Corazón de Melón (Amour Sucré) y todos sus personajes son propiedad de ChinoMiko.

Este fanfic se encuentra publicándose en el foro de Corazón de Melón, bajo el nombre de AliceHatsune.

ANOTHER CINDERELLA

~ Capítulo 19 ~

Anteriormente en Another Cinderella: Aún con sus sentimientos encontrados debido al trato del príncipe, Alice tiene un encuentro con Viktor, el rey de Sucré.

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Castiel movía sus pies lo más rápido que sus modales lo permitían. Casi podía escuchar a todos sus institutores gritándole al pequeño príncipe que correr por los pasillos no era nada apropiado en un caballero, mucho menos si se trataba del heredero a la corona.

Además no quería alarmar a los empleados del palacio haciéndoles creer que estaba corriendo debido a un serio asunto, aún cuando se trataba de eso mismo.

El «problema», del que Lysandre le habló, supuestamente estaría esperando su regreso dentro de su estudio personal, pero al llegar al lugar no había rastro de su presencia. Buscó en las habitaciones de invitados, en el comedor, el salón principal e incluso en los aposentos de la reina sin encontrarlo aún.

Recordó que había otro sitio, uno que al «problema» le gustaba visitar, el mismo donde Castiel planeaba conversar con Alice para dar por terminada su farsa de una vez por todas y dejarla ir.

Se alarmó al pensar que la chica estaría a solas con alguien tan peligroso como Viktor, y por esta ocasión no le importó romper todas las reglas de etiqueta que le inculcaron desde su niñez si podía evitar ese encuentro.

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—El rey de Sucré —Alice no pudo hacer otra cosa más que susurrar pasmada, al conocer la identidad del hombre frente a ella—. Majestad —se apresuró a realizar una de las agraciadas reverencias que la duquesa le había enseñado en las lecciones de etiqueta—. Eh, no lo reconocí. No quise ser grosera.

Viktor le sonrió como respuesta.

—No recuerdo habernos presentado antes. ¿Puedo saber su nombre, señorita?

—¡Alice! —la inconfundible voz del príncipe, llamando con inquietud el nombre de la chica, se alzó en el aire. Castiel se detuvo, con evidente agitación, en cuanto los interceptó. Había una mezcla de cautela e intranquilidad en su semblante—. Vik… Majestad.

El ambiente se tornó incómodamente helado en cuanto ambos caballeros se encararon.

Por un lado el rostro de Viktor, rey de Sucré, no demostraba ningún sentimiento. Ni sorpresa, ni alegría, ni tampoco hostilidad.

Por el otro, el príncipe heredero al trono de Amoris, Castiel, tratando de averiguar los motivos del rey para estar ahí, y los demás motivos que lo llevaron a lanzar amenazas a los otros reinos del continente. Amoris se encontraba en una situación ambigua bajo su vista.

Y Alice, en medio de la pequeña reyerta no verbal.

—Castiel —Viktor por fin tornó su rostro a una ligera sonrisa—. Mi buen amigo, he esperado todo este tiempo para reencontrarnos. Por favor, olvida las formalidades, ¿quieres?

En la época en la que Sucré, Amoris y Dolce eran fuertes aliados, Castiel y Viktor, con dos años de diferencia en su edad, habían sido compañeros de juegos inseparables. Los pequeños príncipes se las arreglaban para enfadar a sus niñeras y hacer jugarretas a otros empleados del palacio. Aquellos días de felicidad y camaradería parecían tan lejanos.

Las cosas dieron un tremendo giro cuando los reyes de Sucré fallecieron debido a la constitución débil de sus cuerpos. El pequeño Viktor que Castiel había conocido cambió en cuanto asumió el trono de su reino.

En el día de la coronación, cuando a Castiel se le concedió permiso para visitarlo, lo encontró en un estado ensimismado. Durante toda la ceremonia el rostro alguna vez risueño se volvió frío, extremadamente serio. Casi indiferente.

Castiel expresó sus condolencias por la muerte de los anteriores reyes, así como los deseos de larga vida al nuevo rey. No obtuvo respuesta de su parte.

El príncipe de Amoris, al inicio, atribuyó su manera de actuar a la seriedad que el nuevo rey debía mantener, ahora que su propio reino estaba pasando por dificultades. La carga, sin duda, era enorme para un joven de quince años. Tenía la esperanza de que Viktor diera lo mejor de sí para recuperarse.

Más tiempo después comenzaron los problemas. Sucré enviando amenazas a otros reinos, exigiendo materiales y otros regalos a cambio de paz. Aunque en un inicio tomaron sus pedidos como un grito de ayuda, las exigencias fueron en aumento.

Y cuando los monarcas se negaron a concederle sus deseos, algunas ciudades de Slodkii en la frontera con Sucré sufrieron calamidades y destrozos. No obstante, a pesar de que fue imposible comprobar la procedencia de los hombres que atacaron aquellas ciudades, se le atribuyó a advertencias por parte del rey de Sucré.

