Disclaimer: Soy JK pero publico en esta cuenta para manejar bajo perfil.

Este fic participa para el reto especial de aniversario "Lo bueno viene de a cuatro" del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black.


Esperanzas tardías


I

Despierto sentado en un sanitario y sólo recuerdo que este me acompaña desde pequeño. Intento acostumbrarme a la luz del lugar. Siento náuseas, las imágenes se emborronan y algo de claustrofobia. Dolor de cabeza, labios secos, sabor a vómito, incertidumbre. Todo se revuelve en la masa que al parecer es mi cuerpo.

Tardo unos minutos en asimilar mi estado. Me parece que sigo dormido, mis piernas hormiguean entumecidas, como si llevasen mucho tiempo así. Pasados unos minutos, mis ojos se habitúan a la luz y logro respirar por encima del hedor, entonces descubro que tengo un reloj de bolsillo encerrado en mi puño. Es una fina pieza de oro blanco, pequeña y con una luna marcada en la tapa. Lo abro para averiguar la hora, se encuentra averiado.

Guardo el objeto en mi túnica y me levanto del sanitario. Estoy en unos baños públicos, o eso parece. Salgo del cubículo, me topo con un hombre rubio, pálido, desaliñado y sudoroso. El largo espejo me indica a su vez que me encuentro solo, ignoro mi imagen y acudo a los grifos como un perro sediento.

El agua está fresca, se derrama por mi cuello y me tranquiliza un poco. Me enfrento a mi reflejo luego de zacear mi sed. Un rayo de sol se filtra por una ventanilla y ataca mis ojos. El resplandor blanco me ciega pero otras imágenes chocan en mi mente. Luces de colores, rostros borrosos, bebidas. También risas, gritos y música.

Parpadeo y vuelvo al cuarto de baño. Busco una salida, las paredes rayadas me guían a un largo corredor. Vislumbro una puerta al final del pasillo, las demás a lado y lado se encuentran cerradas.

Veo un bulto negro tirado en un rincón. Entrecierro mis ojos, me pregunto si debo acercarme al elemento en este lugar desconocido. Estoy por alcanzar la puerta cuando paso al lado de eso, unos cuantos cabellos sobresalen del abrigo negro.

Mi dolor de cabeza apuñala mis entrañas con fiereza. Me acerco al abrigo, el aire se me hace pesado y extrañamente familiar. Tomo el gabán, es suave al tacto y se desliza con facilidad por el rostro de una mujer. Es pálido, cubierto de pecas y compuesto por líneas redondas y suaves. Posee una nariz con una forma curiosa, diferente pero atractiva. Sin embargo, todo se reduce a sus ojos, grandes, cafés y vacíos.

Me invade el pánico pero me ordeno controlarme, busco su pulso en sus delgadas muñecas. Cuando mis dedos acarician su piel, los suyos se enredan en los míos, juguetones. Me devuelvo a sus ojos, leo una sonrisa en ellos y por fin la reconozco. Me siento un idiota por olvidar ese rostro que veo cada mañana y me saluda con esa misma sonrisa. Astoria. ¿Cuántas veces había repetido su nombre entre besos y caricias?

Un rayo de luz se dispara en mi cabeza. Parpadeo, acaricio su mano con cariño pero no me devuelve el gesto. Mi corazón se acelera al percibir la ausencia de sus latidos.

Su rostro brillaba cada mañana con el despertar del sol, hoy olvidó despuntar su vida. Y su mirada aterrada parece disculparse por ello.