Capítulo 2

Elizabeth estaba más que sorprendida, era un dolor punzón, pareciera que un alíen le fuera a salir. El recién llegado se acercó para tocarla, pero ella se apartó de golpe, cayendo de costado sin dejar de presionar su estómago. – Por favor, no… Pero no pudo continuar, el dolor era insoportable. – "¿Qué me pasa?" – Se preguntaba mentalmente.

-Hay que llevarla donde Carson, seguro él sabrá qué hacer.

-No será uno de esos dolores que les viene a las mujeres cada mes. – preguntó levantando una ceja, la rubia lo golpea con el dorso de mano. – No es tiempo de juegos, vamos…

Fang tuvo que pelear un rato para sostenerla y llevarla andando, no podía arriesgarse que ella descubra quiénes eran, Elizabeth sentía que la llevaban y su vista se nubló y luego, todo negro.

Elizabeth estaba echada sobre una camilla de telas blancas, ella empezó abrir los ojos lentamente porque la luz de la habitación le daba directamente al rostro, poco a poco se fue sentando, cuando un mareo la asaltó. – Ay… - Se quejó. En eso, alguien abría la puerta, mostrando a alguien alto, con el cabello recogido hacia atrás con una cola de caballo y de color que podría compararse con el suyo, parecerían parientes si no fuera que él tenía descendencia india. – Hola. – Saludó el hombre, con una voz tan grave y aterciopelada. – Veo que ya te levantaste. – Al ver que ella intentaba ponerse de pie. – Tranquila, no te muevas muy rápido que terminarás en el piso.

-¿Contigo? – pensó ella, y luego se recriminó, Carson sonrió de lado, ella al darse cuenta se sonrojó, porque parecía que se había dado cuenta de su pensamiento. – "Diablos…"

Justo en ese momento tocan la puerta y se abre ingresando la misma camarera rubia. – Ya te levantaste, que bueno. – decía aliviada. – Que susto me diste, creí que tendríamos que llevarte al hospital, menos mal que Carson está aquí.

-Gracias. – dijo Elizabeth con timidez, que vergüenza desmayarse en un lugar público.

-Por cierto, Soy Aimé Peltier Kattalakis, mucho gusto. – se le acercó con la mano extendida.

-Encantada, soy Elizabeth Chase, y de nuevo gracias. – dijo con una de sus mejores sonrisas. Aimé la quedó mirando y lentamente le dijo – No es necesario que sonrías si no te sientes cómoda. Seguro debes estar muy avergonzada, pero no te preocupes, te trajimos antes que nadie se diera cuenta, tú secreto está a salvo. – esto último se lo dijo como un susurro. Elizabeth sonrió de buena gana. – Muchas gracias. – ya la empezaba a tener algo de estima.

-Y bueno, el doctor aquí te dijo que tenías. – preguntó Aimé mirando a Carson y luego a Elizabeth, la joven movió la cabeza de un lado a otro negando. Carson se aclaró la garganta. – Pues al parecer fue el apetito, no has comido nada al parecer en muchas horas, y comer de repente y sobre todo grasa, se podría decir que te dio una indigestión, y como no tienes fiebre– dijo mientras le tocaba la frente.- No hay infección por el momento, tendría que revisarte mañana para estar más seguros. – Estaré bien. – respondió rápidamente la joven morena. – Creo que ya es tarde, será mejor que me vaya.

Al verla caminar hacia la puerta Aimé no pudo evitar un dejo de preocupación. - ¿Segura que estás bien?

-Sí, segura. – dijo tan rápido que al salir chocó contra la pared, al menos eso pensaba, hasta que levantó la mirada y se encontró con un par de ojos que la escudriñaban. Ella tragó fuerte, parecía los ojos de una bestia, al ver que ella retrocedía, Aimé se acercó y rodó los ojos. – Fang. – regañó. – No ves como la asustas. – Pero si no hago nada, que agradezca que le traje sus cosas. – dijo defendiéndose en lo que le alcanzaba su bolso. Elizabeth lo recibió apenada. – Oh. Gracias. – cuántas veces había dicho esa palabra, y de alguna forma u otra sentía que siempre las iba a decir desde que entró a este lugar. – Bien, me voy antes que se haga más tarde. – hizo un leve incline de cabeza y se fue. – Espera, te acompaño. – ofreció Aimé amablemente, también lo hizo porque no vaya a entrar a otra puerta y se lleve un susto de muerte al ver a osos u otros animales caminando y hablando, sería un desastre.

Al llegar a la puerta, Dev los ve salir. - ¿Qué es esto, el comité de despedida?

