La falta de dinero puede llevarte a hacer estupideces.

Pasándose una mano por el desordenado y vibrante cabello naranja, un joven de unos veinte años de edad dejó salir un suspiro que llamó la atención del empleado del banco de inmediato. Frente a él estaba una de las personas más extrañas que había visto en todos sus años de servicio a la empresa, y créanme, había visto muchísima gente rara. Pero jamás, jamás, un tipo con pelo naranjo. Es decir, ¿qué clase de teñido ridículo era ese? Parecía que tuviera una zanahoria en la cabeza. O peor… una calabaza de Halloween.

— ¿Señor?—inquirió el cajero, alzando las cejas hacia él. El joven sostenía los billetes con fuerza entre sus manos, como si estuviera sopesando la idea de entregarlos o atesorarlos como si fueran su propia alma.

— ¿Qué? ¡Ah, sí! Lo lamento.

El peli naranja deslizó los billetes sobre el mármol del mostrador, junto con su identificación y una boleta, empujándolos debajo de la muesca que se encontraba justo bajo el vidrio a prueba de balas tras el que se encontraba el cajero. Con una mirada atenta, el hombre sentado tras el mostrador revisó su identificación y cotejó los documentos con la boleta que sostenía en la otra mano.

Luego de introducir algunos comandos en el teclado de su computador, el cajero hizo la transferencia y le entregó al joven —Ichigo Kurosaki— de vuelta su tarjeta de identificación y la boleta ya timbrada con el pago.

Con dedos largos y ágiles, el peli naranja retiró los documentos del frío mármol y dejó el mostrador, caminando hacia la salida del banco.

Con veintidós años y en segundo año de medicina, Ichigo estaba viendo su dinero volar lejos de él como si fueran murciélagos huyendo del infierno. Claro está, tenía un trabajo para poder solventarse y la ayuda mensual de su padre que vivía en Japón. Sin embargo, nada de eso era suficiente. Es decir, la colegiatura de ninguna universidad americana era barata, sin mencionar que como todo ser humano tenía que comer, tenía que comprarse libros que costaban un ojo de la cara para apoyar sus clases, fotocopias, materiales (gastaba más cuadernos que un escritor de best-sellers), ropa, y… bueno, no es que lo hiciera todos los fines de semana, pero tampoco podía pasarse la vida metido de cabeza en un libro, ¿no es así?

Suspirando, Ichigo comenzó a caminar hacia la parada del autobús. Había pensado seriamente en caminar, porque, seamos sinceros, cuando se tiene poco dinero y una cuenta bancaria tan vacía que ni las polillas querrían anidar en ella, nadie quiere gastar dinero de manera innecesaria. Pero viendo el estado de sus pies luego de esperar cuarenta y cinco minutos en fila para poder pagar la maldita factura del internet, de un día de clases francamente agotador y de salir a trotar durante la mañana… pues la falta de dinero podía ir a joderse a donde mejor le pareciera.

El viaje en autobús tomó menos de quince de minutos, y luego de alzarse del asiento, bajó en el paradero a unos metros de su departamento. Caminó a través del estacionamiento que yacía delante del complejo departamental, atravesando la extensión de cemento delimitada aquí y allá con líneas blancas con una separación entre ellas de la talla de un auto estándar. Subió las escaleras a un costado del edificio de dos en dos, afirmándose de la baranda solamente por precaución.

Cuando llegó a su departamento, dejó salir un suspiro de alivio. No vivía muy lejos del campus de la universidad, lo que le ahorraba un montón de dinero en transporte, y aunque su hogar era cómodo y confortable, se notaba que la falta de dinero estaba comenzando a pasarle la cuenta al lugar.

La puerta de madera pintada de blanco estaba desvencijada, con la pintura desconchándose alrededor de la desgastada manija de bronce con manchas oscuras debido al tiempo. No es que él fuera descuidado con sus cosas, pero el departamento ya era viejo cuando su padre lo compró (haciendo un gran cráter en la cuenta bancaria familiar) para él, y nunca había tenido dinero suficiente como para cambiarla. El letrero negro con números en latón oscurecido por los años rezaba «1506», y parecía que necesitaba una limpieza urgente.

