Disclaimer: Dragon Ball y sus personajes no me pertenecen, todos ellos son propiedad de Akira Toriyama. Sólo los tomo prestados para un fanfic el cual realizo sin fines de lucro y con la única intención de divertirme un poco e intentar hacerles pasar un rato agradable.


...

Apresuradamente recorría los pasillos del imponente edificio con las piernas tan doloridas que se sentían a punto de explotarle, y su respiración que se aceleraba más con cada habitación que registraba sin éxito alguno. De nuevo apretaba el paso ignorando los restos de carne que se sentían blandos bajo sus pies y los fragmentos de entrañas viscosas que la hacían resbalar casi al punto de caer.

Contuvo con mucho esfuerzo las ganas de expectorar durante todo el trayecto, incluso aguantó la respiración en bastantes ocasiones; el olor de la sangre siempre le pareció repugnante y ahora se enfrentaba a su más grande pesadilla viendo las escarlatas paredes que solían ser tan blancas como la nieve misma. Se hubiese desmayado de no ser porque tenía un objetivo claro y ese pesaba más que cualquier desagrado.

Al fin llegó a la última habitación que faltaba por registrar; un simple y austero armario de limpieza. Abrió de golpe la puerta, varios utensilios y trapos se amontonaban en un rincón y en el otro extremo una pila de cajas que no parecían tener ninguna función, su sentido comun intentaba convencerla de que registrar ese diminuto espacio era una pérdida de tiempo, más su intuición le indicaba mirar ahí. Fue más su curiosidad, así que removió rápidamente todas las cajas encontrándose con un trágico escenario; un perro humanoide yacía recostado en un charco de su propia sangre.

-¡Señor...!- dijo arrodillándose en el acto.

-¡Milk! ¡E..estás viva!-

- Dime..¿pu...pudiste de..detenerlo?- preguntó. Ella bajó la cabeza y negó soltando un largo suspiro. -Me temo que no.. Escapó- el semblante del hombre cambió en segundos, al verla llegar entera creyó que quizá había obtenido, aunque a alto precio la victoria. No era así.

- Señor.. su herida está muy mal.. debemos buscar ayuda.- mencionó observando con asombro la hemorragia de su cuello que no cesaba. Él negó con lágrimas en los ojos. -No, no llegaríamos a tiempo. La ciudad entera fue destruida y el próximo poblado se encuentra a miles de kilómetros de aquí. Lo importante.. es.. d..deten..nerlo, d..debes ir por él-

-¡Pero no puedo dejarlo aquí! El mundo lo necesita más que nunca.. Necesitan su apoyo, su gran capacidad para liderar, su determinación. ¡Necesitan a alguien que los pueda proteger!- exclamó con desesperación al ver que la muerte reclamaba de nuevo otra alma.

-¡Tú misma lo has dicho! ¡Necesitan a alguien que los pueda proteger! y.. yo.. n..no soy ese alguien. No fui capaz de protegerlos..-

-¡Por favor no diga eso! No hay nadie más apto que usted para..-

-M.. Milk... ¡Escúchame! no queda más tiempo. Tu debes hacerte cargo..- dijo el rey sacando con sus temblorosas manos peludas retiró de su saco azul un objeto dorado. Milk abrió los ojos como platos al ver tal acto de parte del monarca.

-A..ahora..t..tu estar..ás a..cargo.-

-¡No! ¡Por favor! yo.. no puedo- exclamó con la voz quebrada.

-¡Hazlo!- insegura estiró sus manos tomando con cuidado tan preciado objeto.

-Estoy seguro de que serás una gran reina.- sonrió y mirando hacia arriba expiró.

Sus ojo perdieron esa luz de vida que tenían, su cuerpo se deslizó por la pared sin resistencia. La muerte había hecho acto de presencia reclamando el alma del mandatario justo frente a los ojos de la joven princesa.

El fúnebre silencio reinó en cada rincón del lugar que al igual que el resto de la ciudad capital estaba vacío.

