Corazón de Melón (Amour Sucré) y todos sus personajes son propiedad de ChinoMiko.

Este fanfic se encuentra publicándose en el foro de Corazón de Melón, bajo el nombre de AliceHatsune.


ANOTHER CINDERELLA

~ Prólogo ~

Hace mucho tiempo, en un lejano lugar existió un reino llamado Amoris. Próspero como ningún otro en su época y aunque era pequeño, lo poseía todo. Diversos ecosistemas rodeaban a aquel Reino dividido en tres distritos, siendo el más extenso un bosque que cubría la mayor parte del lugar. Los buenos reyes de Amoris siempre dieron lo mejor para su pueblo, eran del tipo de personas que realmente se preocupaban por los demás. Aunque nunca lograron erradicar males como la pobreza o el hambre que sucumbía principalmente al tercer distrito, hicieron todo lo posible por ayudar a los menos favorecidos.

Sin embargo, tiempo después el rey de Amoris falleció. Su esposa, la reina, no tardó mucho en caer en una profunda depresión por la falta de su amado, y ella dudaba si pudiese seguir así más tiempo.

El reino de Amoris quedaría a cargo del único heredero a la corona:

El Príncipe Castiel I.

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La vista hacia el jardín de rosas en perfecto estado se veía maravilloso desde el balcón del Palacio Real; en el cielo solo surcaban lo matices naranjas y rojos del crepúsculo, indicando que pronto anochecería, y así daría fin a un día más de su agonizante espera. Volvió a posar su vista en las rosas ¡tantos recuerdos le traían a la mente aquella extensión de tierra! El olor del perfume llegó hasta sus fosas nasales, y lo inhaló cerrando los ojos; aquel acto sólo aumentó su nostálgico letargo.

—Siempre nos gustaron las rosas —sonrió con tristeza al recordar al hombre al que había amado durante toda su vida. Por otra parte, sólo un suspiro cansado escuchó de parte de su interlocutor—. Tanto que quiso plasmarlo en las capas de la Guardia Imperial.

—¿Para esto me llamabas? —la voz masculina con un toque de fastidio se hizo sonar en el aire.

—Veo que todo esto no te afectó en absoluto. ¿Qué diría el pueblo cuando sepa que el futuro Rey de Amoris es una persona fría como la mismísima nieve? Qué decepción.

—Te equivocas. Me dolió tanto como a ti. Pero no dejo que eso me afecte en absoluto como lo hiciste tú. Casi incluso parece irreal. Ficticio. Actuado —ella volvió a sonreír.

—¿Sabes a qué le tengo miedo? —Ignoró la última acusación—. A morir sin conocer a mis futuros nietos. Sin ver a mi familia completa. Mi salud se está deteriorando poco a poco, presiento que pronto dejaré éste mundo, y me reuniré nuevamente con mi amado— sólo hasta este punto se dignó a verlo a los ojos—. Por lo que pido, hijo mío, que me ayudes a cumplir ése sueño.

—Ya habíamos hablado de esto.

—Haz rechazado ya a todas las candidatas, y pronto cumplirás 18 años y con ello tu coronación. No me queda otra opción que tomar medidas drásticas. Hijo, por favor concede el último deseo de tu madre.

—Tsk —masculló cerrando los puños con evidente modestia y girando los pies sobre sí mismo para alejarse de allí; pronto lo siguió una tercer persona que no había emitido palabra alguna desde que llegaron.

—Lysandre —llamó a ese joven antes de que desapareciera de su vista—, encárgate de los preparativos.

—Como ordene, Majestad.


~ Capítulo I ~

"Por Decreto Real, se convoca a todas las doncellas cuyas edades oscilen entre los XV y XX años, para que asistan al Baile Real con motivos del cumpleaños número XVIII del Príncipe Castiel I, durante el cual escogerá entre las invitadas a su futura esposa para unirse en los lazos del sagrado matrimonio. Es de carácter obligatorio, so pena de muerte, que todas las antes mencionadas asistan a tal gala que se llevará a cabo dentro de una semana a partir de la emisión de éste documento."

Concluyó el mensajero, guardando el pergamino con dicha información y alejándose montado en su caballo de la zona concurrida de uno de los mercados más pobres del tercer distrito del Reino Amoris. Rápidamente los cuchicheos ante tal noticia no se hicieron esperar entre las mujeres de mayor edad cuyo trabajo consistía en únicamente mantenerse informadas en cuanto a los sucesos relacionados con… todo el mundo, pero los relacionados con la realeza eran sus preferidos.

—¿Escucharon eso? ¡Es increíble!

—Lo sé, lástima que no sea soltera.

—Mi hija conquistará al príncipe Castiel con sus encantos.

—Pero se rumora que tiene un carácter difícil.