Metió la llave en la cerradura, siendo recibido por la oscuridad de su hogar. Olía a comida recién hecha porque antes de irse al banco había cocinado algo rápido, perdiendo el apetito justo después de recordar que tenía que irse a pagar la cuenta del jodido internet. De no haberlo necesitado para hacer sus deberes y comunicarse con el idiota de su padre y sus dos hermanas menores, seguramente habría quitado la maldita cosa antes de siquiera pensárselo dos veces. Gastos innecesarios y falta de dinero, ya hemos hablado de esto.

Dejando salir un suspiro cansado, el joven encendió la luz al costado de la puerta, acomodando las llaves sobre el bol rojo que yacía sobre la mesita que descansaba al rincón, justo al lado del paragüero.

La suave iluminación de las ampolletas de ahorro de energía reveló un acogedor y amplio apartamento, completamente fuera de lugar con el estado financiero de su dueño. Se había traído todas sus cosas desde Japón, lo que no hizo demasiado para llenar el vacío lugar con algo realmente suyo.

Las cocina había sido un regalo de su primo Shiro Shiba, que hacía buen dinero trabajando en un taller de autos no muy lejos de la ciudad donde Ichigo se había establecido en los últimos dos años. «No puedes sobrevivir a base de sopas instantáneas y pizza, aibou», había dicho, negando con la cabeza, mientras le entregaba un fajo de dólares que excusó con el cumpleaños número veintidós de Ichigo que se había perdido debido al trabajo.

El resto de los muebles del lugar había venido con la compra del departamento. Estaban viejos, crujían y se quejaban, pero era mejor que no tener nada. Además, los cuatro cuartos sobrantes tenían camas extra y colchones en buen estado. Lo único realmente necesario eran más mantas. De hecho, si lo miraba desde una perspectiva lógica, su apartamento estaba hecho para que por lo menos cinco o seis personas vivieran en él. Quizás debería haber tomado esa decisión antes.

Con una exhalación que demostraba lo completamente destruido que estaba, Ichigo se dejó caer sobre el sofá de color verde que tuvo que haber sido realmente bonito en sus mejores años, pero que ahora, a pesar de lo cómodo que era, parecía haber pasado por las garras de un gato furioso. Se estiró hacia delante, asiendo su portátil (lo único realmente caro que tenía junto con su celular) y cruzando los tobillos sobre la mesita de centro.

Creó el anuncio del arriendo de los cuartos con rapidez y eficacia. Simple y que diera exactamente las instrucciones y normas que iba a poner como propietario. Agregó su número telefónico y sus demás datos de contactos antes de cliquear sobre el ícono de impresión en una de las esquinas del documento.

Mañana mismo lo pegaría al tablero de anuncios de la universidad antes de irse a clases.

Recalentó la comida que había dejado lista antes de partir hacia el banco y comió lentamente, viendo una película del cable a través de la desvencijada y pasada de moda televisión de veintiún pulgadas que iluminaba el salón oscuro con una luz azulada que cambiaba de ángulos y colores.

Se duchó luego de terminar de comer y se acostó después de cambiarse al pijama y secarse el cabello con una toalla que tiró a la ropa sucia después de terminar de usarla. Se quedó dormido apenas tocó las almohadas.

Después de dos días de esperar impaciente a que alguien (quien fuera) hubiese visto el anuncio que había colgado en el tablero de la universidad, Ichigo se encontró a sí mismo más desesperado de lo que quería admitir. Estaba tan estresado que incluso tuvo problemas para tragar su comida durante el almuerzo con sus amigos de la universidad. Simplemente removía los alimentos de allá para acá, fingiendo comérselos para que Shinji, el gritón asignado de su grupo, no le hiciera honor a su mote gritándole que estaba demasiado delgado y que necesitaba comer.

Mientras tanto, Kensei, el serio de la mesa, lo miraba atentamente mientras revolvía su comida sin probar más que un bocado de vez en vez. Con las cejas fruncidas hacia Ichigo, abrió la boca para hablar, pero fue inmediatamente interrumpido por Shinji.