El reclutamiento que mandó como primer decreto, solo alimentaba el rumor de sus verdaderos planes. Otra guerra en el Gran Continente.

Y en todo ese revuelo, había excluido a Amoris.

Castiel quería creer que Viktor estaba respetando El Pacto Centenario, el cual sus ancestros había acordado paz entre ambas naciones cada siglo. Sin embargo había visto al rey actuar imprevistamente, por lo que no podía depender de este. Mucho menos ahora que el pacto estaba a punto de expirar y necesitaba renovarse con urgencia.

Y si Viktor se negaba a hacerlo, Amoris estaría en serios problemas.

Más que nunca, necesitaba ser rey para poder presionar en la renovación, antes de que el tiempo se terminara.

—Viktor —Castiel decidió que por lo pronto, actuaría como de antaño, ocultando sus preocupaciones. Tampoco quería transmitir sus propias preocupaciones a Alice—. Es una enorme sorpresa verte aquí.

—Tengo entendido que te casas en un par de días y por supuesto no iba a perderme tal acontecimiento. ¿Sabes? —una pequeña risa, casi como un murmullo salió de sus labios—. Siempre envidiaré el sistema de comunicaciones de Amoris. Tardaron solo tres días en hacerme llegar la invitación, y yo tardé tres semanas en salir de Sucré, aunque llegué un poco antes. Lamento importunar.

—Tu visita nunca es importuna. Debió ser un largo viaje.

—No iba a perderme este acontecimiento por nada del mundo. Estoy ansioso por conocer a la afortunada señorita.

Castiel, olvidando los minutos de tensión anteriores, miró directamente a Alice y por primera vez en el día, sonrió.

Alice pudo percibir los mismos ojos que le observaron en la playa, bajo la luz de la luna, cuando erróneamente creyó que el príncipe podría desarrollar algún sentimiento por ella más allá de su amistad. Sabía que todo era una actuación y aún así esa mirada la confundía demasiado.

—Creo que ya la has conocido —Castiel tomó la mano de Alice y apretó el agarre sobre ella, entrelazando cada uno de sus dedos. El íntimo gesto no pasó desapercibido para el rey de Sucré—. Viktor, permíteme presentarte a mi futura esposa, Alice Arlelt.

El rostro de Viktor reflejaba un atisbo de asombro y Alice, sin saber cómo proseguir al verse atrapada súbitamente entre los dedos del príncipe, se dispuso a hacer una nueva reverencia. Sin embargo y para su sorpresa, el rey extendió su brazo a ella. Alice creyó que Viktor estrecharía su mano en un simple saludo pero él la llevó hasta sus labios; ante la mirada atónita de la pareja depositó un beso sobre los nudillos.

—Señorita debió decírmelo antes. Ahora el grosero soy yo al no mostrar mis respetos a la futura reina de Amoris.

—No hay problema, Majestad —dijo Alice con vergüenza retrayendo su propia mano. El acto la había tomado desprevenida, pero más le desconcertaba que el agarre de Castiel sobre la otra no cesó. Se obligó a mantener la compostura.

—Por favor, Castiel ha sido una invaluable amistad desde mi más tierna infancia. Le ruego que comience a hablarme con familiaridad.

—De acuerdo —el príncipe frunció el ceño y Alice vaciló antes de continuar—, Viktor. En todo caso es un gran honor que haya realizado el arduo viaje hasta aquí para compartir nuestro compromiso, ¿verdad?

La chica, aunque no se atrevía a ver directamente a los ojos del príncipe, giró su rostro adornado en una nerviosa sonrisa hacía él e inmediatamente se arrepintió de hacerlo. La misma mirada. Su corazón comenzó a latir con fuerza en su interior.

—Sí —el príncipe contestó con simpleza sin dejar de ver las facciones de su prometida. El acto de Viktor lo había molestado lo suficiente para estar a punto de protestar. Pero escuchar en ella las palabras «nuestro compromiso», surtieron un efecto tranquilizante. Como si toda su resolución anterior –hablar con Alice, terminar con la farsa y dejarla ir– quedara en el olvido y se atreviera a albergar la esperanza de pasar el resto de su vida junto a ella. Por un minuto, se permitió contemplar ese imposible futuro.

Se sintió emocionado al ver que las mejillas de Alice parecían más sonrosadas que de costumbre, sus ojos emitían un brillo sin igual. Aún en medio de la extraña situación, le parecía hermosa. La voz de Viktor lo hizo volver a la realidad.

—Castiel, sé que han pasado algunos años desde la última vez que nos vimos y estamos en vísperas de tu compromiso. Aún así, me gustaría celebrar nuestro anticipado reencuentro.

