Hace un tiempo la preciosa Cristy me hizo un regalo súper especial. Sin embargo eso no es lo único que me hace sentir en deuda con ella, la razón por la que le escribo este fic es simplemente porque se lo merece, porque me sale hacerlo y porque me brindó una amistad bonita y desinteresada que aprecio mucho *heart*.

Me temo que esta historia no pueda compensarlo (se la prometí hace mucho pero entre una cosa y otra siempre se me dificultó empezarla), pero de todos modos espero que le haga cosquillas en su corazón de fangirl Dramione y que le guste un poquito n.n

Van a ser dos capítulos, tres como mucho. La verdad, no suelo leer dramiones y no sé si estaré repitiendo la trama, sólo busqué una excusa para emparejar a estos dos en un ambiente cargado de angst, jo, y se me ocurrió esto. Lo considero un WI de posguerra, aunque en realidad lo más importante en este fic no van a ser los hechos XD

Bueno, se agradecen comentarios y desde ya, muchas gracias por leer. Me disculpo de antemano por los fallos que puedan encontrar.

Edit: el primer capi les va a sonar un poco ronmione pero es sólo en este, luego viene el dramione, se los prometo.

Disclaimer: Harry Potter y sus personajes son propiedad de J. K. Rowling.


Claroscuro

I

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Apenas comenzaba a lloviznar en las calles de Londres, el aire pesado y húmedo mezclado con el olor del asfalto mojado. El cielo gris casi que aplastaba la ciudad, y los pequeños paraguas de los transeúntes que colmaban las calles, esquinas y espacios daban la impresión de intentar resistir el golpe de nubosidad que sobrevenía de la indomable naturaleza. Todo aquel mago o bruja que se aproximara al Ministerio de la Magia a pie debía resguardarse ante la chance de coger un resfrío, mientras que aquellos que viajaban con polvos flu no tenían de qué preocuparse.

En los prados de La Madriguera, Molly se había encargado de dotar a cada Weasley del desayuno energético pertinente porque, aunque tenía bien sabido que sus hijos ya no eran niñitos, no iba a correr el riesgo de que alguno se le enfermara. El invierno anterior había sido Ginny quien cayera en cama durante una semana, con la mala suerte de que aquel año la cosecha de especias había devenido en una racha nefasta que impidió a la comunidad mágica abastecerse de ingredientes fructíferos para la preparación de pociones curativas eficientes. Si bien la situación ahora no era tan extrema, Molly nunca desatendía sus precauciones. Incluso Hermione colaboraba con la preparación de los mejunjes para toda la casa, en aras de preservar la buena salud de la familia.

No pasó mucho tiempo después de la culminación de la guerra cuando Hermione se convirtió en un residente más del hogar de los Weasley. Su relación con Ron prosperó y a la vista de todos no tardó en ser acogida como una más. Resultaba práctica para las tareas domésticas ya que al principio el prolongado luto de Molly había afectado su rendimiento en las labores diarias, y la ayuda de Hermione le fue sin duda como anillo al dedo. Sin embargo, ningún Weasley pudo ignorar las recurrentes discusiones que ésta y Ron protagonizaban a diario, por lo que tampoco demoró mucho en provocar un cierto sentimiento de irritabilidad en los demás.

Los Weasley estaban acostumbrados a la tranquilidad y humildad del hogar, por eso no fue de extrañar que la persistencia intelectual de Hermione ante cada situación que se presentara les agobiara. Fue uno de los principales motivos por los que ella y Ron altercaban, generando algunas veces un denso clima familiar que creaba incomodidad.

Se había acostumbrado a lidiar con ese tipo de adversidades. Toda pareja debe enfrentar nuevos obstáculos cada día para permanecer firme en el camino. No obstante, los últimos años de relación con Ron la habían sumergido en un angustioso sentir que estaba en el lugar equivocado y que por mucho que lo intentara, no estaba con la persona correcta. No dudaba de su amor por Ron, pero tampoco podía negar que cada día parecía un poco más imposible que los dos se complementaran.

Venía meditando hace tiempo en la idea de alejarse durante algunas semanas para que los dos pudieran reflexionar, sabía que sería maravilloso para ambos pasar un tiempo solos y acomodar las ideas, apaciguar los sentimientos para poder seguir construyendo la relación sin que se cimentara sobre las bases tambaleantes e inestables en las que habían estado edificándose hasta ese entonces, y continuar conviviendo en paz. Pero era difícil con Ronald, tan inseguro y celoso, porque Hermione sabía que él no duraría un solo día sin tener noticias sobre ella.

