Cora era una poderosa bruja que poseía una magia muy poderosa. Pero toda magia tenía su precio, y el precio de la suya era volverse cada día más vieja y fea. Estaba mirando el cielo, cuando de repente pudo observar algo que la hizo feliz. Una estrella fugaz cayó a la Tierra. Eso eran las mejores noticias que había recibido en años. Entró a su castillo en búsqueda de sus dos hijas: Regina y Zelana.

- ¡Despierten! ¡Vamos, arriba! – Exclamó despertando a sus hijas, que se habían quedado dormidas en un sillón frente al fuego.

- ¿Qué pasa? – Preguntó Regina abriendo los ojos algo molesta.

- ¿Qué es tan urgente para que nos despiertes? – Preguntó Zelena irritada.

- Una Estrella ha caído a la Tierra. – Respondió Cora entusiasmada.

Regina y Zelena se levantaron encantadas al escuchar la noticia, festejaron intercambiando varias risas y se abrazaron. Luego siguieron a su madre hacia la sala de pociones. Cora abrió uno de los armarios

- ¿Dónde está la vela de Babilonia? – Preguntó Cora. Las velas de Babilonia permitían que uno pueda trasladarse mágicamente al lugar que deseará al encenderlas.

- Usaste la última hace doscientos años. – Contestó Zelena.

- Quizás podamos conseguir otra. – Sugirió Regina.

- ¿Tu mente se volvió tan decrepita como tu cara? – Preguntó Cora enojada. - ¡Hablas como si hubiera muchas disponibles! – Explotó.

- Lo sé, pero… - Comenzó a decir Regina.

- Podemos dividirnos, unas buscar una vela y otra a la Estrella. No hay tiempo que perder, incluso si necesitamos ir a pie lo haremos. – Dijo Cora decidida.

Sacrificaron un chancho que tenían enjaulado y le volcaron una tinta mágica para conseguir información sobre donde había caído la Estrella. Con la tinta se dibujo un mapa en el chancho donde quedaba señalado el paradero de la Estrella.

- Según está información la Estrella cayó en el Valle de las Estrellas, a ciento sesenta kilómetros de aquí. – Dijo Zelena leyendo el mapa.

- Llevamos más de un siglo esperando esto, ¿Qué importa esperar unos días más? – Comentó Regina intentando levantar los ánimos.

- ¿Quién de nosotras irá a buscarla y traerla? – Preguntó Zelena.

Para decidir quien iría por la estrella las tres brujas cerraron los ojos y sacaron una parte del cuerpo del chancho, la que sacaría la parte más valiosa iría por la estrella. Cora hizo trampa y abrió los ojos para comprobar que sea ella quien saque la parte más importante.

- Yo tengo su riñón. – Dijo Zelena.

- Yo su higado. – Dijo Regina.

-Y yo su corazón. – Dijo Cora con una sonrisa.

- Necesitaras lo que queda de la última Estrella. – Dijo Regina yendo a buscar un cofre que tenían guardado en un armario.

- No queda mucho. – Dijo Regina una vez que abrieron el cofre.

- Pronto habrá suficiente para todas. – Aseguró Zelena.

Cora agarró el último rayo de luz que quedaba de la Estrella y se lo tragó. La luz de la estrella entró en ella y con su magia la hizo volver a ser reluciente, hermosa y joven. Su pelo volvió a ser castaño perdiendo las canas, y su piel quedo ausente de manchas y arrugas.

- Cuando regrese con nuestro botín, todas volveremos a ser hermosas y poderosas. – Dijo Cora mirándose al espejo con una gran sonrisa.


Emma cayó a la tierra explotando en una radiante luz blanca. Sonrió al comprobar que era nuevamente una humana, al sentir sus piernas, sus pies, sus brazos, sus manos. También sonrió al notar que la habían devuelto con sus rasgos naturales, su piel blanca, su cabello dorado, sus pecas, y estaba segura que si se miraba a un espejo podría ver sus ojos verdes. Se tomó unos minutos para sentir todo lo que había a su alrededor: sintió la fresca brisa de la noche rozar su piel, sintió el aroma a hierba mojada por el rocío, sintió el canto de los grillos. Cuando estuvo satisfecha del hermoso momento que acaba de vivir, se levantó y empezó a caminar por el valle. Recorriendo el valle encontró una campanilla de invierno y recordó que eran las flores favoritas de su madre, según ella daban buena suerte así que se agachó a recoger una. Cuando estaba recogiendo la flor alguien la chocó y la hizo caer a la húmeda hierba. Emma abrió sus ojos, los cuales había cerrado por el impacto, y vio a un hombre encima de ella. El extraño tenía el cabello oscuro y los ojos azules como el mar. Después de un momento de silencio incómodo, el extraño se paró y la ayudó a pararse, luego se quedo mirándola con una intensidad que ella no comprendía y la ponía nerviosa.