Llevó ambas manos a su cabeza y jaló su cabello con frustración, mientras que derramaba llanto de sus negros ojos. Se recargó en la pared y se deslizó hasta que sentarse sobre el piso provocando un ruido molesto desplazando las herramientas de trabajo de alguien que al igual que los demás se hallaba muerto. Dolía aceptarlo, pero ahora todos se habían ido, al igual que todos los seres que alguna vez amó habían partido ya hacia el otro mundo.

Comenzó a sollozar hundiendo su rostro entre sus manos probando en ocasiones el salado sabor de su llanto.

De nuevo no había sido capaz de salvar a nadie, de nuevo volvía a sentirse débil y vulnerable. No pudo salvar a ninguna persona de las cuales había jurado proteger. Ese había sido el único objetivo que se había fijado, al menos desde aquel trágico accidente que acabara con la vida que conocía:

Un rojizo resplandor acompañado de una gruesa cortina de humo que rodeaba el castillo donde antes existía la montaña de fuego. Asustados lo aldeanos miraban temerosos el gran incendio que consumía poco a poco el lugar.

Y en la torre más alta el antiguo emperador diablo pedía auxilio agitando ambos brazos en el aire y gritando con desesperación. Nadie corrió en su auxilio; era imposible acceder al lugar por aire o tierra y aunque muchos intentaron apagar el fuego nada daba resultado.

Toda la esperanza se depositó en la joven princesa quien de nuevo fue elegida para llevar a cabo una importante tarea: Ir en busca del maestro Roshi y conseguir a cualquier costo "El Basho-shen."

En seguida salió dispuesta a cumplir su misión, pues la vida de su padre estaba en riesgo. Infortunadamente jamás lo encontró, ni al viejo maestro, ni al abanico.

Derrotada regresó a su hogar con la esperanza de que el fuego por alguna razón se hubiese apagado y lo hizo, pero aquella distaba mucho de ser una buena noticia.

Aquel sitio al que llamaba hogar se redujo a escombros y no encontró señal de su padre..

Entonces lo supo...

Perdió la cuenta de las noches enteras que pasaba sin dormir, las imágenes ficticias que su conciencia creaba donde su padre rogaba su auxilio y clamaba su nombre mientras las llamas lo devoraban sin piedad la atormentaban cada noche, cada día. Hasta que no pudo más.

Se alejó de la montaña de fuego renunciando a su derecho al tono, a su título inservible. Ya no tenía sentido seguir en aquel lugar donde los recuerdos dolorosos le impedían vivir. Y lo cierto es que no le encontraba ningún motivo a la vida, ya no.

No tenía a nadie,; su padre, su madre habían muerto y ese joven de cola de mono que prometió volver jams lo hizo. No tenía sentido seguir así. Por eso vagó por todo el mundo sin encontrar lugar.

Cuando menos acordó ya se encontraba en la capital como parte de la guardia del rey. (cosa que no le había costado demasiado gracias a su gran habilidad para las artes marciales). Su fuerza no era equiparable a la de un peleador completo como lo fuera Muten Roshi, pero sí era más fuerte que un humano cualquiera...

Volvió a encontrar sentido a su vida defendiendo lo que era bueno y justo bajo el mando de un sabio hombre como lo había sido el buen rey Ox. En él encontró un poco de la figura paterna que tanto necesitaba. Dejó de llorar y se concentró en iniciar de nuevo sepultando debajo de un carácter firme y esa actitud indiferente que solía demostrar, a la dulce princesa que un día fue...

¿Cuánto tiempo había pasado? No lo sabía.. quizá una hora, dos.. Era evidente que el tiempo se le había ido en recuerdos y desilusiones, pues el lugar poco a poco comenzaba a quedarse en penumbras.

Miró a su alrededor contemplando los oscuridad del entorno, se levantó lentamente caminando hacia una de las ventanas del castillo observando a través de ésta los últimos rayos de sol que se ocultaban, mientras en el otro extremo pequeños destellos plateados comenzaban a adornar el cielo. Lejos de ahí también pudo percatarse de la aparición de un resplandor rojo que iluminó la árida zona que se extendía al sur de su ubicación, al tiempo que una ligera vibración sacudió las decrépitas ruinas donde se encontraba.