—Ichi—comenzó el rubio, acomodándose el sedoso cabello rubio cortado en melena del largo de su cara sobre el hombro. Le clavó a Ichigo unos ojos color caramelo francamente temibles—, esto sinceramente está poniéndome de los nervios. ¿Puedes terminarte esa comida de una vez por todas?

Ojos chocolate se alzaron del plato y se clavaron en los del rubio, mientras el peli naranja dejaba salir un suspiro de cansancio.

—No tengo hambre—se quejó en voz baja, echándose hacia atrás contra la silla y poco menos que derritiéndose sobre el plástico.

— ¿Qué pasa?—inquirió Shuuhei, alzando las cejas hacia él. Su cabello oscuro, sus ojos negros y el tatuaje de un sesenta y nueve en el lado izquierdo de su cara lo hacían parecer un sicópata, pero con el tiempo, Ichigo había aprendido que el serio carácter de su amigo ocultaba un humor muy peculiar—. ¿Tiene que ver con tu actual estado de banca rota?

El joven solamente contestó con un gruñido gutural que reverberó en su garganta, a lo que todos los ocupantes de la mesa compusieron solemnes expresiones, como si estuvieran asistiendo al funeral de su amigo. Ichigo podía decir muchas cosas de sus amigos, pero nunca iba a poder quejarse de la falta de apoyo. En ese caso, podía quejarse del excesivo apoyo que recibía de ellos.

—Apesta—murmuró Ichigo, dejando el tenedor sobre el plato sin ánimos de seguir mañoseando una comida que realmente no iba a consumir. Sin mencionar que los alimentos estaban fríos, y la ya insípida comida de la cafetería universitaria no parecía más apetitosa con el cambio de temperatura—. Puse el letrero del arriendo hace dos días y nadie ha llamado aún.

—Vamos, Ichi—dejó salir Shinji con impaciencia—. No dejes que eso te desaliente. Siempre hay gente que necesita…

El sonido de un celular sonando insistentemente cortó a Hirako a mitad de la frase. El zumbido provenía del bolsillo trasero del peli naranja, que, con una mueca de disgusto, se echó hacia delante y extrajo el aparato de su lugar de descanso, solamente para sentirse más molesto todavía cuando un número desconocido se dejó ver en el identificador de llamadas.

—Diga—contestó hacia la bocina cuando se la puso contra el oído.

Ahm… ¿hola? Sí… ¿tú eres Kurosaki Ichigo?—inquirió una voz femenina al otro lado de la línea. Sonaba dulce, alta y clara, y por una vez en dos días, el alivio bañó el cuerpo de Ichigo. Si tenía suerte, esta podía ser la oportunidad que estaba esperando para salir de su lamentable estado financiero actual.

—Sí, soy yo. ¿Quién habla?—respondió, haciéndoles un ademán a sus amigos para que se mantuvieran en silencio mientras hablaba con la persona por teléfono.

Mi nombre es Nelliel. Acabo de ver tu aviso acerca de que estás buscando inquilinos.

Su cara debió mostrar una felicidad impresionante, porque de pronto, todos sus amigos en la mesa estaban intentando contener la risa.

—Sí, eso es correcto—dejó salir. Su estómago se apretó con el sólo hecho de pensar en que por fin tendría algo de dinero extra para las cosas que necesitaba, incluso si eso significaba intercambiar su comodidad y espacio personal por ello—. ¿Eres solamente tú?

Esto… no. Somos cinco.

Ichigo se atragantó con su propia saliva. ¿Iba a llenar todos los cuartos con una sola llamada? ¿Qué era eso, su día de suerte? ¿Algún dios en las alturas había decidido apiadarse de su pobre alma pecadora y concederle algo de buenaventura por una vez en su vida?

¿Hola? ¿Estás bien?—la voz al otro lado del teléfono sonó ansiosa y ligeramente preocupada.

—Lo lamento—se disculpó, conteniendo las toses y secándose la lagrimita que le había salido del ojo derecho—. El número fue un poco sorprendente, eso es todo.