—¡Es verdad! Una de las sirvientas de castillo dijo que es bastante gruñón, siempre está malhumorado, y no hay quien le saque sonrisa alguna.

—¡Ha rechazado a princesas de otros reinos! ¿Tan desesperados están por encontrarle esposa al príncipe?

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—Tienen mucho alboroto por allí ¿no crees Alice? —susurró una jovencita castaña hacía su acompañante, sin embargo aquella la ignoró al estar aparentemente preocupada buscando con la mirada a alguien entre la concurrida multitud.

—¿Eh, qué dijiste Sharon?

—¿No escuchaste palabra alguna del mensajero real?

—Ah, sí, no es algo que me incumba —respondió desinteresadamente reanudando su labor de búsqueda.

—¡Pero Alice! Debemos asistir, si no, nos cortarán la cabeza.

—Pues… —las mejillas se le tiñeron de un hermoso tono rosado a la vez que una sonrisita traviesa se le formaba en el rostro y el corazón le empezaba a latir con fuerza ¿cómo decirle a su mejor amiga que desde esa misma mañana ya estaba comprometida con alguien más? Ya no era una soltera del todo—, yo ya…

—¡MALDITA MOCOSA! —escucharon el grito entre la multitud, ambas voltearon la mirada, mientras Sharon se veía anonadada por la escena que transcurría frente a sus ojos, Alice parecía entrar en preocupación—. ¡Me las vas a pagar, desgraciada!

—¿Ésa es Ámber? Pero ¿por qué está bañada en lodo?

—Ups… hora de correr —dijo mientras emprendía la huida —¡nos vemos Sharon!— hizo un ademán con la mano cuando ya estaba alejada de ella.

—¡Alice! ¡No, otra vez no! —alcanzó a escuchar las lamentaciones de su amiga, pero no le dio importancia.

La muchacha empezó a correr, esquivando magistralmente a la multitud y uno que otro negocio ambulante. Con astucia, recogió parte de la larga falda que ocupaba para darle mayor movilidad a sus piernas, y ganar ventaja contra su contrincante que cada vez la tenía más cerca. Volteó la mirada y allí vio a la chica de largo cabello rubio, efectivamente cubierta de pies a cabeza con lodo, e incluso emanaba un horrible olor; seguida por dos soldados de la Guardia Imperial. Reiría como loca ante la situación, si no fuera porque aquella chica le pisaba los talones, y si llegaba a atraparla ya no había escapatoria.

Ámber estaba a punto de alcanzarla, pero al doblar en una esquina, sintió como alguien la jalaba de uno de sus brazos, escondiéndose detrás de un contenedor de agua. Por la fuerza aplicada terminó en el suelo, junto con su salvador, y sólo alcanzó a ver como su agresora así como los soldados se perdían entre la multitud.

—¡Uf! —suspiró aliviada para sonreír a la persona que le ayudó —¡Gracias Nath! —exclamó alegre. Pero aquél joven rubio no compartía su dicha, sólo la miró seriamente y se llevo una mano a su cabeza.

—¿Y ahora qué hiciste?

—…Nada.

—¿Estás segura? —hubo un momento de silencio.

—…En mi defensa puedo decir que se lo tenía bien merecido, es decir ¡estaba extorsionando al pobre vendedor del bazar! —dijo casi sin respirar. No podría ocultarle algo. Él suspiró.

—Alice, sé que mi hermana puede ser bastante odiosa, pero debes dejar de actuar tan impulsivamente —dijo en tono conciliador, para luego con una mano tomar delicadamente la barbilla de la chica lo cual le hizo acelerar el corazón—. Cuando nos casemos ya no podrás hacer todo lo que solías hacer antes. No te diré que no es noble lo que haces, pero debes empezar a pensar en tu futuro… en nuestro futuro. ¿Qué pasaría si la Guardia Imperial te atrapa… de nuevo? —ella bajó la mirada.

—No me iría nada bien.

—Exacto.

—De acuerdo, de acuerdo. Tú ganas ésta vez.

—Me alegra escuchar eso. Pasando a otro tema… ¿escuchaste el nuevo decreto real?

—Sí, y decidí que no es algo que me incumba.

—Alice, debes ir.

—¿Qué? Pero ese tonto evento es para que el príncipe escoja esposa, por eso citan a todas las solteras ¡y yo ya casi estoy casada!

—Escucha, yo también pienso que es algo tonto, pero como tú misma lo acabas de decir "casi" estás. Aún no eres mi esposa. Alice, es de vida o muerte que asistas al baile. Además, nadie sabe de lo nuestro, y al parecer aún no le agrado a tu madre, por lo que aún no es oficial nuestro compromiso.

—Pero si lo hago sentiré que te soy infiel.