¡Maldición! ¡Él seguía ahí afuera!

Y lo más probable era que en ese mismo instante muchas más vidas estaban siendo arrebatadas sin motivo alguno.

La conciencia no tardó en reprenderle por dejar durante tanto tiempo el destino de la tierra en manos de la suerte. Después de todo, ella era responsable ahora.

Sin pensárselo dos veces salió del lugar y tomando el primer coche que encontró a su paso se dirigió hacia allá.


A 100,000 kilómetros de distancia...

El angosto camino le parecía cada vez más largo con cada paso, pese a que no hacía mucho tiempo había dejado atrás la única construcción existente en el sitio.

Lo cierto era que no sabía cuánto le quedaba por recorrer y sus músculos amenazaban con no poder soportarlo.

Finas agujas que se encajaban en sus extremidades era lo que sentía y una angustia que oprimía su pecho. No quería ni siquiera imaginar que quizá a su regreso no encontraría rastros de la raza humana.

Porque según lo que sabía este nuevo enemigo era mucho más poderoso que la misma reencarnación del rey Piccolo Daimao, y a éste le había costado casi su propia vida derrotarlo. Aunque luego de meditarlo, siempre había considerado a aquel hombre como algo más que un sujeto malvado, ese era el más digno adversario con el que se había encontrado. (Al menos hasta ahora).

En ese momento una pequeña sonrisa pareció en su rostro consecuencia de la emoción que le causaba pensar en tener una pelea extraordinaria, aunque aún temía por la vida de sus más cercanos amigos.

A decir verdad no comprendía todas las sensaciones que experimentaba, lo único que tenía claro era que debía mantener la paz en la tierra, no era su responsabilidad. Pero a esas alturas no importaba, porque en el fondo sabía que él era el único que podía llevar a cabo dicha tarea.


...

Sonreía complacido al escuchar el chasquido proveniente de sus dedos. Al fin tenía preparada su última carta, no podía dudar ni un segundo: sin importar cuán fuerte fuera su adversario el ganaría.

Estaba seguro que después de derrotalo el mundo entero volvería a temblar tan sólo al escuchar su nombre, y quizá con un poco más de tiempo tendría la oportunidad de acabar con Goku, de verlo arrastrándose suplicando clemencia.

Entonces llegó el momento, apartó de su frente sus dedos que irradiaban una luz amarilla. Señaló al saiyajin lanzando así tu ataque sin dudarlo ni un segundo.

-¡Makankossapo!- dos potentes rayos salieron disparados; uno hirandpo formando en su camino un perfecto espiral y el otro en línea recta. Ambos impactaron justo en el lugar donde se hallaba el hombre.

-¡Ahhh!- gritó con más fuerza expulsando todo el poder que le quedaba.

Una espesa cortina de humo y tierra cubrió el lugar imposibilitando tener acceso a una amplia vista del resultado de aqurel mortal ataque.

Pacientemente esperó algún movimiento, algún quejido de dolor, cualquier señal de vida, pero nada escuchó.

Cruzó los brazos y levantó su mirada con orgullo. Mucho le había costado, había incluso pensado que ese sería su último día sobre la tierra. Más su empeño, disciplina y dedicación habían hecho de él un gran guerrero, más grande aún de lo que un día su progenitor había sido.

Algunos minutos habían pasado ya y no había rastros de su enemigo por ningún lado. Ya habían tomado lugar las arenas del desierto y en el lugar donde antes se encontraba sólo había quedado un enorme cráter de gran profundidad.

Piccolo dio media vuelta y se dispuso a irse, cuando su oído derecho reaccionó a un pequeño crujido que escuchó justo detrás de él. Dio media vuelta y al hacerlo su sonrisa victoriosa se deformó convirtiéndose en una expresión de horror y asombro, pues ahí sin ningún daño se mantenía en pie el saiyajin.

