Esta historia participa en la "Comprobación de varitas" del Torneo de los Tres Magos, del foro la Noble y Ancestral casa de los Black


Casi dio un respingo cuando descubrió lo que albergaba el interior de aquella varita. Cuando fabricaba una, Garrick siempre se mostraba flexible con según qué cosas: utilizaba madera de árboles que el entorno podía ofrecerle, y escapaba a su control cómo de elástico a rígido era el resultado final de su trabajo, pero el núcleo de una varita, la sustancia mágica que albergaba, no le era indiferente. Tres sustancias había empleado siempre en su trabajo, y tres emplearía siempre.

Por ello, mientras sostenía aquel hermoso y cuidado objeto, sentía como si hubiese sido hecha a imagen y semejanza de su dueña. El palisandro era una madera propia del lujo y la alta sociedad, y la rigidez que caracterizaba a la varita parecía ir en sintonía con la propia que despedía su dueña, madame Delacour. Y esa sustancia, un pelo de veela… ¡de su abuela, además! Una elección muy arriesgada, sin duda. Una que él, Garrick Ollivander, jamás habría tomado ni jamás lo consideraría, pero, sin duda, una gran elección. Alabado fuese el fabricante de aquel magistral instrumento.

Tras ejecutar el hechizo de rigor y comprobar que todo estaba en orden, devolvió la varita a su legítima dueña con una sonrisa, mientras pensaba lo insignificante que uno podía ser en el mundo, donde allá donde mirase, otros había como él, cada uno especial a su manera. Sí… Sí, eso era. Garrick podía limitarse a ciertas convenciones, pero, a su manera, podía ser uno entre muchos. Como lo era aquella varita.