-Acaba de tener una recaída. – explica Aimé. – Así que la acompañamos afuera.

-En serio no tienen que molestarse, ya estoy bien, sólo tengo que buscar donde alojarme y listo. – dijo simplemente.

-No tienes donde quedarte. – dijo Aimé prácticamente gritando, lo cual la sorprendió, Elizabeth sólo movió la cabeza negando en silencio. – Oh… Chicos. – dijo Aimé casi rogando.

-No. – respondieron en coro. Aimé se cruzó de brazos y los miró con el ceño fruncido. – Bien, entonces llamaré los refuerzos. Elizabeth no sabía porque los chicos de repente palidecieron. Y en pocos minutos estaban tres mujeres con los brazos cruzados en la entrada además de Aimé. – Esto no puede estar pasando. – decía Fang en un suspiro. – Bueno colega, al menos nos están mirando y no despellejando. – le decía Dev en susurro. – Te escucho, oso. – le respondió una mujer alta, delgada pero con una constitución atlética, parecía modelo, Dev se volteó a mirarla y le gruñó suavemente. Elizabeth a pesar de estar ahí no sabía porque parecía que se había perdido algo. Aimé da un paso adelante – Elizabeth, te presento a mi cuñadas, ellas son Samia, Bride y Angelia.

-Mucho gusto. –saludó Elizabeth con una ligera inclinación de cabeza.

-¿Entonces? – dijo una joven de unos cabellos un tanto ensortijados que enmarcaban su rostro, era media llenita pero no dejaba de ser preciosa. - ¿Por qué no puede quedarse?

Al escucharla Elizabeth abrió los ojos más. - ¿Qué? No… - dijo queriendo no meter en problemas a estas amables personas. –En serio, no es necesario. – dijo apenada hasta ponerse colorada. Al ver eso las chicas clavaron sus ojos en los dos varones que retrocedían, en ese momento aparecían dos hombres guapísimos, que pasaba con esta ciudad o en este local, acaso era una fábrica de chicos guapos, olvídense de Canadá, aquí tienen hasta para escoger, pero al darse cuenta que uno de los hombres traía a un pequeño de uno años, entonces su corazón dejó de latir.

-Mami. – dijo el pequeño, entonces el hombre alto caminó hacía la que se hacía llamar Bride, quien cargó al pequeño con amor. - ¿Qué ocurre aquí? – preguntó uno con los ojos preciosos, parecían joyas como turquesa.

-Nada, cariño, tú hermano y tú cuñado están siendo amaestrados en el arte de la cordialidad. – decía una chica menuda pero hermosa de cabellos tan rubios como los de Aimé, pero sus rizos le recordaban al personaje Rizos de oro de los 3 osos, porque será que esa historia le recordaba esta escena.

-No es que no seamos cordiales. Sam tú sabes que adoro que nos visiten. – dijo en rubio mientras se cruzaba los brazos y se apoyaba en una de sus fortificadas piernas. – Pero no este tipo de visitas.

Elizabeth ya se sentía un tantito ofendida. – Oigan, en serio, sé cuándo no soy bienvenida, así que dejen a los pobres hombres en paz.

-No se trata de eso, cariño. – decía Aimé. – Es sólo que somos un poco celosos, y viendo la hora, realmente es peligroso por aquí, hay tanta gente "extraña". – diciendo lo último muy enfática. Todos se miraron y en cierta forma Aimé tenía razón, había muchos "extraños" caminando y succionando las almas de los desprevenidos.

-Bueno, si se trata de extraños, pues yo soy una de ellos. – dijo casualmente como si fuera lo más normal. Aquello los alertó, entonces Elizabeth hizo algo increíble y que ninguno se esperó, su bolso flotaba a su lado y en su mano derecha se había formado una pequeña flama rosada.

En algún lado, en las profundidades, donde la luz no llegaba, era todo árido y los demonios rondan, se levanta una enorme mansión, albergado por unas murallas oscuras, en su interior en una sala que al parecer fuera sacado de una película de vampiros a lo Stoker, al fondo, cerca de una chimenea adornada por unas magníficas y maléficas criaturas que parecieran que fueran a cobrar vida en cualquier momento, estaba sentado como si hiciera un papeleo, por la cara de aburrido que tenía, cualquiera diría que lo hacía desde siempre.

-Me puede alguien explicar cómo gastan una millonada en armas y luego mandan un informe en donde dicen que fueron todas usadas y que los recibos fueron destruidos, en serio piensan que me voy a tragar semejante mierda. No pueden ser más creativos. – terminaba de decir mientras tiraba los papeles por el aire, pero estos se ordenan solos sobre el escritorio. – Malditos poderes. – se encaminó hacía un bar y se sirvió un vaso de lo que sería vino, pero este era un poco más espeso, ligeramente.