Alice dejó de escuchar la conversación en cuanto el príncipe apartó su vista. El contacto con su piel era tan suave a diferencia de las asperezas de su propia mano. Castiel le estaba tomando de las manos, y no toques fugaces como en otras ocasiones. Su agarre era fuerte, no tenía planes de soltarla.

Los recuerdos de la playa se arremolinaron en su mente. Se tuvo que recordar una y otra vez que solo tenían que mantener las apariencias para lograr el propósito de Castiel.

—Me parece muy bien —dijo Viktor, después se dirigió a Alice—Señorita ¿tiene como pasatiempo la caza?

—¿Eh? —la pregunta le tomó por sorpresa, sin tiempo para procesarla correctamente —. Sé quitarle las plumas a una gallina muerta. ¿Eso cuenta?

Al ver la cara de confusión de los dos caballeros sumado a su silencio, las mejillas de Alice ardieron, abochornada por su absurda respuesta.

Viktor solo se rió.

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Alice se excusó diciendo que el cansancio no le había permitido actuar con claridad. Notó en seguida el rostro de preocupación por parte de Castiel. Añadió que se retiraría a descansar, saltándose la cena y se marchó antes de que él se ofreciera a acompañarla a sus aposentos como era costumbre.

Su actitud podría parecer grosera, y lo que menos quería hacer es causar una mala impresión en el rey de Sucré, pero su corazón no podía soportar más sentimientos encontrados. No quería pensar sobre las pequeñas atenciones que el príncipe le dedicaba de vez en cuando. Como su inquietud por ella, el agarre de su mano, y la mirada que parecía ocultar miles de emociones detrás.

Alice llegó a su habitación y se sentó en la cama, con su vista perdida clavada en la alfombra del piso.

Cuando inició la farsa de su compromiso, a regañadientes, Castiel le explicó que deberían actuar como dos jóvenes enamorados para convencer a su madre. Después todo se complicó, ya no era solo para persuadir a la reina, ahora todo Amoris debía creer en su falso amor. Y ella había estado de acuerdo en hacerlo, porque comprendía que era la manera más rápida para que Castiel asumiera su papel como heredero e hiciera los arreglos para ayudar a Amoris de todas las situaciones que le amenazaban.

Además, Alice seguía dentro del palacio porque tenía que encontrar un lugar en donde sanar las heridas que Nathaniel había infligido a su destrozado corazón. Castiel se lo había ofrecido, sin retenerla.

Pero las muestras de afecto, que en un principio se limitaban a desayunos y paseos por el jardín con conversaciones monótonas, aumentaron de manera casi imperceptible, a un grado tan elevado que el príncipe había estado dispuesto a dar su vida por ella.

No entendía por qué llevar una actuación hasta ese punto.

«Eres importante. Para mí», las palabras resonaban una y otra vez en su cabeza. El príncipe juró no recordar lo sucedido, y Alice se debatió entre el alivio y la decepción. Pero ahora Castiel había vuelto a dedicarle esa mirada.

No sabía porque su corazón saltaba cada vez que recordaba su pequeña conversación en la playa. Y tenía miedo de volver a sentir tanto amor, de imaginarse toda una vida, y ser herida sin ninguna consideración. En las trizas de su corazón, aún no había espacio para alguien más.

Alice se decidió concentrarse en el futuro. Por supuesto que Castiel algún día tendría que ser coronado y habría a una reina a su lado. Alice, por más clases de etiqueta que tomara, se sentía incapaz de llevar una nación a sus espaldas. Había personas mucho más capacitadas para ese cargo. En su interior, seguía siendo una chica del tercer distrito con el corazón roto.

Seguí sumida en sus propios conflictos internos cuando, sin previo aviso, una mano salió debajo de la cama.

Alice completamente aterrada solo pudo emitir un fuerte grito.

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Iris caminaba con mucha cautela. El pesado jarrón que sostenía databa del siglo anterior; había sido un obsequio de Slodkii para Amoris, por lo que tenía que ser el doble de precavida. La última vez que rompió una de las reliquias, recibió una gran reprimenda de la jefa de mucamas y su sueldo se vio afectado. Pudo haber sido mucho peor, pero el guardia que había ganado su corazón intervino, salvándola de ser despedida del palacio. Una razón más para aumentar su admiración por él.

Estaba a punto de concluir con éxito su labor cuando un fuerte gritó la sobresaltó. El jarrón que recién había puesto sobre su pedestal se tambaleó, ocasionando que cayera. Esta vez Iris fue más rápida y logró alcanzarlo antes de que se estrellara por completo. Solo una pequeña parte en la boca del jarrón tocó el suelo, provocando unas pequeñas grietas.

Iris volvió a poner el jarrón en su lugar, cuando se percató que el fuerte grito provenía de la habitación de la princesa. Inmediatamente corrió en busca de ayuda.

