Prologó

Sesshoumaru

Intente contener mi irritación concentrándome en el libro que tenía frente de mí, pero por más que trataba de trasladar mi mente otro lugar, a un lugar tranquilo lejos de aquellos gritos que llegaban a mis oídos. Pero era realmente inútil imaginarme en otro lugar que no fuera en aquel infierno que se había formado a mi alrededor. Hacia treinta minutos en los que había pisado el piso de aquella casa ¡Solo treinta minutos! Y el mismo tiempo en el que tenía que soportar los alaridos y ofensas que mis dos padres se dirigían mutuamente.

Puedo escuchar claramente el momento en el que algo es lanzado en el piso para romperse en pedazos. Seguramente una de las tantas adquisidoras de porcelana que a mi madre tanto le gusta coleccionar. A pesar de que para mí son realmente horrendas. Últimamente mamá hablaba de comprar los más costosos jarrones y presumirlos a sus amigas con los mismos horribles gustos que ella. Cada una de ellas mujeres sin intereses y ocupaciones más las de ser las esposas refinadas de altísimos hombres de negocios. ¡Claro!, por qué no había nada mejor que adornar una casa con cosas finas y costosas, y aparentar que su vida no era un basurero.

El fuerte sonido de la puerta de la entrada al cerrarse hizo un fuerte eco recorriendo todos los rincones del lugar, para después escuchar como los horribles sollozos de mi madre llenaban el ambiente.

Rodé los ojos haciendo a un lado mi libro, me recorte sobre el escritorio frente de mi tratando de descansar. No tenía caso que tratara de concentrarme en estudiar. Odiaba aquel libro. Dentro de poco seria el examen de admisión para la Universidad más reconocida de Japón, era la misma a la que había ido mi padre. Siempre me había hablado de lo importante que era para el que yo ingresara a ella. Estaba tan enfocado a que siguiera los mismos pasos que él que estoy seguro que no le importaría pagar cualquier suma de dinero para hacer que yo entrara a ella bajo cualquier circunstancia. Como si eso fuera lo que yo quisiera realmente.

Desde que era un niño mis padres habían estado enfocados a que su único hijo fuera un excelente empresario. Desde que era un niño mi vida estaba predestinada, estudiaría negocios, haría una maestría mientras que me encargaba de la empresa de mi padre y pretendería ser alguien importante el cual su vida estaría minuciosamente planeada, mientras que en el fondo sabría que mi vida era solamente una mierda falsa.

Mi padre era uno de los empresarios más poderosos de todo Japón, estaba orgulloso de haber trabajado tanto para que todo el país reconociera su apellido como un símbolo de respeto y de honor, que se había olvidado de recordarle a mi madre que ese respeto también abarcaba a él. La cual no había desaprovechado la oportunidad de buscar a un amante que le prestara la atención que su ocupado marido no había podido darle.

Cuando mi padre había descubierto su infidelidad, ella hizo lo mejor que sabía hacer, se había puesto a llorar y pedirle perdón por su error. Le reprocho el tiempo que ya no le dedicaba a ella, le había dicho que se sentía sola en esta gran mansión y había tenido que buscar consuelo fuera de la casa. Mi padre la había perdonado diciéndole que aun la amaba y que podían remediarlo. Pero estoy seguro que eso era lo último que quería decir. Más bien había dicho aquellas palabras para callarla y evitar que en los periódicos del país saliera su cara con uno articulo deprimente de la infidelidad de su esposa y dañar su preciado apellido.

Después de eso la rutina se hizo presente.

Mi madre no dejo a su amante. Siempre trataba de llegar antes de que su esposo llegara a casa, pero los días que faltaba a aquella regla y el los veía despedirse enfrente de su casa, era cuando comenzaba la discusión. Un hombre que peleaba por defender su renombre y una mujer que lo único que le importaba de su esposo era el dinero.

Me levante del escritorio con tanta fuerza que fue un milagro que la silla no cayera al piso. Abrí la puerta de mi habitación para bajar las escaleras y dirigirme directamente a la cocina, me serví un vaso con agua y bebí lentamente mirando a mi alrededor. La cocina era gigante pero no podía recordar ver a mi madre cocinar algo en ella. Ella siempre se había preocupado en cuidar más su perfecta manicura como para dañarla en cosas tan cotidianas como cocinar. "Ese era el trabajo de la cocinera" había dicho un sin fin de veces.

Volví a llenar el vaso con agua para caminar por el por el pasillo y volver a mi habitación, en el pasillo antes de llegar a las escaleras la voz de la mujer que se nombraba como mi madre me hizo detenerme.

―Puedes escuchar a tu madre llorar y ni si quiera te dignas a venir a consola― en un tono de voz mostraba fingido dolor.

Di media vuelta para encontrarla sentada sobre el piso, uno de los

jarrones que había visto en el salón principal estaba cerca de ella hecho pedazos. Bueno, por lo menos no lo iba a extrañar, ¡era realmente horroroso! Tranquilamente di un trago a mi vaso para después alejarse del lugar. No iba a dejar que tratara de controlarme y hacerme sentir culpable por su desgracia.

Regrese a mi habitación cerrando la puerta tras de mí, me acerca al escritorio para tomar el libro que había dejado hacia un momento atrás para luego tirarlo al piso. No iba a seguir los mismos pasos que él, comenzaría a trazar los míos. A pesar de que eso significara alejarme de todo lo que conocía. Me dirigí a mi ropero para tomar una mochila. Tome lo único que me importaba de aquella habitación, mis libros, carpetas de dibujos, lápices y pinturas que tanto me aficionaban, y nunca había sido capaz de decirle a ninguno de mis padres que lo que realmente quería ser era un pintor famoso, se hubieran burlado de mi diciendo que no tendría futuro. Tome un poco de ropa, solo la que cabía sin deshacerme de cualquiera de mis tesoros.

Me tomo solo unos minutos más para bajar las escaleras, encontrándome con el sonido que conocía perfectamente en cada rincón de la casa, el silencio. Mi madre se había ido, no tenía que imaginar mucho para sabes donde había ido, después de aquella discusión necesitaría consuelo de su amante. Sin mirar atrás salí por la puerta dejando a tras todo lo que había conocidos en ese momento. Aquella misión que por más grande y lujosa nunca se había convertido en un verdadero hogar.