-Increíble. Te has levantado tú solito para servirte tu propio trago. Que está pasando en el mundo. – dijo una voz femenina desde el otro extremo de la habitación, en tono de fingido asombro.

-No me escaldes la paciencia, que ya la tengo irritada con todo lo que tengo que lidiar por culpa de los nuevos reclutas. – decía con un dejo de enojo sin llegar a levantar la voz, no mucho. La joven que estaba ataviada únicamente con lo que parecía un babydoll transparente caminaba contoneándose, misma gata justo antes de lanzarse al pez que tenía delante. – Deseas que te de un masajito. – hablaba poniendo su mano y haciendo caricias sugerentes. El gran sujeto, aunque no sentía más que solo una sensación de vacío, él no lo estaba, y nunca estaba de más una oferta tan tentadora como esa, justo cuando se iba a poner bueno, sintió una abertura en el ambiente, diminuta pero suficiente para llamar su atención.

-¿Thorn? - preguntó la mujer, mientras él se enderezaba.

-Lo siento, pero hay algo que tengo que atender. – en lo que decía hizo aparecer un traje de Valentino sobre sí mismo y desapareció.

Elizabeth pensó que esto no les sorprendería tanto, pero por las caras se dio cuenta que no estaría a salvo… de preguntas.

-¿Eres un Daimon? - preguntó Samia.

-¡Un qué! - exclamó alargando la palabra.

-No es rubia ni tiene los ojos azules, y definitivamente no huele a uno. - dijo Fang mientras hacía el gesto de olfatear. Elizabeth se cubrió sintiéndose muy ofendida. - Ey… - se quejó.

-¿Absorbes almas? - seguían preguntando las chicas.

-Ok esto definitivamente es raro. - dijo mientras retrocedía unos pasos lejos de ese grupo, ahora entendía a qué se referían con "extraño", aunque a veces ella se sentía de esa forma la mayoría de veces, pero claramente no hasta ese punto, había escuchado que hubo personas, algunos que habían sido asesinados y en donde se les encontró, se les había drenado toda la sangre del cuerpo, que horrible, pero al parecer había llegado a una ciudad donde lo extraño era lo "normal". - Eh… - se aclaró la garganta. - Saben qué, yo creo que mejor me voy por mi cuenta. - en lo que lo decía sintió que su voz la traicionaba mostrando lo nerviosa, por no decir, terriblemente asustada que se sentía. - Eh… ¡Adiós! - y pegó la carrera tomando la calle Chartres que llevaba al parque Jackson Square.

Thorn había seguido ese pequeño rasgo de poder, que así como se manifestó desapareció instantáneamente, pero el solo hecho que se trataba de un poder que él esperaba no volver a sentir jamás, lo hizo sentirse algo inquieto, ya que esto solo lo había sentido una vez, hace más de dos mil años atrás, cuando una guerra sin cuartel se desató entre el cielo y el mismo infierno, era un poder que a pesar del tiempo, no lo olvidaría, el mismo poder que contaban aquellos que servían al mismo Lucifer, y esto no traía nada bueno, para nada.

A pesar de no hacer mucho ejercicio, estaba orgullosa de su constitución, aunque ya no hacía deportes como antes, se cuidaba mucho al momento de escoger sus alimentos e iba a trabajar en bicicleta, y todo gracias a esas pesadillas, se metía en cada deporte o asignación para no tener la cabeza libre y se llene de recuerdos de disparos y sangre saliendo por doquier, se dio cuenta que se había alejado lo suficiente, y justo cuando iba a doblar por una esquina el cual resultó ser un callejón y quiso seguir alguien le impidió el paso, levantó la mirada para encontrarse con un chico bastante guapo y con unos increíbles ojos azules, de nuevo se preguntaba que tenía esta ciudad con los chicos guapos, cualquiera podría pensar que aquí los fabricaban.

Aimé miraba por las 4 esquinas como esperando que de repente aparezca, mordiéndose la uña del pulgar derecho, presentía que algo no marchaba bien y que esa chica encerraba algo misterioso, entonces la osa sobreprotectora surgió, pero no sabía qué hacer. Entonces su compañero la llamó, y lo hizo en un tono que fuera a ser que estuviera cansado de repetir lo mismo.

-¡Aimé, entra por favor! – pedía él mientras cambiaba el peso de su cuerpo a la otra pierna.

-¡No! – respondía testaruda.

Fang puso en jarras los brazos sobre las caderas. –Aimé – decía con un tono cansino.