Es… ¿es demasiada gente? Porque si es así lamento haberte…

— ¡No!—dijo él, demasiado rápido. No podía dejar que una oportunidad así se le fuera de las manos, mucho menos por la cantidad de personas. De hecho no había problema alguno con tanta gente en su casa. Después de todo, tenía una habitación con un camarote disponible—. Es… está perfecto. Dime, ¿cuándo quieren pasar a ver el departamento?

Hoy mismo. Estamos un poquito apurados por encontrar un lugar donde quedarnos.

—Entonces, ¿los veo hoy después de las seis?

¡Eso es perfecto! ¡Muchas gracias, Ichigo!

Después de eso, el día pasó desagradablemente lento, los minutos moviéndose como moles hacia delante. El joven se encontró a sí mismo malhumorado durante el resto de sus horas de clase, gruñendo como un erizo de tierra enojado cada vez que alguien le hablaba. Ello, por supuesto, desencadenó en un golpe directamente a su coronilla por parte de Kensei, y un codazo bastante doloroso a sus costillas de parte de Shinji, cuyo humor parecía ser luminoso todo el tiempo, pero que nadie realmente se había atrevido a arruinar jamás. Había rumores de que su enojo podía hacer que el de Ichigo o Kensei fueran simples rabietas de niños.

Cuando terminaron sus clases, Ichigo se fue directamente a su apartamento, caminando tan rápido como podía sin llegar a correr. No quería recibir a sus inquilinos bañado en sudor y luciendo como si hubiese llegado recién de una guerra. Se tomaría algo de tiempo para arreglar el lugar y darse una corta ducha, para al menos estar presentable y que su hogar pareciera… bueno, un hogar. No es que él fuera desordenado, pero tras los dos días frustrantes, no se había molestado mucho en limpiar.

A las seis en punto, y cuando Ichigo todavía estaba secándose el pelo con una toalla, tres certeros golpes en su puerta lo hicieron dar un bote en su lugar tras el lavaplatos, donde estaba llenando la cafetera con agua para hacer algo de café e invitárselos a sus nuevos arrendatarios.

Se apresuró a atender la puerta, deteniéndose unos segundos cuando escuchó voces llegándole a través de la madera. Se oían como gritos y risas, dando la impresión de que el grupo que esperaba tras la madera se conocía desde hace tiempo.

Sin tomarse el tiempo necesario para mirar a través del ojo de buey, Ichigo quitó la cadena de la puerta y tiró de la manija. Frente a su departamento, un grupo de cinco de las personas más extrañas que el joven había visto en su vida estaban paradas con caras de inocencia, como si no hubiesen estado gritándose obscenidades solamente unos segundos atrás.

Para empezar, todos ellos parecían de la edad de Ichigo, excepto el alto tipo de pelo negro que estaba parado detrás de los demás, presumiblemente por su gran estatura. Debía medir por lo menos dos metros y quince centímetros, encorvándose ligeramente y con su único ojo violeta clavado en Ichigo, con una enorme sonrisa de oreja a oreja en la cara. Tenía el cabello negro y liso cortado por la altura de las clavículas, la piel blanca y un parche sobre el ojo izquierdo. Su cuerpo era imposiblemente alargado y delgado, como si nunca hubiese superado la pubertad, con los brazos y las piernas muy largos y los dedos muy delgados.

El que le seguía en altura era un tipo de complexión atlética y piel broncínea. Tenía los hombros anchos y se le notaba musculoso por debajo de la ropa, su torso uniéndose como un triángulo invertido con unas caderas angostas. Su cabello era de un vibrante azul bebé, echado hacia atrás y con unos cuantos mechones cayéndole sobre la frente. Tenía unos ojos azules impresionantes, capaces de quitarle el aliento a cualquiera. Lo hicieron al menos con Ichigo, que encontró cierta dificultad en pasar a mirar a la siguiente persona del piño.

El siguiente era un chico delgado y con cierto aire afeminado. Era unos cuantos centímetros más bajo que Ichigo, con un cabello rosa chicle cortado a la altura del cuello, y unos ojos de color naranjo (¿en serio?) que lo miraban de manera suspicaz a través de unos anteojos de montura rectangular. Su piel blanca parecía más pálida que el alto tipo del parche, sus miembros delgados y gráciles. Una sonrisa juguetona se extendía por su rostro, mientras parpadeaba hacia el peli naranja como si estuviera escondiendo algún secreto.

