Disclaimer: Los personajes y el universo le pertenecen a Adam Horowitz, y Edward Kitsis, así como a ABC.

N/A: Se supone que serán dos capítulos, espero que en el transcurso de esta tarde, o después del final de temporada suba el capítulo de Regina, en fin, disfruten


I

Volviste a Mí


Por un momento, creí que no llegaríamos al final del día, las cosas no pintaban bien, sentía que era nuestro fin, y todo, sería mi culpa.

No importa lo que diga mi madre, ni mi padre, o Regina, Gold tuvo razón, todo esto fue culpa mía, gracias a mi error, esta noche, no todos estamos aquí, nos faltan dos personas importantes. Uno, acaba de dejar este mundo de la forma más vil y horrible posible: su Alma simplemente dejó de existir, y el otro, aunque me duela en lo más profundo de mi Corazón, espero que ya no esté sufriendo en el Inframundo.

Ahora que veo la escena, me pregunto: ¿Qué habría pasado de haber llegado antes? ¿Habría hecho alguna diferencia el luchar contra Zelena y entrar a la Alcaldía al momento en que Hades atacara a Robín y a Regina? Dudo mucho que halle la respuesta en este instante que todo es un completo caos.

Aquí estoy de pie, en la puerta de la Oficina de Regina, mirando a las Hermanas Mills hincadas, ambas llorando por la pérdida de sus Amores Verdaderos, tan dolidas y lastimadas como yo, las tres, sin nuestra otra mitad. No me puedo mover de mi lugar, no sé ni siquiera que decir, comprendo su dolor, sin embargo, no puedo expresar nada.

Regina alzó la vista, las lágrimas corrían por sus mejillas, igual que las mías hace apenas unas horas, o desde el primer momento que perdí a Killian. Su mirada suplicaba que me acercara, necesitaba algo de mí, de su amiga; necesitaba el consuelo que yo no podía conseguir.

Mi boca se abrió, yo no pronunciaba ni una sola palabra, nada salía de mis cuerdas vocales, lo único que tenía en la cabeza era el cuerpo de Robín en el suelo, inerte, es imposible evitar que las regresiones vengan a mí, todos están en mi mente: Graham, Neal, pero, sobre todo, Killian. Mi cabeza va a estallar, esto es demasiado.

─ ¿Qué pasó aquí? ─Preguntó mi padre cuando llegó corriendo.

─Emma ─pronunciaba mi madre al ver que me recargué en el marco de la puerta con las manos en la cabeza─, ¿qué haces aquí? Te dejamos en la Biblioteca, ¿qué pasó?

─Killian… ─susurré─ él me envió las páginas que trataban sobre Hades. No podía quedarme sin hacer nada, tenía que venir hasta aquí, lamento si desobedecí, pero, él me necesitaba. Aunque, me doy cuenta de que llegué muy tarde.

─No ─replicaba Regina con la voz ronca y entre cortada de tanto llorar─. Nos diste una oportunidad, Robín pudo ver a la bebé por última vez. Ninguno tuvo tiempo de reaccionar, todo pasó tan rápido…

Zelena abrazó de nueva cuenta a su hermana, por lo visto, ella era de más ayuda que yo en estos momentos. Traté de acercarme a ellas, pero, mamá me tomó del brazo, me sacó de ahí y cogió a Henry para sacarnos de ese sitio.

─ ¿Qué ocurrió allá arriba? ─Cuestionaba mi hijo al cruzar la puerta principal de la Alcaldía.

─Hades ─respondía mamá─, Zelena lo destruyó, sin embargo, se llevó a Robín con él.

Pude ver como mi propio hijo se partía en mil pedazos una vez más, él ya había sufrido demasiado; perdió a su padre, a Killian, y ahora a Robín. ¿Acaso al universo le encanta jugar con nuestras ilusiones? ¿Qué le hicimos a Zeus o a quien quiera que maneje el sistema para merecer esto?

Miré al cielo, esperando algo, nada aparecía, como fuese, si alguien escuchaba esas preguntas, la respuesta llegaría tardía.

Abracé a Henry, mi madre me secundó, y segundos después, mi chico corría hasta la Oficina de Regina, para verlo con sus propios ojos. Mamá lo miró marcharse, estaba preocupada por él, cosa que era de esperarse, por mi parte, yo ya no quería estar ni un minuto más ahí, ahora que Hades fue derrotado, sólo quedaba una cosa en la lista: el Funeral de Killian y Robín.

─Emma, cariño, ¿Adónde vas? ─Inquiría mamá.

─Todo se terminó ─respondía yo rápidamente─, Hades fue destruido, ya podemos seguir con nuestras vidas. Me voy a descansar, nos vemos mañana temprano.