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Castiel removía los cubiertos sobre la comida, sin llegar a probar un bocado. Desde la muerte de su padre, se había acostumbrado a pasar todas las cenas y demás comidas en soledad, pero ahora que había encontrado alguien con quien compartir esos momentos tan triviales, se sentía decepcionado de que la persona frente a él no fuera a quien realmente deseaba ver.

Por el contrario, el rey de Sucré hacía comentarios de cualquier nimiedad, a los que el príncipe contestaba con monosílabos y sin mostrar interés en sus palabras.

—No creí que te casarías tan pronto —dijo Viktor, después de un rato—. No después de lo que pasó.

Castiel frunció el entrecejo.

—¿También me vas a juzgar?

—¿También? En absoluto. Es cierto que anhelaba ver tu boda el año pasado. Asistí a unas nupcias con la misma novia, pero el novio era diferente. Supongo que aquella unión nunca estuvo destinada a ser. Y ahora te has encontrado una prometida muy interesante.

Castiel se debatió en si debería ignorar o preocuparse por la expresión que Viktor tenía en su rostro antes de que cambiara de tema.

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Una mano se asomó, después le siguió otra. Y otras dos.

Y dos cabecitas que Alice conocía muy bien salieron debajo de su cama.

—¿Qué hacen aquí? —Alice, aún recuperándose del susto, cuestionó una vez que Wenka y Willi se incorporaron, sacudiéndose el polvo de sus ropas.

—Nos ocultamos del malvado rey —respondió el menor, con seriedad.

—Por su culpa papá murió. De seguro vendrá a matarnos a nosotros —Wenka respondió de la misma manera que su hermano, con un frialdad que no había vuelto a ver desde la primera vez que los conoció.

La chica inmediatamente comprendió sus palabras. Por boca de Charlie, había escuchado toda la historia de los dos pequeños. Como es que dos niños habían perdido a su padre a causa de un reclutamiento ordenado por el rey. Y como es que el mayor de los dos habría sufrido el mismo destino de no ser porque abandonaron Sucré.

En los meses que tenía de conocerlos no había notado que, al verse obligados a huir de su propio hogar a causa de las decretos de una sola persona, habían cultivado un profundo rencor al rey. Y aunque estaban más familiarizados con el idioma y costumbres amorienses, aquel sentimiento no se borraría con facilidad.

—Vino a la fiesta de compromiso —dijo, no muy segura si la explicación sería suficiente para tranquilizarlos. Ambos fruncieron el ceño.

—¿Es tu amigo? —dijo Willi con un puchero en su rostro—. Si es tu amigo… ¡Ya no podemos ser amigos!

—Debimos habernos ido de aquí —añadió con pesadez su hermano.

—Entonces Charlie se sentiría muy triste —ambos niños se quedaron el silencio cuando Aice mencionó el nombre del guardia con el que habían formado un vínculo muy especial—. Y yo también. Tranquilos, no dejaremos que les hagan daño. El rey tampoco sabe que están aquí— Aice suspiró con desánimo al ver que sus palabras no podían apaciguar a los dos niños—. Debió ser muy duro salir de Sucré.

—¡Por supuesto! —exclamó el mayor.— Nuestra aldea, Quilvid, está muy al norte, casi en los bordes del continente. Y aún así había soldados por todas partes.

—¡Y estaba nevando! Todo estaba de color blanco—añadió Willi, mientras agitaba sus brazos en ademanes exagerados.

—Escuché que estuvieron semanas en esas condiciones —los dos se miraron a los ojos.

—Sí bueno…

—Nos perdimos un montón de veces en las tormentas —confesó Wenka. Willi asintió.

—Fue muy difícil.

—Muchos creen que salir de Sucré a través de la cordillera es imposible, pero hay una manera que Willi y yo descubrimos cuando casi nos dábamos por vencidos.

—Hay un camino que rodea las montañas.

—El problema es…

Ambos se quedaron en silencio y el más pequeño levantó las manos a la altura de su pecho y las separó a una distancia de casi medio metro entre ellas.

—El ancho del camino. Si caíamos del borde nos recibía el hielo del mar congelado. Pero si regresábamos, nos obligarían a entrar en el ejército. Moriríamos de todas formas.

—Así que seguimos hasta llegar a la muralla. ¡Y te encontramos! Y a Charlie.

—Sí, lo recuerdo —dijo Alice, recreando en su mente su primer encuentro, cuando ambos la amenazaron y trataron de robarles. En ese momento nunca se imaginó que, semanas después, estaría conversando con ellos de manera tan animada. Definitivamente las cosas habían cambiado demasiado desde su llegada al palacio real—. Me alegra que hayan llegado a salvo.

—Tu novio da miedo —dijo Willi entre risitas— pero… es buena persona. Nos dejó quedarnos aquí.

No había necesidad de expresiones, Alice ya lo estaba comprobando. Tras una careta de indiferencia e incluso rudeza existía un príncipe que, aunque inexperto, se interesaba por los demás y a su manera buscaba ayudarlos; sin importar que estos no fueran súbditos de Amoris.