—Serías infiel si filtrearas con el Príncipe y él te escogiera como esposa. Y dudo que eso pase.

—¿Estás insinuando que no soy bonita? —fingió estar enfadada, él sonrió.

—Insinúo que mi prometida es incapaz de dejarse cegar por los lujos que conlleva la realeza y termine abandonándome— terminó depositando un casto beso en la mano de la joven.

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—Un baile… ¡¿Un baile?! —dentro del palacio real, la paz no era precisamente lo que envolvía al ambiente. La voz imponente del joven príncipe retumbaba por los corredores asustando a cualquier sirviente que se acercara su estudio—. De todas las estúpidas cosas que se te pueden ocurrir, ¿por qué precisamente un baile?

—No fue asunto del todo mío, Alteza. La idea fue de su madre, la Reina.

—¡Pues no le hagas caso a esa vieja! Tú yo sabemos perfectamente que está fingiendo.

—Yo solamente sigo órdenes. Además se ha elegido el mismo día que su cumpleaños para llevar a cabo tal ocasión y de ésta manera reducir gastos.

—¿Es en serio? Oh, qué bien —dijo con sarcasmo—, es increíble que faltando tan poco tiempo para eso hasta ahora me mencionan esto ¡si no fuera por el informe, no me entero! —suspiró cansado—. Continúa con leyendo— el joven albino volvió a tomar el pergamino.

—«La enmienda se llevó sin ningún contratiempo ni disturbio; con excepción que en una de las plazas del Distrito III…»

—Espera, espera ¿invitaron también al tercer distrito?

—A todas las doncellas del Reino.

—Tsk, continúa.

—«…del Distrito III donde hubo reportes de una doncella bañada en lodo persiguiendo a su agresor quien no ha sido identificado. No se ha podido dar con el paradero de ésta persona, pero al parecer, y por el testimonio de la afectada, su agresor ya cuenta con un mal historial. Se especula que se trate de otra doncella, sin embargo seguiremos investigando en el caso».

—Una chica ha logrado burlar a los guardias. Tsk, ése Armin ya no hace bien su trabajo. A veces me pregunto por qué seguirá estando al frente de la Guardia Imperial.

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—Madre ¡estoy de vuelta! —gritó entrando al recinto que llamaba "hogar", aunque ni siquiera tenía finta de eso. Quizá en un tiempo sí fue propiamente una casa habitable, pero las vigas de madera carcomida y el penetrante olor que despedía el moho de verdad le daba un aspecto muy lamentable. Sí, debía admitirlo, vivía en una pocilga, pero le daba igual. Después de todo, pasaba su día fuera de aquel tétrico lugar que solo utilizaba para dormir. Además, pronto saldría de esas paredes lamentables ¿cómo sería ahora el nuevo hogar que formaría junto a su aún no revelado prometido? Sonrió de nuevo, como lo había hecho todo ese día. Nathaniel le había prometido que en un par de semanas hablaría propiamente con su madre para desposarla, aunque Alice ya estaba pensando en el plan B en el segurísimo caso de que su progenitora se opusiera a tal matrimonio. Como decía Sharon, sabía cómo escabullirse de las peores situaciones. Subió al segundo piso saltándose algunos escalones que emitieron un terrible rechinido; debería comenzar a pisar con cuidado si no quería romper aquella frágil estructura.

—¡Alice, querida! ¿Dónde estás?

—¡En mi habitación! —era lo único bueno de aquella casa, tenía su propia habitación.

En medio de aquel cuchitril sin muchas posesiones sobresalía un baúl en milagrosamente buenas condiciones, al pie de lo que aparentaba ser su cama. En aquel, que alguna vez fue de su padre guardaba sus artículos más valiosos: Una concha de mar que le regaló su padre en su quinto cumpleaños, un lazo rosado que había encontrado junto a Sharon, un pequeño pedazo de metal en forma de corazón que Nathaniel le había obsequiado el día en el que le declaró su amor…

Claro que estos pasaron a segundo plano en cuanto comenzó la confección del vestido que ahora sacaba con extremado cuidado, ¡incluso se había lavado las manos antes de tocar la pulcra tela blanca! ¿Quién diría que muy pronto utilizaría aquella vestimenta que había comenzado a elaborar con muchísima dedicación un año atrás? Lo sostuvo contra su cuerpo ¡cómo ansiaba tener un espejo en esos momentos!

—Alice ¡hay buenas noticias! Por fin podremos salir de ésta terrible pocilga— Alice inmediatamente se le borró la sonrisa del rostro y sintió escalofríos al ver a su madre entrando repentinamente en la habitación; ya era demasiado tarde para ocultar aquel vestido—. Oh, mi niña querida, venía a informarte acerca del anuncio real, pero creo que ya escuchaste la noticia ¿acaso ya te estás preparando para el baile?—. Tomó el vestido dejando manchas sobre él, y sin prestarle mucha atención a ese asunto comenzó a inspeccionar la costura detenidamente—. No había visto éste vestido, está bastante bien hecho.