Killian estaba caminando por el valle en búsqueda de la Estrella, estaba distraído pensando en Milah y maldiciendo que no haya aceptado su propuesta de matrimonio fácilmente, y encima que hasta estuviera considerando la idea de casarse con su enemigo Rumpelstiltskin. Tan perdido estaba en sus pensamientos, que de repente se sorprendió cuando se chocó con alguien. Una mujer, una hermosa y desnuda mujer. ¿Qué hacia una mujer desnuda en medio de un valle desierto? Killian la miró maravillado por un largo instante, esa era la mujer más preciosa que había visto en su vida, incluso más que Milah. Había algo casi mágico en ella, parecía tener un cierto brillo especial. Su cabello era largo y dorado, y sus ojos verdes estaban llenos de vida. Tenía pecas por todo su cuerpo, como si fueran fascinantes constelaciones de estrellas trazando un mapa. Lo que más le gustó era que ella no parecía tener el más mínimo pudor del estado en el que se encontraba. Al parecer ella no se daba cuenta de lo que su belleza era capaz de generar en un hombre, y eso la hacía ser aún más hermosa ante sus ojos.

- Lo siento, no te vi. – Se disculpó él.

- Yo también lo siento, tampoco te vi. – Dijo ella colocando la flor sobre su oreja. - ¿Qué tanto me ves? – Preguntó cansada de cómo él la estaba mirando.

- ¿Necesitas ayuda? – Preguntó él evitando responderle.

- ¿Por qué haría de necesitar tu ayuda? – Preguntó ella defensivamente.

- Estás desnuda y pareces perdida. – Respondió él.

- La única manera en que podes ayudarme es dejándome en paz. – Dijo ella.

Emma se sintió vulnerable ante ese hombre. Era un extraño, y lo mejor era que fuera cautelosa y tenga cuidado. Cuando el hombre mencionó su estado de desnudez recordó que los humanos usaban ropa y se sintió demasiado expuesta, así que decidió que lo mejor era irse y arreglárselas por su cuenta.

Killian miró a la mujer caminar en dirección opuesta a él y sonrió, sin duda tenía carácter fuerte y chispa. Le parecía admirable y valiente que lo haya enfrentado de esa forma cuando él era un pirata, pero también encontraba tonto que se fuera sola y desnuda por ahí. Pero él no podía perder tiempo en eso, él tenía que encontrar la Estrella. Killian encontró rápidamente el lugar donde había caído la Estrella ya que había dejado un hueco en la tierra. Pudo notar que en la tierra había pequeñas señales de luz, así que las siguió, y se sorprendió al ver que la llevaron de nuevo hacia la desnuda mujer. ¿Sería posible que esa mujer fuera la Estrella? Corrió hacia ella para alcanzarla y averiguarlo.

- Disculpa que te moleste de nuevo. – Dijo él alcanzándola. – Pero, ¿Haz visto caer una estrella? – Pidió saber con su mejor tono amable.

- Que chistoso eres. – Comentó ella.

- Estoy hablando en serio, vi el crater y las señales de luz que ella dejó. – Explicó él.

- Si allí es donde cayó. – Dijo ella señalando el hueco que su caída había dejado en la tierra. – Y allí es donde un tarado la chocó y la hizo caer. – Dijo señalando donde él la había envestido a la tierra sin querer.

- ¿Eres la Estrella? – Preguntó él sorprendido y maravillado a la vez.

- Si. – Asistió ella.

- ¿Si eres una Estrella cómo es que ahora eres una humana? – Preguntó él confundido.

- Ese fue mi deseo de cumpleaños. – Respondió ella.

- ¿Por qué una Estrella desearía ser una humana? – Pidió saber él.

- Ser una estrella puede ser algo muy solitario y triste. – Contestó ella con sinceridad. – Ahora si me disculpas, debo seguir mi camino. – Dijo decidida a irse, aún cuando no tenía la menor idea de donde estaba, ni a donde ir.