—Aún si el rey de Sucré está cerca, les prometo que los protegeremos —dijo Alice—. Entonces… ¿podemos seguir siendo amigos?

Wenka miró a Willi y viceversa. Los dos asintieron en el instante en que la puerta se abrió con un fuerte estruendo. En el umbral se encontraba Charlie, con semblante de preocupación.

—¿Qué sucede? Iris llamó, dijo que escuchó gritos —después se percató de la presencia de los niños e hizo una mueca de enfado—. ¿Qué demonios hacen ustedes aquí? ¡Dejen de molestar a la princesa!

Willi y Wenk burlaron con maestría al guardia y huyeron por los pasillos mientras reían a carcajadas.

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Melody abrazaba a Iris, tratando de calmar el nerviosismo de la pelirroja. A pesar de que el grito de la señorita Alice la había asustado, fue lo suficientemente valiente para correr en busca de ayuda. En el camino se había encontrado con su amiga, quién también se inquietó por la seguridad de la princesa. Amoris era un lugar pacífico, pero aún así les alentaban a permanecer alerta ante cualquier anomalía que hubiera dentro del palacio.

—¿La princesa se encuentra bien? —preguntó Melody en cuanto el guardia salió de la habitación.

—Fue una falsa alarma.

—Por todos los cielos —dijo Iris, avergonzada—. Qué tonta fui al molestarle.

—Para nada. Después de todo, es mi deber —Charlie se acercó a ella, y dio algunas palmadas sobre la cabeza de la chica. Iris solo pudo sonrojarse ante el contacto. El guardia ahora posó su mirada en el jarrón que con anterioridad había estado limpiando y notó el pequeño accidente que había sufrido. Se rió y giró el objeto, el lado sin imperfecciones quedó a la vista ocultado el otro—. Si le damos la vuelta así, no se notará.

El guardia se despidió, dejando atrás a una Iris con el corazón latiendo con fuerza, y a Melody que había atestiguado la corta conversación.

—Vaya, vaya —dijo la castaña, entrecerrando los ojos, y lanzando una sonrisa pícara—. ¿Ha habido algún progreso del que no me he enterado? —Iris negó con la cabeza y Melody suspiró con decepción—. Deberías darte prisa y confesar tus sentimientos o alguien se te adelantará. Aunque, a decir verdad, me sorprende que los guardia de la Tropa de Élite sigan solteros.

—Escuché que solo el señor Dimitri estuvo casado —respondió Iris, tratando de desviar la conversación para no escuchar otro sermón bochornoso de parte de su amiga—, pero su esposa falleció.

—Qué triste, al menos pudo experimentar la magia del amor —después susurró para sí misma—. Yo también quisiera enamorarme.

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La última vez que Charlotte vio a su padre fue poco después de su quinto cumpleaños. El carruaje en el que viajaba el señor Leclair cayó por un acantilado y perdió la vida al instante. Su madre le acompañó al año siguiente, víctima de un fulminante ataque al corazón.

Sin otros familiares cercanos más que la familia Portner, fue acogida bajo la dirección del Líder de la Guardia Imperial, Giles junto a su esposa Manon, una de las damas más conocidas en Amoris.

Una vez, cuando tenía siete años, visitó por primera vez el palacio real. La reina quedó fascinada con la inteligencia y los modales de Charlotte; pero más le conmovió conocer la trágica historia de una pequeña que había quedado sola a tan temprana edad.

Su tío, al ver a la niña con grandes ojos admirar el esplendor del palacio y ganarse el afecto de la reina sin esfuerzos, supo que Charlotte poseía algo especial.

Su único hijo, el legítimo heredero de los Portner, no cumplía sus expectativas en ningún área. Mientras que otros niños de su edad eran prodigios en el arte de la espada, la constitución débil de Kentin lo mantenía recluido en cama constantemente.

Sin pensarlo dos veces, toda su atención se volteó a la pequeña Leclair.

«Estás destinada a grandes cosas, Charlotte», decía Giles. La niña, sin comprender el significado de esas palabras, simplemente asintió.

Una prestigiosa educación, vestidos finos, amistades distinguidas. Todo lo que Charlotte obtenía siempre debía ser lo mejor de lo mejor. Y por supuesto, su futuro debía ser cuando menos, brillante.

Su tío lo repetía sin cesar, y Charlotte creció aceptando aquel destino, aún si eso significaba enterrar sus propios deseos y sentimientos. Después de todo, la única manera de pagar su deuda con la familia Portner era dejar que dirigieran su propia vida.

Por eso, sin que nadie le observara, guardó un afilado cuchillo entre sus pertenencias. No debía dejar pasar esta inesperada oportunidad para cumplir la voluntad de su tío y acabar con Alice Arlelt. Solo así podía despejar el camino a la corona.

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Cuando Alice subió al carruaje el sol aún no había salido.

