"Esta historia participa en la Segunda Prueba del Torneo de los Tres Magos del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black".

Profesor y escuela: Minerva McGonagall, Castelobruxo


Cerró los ojos por un momento y lo recordó todo: la selva indómita, el templo, la magia habitando en cada rincón. Una vez abría de nuevo los ojos, volvía a Hogwarts con cierta nostalgia.

Pero ahora, más que nunca. Volvió su mirada al escritorio y tomó de nuevo la carta que le había llegado hacía apenas unos días atrás. Amélia Costa, profesora de Transformaciones de Castelobruxo, la escuela de magia ubicada en Suramérica, había fallecido. Para muchas personas quizás aquel nombre no les decía nada, la Transfiguración no era precisamente una de las especialidades de Castelobruxo, eclipsada por la Herbología o la Magizoología, pero para Minerva McGonagall sí que significaba mucho. Amélia Costa había sido, tal vez, un punto de inflexión en su deseo de dedicarse a las Transformaciones.

Todavía recordaba aquel día que le abrió los ojos a un mundo mágico más amplio, el día que Benedita Dourado, antigua directora de Castelobruxo, visitó Hogwarts y se jactó ante el mismísimo Armando Dippet. Entre aquellos que vinieron con Dourado, estaba la profesora Amélia Costa. Fue ella quien le habló a Minerva de Castelobruxo, de sus programas de intercambio y de la magia en sí que habitaba cada uno de sus rincones.

Castelobruxo no era precisamente el mejor lugar para especializarse en Transformaciones, pero Minerva era joven y había encontrado en Amélia un referente. Viajó hasta las profundidades de la selva amazónica, allí donde se ocultaba la escuela de magia, y pasó, quizás, uno de los mejores momentos de su vida. De Amélia pudo aprender grandes cosas, pero pronto se dio cuenta de que ambas serían muy diferentes. Mientras que Minerva aprendió pronto a ser seria y disciplinada, Amélia era todo lo contrario: permisiva, algo bromista, alegre… Cualidades con las que Minerva algún día soñó, pero nada más. En el fondo, muy en el fondo, Minerva sabía una cosa, que Amélia siempre viviría en un segundo plano, eclipsada por otras disciplinas mágicas mientras luchaba por defender la suya propia. Y Minerva sabía una cosa, ella no haría lo mismo si alguna vez llegaba a ser profesora.


Ahora, tocaba ir a despedirse de su vieja maestra y, con el tiempo, amiga. Habiéndose desplazado hasta Castelobruxo, se esperaba quizás un funeral íntimo, con familiares y allegados, como ella, que nunca perdió el contacto con Amélia, y sin embargo se encontró con algo muy distinto. Toda la escuela, todo el milenario templo que conformaba la institución, se había volcado en despedir a su anciana profesora de Transformaciones.

Quizás Minerva estaba equivocada, quizás Amélia sí que había sido una luchadora toda su vida en vez de resignarse a quedarse en un segundo plano. Quizás la Transfiguración nunca fue una disciplina de referencia en Castelobruxo, al contrario que Hogwarts, donde Minerva se afanó para ello, pero aquel día todo Castelobruxo demostró a la maestra de Transformaciones una cosa: que aquella disciplina siempre tendría un lugar entre ellos. Entre todos.

Gracias, Amélia.


Nota del autor: estoy realmente bloqueado y "esto" es lo que he podido escribir. Quería haber hecho una historia totalmente distinta, pero el tiempo ha ido en mi contra y la inspiración me ha abandonado, así que esto es lo que ha salido. Mis disculpas.