—A-ah, no mamá —vaciló un poco al principio—. No es para el baile, es para… otra cosa.

—¿Alguna clienta?

—N-no, tampoco— volvió a vacilar. La mirada que su madre le dirigía en aquel instante era de las que no admitían ninguna excusa, como si le dijera "sé que me mientes y no me iré hasta que averigüe de qué se trata", por lo que no le quedó otra alternativa de revelar el verdadero motivo de su arduo esfuerzo aunque podía predecir que a su madre no le agradaría en absoluto.

—¿Entonces? —Alice tragó duro.

—Es para el día en que me… case —dijo cada vez más bajo, esperando que la mujer de mayor edad no escuchara, pero al juzgar por la expresión de su rostro, esta vez no tuvo suerte.

—¡Alice Arlelt! —gritó tan fuerte que incluso las personas que transitaban en calle alcanzaron a escuchar—. ¿De qué habíamos hablado?

—¡Pero mamá! —protestó—. Yo no me quiero casar con algún desconocido. Quiero casarme con alguien a quien realmente ame.

—¡Pero qué tonterías dices chiquilla! ¿Casarse por amor? ¿Crees que nos podremos dar ese lujo? Tú te casarás con alguien que nos pueda dar una vida mejor, y yo me encargaré de eso — amenazó. Alice no contestó y el ambiente se volvió pesado durante los segundos en que ninguna de las dos emitió palabra alguna —. Hija mía —volvió a tomar la palabra una vez que se tranquilizó—, eres hermosa, no te vayas a conformar con cualquier hombre. Irás a ese baile, intentarás conquistar al príncipe, y si eso no resulta… puede que haya algún noble que se fije en ti.

—¡Mamá! Deja de decidir por mí. Yo no quiero nada de eso.

—¡Insolente! —volvió a levantar la voz—. ¿Ahora te atreves a desobedecer las órdenes de tu madre? —Alice no dijo nada. Era inútil hacerlo—. Sé que ese tal Nathaniel te pretende.

—Sí… y yo le correspondo.

—¡Es el hijo de un miserable herrero!

—¡Yo también fui hija de uno!

Alice tenía un color de ojos bastante peculiar: un verde esmeralda que dependiendo de la luz, algunas veces tomaba la tonalidad turquesa. Los había heredado de su padre, y no fue lo único. No solo los ojos, el cabello azabache, o la piel pálida; si no que también la personalidad temeraria más ingenua. Pero por sobre todo, Alice valoraba las enseñanzas que aquel hombre sencillo y entregado a su familia le había otorgado antes de su partida.

El color bonito de los ojos de Alice se había opacado por las lágrimas que se le acumularon cuando la tensión subió. No sabía si fue por la pelea, por la despectiva mención hacia Nathaniel, o recordar a su padre.

—¡Qué decepcionado estaría tu difunto padre al saber en qué clase de persona te has convertido! —le recriminó mientras tiraba sin delicadeza el vestido ahora lleno de ceniza.

Una vez que su madre salió, las lágrimas empezaron a brotar resbalando sobre su rostro pálido. Cayó de rodillas, y con delicadeza recogió el vestido sobre su regazo.

—Papá me enseñó a luchar por lo que quiero… sé que estaría orgullosos de mi— susurró para sí.

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Le había dicho a su consejero que si no fuese por el informe del jefe de la Guardia Imperial, más específicamente de la Tropa Real de Élite, no se enteraba de los planes de su madre para conseguirle esposa, como aquel ridículo baile; pero con tanto alboroto en el Palacio Real, tarde o temprano tendría que haber sospechado algo.

Toda la semana el lugar estuvo bastante ajetreado, sirvientes corriendo de un lado a otro, cocineros visitando a la Reina para obtener el visto bueno de los platillos (por lo menos eso la mantenía ocupada), el sastre real mostrándole telas y tomándole medidas a pesar de conocer a la perfección eso; e incluso su propio consejero, al que consideraba su mejor y quizás único amigo, no le había prestado atención al estar organizando su fiesta de cumpleaños.

Y ahora, a tan solo un par de horas del inicio del evento, el ambiente en el castillo se había llenado de tensión. Ni siquiera él se sentía tan presionado por su propia fiesta; sólo estaría unos minutos, sonreiría falsamente y después se escabulliría entre la multitud. Era lo único bueno de ese tipo de eventos, podías perderte fácilmente entre las personas. Además de que estaría usando una ridícula máscara podría despistar a las doncellas que harían hasta lo imposible por llamar su atención.