A diferencia de los nobles que confirmaron su asistencia esa mañana —con sus rostros somnolientos— Alice se sentía completamente entusiasmada, aún cuando el frío era lo suficiente como para llevar una capa extra encima del sobrio vestido con mangas largas que le proporcionaron ese día. Estaba diseñado para permitir la movilidad en un terreno más escabroso, con medias y botas más resistentes. De alguna manera le agradaba, se sentía más cómoda con esas ropas.

Cuando aún era una chica desconocida del Tercer Distrito su rutina comenzaba muy de madrugada, por lo que estar en el exterior moviéndose con muy poca claridad y con aquel atuendo le traía demasiados recuerdos.

El séquito de carruajes llegó al Bosque Central de Amoris cuando los primeros rayos del sol se dejaron ver.

La noche anterior se decidió que, en honor al rey de Sucré, se realizara una amistosa competencia de caza dentro del bosque. Las grandes personalidades de Amoris fueron invitadas, aunque debido a lo apresurado del evento no fue posible contar con todos ellos. Seguramente más de uno tuvo que modificar su agenda para asistir, y los que no se vieron librados de sus obligaciones, lamentaron el hecho. Nadie quería perder la oportunidad de codearse con la realeza, mucho menos ahora que una personalidad tan prominente como el rey de Sucré se encontraba ahí. Alice, por supuesto, estaba incluida. Aún si no le apasionaba montar a caballo o tuviera nula experiencia en el campo de la caza.

Los únicos que negaron su participación fueron los líderes del Segundo y Tercer Distrito, expresando su descontento al recibir al rey de Sucré con ovaciones cuando la situación entre las naciones podría ser, cuando menos, delicada. Aquella información –basada en rumores– era del conocimiento de unas cuantas personas dentro de Amoris por lo que los ánimos por la competencia de caza eran altos.

Durante la noche, sirvientas y lacayos de todas las familias trabajaron montando un pequeño campamento en un llano que serviría como base. Las lanzas fueron afiladas, los arcos y ballestas preparadas, y los caballos ensillados. Cuando las personas prominentes de Amoris llegaron, todo estaba rigurosamente dispuesto.

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Alice no sabía cómo actuar en medio de aquella multitud. Aunque las miradas interrogantes se posaban en ella, pocas personas se atrevían a dirigirle la palabra más allá de un saludo. Reconoció a unos cuantos como invitados de la fiesta de Charlotte Leclair, pero el resto era completamente desconocido para ella.

—¡Alice! —Castiel llegó a su encuentro y al instante toda la atención se desvió a ellos, intrigados por la pareja que un día gobernaría sobre Amoris—. ¿Te encuentras mejor?

—Sí, por supuesto —contestó, y hubo un pequeño lapso de silencio. No se habían visto desde la noche anterior, cuando Alice había cortado la conversación y se había retirado sin dar muchos detalles al respecto, confundida por todos los sentimientos encontrados que había entre ella y el príncipe. Castiel, por su parte, creía que había dicho o hecho algo mal para ganarse indiferencia de la chica. Por eso, cuando Alice continuó con la conversación, se sintió aliviado—. Solo estoy un poco nerviosa.

—¿Por la competencia?

—Es que… —Alice, con disimulo, miró a su alrededor. Los ojos curiosos seguían sobre ellos. Gracias a las lecciones de Rosalya, sabía que lo mejor era ser prudente y no dejar entrever alguna debilidad, por más mínima que fuera. Y lo que estaba a punto de decir, podía ser objeto de críticas. Se puso de puntitas y susurró sobre el oído del príncipe, la voz de Alice le causó cosquillas—. No sé andar en caballo.

—Yo te enseño —y sin esperar su respuesta, tomó la mano de la chica y se dirigieron al improvisado establo donde se encontraban parte de los caballos que utilizarían en la competencia de caza.

Castiel desamarró un imponente semental negro, con una pequeña mancha blanca en la frente y en sus patas.

—Señorita Alice —dijo con solemnidad una vez que se habían alejado lo suficiente de la multitud—, permíteme presentarte a un ser vivo que es de lo más especial para mí: Demonio.

—¿Tu caballo se llama Demonio? —dijo Alice, riendo—. ¿En serio?

—Lindo, ¿no? —contestó Castiel con orgullo. Después se dirigió al caballo—. Señor Demonio, permíteme presentarte a una persona que es igual de especial para mí. Mi prometida, la señorita Alice Arlelt.

Las palabras de Castiel, dichas con tanta honestidad y tan similares a las que le confesó en la playa, quisieron causar un revuelo en Alice. Se obligó a ignorarlo.

—Encantada —dijo mientras acariciaba al equino.