-NO señor, no me muevo – sin dejar su lugar en el centro de la calle mirando por las cuatro direcciones. En ese momento salen Dev y Sam, la joven se acerca a su cuñada, Dev le da de palmadas en la espalda a su cuñado. - ¿Todavía no la haces entrar? Que falta de carácter. – decía el oso de manera jocoso.

-No me las hinches… - respondía Fang de manera amenazante. Dev levantó los brazos ligeramente en forma de rendición. – Solo decía.

-No hay nada que hacer si se fue por su cuenta. – intentó Sam de decir con lentitud. Aimé se mordió la uña con más saña. Fue entonces que escucharon pasos rápidos. – Parece que la están asaltando, pobre chica. – Habría que llamar a la policía. – respondió su acompañante. Eso no pasó desapercibido para ninguno de los Were.

-¡Fang! – usó un falsete ahogado, y él entendió inmediatamente. – Lo sé, estoy en eso. – mientras giraba y se sacaba el mandil, corrió hacía la parte oscura de la calle destellando a Lobo. Samia miraba a su guapo marido, él al darse cuenta le levanta una ceja con falsa sorpresa. – Qué…

Samia lo miraba entre cerrando los ojos, entonces él se lleva las manos detrás de la cabeza e inocentemente le responde. – Sólo esperaba que me mandaras. – dijo sin más y fue corriendo por el mismo camino por donde llegaron los humanos que dieron aviso de lo que pasaba.

Elizabeth estaba luchando con todo lo que tenía, uno de los tipos la sujeta fuerte del brazo y por el forcejeo la lanza hacia unos tachos de basura de metal haciendo que caiga de espaldas, el rubio se queda con la manga de su chaqueta, al querer levantarse es raspada por el metal astillado de uno de los tachos haciendo que se hiera el brazo desnudo. – La comida. – dice uno de los rubios y se acerca a ella de frente, ella lo mira con las cejas fruncidas y levanta la pierna dándole una patada de lleno en la ingle, haciendo que su atacante caiga de dolor, al menos sentían los golpes, entonces al girar levanta una tapa del tacho de metal y lo usa de escudo, corre hacía uno de ellos y lo empuja haciendo que pierda el equilibrio y caiga de espaldas – Noticias amigo. El hecho que esté caída, no quiere decir que esté vencida. - ella se levanta y coge la otra tapa y ve que otro se acerca a ella con la boca abierta mostrándole unos terroríficos colmillos. – Oh no querido, no soy fácil en la primera cita. – y le da un puñetazo de lleno en la mandíbula, pero sintió al mismo tiempo que había golpeado el concreto de lleno. - ¡Santa Mierda!... – exclama ella adolorida y retrocede soltando la tapa y se arrodillaba, creía que se la había roto la mano, estaba familiarizada con este dolor, así que trató de aguantar, pero al momento que se levanta de nuevo es sujetada a presión por los costados haciendo que su brazo sangre más, quien la cogió, fue al que había golpeado en las joyas, se ríe en su oído y lamió su herida. – Oh rayos, es la sangre más deliciosa que haya probado. – escucharlo la asqueó he intentó golpearlo con la cabeza pero fue esquivada, se quedó quieta cuando vio que los otros tres se acercaban a ella de manera amenazadora como si fuera ella la cena, entonces cerró los ojos. – "Por favor… que alguien me ayude… Dios… mamá…" – rogó mentalmente, apenas terminó de pensarlo ella abrió los ojos justo para ver como salían disparados y sentía que se aflojaba los brazos que la aprisionaban, ella corrió hacia adelante unos pasos para voltearse y ver como un gigante cogía a su captor por el cuello y lo levantaba como si fuera un muñeco de trapo, cuando sintió que los otros arrojados volvían a ponerse de pie, un enorme lobo apareció de la nada cogiendo a uno de ellos del cuello y sosteniéndolo justamente ahí, entonces aparece otro hombre grande y agarra a los otros dos también de cuello, pero uno de ellos se gira y logra zafarse. – Diablos… - exclama Dev, entonces gira el cuerpo para capturarlo con un golpe en el estómago, pero el rubio justo se agacha también como para tomar impulso y es atravesado por el enorme puño, destellando en polvos brillantes, todos aspiraron de manera ahogada. Elizabeth no daba crédito a lo que veía, el chico guapo y rubio que intento morderla al principio, estaba ahí, la había golpeado y ella se lo había devuelto, él estaba, estuvo ahí y luego, ya no, ella se giró sobre sus pies viendo a los tres recién llegados. - ¿Quiénes… no, qué son? – terminando su pregunta cayó.