"Esta historia participa en la Primera Prueba del Torneo de los Tres Magos del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black"

What If: Si Lucius le hubiera dado el diario de Tom Riddle a otro de los Weasley


Aparecieron en mitad de la noche, frente a la enorme casa, de la que sólo salía una débil luz desde las ventanas del primer piso. Uno de ellos, un hombre anciano de larga barba, dio un par de pasos al frente mientras escudriñaba el edificio.

Se dio la vuelta y miró un momento a su acompañante, un hombre ataviado con una túnica negra.

—¿Estás seguro, Severus?

El hombre se descubrió el antebrazo izquierdo, dejando ver un tatuaje que representaba una calavera de cuya boca salía una serpiente.

—La Marca ha empezado a latir, Albus. Es algo mínimo, pero no he sentido algo así desde…

—Lo sé —le cortó Albus Dumbledore. Volvió su mirada hacia la casa —. Pero es demasiado pronto.

Comenzó a caminar hacia la casa.

—Albus, no podemos quedarnos aquí mucho tiempo. Otros podrían venir —se calló un momento antes de decir lo que realmente estaba pensando —. Ellos podrían venir.

Se detuvieron frente a la casa.

—Necesito respuestas, Severus. Las informaciones que hasta ahora me habían llegado indicaban que Lord Voldemort estaba oculto en un bosque en Albania, sin forma corpórea. Ahora, la Marca Tenebrosa —señaló el antebrazo izquierdo de su profesor de Pociones de Hogwarts — ha palpitado por primera vez en once años. ¿Por qué aquí, Severus? ¿Por qué en La Madriguera?

—¿Podría ser una falsa alarma?

Albus Dumbledore tomó aire levemente mientras meditaba.

—Podría ser algo mucho peor. Démonos prisa.

Con las varitas en alto, entraron por la puerta que daba a la cocina de la casa. Todavía había luz en la estancia, pero ni rastro de los dos únicos inquilinos que debían encontrarse allí en aquel momento: Molly y Arthur.

Los ojos de Dumbledore barrieron toda la cocina hasta detenerse en el reloj mágico de la familia, aquel que, en vez de dar la hora, indicaba dónde se encontraba cada miembro de la familia. Lentamente, Dumbledore se acercó hasta el reloj y lo miró un momento. Las manecillas pertenecientes a los jóvenes de la familia apuntaban todas a "Escuela", pero las de Arthur y Molly, extrañamente, giraban sin control sobre su eje.

—¿Qué significa esto, Albus? —preguntó Severus Snape.

Pero el anciano no dijo nada. Con una creciente alarma en su mirada, accedió al salón de la casa, donde sus peores presagios se hicieron realidad. Las manecillas del reloj no podían indicar dónde se encontraban Arthur y Molly por una simple pero terrible razón: estaban muertos.

Sobre el suelo se encontraban tirados ambos cuerpos, el de Arthur como si hubiese caído estrepitosamente, pero el de Molly parecía haber sido cuidadosamente depositado, como si ella misma se hubiese tumbado allí para morir.

Al lado de la mujer había un pequeño objeto. Dumbledore se acercó y lo tomó un momento, percatándose de lo que era: una pequeña libreta, lo que parecía ser un diario. Un simple diario, no obstante, en blanco.

—Albus —dijo Severus un momento —, tenemos que…

De repente, de entre las sombras apareció la figura de un joven empuñando una varita. Antes de que director o profesor pudiesen hacer algo, el joven pronunció su maldición.

Avada Kedavra.

Pero con un rápido movimiento de su varita, Dumbledore empujó a Snape contra la pared, evitando que la maldición asesina acabase con la vida del profesor de Pociones, a quien iba dirigida. Acto seguido, Dumbledore apuntó su varita hacia aquel joven.

Expelliarmus

El hechizo de desarme fue más rápido. La varita de Dumbledore voló por los aires hasta que aquel joven la tomó con una mano. Dumbledore, manteniendo el semblante, lo miró.

—Hola, Tom —dijo, finalmente.

—Te has vuelto lento, Albus. Demasiado lento —comentó mientras observaba la varita.

—De todas las respuestas que barajaba para lo que ha sucedido esta noche… tú eras la menos indicada.

Tom Ryddle sonrió con sorna. Vestía su túnica reglamentaria de Hogwarts, como si acabase de llegar de allí, aunque en realidad parecía venir de muy lejos. O de otra época.

—Y sin embargo, te estarás preguntando algo, Albus… ¿Cómo?

Lentamente, Dumbledore se fue acercando a Snape, que permanecía inconsciente dado el fuerte golpe que se había dado contra una pared.