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Armin bostezó y después refunfuñó. Se sentía indignado y traicionado, aunque probablemente exageraba. Había esperado su tan preciado día libre toda la semana, y justo cuando creía que sus planes de holgazanear —encerrándose en su habitación y echarle un vistazo a todos aquellos juegos de mesa que tenía guardados— seguían en pie, Lysandre le indica que debía madrugar y salir a escoltar al príncipe y a un montón de aristócratas que salían a divertirse mientras él estaba trabajando. Y aunque la competencia podía ser de su interés, no podía estar tranquilo cuando el rey de Sucré estaba cerca.

Aquel joven rey nunca le había dado buena espina, por más amistoso que podía aparentar. Y su intuición nunca fallaba.

Continuó su trabajo de supervisión. Solo faltaba revisar que los equinos estuvieran listos para montar y podría darse un descanso para comer.

—Los caballos de la familia real —dijo una voz proveniente de entre los equinos—, sin duda son los ejemplares más magníficos que he visto en mi vida— Armin no pudo evitar ocultar su sorpresa al reconocer a la dueña de dicha voz acariciando una yegua blanca.

—Señorita Leclair —saludó—. No sabía que tendríamos el honor de su compañía.

—Los asuntos de mi tío lo han atascado en su oficina —explicó—, por lo que he venido como su representante.

El capitán respondió con un breve «ya veo», y la conversación se estancó. Parecía que Charlotte trataba de decirle algo más pero no lo hizo.

Armin encontraba irritante ese constante gesto suyo: intercambiaban un par de palabras, después el silencio junto a la mirada de Charlotte sobre él como si deseara transmitirle algo más. Nunca, desde que tenía memoria, había podido sostener una conversación con ella. No soportaba su compañía.

Entonces Armin se percató de la ausencia de cierta persona que últimamente había visto detrás de Leclair y decidió que, si Charlotte no era capaz de seguir la conversación, él sí lo haría.

—¿Y ha venido sola? —la preguntó tomó por sorpresa a Charlotte.

—¿…Sola?

—Su dama de compañía, no vino con usted —inquirió. Leclair inmediatamente arrugó su frente, tratando de averiguar dentro de sí los motivos por los que el Capitán de la Guardia Imperial preguntaría por alguien tan bajo como Ámber Lowell —. ¡Ah, es verdad! —recordó—. La noche anterior me comentó que le dio vacaciones. Mala suerte, podría haberse divertido con este acontecimiento —después hizo un gesto pensativo—. O quizás no, después de todo es bastante quisquillosa.

—¿Noche anterior?

—¡Capitán! —uno de los guardias llamó a Armin.

Se marchó, dejando a Charlotte Leclair con la duda sobre los asuntos tendría con Ámber. Se llevó una mano a un bolsillo oculto en su vestido y apretó con fuerza la empuñadura del cuchillo que ocultaba. No debía dejar que sus propios sentimientos interfirieran en su resolución. Su trabajo estaba hecho.

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El sol debería estar en su punto más alto, y aun así no había calidez de su parte. El cielo tapizado con nubes hacía que el día estuviera más frío de lo común, pero esto en lugar de desanimar a los cazadores aumentó las expectativas de la competencia.

Aún con la rápida lección que Castiel le dio sobre caballos, Alice no se sentía muy confiada. Y aunque se pudo postergar la competencia debido al desayuno y diversas charlas, la hora de la caza había llegado.

Se decidió que el bosque se repartiría en diferentes secciones y los competidores formarían diversos grupos. De esta manera, Alice, Castiel y Viktor junto a un par de guardias andarían hacía el norte de bosque. Los demás grupos correrían suerte en diferentes direcciones. Al atardecer se reunirían nuevamente en el campamento y compararían sus cazas. El premio propuesto a la mejor presa oscilaba entre modestos títulos hasta extravagancias monetarias.

Alice, con ayuda de Castiel, logró montar una yegua que habían preparado exclusivamente para ella, y aunque el animal era de lo más manso, no lograba dominarla.

Y se percató de que no era la única con aquel problema. El rey de Sucré tampoco lograba dominar al corcel marrón que le habían proporcionado. Pero este, a diferencia de su mansa yegua, parecía ser de lo más rebelde. Por más que Viktor, un experto jinete, trataba de apaciguarlo, el caballo no obedecía.

Murmuros se alzaron entre el campamento. Sería imposible comenzar la caza hasta que el rey obtuviera un buen animal para montar. Podría simplemente cambiar a otro, pero los caballos estaban limitados. Y los pocos disponibles, no estaban bien domados.

Alice pensando en una posibilidad para librarse de la competencia, desmontó y se acercó a donde estaba el príncipe junto al rey.

—Puede viajar en esta —sugirió, y ante la mirada interrogante de Castiel, añadió con voz baja—. No me siento con mucha confianza para cabalgar. Podría quedarme aquí.

—Señorita —protestó Viktor— ¿cómo podría privarla de la diversión?

—Entonces ven conmigo —le dijo Castiel, antes de que Alice pudiera responder cualquier excusa para perderse aquel evento. Él deseaba compartir aquel paseo con la chica y ante su semblante insistente, Alice no pudo negarse.