A la izquierda de Señor Cabello Rosa, había un chico bajito de cabello negro como las alas de un cuervo. Tenía unos grandes ojos verde esmeralda que hicieron que el joven se pusiera nervioso de inmediato. Lo miraban fijamente, directamente a la cara, y se sentía como si pudiera ver a través de su propia alma. Tuvo que mirar disimuladamente hacia abajo para asegurarse de que traía ropa puesta, porque se sentía ilógicamente expuesto ante él. Si el enorme tipo de atrás y el tipo de cabello color chicle le habían parecido pálidos, este muchacho parecía un fantasma con su perfecta piel de alabastro.

La última era una chica de largo y abundante cabello verde turquesa. Tenía una piel broncínea de un color muy parecido al del té con leche, con unos enormes ojos grises que ocupaban casi la mitad de su cara. De caderas anchas y una cintura fina, la muchacha tenía un característico rasgo que no le habría pasado desapercibido a Ichigo ni aunque lo hubiese intentado: su… personalidad era bastante prominente.

Los ojos marrones del joven casero pasaron de hito en hito a cada una de las caras nuevas que yacían parados de manera estoica frente a su puerta. Abrió la boca para decir algo (¿darles la bienvenida a su humilde hogar, quizás?), pero no alcanzó a decir ni una sola palabra cuando su visión quedó oscurecida por algo que se lanzó muy rápido hacia él. Alguien le rodeó el cuello con los brazos, haciendo que diera un par de pasos atrás en medio de su sorpresa.

— ¡Nelliel!—escuchó que dijeron un coro de voces.

— ¡Ichigo, estoy muy contenta de conocerte!

El muchacho intentó respirar bajo la presión que los brazos de la chica ejercían sobre su pecho, pero eventualmente, encontró que le faltaba el oxígeno.

—Nell, vas a ahogar al pobre tipo, ¿puedes dejarlo ya?

Murmurando por lo bajo, la joven dejó ir a Ichigo, que aprovechó cada segundo de maravilloso oxígeno que entraba a sus pulmones. Jadeó hasta recuperar la respiración, y sobándose el pecho, les hizo una seña para que entraran al departamento.

Siguiendo sus instrucciones, el grupo tomó mochilas, maletas y bolsos, y cruzó el umbral de su puerta en completo silencio. Excepto por Nell, que farfullaba emocionada acerca de lo lindo que su casero se veía.

—Esto… bien, hola—los saludó, una vez ellos dejaron sus maletas en el suelo y se giraron a mirarlo. Se sintió de pronto muy consciente de sí mismo (su cabello mojado y su camiseta ligeramente húmeda por el agua que le corría por el cuello)—. Bienvenidos, supongo. Soy…

—Sí, sí, sabemos quién eres, calabacita—lo interrumpió el tipo alto del parche. Movió una mano hacia él, como quitándole importancia a su presentación, antes de admirar el lugar con su único ojo bueno—. Bonito lugar el que tienes aquí, ¿eh?

—Supongo—murmuró el peli naranja, parpadeando algo confuso.

—Eres muy descortés, Nnoitra—bufó el chico de lentes y cabello rosa—. Nuestro anfitrión estaba tratando de presentarse. ¿Es que no tienes modales?

Ichigo dirigió una mirada algo sorprendida hacia el último chico que había hablado. Se veía como el más sensato de todos. Aunque esa idea quedaba ligeramente opacada por el cabello vistoso. No es que él pudiera hablar mucho acerca del tema, teniendo el pelo naranja y todo eso.

—Soy Szyael Aporro Granz—se presentó él, con una sonrisa. Le tendió una delicada mano que Ichigo apretó con la fuerza suficiente para hacerle saber quién mandaba allí—. El señor pirata de por allá es Nnoitra Gilga.

— ¿Pirata?—siseó el aludido, alzando su ceja visible—. ¿Qué se supone que significa eso, Aporro?