—Sí, me pregunto cómo el Tom Ryddle estudiante de Hogwarts y de diecisiete años se encuentra ahora aquí, en 1992… cuando el verdadero Tom Ryddle vaga por un bosque de Albania sin forma corpórea.

El joven clavó la mirada en Dumbledore, quien sostenía aún el diario en su mano.

—Has debido de estar tan preocupado en seguirle la pista a mi otro yo que no has sido consciente del peligro que tenías tan cerca de ti —miró entonces al cuerpo de Molly —. La verdad es que ella ha sido de gran ayuda, Albus. Lo ha sido durante casi diez meses, poniéndome al tanto, inconscientemente, de todo lo ocurrido en este tiempo. Especialmente sobre Harry Potter.

El rostro de Dumbledore se alarmó durante un segundo.

—¿Y qué planeas hacer, Tom?

—Ante todo, buscar respuestas. Especialmente, cómo un bebé de tan sólo un año pudo derrotar al mago oscuro más poderoso de todos los tiempos. Pero antes…

Apuntó con su varita a Dumbledore, pero el anciano fue más rápido, pues tras conseguir llegar hasta Severus, ambos se desaparecieron, antes de que Tom Ryddle pudiese pronunciar la maldición asesina.

Observando el lugar donde Dumbledore se encontraba hace un momento, Ryddle se dijo a sí mismo que no tenía importancia, que más tarde o más temprano se quitaría a Albus Dumbledore de su camino. Y de una vez por todas. Antes, debía reunir a los suyos, aquellos de los que Molly Weasley le había hablado en sus largas conversaciones en el diario. Los llamados mortífagos de los cuales, al parecer, algunos ya se habían aparecido fuera, en el jardín.


Caminaba por su despacho, dando breves pasos. Sobre la silla se encontraba sentada una alumna, la joven Ginny Weasley. Tenía la cabeza agachada, con lágrimas cayendo de su cara.

—¿Recuerdas algo antes de marchar a Hogwarts? —preguntó Dumbledore — Algo en la actitud de tu madre, algo… anormal en ella.

Ginny tomó aire mientras reprimía las lágrimas. Hacía apenas unas horas que se les había comunicado a ella y sus hermanos la terrible noticia, que sus padres habían muerto en extrañas circunstancias. Aunque los jóvenes Weasley habían demandado respuestas, ni siquiera Dumbledore se aventuraba a revelarles la verdad. Aún.

—Empezó… Empezó a escribir en un diario. Dijo que no recordaba haberlo comprado, pero estuvo tan ocupada consiguiendo todos los libros de este año que en algún momento pudo haberse hecho con él.

—¿Sabes lo que escribía en ese diario?

Ginny negó con la cabeza.

—Se empezó a mostrar esquiva con todos. Se negaba a contarnos de qué iba su nueva afición. Y cuando nos fuimos a Hogwarts, las cartas de mi padre no eran muy reveladoras, más allá de que mi madre parecía estar encerrándose en sí misma. Ella nunca me escribió en todo este tiempo. En Navidades… En Navidades parecía otra.

Dumbledore miraba las llamas de la chimenea, lanzando una nueva pregunta.

—¿Recuerdas acaso cómo se hizo con el diario? ¿Sabes si alguien… se lo dio?

La niña se enjugó un momento las lágrimas antes de, aparentemente, recordar algo.

—Estaba… Estaba ese hombre, Lucius Malfoy —de repente, Dumbledore centró su mirada en Ginny —. Recuerdo que chocó con mi madre en Flourish y Blotts, provocando que todos los libros se cayesen al suelo. En ningún momento nos ayudó a mi madre o a mí a recogerlos, se marchó sin más. ¿Cree que él le dio ese diario a mi madre?

Dumbledore meditó un momento antes de decirle a Ginny que ya podía volver con sus hermanos.

Una vez solo, Dumbledore se sentó en su silla, con la mirada perdida. Parecía ahora más claro que nunca. Aquel diario era, o fue, algo más que un simple diario. Y, de alguna manera, Lucius Malfoy se lo había dado a Molly Weasley. El resto era ya una realidad. Por un momento, el director de Hogwarts no supo qué hacer. Todo aquello que había planeado desde hacía años se había ido al traste en apenas una noche. Tom Ryddle estaba ahí fuera y había regresado de la manera más imprevista.

Llamaron a la puerta.

—Adelante.

En el despacho entró un alumno de Gryffindor, de segundo año.

—Profesor Dumbledore, ¿quería algo?

El director miró un momento al joven que acababa de entrar.

—Sí, Harry. Cierra la puerta, por favor. Tenemos mucho de que hablar.