Bufó una vez más, mientras veía la caída del sol desde estudio personal. No se había percatado que ya había pasado bastante tiempo divagando en sus recuerdos, pero al ver que casi anochecía, intuyó que los sirvientes ahorita mismo estarían como locos tratando de localizarlo, incluyendo Lysandre. Siempre había sido así, desde pequeño había odiado los eventos como aquel, y toda la servidumbre con frecuencia estuvo lidiando contra aquel niño que se ocultaba detrás de la puerta, debajo de la cama o dentro de algún ropero, escabulléndose y ocultándose justo antes del inicio de alguna ceremonia importante, tratando de que no lo encontraran, riéndose cuando se salía con la suya y dando más trabajo debido al personal del castillo.

Pero las cosas cambian, y ya no era más un niño. Ahora era todo un hombre de 18 años, y futuro rey del Reino Amoris. Ya no se le permitía hacer eso de nuevo. Ya no se le permitía huir.

Tres golpes en la puerta lo sacaron de esa serie de pensamientos. Imaginó de quién se trataba, así que antes de que aquel dijera su nombre, le dio el permiso para que entrara.

—Oh, aquí estaba después de todo—Castiel hizo caso omiso a las palabras de su interlocutor—. ¿Pensando en el criterio que usará para elegir a su futura esposa?

—Lysandre— comenzó con un toque serio, sin atreverse a mirarlo ni levantarse de su escritorio—, creo que de todos en el Reino eres el único que me conoce mejor. Incluso más que mis padres, ¿y llegas así, preguntándome eso, cuando sabes perfectamente la respuesta?

—¿Entonces qué es lo que le aqueja al príncipe? —contestó con otra pregunta, Castiel se tomó su tiempo para responder.

—…Nada.

—¿De verdad? —inquirió el otro.

—Es solo que… —suspiró—, no planeo escoger esposa. Ni ahora, ni mañana, ni en un futuro cercano.

—Es mi deber recordarle que…

—Sí, sí ya lo sé. Si quiero asumir el trono, debo estar casado o mínimamente comprometido. Lo peor del asunto es que las negociaciones de paz con el Reino Sucré están detenidas debido a la enfermedad "imaginaria" de mi madre.

—No creo que sea imaginario el dolor que su madre siente —el príncipe sólo rodó los ojos. Lysandre prosiguió—. Entonces le aconsejo que encuentre a una formidable candidata.

—Hey Lys —reaccionó sorprendido ante sus palabras. Mentalmente quiso darle una bofetada ante la tontería que su amigo acababa de soltar—. ¿Acaso no escuchaste lo que acabo de decir?

—Me refiero a que, en éste Reino hay demasiadas chicas, alguna debe ser lo suficientemente inteligente como para que no esté detrás de usted solo por la riqueza. Alguna que no intente "conquistar su corazón".

—¿Y eso en qué me beneficia a mí?

—Cuando la encuentre, consérvela a su lado hasta el la Reina fallezca. Una vez que suceda eso, anule el compromiso, y asuma el trono— Castiel pareció meditar el plan que su consejero le acaba de decir. Le era increíble la manera en cómo sacó fácilmente aquella treta exquisitamente atrayente.

—¿Un trato, eh? Buscar a alguna idiota que monte una farsa conmigo hasta que mi madre muera. No creía que fueras tan sádico, Lysandre.

El consejero sólo encogió los hombros.

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La luna yacía brillantemente en un cielo nocturno despejado, y ella no había dejado de verla por la ventana del carruaje poco llamativo en todo el trayecto hasta el palacio, el cual empezó a distinguir a lo lejos a causa de las luces que éste emitía. Se le hacía imponente.

Había sido un largo viaje desde el distrito en el que vivía, pero valía la pena. Jamás había visitado el primer distrito donde vivían las personas de la clase alta; y por su puesto nunca antes había visto el Palacio Real.

Sintió que el carruaje se detenía, y aunque faltaba un buen tramo para llegar a las puertas del castillo, escuchó como el conductor bajaba de éste y abría la puerta. Ella sonrió al visualizar el rostro de su amado.

A la visión de él, se veía resplandeciente con la luz de la luna iluminándola de lleno, usando aquel bello vestido. Imaginó que así de hermosa (o aún más) se vería en unas semanas más, en el día de su boda.

Mentalmente comenzó a sentir celos del príncipe de Amoris, él tendría la dicha de ver a su amada Alice luciendo hermosa; una vista que sólo debía pertenecerle a Nathaniel. Frunció el ceño levemente ante su reciente pensamiento pero su reacción no pasó desapercibida a las esmeraldas de su prometida.

—¿Sucede algo, Nath? —él negó con la cabeza, y una sonrisa se le dibujó en el rostro.