Con todo, llegó un momento en el que Hermione ya no pudo tolerar más la situación. Ella y Ron peleaban cada vez más, Molly comenzaba a entrometerse en sus discusiones intentando calmar las aguas y los demás Weasley habían dejado de tratar de persuadirla para que tuviera paciencia, habían cesado de argumentar que Ronald tenía su manera de sufrir las secuelas de la pérdida y que pronto recobraría su ánimo habitual. Por su parte, Ginny había decidido tomar distancia, razón por la cual Hermione no pudo hacer más la vista ciega ante lo mal que la estaba pasando. Estaba sofocada, necesitaba un respiro. No duraría mucho tiempo más en condiciones saludables en La Madriguera si continuaba reprimiendo y suprimiéndose a sí misma como llevaba haciéndolo.

Consiguió un respaldo inesperado de la mano del director del Departamento de Regulación de Criaturas Mágicas, con quien tenía un trato bueno y cordial, ya que le facilitó amablemente una oficina en desuso que había en el mismo piso de trabajo. Hermione encontró esta oportunidad ideal para hacerse un recodo personal y dormir durante algunos días allí, además de aprovechar el espacio y la ubicación para atender de manera más directa sus deberes, por supuesto.

Había tomado la decisión de comunicárselo a Ron ni bien terminara de mudar las cosas que necesitaba para irse por al menos un par de semanas. No estimaba el tiempo exacto que pasaría lejos de La Madriguera, sólo estaba segura de que sería saludable para ella y Ron e incluso para sus padres y hermanos darse espacio y tiempo para la intimidad.

Se lo comunicó primeramente a Molly, quien a pesar de haberse disgustado en un primer momento, comprendió sabiamente que tal vez la separación fuera en realidad un aliciente para su hijo y lo ayudara a descomprimir las tensiones acumuladas. En cuanto a Hermione, se limitó a darle un abrazo y confesarle que confiaba en su elección, aconsejándole que hiciera lo que creyera correcto.

Aquella mañana terminó de meter sus últimas cosas dentro del bolso mediante el encantamiento de extensión. La noche anterior le había avisado a Ron que se iría y, pese a que esperaba un reclamo de su parte, él consintió, tenuemente, porque la quería mucho como para obligarla a ser infeliz. Hermione salió de La Madriguera enfrentándose a la dura llovizna y evitando pensar en lo que el destino le pudiera deparar, se marchó.

-o-

–¿Qué vamos a hacer, Lucius? –exclamó Narcissa–. ¿Esperaremos a que los Aurores vengan a buscarnos mientras estamos tranquilos tomando el té?

–Cálmate, Narcissa –respondió su esposo junto a la ventana.

–¿Cómo puedes esperar que me calme? Nuestro hijo también está comprometido.

–Esperaría pacientemente a verlos poner un pie en esta casa. Su nombre ha sido proscripto, no sus poderes.

–No juegues –Narcissa se levantó de la poltrona dejando la mesa de desayuno y lo agarró del brazo para enfrentarlo–. ¿Ni siquiera intentarás sacarnos de ésta? Lucius, todos iremos a Azkaban por el resto de nuestras vidas. Entiendes la deshonra que significa para nosotros, ¿verdad?

Observó la mueca despectiva en el rostro de su esposo, callado, pensando en cómo proceder. La citación judicial de los Malfoy ante la nueva normativa del Wizengamot había puesto a Lucius de un talante intratable. Apenas habían transcurrido tres años desde la caída de Lord Voldemort y la restauración del mundo mágico propició cambios abruptos dentro de toda la comunidad.

Se demandaba a los Malfoy por conspiración, participación, sojuzgamiento y demás delitos durante la dictadura del mago oscuro. Las viejas indulgencias por parte del Ministerio de la Magia habían dado un giro inclemente con respecto a los Mortífagos, y las modificaciones penales tenían a los Malfoy en la mira.