-¡Qué técnica tan aburrida!- exclamó el hombre que al parecer estaba intacto; sonreía confiado, cruzando los brazos, siempre con un gran aire de arrogancia acompañándolo. Apretó los dientes con furia, intentaba pensar en alguna otra técnica. Por desgracia no había nada más que hacer; el makankossapo que había utilizado había consumido toda su energía y no había logrado provocarle ni siquiera un rasguño a su oponente.

-Si no tienes nada más, será mejor que demos por terminado este combate. Aún debo encontrar al canalla de Kakarotto.- mencionó el guerrero extendiendo su brazo.

-Te mostraré lo que es una verdadera técnica.-

-Ahora... ¡Muere!- exclamó lanzando directamente la energía que había acumulado en la palma de su mano.

-¡Ahhhh!- gritaba de dolor el guerrero namek sintiendo como su cuerpo se dañaba lentamente, la técnica que había utilizado era poderosa y dolía aún más de lo que hubieras pensado. El ardor que sentía en su cuerpo era insoportable, poco a poco tejidos y órganos se carbonizaban convirtiéndose en una masa de carne verde.

La luz comenzó a apagarse poco a poco hasta que por completo se extinguió. El saiyajin comenzó a reír fuermente mirando como el namek había caído. Miró a su alredor: unos cuantos humanos más que había derrotado, quizá no con tanta facilidad, pero al final siempre la raza más poderosa del universo lograba acabar con cualquier raza que se propusiera. La humana no sería la excepción.

Aún continuaba siendo un misterio la ubicación de Kakaroto, no le agradaba la idea de tener que alargar aún más el tiempo de búsqueda, sin embargo debía admitir que matar humanos en su camino era una buena forma de hacer divertida su misión. Pese a que el último combate lo había cansado un poco aún tenía suficiente energía como para exterminar al planeta entero si se lo proponía.

Decidido tomó su rastreador y lo colocó en su oreja, encendió un pequeño botón en la parte superior del mismo, símbolos extraños aparecieron en él y acto seguido el aparato comenzó a sonar de nuevo. Revisó la ubicación donde se hallaba su próxima victima.

-Parece que no he acabado con todos estos insectos. El rastreador aún detecta un insignificante nivel de pelea proveniente de ellos.- se dirigió hacia los guerreros caídos sonriendo con malicia.

-Los veré en el infierno...- colocó su mano frente a ellos dispuesto a dar el golpe final. Cuando un irritante sonido lo aturdió. Giró a su derecha encontrándose con un humano que no le era tan desconocido después de todo.

-Está vez no escaparás, monstruo.-


Enma Daio Sama se encontraba metido en sus papeles revisando cada antecedente del alma que frente a su escritorio esperaba su destino, cuando por instinto miró hacia la puerta de atrás de su oficina.

En ese momento apareció un muchacho de cabellos negros y despeinados entrando a gran velocidad.

-¡Goku! ¡Por aquí!- exclamó Kamisama. Acto seguido el joven corrió hacia el Dios de la tierra y en un segundo ambos desaparecieron.

Apenas llegaron al templo sagrado Goku comenzó a correr de nuevo hacia el límite del lugar lanzándose sin titubeos hacia la tierra.

El maestro Karin lo observaba y cuando pasó a su lado saludando con gesto amable le lanzó las dos últimas semillas del ermitaño.

Lo último que vio el dios gato fue al guerrero más poderoso del mundo llamando a la nube voladora que le había obsequiado años atrás, hasta perderse en la inmensidad del claro cielo de la mañana.


Continuará...

Hola! Bueno, no duré tanto.

Muchas gracias a todos por leer, por sus reviews y por seguir esta historia y ponerla en favoritos.

Espero que ya esté aclarándose todo. Pero en los siguientes dos capítulos todo se explicará. No digo más. Nos leemos, suerte...

En memoria de Katrina...(\_/)

D.G.V.

05/2016

P.D. No olviden dejar review.. :D