—Sólo quería verte de nuevo —ella se ruborizó—. Cuando te deje a las puertas del castillo ya no tendré tiempo de despedirme de ti.

—Sólo serán un par de horas.

—Para mi será una eternidad—, ella sintió que el corazón le empezaba a latir más fuerte como lo hacía cada vez que le demostraba el amor que le profesaba con palabras simples como aquellas. Nathaniel ya no dijo nada, sino que simplemente sacó un sencillo antifaz, complemento de su atuendo, y se lo colocó delicadamente mirándola con infinita ternura.

Ya no había más palabras qué decir. Para ellos ya no había más alrededor, todo se borró; solo existían ellos dos. Se amaban, y eso no estaba en discusión. Después de aquel baile en el que ella no haría ningún movimiento y le sería fiel a su amado, él hablaría cuanto antes con su madre para pedirla en matrimonio, se casarían lo más pronto posible, y formarían una familia juntos. El futuro ideal para ambos. Ella fue la primera en romper el silencio.

—Gracias Nath, por traerme.

—No es nada, aunque creo que esto no le agradó del todo a tu madre.

—Tendrá que acostumbrarse— ambos rieron.

—A la media noche llegaré por ti. Espero que no causes problemas hasta entonces.

—Lo prometo.

—Sigamos.

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—¡Príncipe Castiel! —era la enésima vez que escuchaba eso en la noche. Creyó que al usar aquél antifaz nadie lo reconocería pero era imposible no hacerlo. Al parecer era el único varón presente en su fiesta sin contar a los sirvientes ni a su consejero. Ni si quiera otros nobles ni parientes de las doncellas habían sido invitados. Al menos eso le alegraba un poco, no tenía que ver la actuación hipócrita de otros acaudalados fingiendo ser solidarios con él ante la reciente muerte de su progenitor. Pero lidiar contra la manada de doncellas desesperadas por que les prestara atención era una cuestión muy diferente—. Príncipe, ¿me recuerda? Mi nombre es Ámber Lowell.

—En realidad no señorita— la chica rubia tenía bastante rato siguiéndolo, y aunque trató de ignorarla al principio, aquella joven no se daba por vencida.

—¿P-pero recuerda a mi padre? Él hizo algunos trabajos para la Guardia Imperial hace algún tiempo.

—¿De verdad? —respondió sin fingir interés alguno—. No tenía idea. Debe ser algún gran empresario.

—Eh, sí, algo así…

—¿Me disculpa señorita Lowell? —trató de huir antes de que prosiguiera, pero ella lo tomó de un brazo antes de que pudiera hacerlo.

—¿Bailará conmigo en un rato más? —debajo de su antifaz, batió las pestañas en una actitud bastante coqueta que simplemente le pareció repugnante.

—No le prometo nada.

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Lo primero que Alice hizo al entrar al palacio, fue sorprenderse ante lo deslumbrante que era. Es decir, aquel lugar bien podría abarcar la tercera parte de su distrito, y los artefactos con los que estaba adornado el salón principal, como los candelabros, la alfombra y los floreros eran bastante lujosos. Creía que con esa cantidad de dinero bien se podría mejorar la situación de su pobre distrito.

Después fue a registrarse. Era algo obligatorio este paso, así podría comprobar que estuvo presente en la fiesta y su cabeza permanecería felizmente en su sitio.

Por último, intentó localizar a su amiga Sharon entre la multitud, y casi se cae de espaldas al ver los atuendos de las demás doncellas. Poco faltó para que se sintiera ridícula con el sencillo vestido que usaba, poco esponjado y sin muchos detalles, al compararlo contra los enormes vestidos con los que las jóvenes apenas podían caminar; zapatos altos y a simple vista incómodos; enormes antifaces y máscaras con bastante garabatos; y labios pintados de rojo y algunas otras tonalidades oscuras.

Lo de ella era sencillo. Después de todo usó la tela que su madre con tanto esfuerzo compró; aunque por lo menos la dejó escoger el color del vestido, eligiendo el favorito de su prometido. Y por esa razón no se dejó intimidar ante las miradas reprobatorias que otras doncellas le dirigían. Alice no busca sorprender al príncipe. Nath le había dicho lo hermosa que veía así, aún sin joyas, ni un peinado ostentoso, más bien uno demasiado sencillo para su corto cabello negro; y aquello era suficiente para ella.

Paseó de un lado a otro, pero en ningún momento se topó con alguien conocido, y tampoco tenía hambre como para acercarse a las mesas dispuestas con comida; aunque debía admitir que se veía exquisito, quizá demasiado para su estómago. Probablemente cogería algún malestar por no estar acostumbrada a la comida de más alta calidad.

Fue entonces cuando, en una de las paredes del gran salón vio una salida abierta, aunque ninguna chica le prestaba ni la más mínima atención al estar a la expectativa del príncipe, y con eso se aventuró a explorar.