Lucius tenía bien claro que si no resolvía aquel fastidioso problema no habría nadie que lo hiciera por él. Ya no tenía quien lo sacara de aquellos aprietos, su apellido había perdido toda clase de prestigio tras los eventos sucedidos a la guerra. Era fatídicamente perentorio que debiera encargarse él mismo y lo sabía muy bien.

–Iré –dijo de repente– a defender apropiadamente nuestro nombre.

La sonrisa orgullosa de Narcisa se esfumó cuando de repente se escuchó la voz de su hijo, que apareció al pie de la escalinata.

–No –intercedió Draco–. Iré yo.

Sus padres lo miraron con mezcla de asombro y de confusión. No habían notado su presencia en la sala principal de la casa, y tampoco preveían lo que estaría pensando.

–¿Tú? –rió Lucius y caminó hacia él–. ¿Y qué se supone que harás tú, Draco? –Un poco animado, lo observó titubear y prosiguió. –Hijo, ¿tienes agallas para pararte frente a un tribunal de magos deseosos de verte confinado y agonizando en Azkaban hasta que los Dementores roben tu último aliento de vida?

–¿Dudas de mí? –respondió su hijo–. No sabes de lo que soy capaz.

–Oh, claro que no, hijo mío. Apenas sé de lo que no has sido capaz.

Una ligera mirada de resentimiento cubrió los ojos de Draco. Él y su padre se sostuvieron las miradas durante un momento hasta que el primero renunció, abordando ahora a su madre.

–He fallado en protegerlos una vez. No lo haré dos veces.
Y desapareció de aquel lugar, dejando a su madre abalanzada sobre un espacio vacío.

-o-

Quizá deseara exonerarles la carga a sus padres, o quizá simplemente se sintiera en deuda con ellos dados los errores cometidos en el pasado. Ante todo, un Malfoy se conducía por principios de honor en pos de los suyos. En Draco latía un impulso nuevo, recién nacido, de obrar de una vez por todas procurando el bien. Al menos en esta ocasión tenía la corazonada de que era necesario que él también tomara parte para aliviar el temor de sus padres, sobre todo el de Narcissa.

Se apareció en las calles de Londres y comenzó a caminar sin rumbo fijo. La llovizna salpicaba su rostro, que comenzaba a enfriarse. En realidad era inexperto en resolver problemas de índole diplomática, pero los años y batallas apalean a los hombres hasta conferirles un mínimo sentido de responsabilidad. Draco sentía un poco de miedo, aunque había crecido nunca había asumido compromisos de ese tipo. No sabía por dónde empezar, sólo sabía que tenía que sacar a su familia de aquellos bretes costara lo que costara.

Sus pasos erráticos lo llevaron frente a la cabina telefónica que conducía al Ministerio de la Magia. Observó el punto con incertidumbre y preocupación. Se dio cuenta de que no había elaborado un plan previo para presentarse ante las autoridades para discutir. Draco se sintió un poco ridículo e incluso se reprochó haber actuado con tal impulsividad. ¿Por qué no escuchaba a sus padres? Claro, porque después de todo seguía siendo un niño consentido, uno que al final de cuentas necesitaría siempre el consejo de ellos ante cualquier asunto que se tratara… Sabía que era hora de que dejara esas niñerías atrás, ya que si no actuaba por decisión propia aquella impetuosidad habría sido en vano.

Se apoyó contra una pared húmeda y comenzó a meditar. Miró el cielo gris ciñéndolo todo e intentó evaluar qué situaciones pudieran presentársele una vez entrara. ¿Pedir una concesión directa con el Ministro? Qué mal chiste, como si el mismísimo Kingsley Shacklebolt estuviera a la expectativa de un confundido y desordenado Draco Malfoy. ¿Iría directamente a solicitar un turno para entrevistarse con el presidente del Wizengamot? Claro, el hijo de Lucius Malfoy sería amablemente atendido por la corte más importante de magos en toda Gran Bretaña…

Claramente no sabía qué diantres debía hacer. No tenía el temple y la astucia de su padre para persuadir a los cargos fáciles de comprar. Maldijo, y cuando volvió a observar la cabina telefónica un curioso y conocido transeúnte que acababa de aparecer llamó su atención.

Vio a una joven entrar y coger el auricular; aquella melena castaña y desordenada era molestamente inconfundible.

Con una sensación amarga dudó por algunos segundos, hasta que un nuevo impulso de seguridad lo obligó a perseguirla..