─Espera ─replicaba una vez más mamá─, no creo que debas estar tú sola esta noche, ¿por qué no vienes a casa? Haré Chocolate con Canela.

La idea parecía buena, ¿por qué no permitirle a mi madre consentirme? Yo estaba cansada, harta de todo, ¿la necesitaba a ella? ¿A papá? ¿A un bebé de menos de tres meses al que le encanta dormir?

─No, gracias ─contesté mirándola de pies a cabeza─. Realmente lo aprecio, pero, siento que no es el momento para tomar Chocolate.

Ella me miró más preocupada y consternada que antes. Mis sentimientos, mis ideas, todo estaba muy entremezclado, en realidad, ni yo misma sabía lo que quería en ese momento, o tal vez sí lo sabía, sin embargo, era algo imposible de hacer.

Ninguna pronunció ni una palabra, mi padre salió de la Alcaldía, venía directo a nosotras, y yo sólo asentí, sonreí y me di la vuelta. Salí corriendo, era lo único que podía hacer ahora, y más sabiendo en mi interior que Killian se había marchado.

Antes sólo lo suponía, pero ahora, me inundaba un sentimiento cálido por todo el cuerpo. Era algo bueno, él cumplió su promesa, se había ido para siempre.

A la distancia, los gritos de mi padre se apagaban con el viento, no había mucho que él pudiera hacer para consolarme, era el momento para llorar la Muerte de mi Amor, David quería que lo hiciera, pues, se le estaba cumpliendo.

Ya era de mañana, lo deduje por el cantar de esas malditas aves, aunque, en el fondo se escuchaba el leve sonido de las gotas de lluvia cayendo del cielo gris. Todo me parecía extraño cuando abrí los ojos, no sabía en dónde me encontraba, no era mi habitación, tampoco sabía por qué tenía una botella de Ron abrazada a mí cuerpo, mi cabeza dolía, pero no por el efecto del alcohol si es que lo ingerí, sino de tanto llorar.

Me levanté del suelo, sentí esas pequeñas rocas en mis manos, le eché un vistazo a lo que había a mi alrededor; las luces tenues, las paredes de roca, la reja de metal, la mesa llena de libros de Magia, la roca cerca de ella, sólo así fue como pude darme cuenta de que por alguna razón, me había dormido en el sótano de mi propia casa.

Salí de ahí, dejé la botella en la mesa y me di una ducha. Quedaba poco tiempo hasta que mis padres se aparecieran para arrastrarme directamente al Cementerio. De todos los lugares en Storybrooke, ese era el último donde quería poner un pie ese día.

Como lo pensé, había salido de la ducha, cuando la puerta de entrada sonó, de nada servía ponerle un Hechizo Protector, no hay algo en esta Tierra que hiciera desistir a mi madre, a la grandiosa Bandida Snow, cuando algo se le metía en la cabeza, nadie la detenía, ese era el sello distintivo de esta Familia, la perseverancia, que con el tiempo se convertía en terquedad.

Me vestí lo más aprisa que pude, amarré mi cabello, y bajé al vestíbulo para recibir a mis padres junto con Henry. Los tres me miraron de forma triste, este día sería probablemente el más pesado, difícil, y largo de mi vida.

─Vámonos, no hay tiempo que perder ─les recordé a todos─, nos están esperando, mientras más rápido nos vayamos será mejor.

Traté de parecer calmada, sin embargo, mi maquillaje no era de gran ayuda, mi rostro demostraba todo el dolor que llevaba en mis hombros, era la hora del adiós, y no quería dejarlo ir, no estaba lista para dejarlo ir, y al parecer, jamás lo estaría. El Amor de mi vida ya se había ido, ya sólo me quedaba esperar a que llegara mi final y hacer las cosas bien para poder encontrarme con él en ese maravilloso lugar.

Mis padres y Henry salieron por la puerta principal de mi casa, mientras yo los seguía de cerca para enfrentarme una vez más al mundo, y a mi realidad. Antes de irme de ahí le di un último vistazo a ese lugar que significaba tanto para ambos, y al mirar la cocina, encontré la botella de Ron, había algo en ella que me hipnotizaba, regresé la vista a la puerta cuando mi madre pronunció mi nombre, y al ver las rosas en sus manos, lo entendí.

Les pedí que me dieran un momento y fui corriendo por una cantimplora de licor que extrañamente tenía guardada en un cajón de la cocina, y la llené de ese líquido que tanto le encantaba a Killian.

Llegué al Cementerio, y ya todo estaba listo en el lugar donde extrañamente, ambas tumbas estaban perpendiculares, una de la otra.