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Había escuchado alguna vez que las mujeres sólo traían problemas, y lo estaba comprobando. No lo habían dejado ni un minuto en paz, y más de una vez, vio a los sirvientes intervenir entre disputas banales de las doncellas por cosas mínimas como quién traía el mejor vestido, o peinado más elaborado, hasta estupideces como cuál de todas ellas sería su esposa.

Cómo si él fuera a hacerles caso. Era sin dudar el peor cumpleaños que jamás había tenido, y eso empeoraba minuto a minuto al acercarse a la media noche. La velada terminaría pronto y no había encontrado ningún prospecto para el plan que había diseñado su consejero. El tiempo se le estaba agotando.

—¡Príncipe Castiel! —volvió a escuchar la voz que más lo había molestado en esa noche—. Prometió bailar conmigo— sonó algo demandante.

—Yo no he prometido nada, señorita… ¿Ana?

—Ámber, pero si lo prefiere puede llamarme así. Por favor, baile conmigo— volvió a rogar, poniendo una mirada bastante suplicante.

—¡Qué te pasa, entrometida! —detrás de la chica rubia apareció una más, bastante molesta. Él bailará conmigo.

—Yo llevo esperando más que ustedes —comentó otra uniéndosele. En pocos segundos se habían sumado más de diez chicas lanzando comentarios del tipo "No, yo", "¡Quiero bailar con él!", "Yo llegué primero". Y allí empezaban de nuevo, pero ésta vez aprovechó para escabullirse buscando un lugar en el que pudiera estar tranquilo.

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Al salir del salón principal, se encontró con un balcón que se extendía como corredor fuera del edificio y sin pensarlo mucho, comenzó a caminar a paso lento; admirando la estructura, así como el paisaje nocturno que le permitía ver. El aire estaba cálido, justo como se esperaría del verano, y la luna iluminaba todo a su alrededor. Alcanzó a ver a lo lejos algunas tenues luces encendidas, producidas por hogueras, y reconoció a su propio distrito. Escuchó el canto de algunos animales entre el silencio del bosque que se extendía fuera del castillo, y eso le trajo muchos recuerdos de su feliz infancia. Infancia que terminó abruptamente con la inesperada muerte de su progenitor, después de eso hasta sonreír se le dificultaba; pero la que sufrió un cambio mucho más retorcido fue su madre. A partir de eso, la hostigaba día y noche para que contrajera matrimonio con alguien de renombre que la pudiera sacar de aquella "terrible condición". Terrible para ella, soportable para Alice.

Ella no tenía la culpa de que se madre hubiera dejado pasar la oportunidad de casarse con un rico noble para casarse con la persona que amaba; pero según creía Alice, se arrepintió de aquella decisión. Por esa razón menospreciaba tanto a Nathaniel como a cualquier persona del tercer distrito, y por ello quería enmendar su error de alguna manera usándola a ella. Aunque Alice claramente no iba a ser blanco fácil para sus planes.

Con esos pensamientos, se detuvo y cruzó sus brazos sobre el barandal del pasillo apoyando su barbilla sobre ellos. De reojo vio que una persona venía en el camino opuesto al que ella había tomado, y sin darle mucha importancia, lo dejó caminar sin si quiera dirigirle alguna palabra, seguramente era algún personal del castillo.

Pero aquella persona apenas había dado un par de pasos a un lado de ella y detuvo su andar abruptamente. Alice ni se inmutó en ello.

—¿Dónde están sus modales, señorita? —preguntó aquella persona sin voltear a verla, y fue cuando Alice cayó de que, a pesar de no ver directamente su rostro, sobresalía un antifaz que portaba como ella. Era algún invitado de la fiesta del príncipe.

—Oh, mil disculpas —se inclinó un poco, algo apenada por su falta de cortesía, para saludar a aquella persona como era la costumbre en Amoris—. Buenas noches— fue todo lo que le dirigió antes de volver a recargarse.

—¿Puedo preguntarle qué hace aquí?

—Contemplando el paisaje— por un momento quedó perpleja por la pregunta, creyó qe quizá no debería haber husmeado en el castillo, sin embargo respondió como si fuera la cosa más natural del mundo.

—Ya veo— hubo un silencio en el que Alice empezó a sentirse incómoda con su misterioso acompañante. Hasta pensó en retirarse, quizá había sido mala idea salir del salón. Pero segundos después, el hombre habló.

—Le aburre la fiesta a la señorita —más que pregunta, sonó como una afirmación con un toque de algo que podría ser esperanza incluida.

—Bastante —respondió sin vacilación alguna, y sin darle importancia la fiesta de cumpleaños de una de las personas más importantes en el Reino.