—Yo soy Nelliel Tu Odelschwank—se presentó la chica, saludándolo con la mano. Parecía completamente dispuesta a ignorar al alto muchacho que Szyael había llamado Nnoitra—. Hablamos por teléfono.

—Un gusto, Nelliel.

—Llámame Nell—lo corrigió ella con suavidad.

—Nell—rectificó el anfitrión. La chica comenzaba a gustarle. Por lo menos no parecía dispuesta a burlarse de él, como Nnoitra, ni lo miraba como si fuera transparente, como el tipo de ojos verdes, o como si fuera un pedazo de carne sobre un asador, como el sujeto de pelo celeste.

—Estos dos de aquí—continuó ella, apuntando al tipo de pelo celeste primero—, son Grimmjow Jaegerjaquez y el otro—apuntó con el pulgar hacia el chico de cabello negro—, es Ulquiorra Cifer.

—Hey—saludó escuetamente Grimmjow

Ulquiorra, por otro lado, le dedicó un asentimiento con la cabeza. Parecía inexpresivo, pero bajo sus ojos se movía in tinte de diversión que desentonaba completamente con su rostro estoico y serio.

Ichigo parpadeó algo confuso. ¿Qué era lo que tenían los americanos con esos nombres tan extraños y difíciles de pronunciar? No es que los japoneses no tuvieran nombres que los americanos sintieran como imposibilidades del lenguaje, pero aún así, el joven se encontró intentando meterse a la fuerza las pronunciaciones dentro del cerebro. A la gran cantidad de nombres de órganos, huesos, procedimientos médicos, instrumentos y enfermedades, tenía que agregarle los nombres de sus inquilinos.

—Bueno, calabacita—comenzó entonces el tipo del parche—. ¿Nuestros cuartos?

Dirigiéndole una mirada incrédula, el joven peli naranja abrió la boca para decir algo, pero lo único que salió de ella fue un murmullo inteligible. Cinco pares de ojos se clavaron en él, cejas alzadas y expresiones confundidas rodeándolo.

— ¿Van a quedarse?—inquirió por fin, luego de luchar una batalla campal contra su cerebro en pleno cortocircuito.

No podía tener tanta buena suerte, ¿cierto? Todo aquello era demasiado bueno como para ser verdad. Es decir, ¿cuántas personas podían decir que habían llenado de una sola vez todos los cuartos alquilados?

—No es como que tengamos muchas opciones—comentó el tipo de cabello azul bebé. Grimmjow.

—Grimm—se quejó Nell, rodando los ojos como si él acabara de decir algo malo—, vas a lograr que Ichi piense que somos malos inquilinos…

El gran problema de todo eso era que no importaba si eran malos inquilinos o no. Ichigo necesitaba el dinero de manera desesperada, y estaba dispuesto a transar su comodidad, su tranquilidad y su paz mental por ello. Después de todo, eran unos cuantos meses. Después de que se reafirmara económicamente, podría decirles que se buscaran otro departamento para vivir.

—Voy a mostrarles sus cuartos—dejó salir Ichigo, encontrando por fin su voz. Les hizo un ademán para que lo siguieran por el pasillo que se veía paralelo a la pared, encendiendo la luz del corredor para que los nuevos habitantes del departamento no se golpearan unos contra otros en el reducido espacio—. Tengo cuatro cuartos disponibles y uno de ellos tiene un camarote. Todas las camas tienen colchones, aunque no tengo ni mantas ni sábanas…

—No hay ningún problema acerca de eso—lo interrumpió la cantarina voz de Nell, tomando un tinte risueño—. Traemos sacos de dormir. El camión de la mudanza llegará dentro de unos días con el resto de nuestras cosas, así que tendremos cobijas, sábanas y todas esas cosas…

¿Camión de mudanza?, se dijo Ichigo a sí mismo, frunciendo el ceño. Supuso que era lógico; después de todo, eran cinco personas y al parecer, todos habían estado viviendo juntos antes de verse en la necesidad de buscarse un nuevo apartamento para alojar. Sin embargo, aquél razonamiento más que lógico no logró calmar la incipiente idea de que algo no iba a salir bien de todo ello.