Esa mañana, el Fraile Tuck, amigo casi íntimo de Robín, fue quien ofició el Funeral de Garfio. Yo no prestaba ni la más mínima atención, todo mi ser estaba con ese ataúd color caoba oscuro que descendía hasta lo más profundo de la tierra. Mis padres estaban conmigo, ambos trataban de contenerme, y mantenerme de pie, Henry trataba de hacer exactamente lo mismo, él no estaba tan destruido como yo, sin embargo, sabía que le dolía todo esto.

Cuando los encargados terminaron de sepultar el ataúd, todos le dejaron a Killian una rosa a modo de ofrenda y me dejaron sola con él, mientras se iban a la otra tumba para continuar con este amargo día.

Ahí estábamos los dos, solos otra vez, aproveché el momento para hablar con él. Le puse la cantimplora en la tierra y le agradecí por las páginas porque sabía perfectamente que Killian las había enviado directo a mí, no sé cómo explicarlo, pero él siempre tuvo razón, los dos hacíamos un buen equipo.

Le hablé a su lápida, así como si él estuviera frente a mí, y después de un rato, lo que traía adentro salió al momento de decirle que sabía que él se había ido. Decirlo yo misma en voz alta era horrible, lo hacía completamente real, mi voz tembló, las lágrimas me abordaron y ya no había nada que hacer. Killian se marchó, y me estaba vigilando desde otro lugar.

Después del tortuoso Funeral, me quedé sola, tratando de despedirme de Robín, sabía que no era mi lugar, sino el de Regina, pero ella ya estaba harta de toda la situación, y yo, tenía que disculparme con Robín Hood, tenía que disculparme por todo el desastre que causé.

Cuando mamá se marchó, lo más inesperado y hermoso sucedió: un rayo blanco me rodeó y un estruendo sacudió la tierra conmigo. Yo no entendía lo que estaba pasando en ese instante, pero, todo cambió, en el instante en que volví a escuchar esa dulce voz.

─ ¿Swan? ─Pronunciaba Killian detrás de mí.

¿Era verdad lo que escuchaba, o sólo una despreciable jugarreta de mi mente? ¿Killian estaba ahí?

Me di la vuelta, y aunque lo tenía frente a mí no podía creerlo todavía.

─Killian… ─Susurré yo al salir corriendo hacia él.

No quería esperar más, necesitaba sentir sus labios una vez más, ya sin el sabor amargo de la despedida, tenía que sentirlo ahí, que realmente eran sus labios los que tocaban los míos, y que esos eran sus brazos, y esa su respiración.

Luego de ese beso de reencuentro cargado de Amor y felicidad, él me explicó cómo había vuelto a la vida, lo cual hacía torpemente gracias a mí, atacándolo con un sinfín de besos de dicha y alegría. A mí no me importaba nada, lo único que necesitaba era tenerlo ahí, y saber que después de toda la travesía que pasamos desde aquel día en Camelot, por fin estábamos juntos.

─Me alegra que todos estén bien. ─Pronunciaba Killian mientras lo abrazaba.

Sus palabras me bajaron por completo de mi nube, me trajeron de vuelta a la realidad, y me recordaron por qué estábamos ahí en primer lugar.

─No todos lo estamos. ─Enuncié lentamente mientras me giraba sin soltarlo para que viera por sí mismo el féretro de Robín.

Todos sus músculos se tensaron al ver a nuestro buen amigo ahí. Le expliqué lo que ocurrió, y cómo ocurrió, pero, Killian se lamentó por no enviar las páginas a tiempo, y maldijo a Cruella con bastante furia.

Yo lo tranquilicé y lo saqué de ahí, era la hora de marcharnos, pero no iríamos a Granny's, no todavía, yo necesitaba estar con él a solas, y ambos, teníamos que encontrar una forma de suavizar el tema para decírselo a todos los demás, sobre todo a Regina.

No podía dejar de mirarlo, era como un sueño que estuviera de nuevo conmigo, y esa tarde no pensé en nada más que Killian Jones a mi lado, ambos, caminando por las calles de Storybrooke, tomados de la mano como dos estúpidos adolescentes enamorados, era lo mejor que me había pasado en este tiempo, me sentía muy dichosa de tenerlo una vez más conmigo, estaba complacida con Zeus por haberlo recompensado de esta manera, llevándolo a donde realmente pertenecía, que era junto a mí, cosa que ninguno esperó, los dos ya nos esperábamos del otro lado, disfrutando de la tranquilidad de ese lugar de luz, pero, por ahora, ese lugar esperaría por nosotros hasta que el destino quisiera separarnos definitivamente.