable sobre rieles, que al ser extraída, revela brillantes tacos de madera clara y oscura, de diferentes largos cada uno, todos en perfecto estado. Un diablo, igual de largo que el taco más extenso, con su forma extraña para apoyarse en la mesa y apoyar el taco sobre él para disparar los tiros más difíciles, yace sobre el terciopelo rojo.

—Escojan sus armas, mis amigos—sonríe Abarai. Parece estar frenético—. El que anote menos puntos al final del juego invita las cervezas.

¿Cerveza? Nunca en mi vida he bebido. Pero por alguna razón, la perspectiva no me asusta.

Sin embargo, al parecer ni Mizuiro, ni Tatsuki, ni Keigo ni Ishida están tan emocionados como nosotros. Así que Chad, Rukia, Renji y yo extraemos las largas y sorprendentemente pesadas extensiones de madera, escogiendo las más cómodas según nuestra altura.

Renji tira de otra madera sobre rieles del lado opuesto de la mesa. Es igual que un cajón: contiene el triángulo y las pelotas de pool, el marfil brillando suavemente bajo la luz, los colores pareciendo envoltorios de dulces.

Pone el triángulo sobre el fieltro y pone cuidadosamente cada una de las esferas en su lugar. Lo sitúa cerca de la banda más lejana, al fondo, y luego quita el triángulo con facilidad.

— ¿Vienes aquí seguido?—bromeo.

—Más de lo que te puedes imaginar.

Y comenzamos a jugar.

El sonido del marfil golpeando contra el marfil llena la estancia mientras explosiones de risa se dejan oír de vez en cuando. Huele a tabaco, fuerte y especiado. Tatsuki comenta de vez en cuando un buen pillo que poder sacarse con una banda, nos reímos y hacemos bromas.

Al final del primer juego, Chad tiene que pagar por las bebidas.

Un camarero a quien no me molesto en mirar me tiende una botella de cristal café, ligeras gotas de agua cayendo por el vidrio debido al frío de la bebida. Juntamos las boquillas en un brindis, para luego llevárnoslas a los labios.

El primer trago quema mi garganta. Sabe amargo, especiado y profundo, con un regusto dulce tan al final del sabor que es casi imperceptible. Calienta su camino hacia mi estómago y me deja sin aliento, deseando más. El gas de la bebida cosquillea en mi lengua, mi paladar y en la carne suave y frágil del interior de mis mejillas.

—Ichigo—llama Renji—, ¿última partida y vamos a bailar?

Asiento con la cabeza, dándole otro trago a mi cerveza.

Amigo, esto sabe bien. Es lo que llaman un gusto adquirido, eso lo sé, pero que fácil me ha resultado adquirirlo.

Para el final de la segunda partida, Rukia ha perdido por dos puntos de diferencia. Dejamos un par de billetes sobre la mesa mientras desandamos nuestros pasos hacia el primer piso, con el alcohol corriéndonos en las venas igual que fuego. Mi estómago se siente ligeramente hueco y caliente, y me hormiguea la punta de los dedos.

El cambio de la iluminación y la profunda sensación de estar rodeado de gente me golpean como una cachetada. Encienden mis sentidos y me dejan con la boca colgando, mientras inhalo profundo el olor a humanidad que se desprende de la masa de cuerpos que gira y se mueve en sincronía con la música que suena por los parlantes.

—Vamos a bai-lar—canturrea Rukia.

Recibe como respuesta nuestras risas, mientras nos internamos en la multitud. Un tema electrónico explota por las bocinas, la luz moviéndose en sincronía con el bajo de la canción, girando aquí y allá y haciendo parecer el mundo mucho más vivo y oscuro a la vez.

Es algo que jamás había sentido en mi vida.

Nuestro grupo se encuentra ahora al medio de la pista de baile. El sudor me corre por el cuello y me pega el pelo a las sienes, así como también la camiseta entre los omóplatos. Bailo con una chica menuda que no conozco, divirtiéndome más de lo que creí posible en un lugar como este.

Al alzar la vista de sus ojos, un destello celeste atrapa mi mirada.

Sería imposible no verlo. Un metro ochenta y seis de músculo mortífero.

Y la cerveza ya no me parece tan buena idea.