—Así que usted no desea ser cortejada por el príncipe —su tono de voz no cambió, pero el de Alice se tornó a indignación.

—¡Por supuesto que no!

—¿Puedo preguntarle por qué? —la conversación comenzaba a incomodarla.

—¡Simplemente me parece estúpido! Es decir, el hecho de hacer un evento tan banal como un baile para elegir a la persona con la que pasará el resto de su vida es simplemente indignante, a mi punto de vista ésa es una decisión importante que no debería ser tomada a la ligera. Creo que incluso es una persona cobarde al no atreverse a buscar por sí mismo a una persona que lo complemente— hubo un silencio por parte de su interlocutor. Alice no estaba segura, pero creyó ver un atisbo de sonrisa en su rostro.

—…Así que le parezco un cobarde —la chica de cabello negro se quedó perpleja ante sus palabras. El hombre se quitó lentamente la máscara, revelando por fin el rostro joven de un hombre. Ella nunca había visto a la familia real más que en alguna que otra pintura, pero aún así supo reconocer en la melena negra y ojos plomizos al príncipe de Amoris. Era mucho más atractivo, y más intimidante verlo en persona—. Por favor, repita eso nuevamente.

—A-alteza —Alice cayó de rodillas al piso, con el corazón latiéndole por la impresión. Es decir, se encontraba frente al futuro rey, y por si fuera poco, acababa de faltarle al respeto al llamarlo cobarde. Eso, sumándole al mal historial que ya tenía en su distrito, sentía como si de un momento a otro el príncipe ordenara su inminente ejecución. Cosa que no sucedió al momento. En vez de eso, el joven la tomó por el brazo obligándola a levantarse y seguirlo con paso veloz.

—Le ordeno que venga conmigo.

—Yo…—ya no sabía qué hacer para librarse de aquella situación y la incertidumbre le carcomía por dentro, ¿A dónde la llevaba el príncipe? ¿Qué quería de ella? ¿La mataría? ¿Ya no volvería a ver a Nath? Todas esas dudas se le cruzaron por la mente, pero no se quedaría a averiguarlo; así que, haciendo uso de una de las tácticas más absurdas que conocía, señaló un lugar en el aire para llamarle la atención —¡Mire por allá!

—¿Qué dem…?—aunque nunca creyó que aquello funcionaría, aprovechó la ligera distracción del pelinegro para salir corriendo hacía otra dirección dejándolo desconcertado. Pero el príncipe no se quedó atrás por mucho tiempo, ya que a pesar de llevarle ventaja, el vestido no le permitía moverse como a ella le hubiera gustado; por lo que utilizó su último recurso: noquear (o por lo menos desorientar) a su oponente. Sí, quizá eso funcionaría. Paró una milésima de segundo para sacarse un zapato y con su extremadamente buena puntería se lo arrojó dándole en toda la cara del príncipe, haciendo que detuviera su abrupta marcha.

—Lo… ¡lo siento! —fue lo último que le dirigió, bastante apenada y temiendo por su vida, antes de saltar del balcón, y salir del castillo para internarse en el bosque que rodeaba al castillo.

Castiel estaba estupefacto. No, esa palabra se quedaba corta ante lo que acababa de vislumbrar. Por fin había encontrado a una chica "inteligente" que no quisiera casarse con él, pero esta huyó, corrió, saltó desde una altura considerable, salió ilesa, y aún así siguió corriendo en la espesura del bosque a media noche. Sin contar que le había propinado un fuerte golpe con aquel anticuado zapato. Y todo eso en menos de un minuto.

—¡Alteza! Le buscábamos —volteó la vista, y encontró a su consejero, seguido con algunos miembros de la Guardia Imperial. Ignoró la preocupación que se notaba en la voz del consejero real, y volvió a ver el zapato que sostenía entre sus manos. Quizá el plan que le había dicho no era tan descabellado.

—La encontré— le susurró, Lysandre entendió de inmediato.

—¿Y bien? ¿Quién es la señorita? —Castiel no respondió a su pregunta, más bien dio una orden que lo desconcertó.

—Que reúnan a la Tropa Real de Élite. Toma esto —le extendió el zapato—. Llévalo con Armin, él sabrá a dónde ir.

—…Como ordene.


Tenía milenios que no subía algo por acá.

Esta vez se trata de un long-fic, universo alterno, que ocurre en una época antigua (tipo medieval), por lo que los personajes no tienen el cabello teñido. Así que Castiel y Alexy no lo tienen ni rojo ni azul. Puede que algunas situaciones no sean históricamente exactas, pero yo sé que ustedes me perdonan :'D (?)

Algunos detalles están inspirados levemente en Shingeki no kyojin, como el apellido de Alice, es el mismo de Armin Arlelt.

Espero que les haya gustado.