Parpadeando algo confuso hacia la chica, que sonreía ampliamente con los grandes ojos llenos de una expresión soñadora, Ichigo notó que los otros cuatro jóvenes le dedicaban a la joven una mirada que solamente podía ser descrita como de frustración.

—Bien—dijo, luego de aclararse la garganta disimuladamente—. Mi cuarto está al fondo de este pasillo, la última puerta. Está absolutamente prohibido que entren en él sin permiso, mucho menos cuando yo no estoy, ¿estamos de acuerdo?

Nueve ojos lo miraron con suspicacia. Ichigo comprendía exactamente la curiosidad que se veía en ellos, pero no podía explicarles que un día Shinji y Kensei habían entrado en su cuarto mientras él pasaba un momento de "recreación" con una conquista de fin de semana, ¿verdad? No les correspondía saber ese tipo de cosas.

Hizo una nota mental para comenzar a cerrar la puerta de su cuarto con pestillo de ahora en adelante.

—El baño es esta puerta que está justo detrás de mí—continuó, apuntando con al pulgar sobre su hombro a la desvencijada madera blanca tras de él—. Se usa muy poco porque vivo solo y tengo mi propio baño en el cuarto, así que disculparán si las condiciones no son las mejores. Me comprometo a tenerlo arreglado en cuanto llegue el primer pago a fin de mes.

Los cinco jóvenes dirigieron sus ojos hacia la puerta desvencijada, pero ninguno hizo ningún comentario acerca del mal estado de la madera.

—Y esas otras cuatro puertas son sus cuartos. La del principio es la del camarote, un poco más grande que las otras, pero las demás tienen casi el mismo tamaño—terminó de explicar Ichigo, con la voz ligeramente ronca—. Los dejaré para que sorteen las habitaciones, discutan los horarios de baño y se instalen. La cocina está conectada directamente al living, así que la verán fácilmente. Tenemos calefacción, agua caliente, televisión por cable, teléfono fijo e internet con wi-fi. Eh… qué se me olvida… ¡sí! La basura pasa los lunes, los miércoles y los viernes, así que asegúrense de desechar todo lo que necesiten en el contenedor correspondiente al departamento. Hay lavandería en el edificio, pero en caso de que alguna máquina esté descompuesta, hay una a unas dos o tres cuadras a pie de aquí.

—Lo tienes todo planeado, ¿eh, Pumpkin?—inquirió entonces Grimmjow, metiéndose las manos a los bolsillos y extrayendo de ellos un paquete de cigarrillos. Ante la atónita mirada de Ichigo, el joven encendió el cigarro y le dio una profunda calada sin siquiera quitárselo de los labios.

—Yo… ¿puedes apagar el cigarrillo?—tosió el joven, moviendo la mano frente a su cara para alejar el humo con olor a nicotina que Grimmjow le lanzó a la cara. Tenía una sonrisa depredadora que dejaba ver sus caninos afilados, haciéndolo parecer un felino a punto de clavarle las garras—. Si quieres fumar, por lo menos no lo hagas encima de mi cara

—Sí, voy a fumar fuera—suspiró el peli azul, encogiéndose de hombros luego de un incómodo silencio en el que los otros cuatro se miraron entre sí con expresiones mortificadas. Algo le dijo a Ichigo que Grimmjow había sido la razón por la que los habían echado de su otro departamento—. Me quedo con un cuarto solo para mí, ¿me oyen?

—Sin problemas—dijo Nell de inmediato.

—Claro—concedió Nnoitra, asintiendo con la cabeza, sus palabras mezclándose con las de Nelliel.

—Como quieras—dijo Szyael, a la vez que los otros dos.

—Seguro—concedió al final Ulquiorra.

El hecho de que todos hubiesen hablado a la vez habría sido gracioso de no haber sido por lo aliviados que se veían de no tener que compartir cuarto con Grimmjow.

¿En qué me acabo de meter?, pensó Ichigo para sí mismo, mordiéndose el labio inferior y arrepintiéndose de inmediato de recibir a esos cinco extraños en el corazón de su hogar.