- Déjame ayudarte. Te puedo dar ropa y comida, te puedo decir donde estás y llevarte a donde quieras ir. – Ofreció él siguiéndola.

- ¿Y qué me vas a pedir a cambio? – Preguntó ella, sospechando que su amabilidad no era gratis.

- La mujer que amo me pidió que le regale una Estrella como prueba de mi amor, lo único que pido es que vengas conmigo y le demuestres que eres una. – Informó él.

- ¿Por qué quiere una prueba de tu amor? – Preguntó ella con curiosidad.

- Para aceptar casarse conmigo. – Contestó con él.

- Eso es ridículo, si ella te ama aceptaría casarse sin necesidad de hacerte pasar pruebas. – Dijo ella disgustada.

- ¿Qué sabe una Estrella del amor? – Preguntó él reaccionando mal.

- Nada. – Mintió ella bajando la mirada avergonzada, y sintiendo dolor al recordar a sus padres.

Emma empezó a caminar otra vez, a intentar alejarse de él porque la ponía nerviosa. Ella no podía perder el tiempo, ella tenía que encontrar a su verdadero amor antes de que se acabe su mes, sino tendría que volver al cielo. Recién había vuelto a ser humana hacia unos minutos, pero no quería perder eso, no quería perder todas las sensaciones de nuevo.

Killian la vio comenzar a alejarse de nuevo de él y sintió enojo. ¿Por qué no le podía salir algo bien una vez que estaba intentando ser amable? La siguió. Tenía que convencerla como fuera, tenía que hacerlo sino perdería a Milah y él no estaba dispuesto a eso.

- Por favor ayúdame, no me hagas tener que obligarte. – Insistió él, pensando la posibilidad de tener que usar su espada o su garfio.

- No puedo ayudarte porque no puedo perder mi tiempo, yo también tengo cosas que hacer. – Justificó ella.

- ¿Qué cosas? – Preguntó él sin creer que una Estrella que recién había caído a la tierra tenga planes.

- Tengo que ir al Bosque Encantado, tengo que recuperar el Reino, tengo que encontrar a mi verdadero amor… - Empezó a enumerar ella frustrada ante la presión de él.

- Milah, la mujer que amo vive en el Bosque Encantado. – La interrumpió él. – Te llevaré al Bosque Encantado, a cambio de que le pruebes que eres una estrella. – Propuso.

- Bien, supongo que tenemos un trato. – Aceptó ella después de tomarse unos minutos para considerarlo.

- Gracias. – Agradeció él. – Soy Killian Jones, pero la mayoría me conoce por mi famoso apodo "Capitán Garfio". – Se presentó haciendo una pequeña reverencia.

- ¿Eres un pirata? – Preguntó ella tratando de descifrarlo por primera vez desde que se encontraron.

- Eso soy. – Asistió él. – Pero pirata o no, soy un hombre y preferiría que te cubras. Cuando lleguemos al primer pueblo buscaremos algo más decente para que te vistas. – Dijo dándole su largo abrigo de cuero.

- Yo soy Emma. – Se presentó ella vistiéndose con su abrigo.

- Un placer conocerte Emma. – Dijo él con una sonrisa.

Emma se vistió con el abrigo que Killian le dio y disfrutó de sentir el cuero rozar su piel. El abrigo tenía un aroma a mezcla de sal de mar y ron, y eso la hizo sonreír porque con ese pequeño detalle ya podía notar cosas sobre él. Una vez que tuvo el abrigo bien colocado en ella, él tomó su mano y comenzó a guiarla por el valle. Cuando él unió su mano con la de ella pudo sentir una pequeña descarga eléctrica. Los nervios y la tensión que eso le generaron, hizo que suelte su mano y decida seguirlo manteniendo una decente distancia entre ellos.

Killian nunca había visto nada tan sexy como ver a Emma con su abrigo, realmente le encajaba a la perfección. Sin saber porque, tomó su mano y la guió por el valle. Cuando sus manos se unieron, sintió una extraña sensación, como si algo explotará dentro de él. No tuvo siquiera tiempo para razonar lo que acaba de ocurrir, que ella liberó su mano de su agarre y lo siguió manteniendo cierta distancia entre ambos. Killian se preguntó si ella habría sentido lo mismo que él y eso lo asustó. Evito darle vueltas al asunto, y continúo guiando el camino, lo mejor iba a ser que se concentrara en regresar a Milah.