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—Presumidos —dijo Armin, mientras veía al príncipe alejarse con Alice a sus espaldas—. Solo quieren alardear de su amor.

—¿Percibo envidia? —respondió con burla su hermano, mientras se dirigían al sur del bosque—. Seguro quisieras estar en la misma situación con cierta señorita.

Armin solo sonrió.

—Eres un idiota.

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Alice notó que todo el nerviosismo que había experimentado en las últimas semanas estaba en gran parte ligado a la presencia de Castiel. Por supuesto que tomarse de las manos era una cosa, pero abrazar por completo su torso era una situación completamente diferente. Por ello, aunque compartían el mismo caballo, trataba de evitar todo contacto posible entre sus cuerpos. Misión que no estaba logrando y le angustiaba en demasía. Y le angustiaba todavía más ser incapaz de dejar de pensar en ello.

Habían transcurrido alrededor de una hora desde el inicio de la competencia, sin muchas novedades. El bosque estaba en silencio, interrumpido solamente por el sonido de los casos sobre la tierra y las conversaciones de Viktor y Castiel. Alice se limitó a permanecer en silencio, solo contestando de manera breve las preguntas que se le dirigían.

—Este paseo me trae tantos recuerdos —dijo Viktor después de un rato.

—Por supuesto. Como todas las veces en que te vencía en carreras.

—Si no recuerdo mal —contestó alzando una ceja—, querido amigo, sucedía al revés. Y con mucha frecuencia.

Castiel se rió.

—¿Quieres apostar?

—No quiero hacerte quedar mal frente a la dama.

—Entonces no debes temer a una carrera hasta aquel pino —señaló a un gran árbol que se alzaba unos doscientos metros delante de ellos— Alice —giró su rostro a la chica y le susurró—, sujétate fuerte por favor.

Y sin previo aviso, Castiel espoleó a su caballo que salió disparado.

—No, Castiel, ¡espera! —gritó Alice y sin pensarlo, se aferró con fuerza a Castiel.

—¡Tramposo! —vociferó el rey detrás de sí, sin perder el tiempo para hacer lo mismo.

Los equinos, ambos ágiles y veloces, rápidamente dejaron atrás a los desconcertados guardias que les seguía. Pronto la yegua igualó a Demonio, mientras que sus jinetes se divertían con la pequeña contienda.

Estaban a punto de llegar al árbol que fijaron como meta, cuando un fuerte destello seguido a un sonido estremecedor —producto de un rayo que había caído muy cerca de ahí— los perturbó.

Los caballos asustados, relincharon y se alzaron sobre sus patas traseras. Castiel pudo tomar el control sobre Demonio al instante, pero Viktor no corrió con la misma suerte.

Aterrorizados, observaron a Viktor caer de la silla, el fuerte azote lo hizo rodar sobre una pendiente y cayó sobre un hueco que había al lado del camino. La yegua se perdió a la distancia, arrastrando la silla por un lado.

Alice, sin pensarlo dos veces, desmontó y bajó hasta donde estaba el rey. Se acercó y comenzó a examinarlo. La sangre que manaba sobre su frente no era buena señal.

—¡Está muy herido! —le gritó a Castiel desde el fondo—. Se golpeó la cabeza, está inconsciente. Y creo que se rompió un brazo. ¡Ve a buscar ayuda!

—No te dejaré sola —la voz del príncipe estaba cargada de preocupación.

—Alguien debe quedarse —respondió Alice, con firmeza—. Nos alejamos de los guardias, y necesitaremos toda la ayuda posible. Confía en mí. Ve. Yo lo cuidaré.

Pasaron un par de segundos antes de que Castiel asintiera.

—Volveré pronto, te lo prometo.

En cuanto perdió de vista a Castiel, sintió una gota que caía en su hombro. En seguida otra y otra. Y de pronto los cielos se tapizaron de un intenso color gris oscuros y comenzó a llover a cántaros. Una tormenta había llegado de improviso con impetuosos truenos, rayos y viento que mecía las ramas de los árboles con violencia.

Entonces Alice se percató del lugar en donde habían caído. El charco bajo sus pies se hacía más grande conforme el agua bajaba por él, formando un camino que pronto comenzó a correr con rapidez. Se encontraban en medio de un arroyo seco, pero la lluvia pronto lo llenaría y la corriente arrasaría con ellos. No había tiempo de esperar. Tenía que moverse y encontrar un refugio hasta que pasara la tormenta.

De lo contrario, la vida de ambos corría peligro.


Agradecimiento súper especial a Karla Sorel, por haber hecho el dibujo de la portada. Castiel y Alice se ven divinos.

Recuerden que me pueden encontrar en FB como Akeehl, suelo publicar spoilers, avances, curiosidades y otras cosillas respecto al fanfic.

¡Nos vemos en el siguiente capítulo!.