Capítulo 1 – La voz de la sangre

El beso en su frente por parte de su mejor amigo, la risa de los niños que viajaban junto a ella, y la hermosa vista a través de la ventana del tren que se dirigía hacia su hogar. Sensaciones que recordaba con claridad, y a las cuales se aferró durante aquel momento de desesperación, aquel momento en que sintió que todo había terminado, aquel momento en que consideró que aquella oscuridad significaba que su camino, sin previo aviso, había llegado a su fin.

No fue así.

Dio una gran bocanada al reaccionar y la invadió un terrible dolor, uno que apenas fue capaz de soportar. Intentó incorporarse para descubrir el causante, pero una punzada la devolvió al césped mojado. Su vista siguió siendo borrosa por unos segundos más hasta que finalmente pudo distinguir el lugar en donde se encontraba, al ser capaz de visualizar las copas de los altos árboles que rodeaban las vías del tren: el área inferior del Distrito Forestal.

Sintió posarse sobre su rostro las gotas de los rociadores que simulaban la lluvia en aquella parte de la ciudad, en su cuerpo la calidez del fuego próximo a ella, y al voltear delicadamente su cabeza pudo ver el tren descarrilado a pocos metros de su posición. Hizo un nuevo esfuerzo por ver la parte baja de su cuerpo y vio las amplias heridas en el lado derecho de su abdomen. En ese momento la invadió una terrible desesperación, al tiempo que sus patas comenzaban a temblar.

La herida aún sangraba en abundancia, y cayó en la cuenta de que no podía perder más tiempo; debía detener el sangrado lo más pronto posible si lo que quería era seguir con vida. Fue cuando sacó fuerzas de lo más recóndito de su ser para voltearse, poniéndose boca abajo y empleando una mayor fuerza en sus brazos para sostener su propio cuerpo.

Quedando frente a un charco en el suelo, el reflejo de una confundida y malherida coneja de pelaje gris y ojos morados le devolvió la mirada. Tenía una cortada en su mejilla derecha, y se aterrorizó aún más al ver que faltaba parte de su oreja del mismo lado. Hizo un esfuerzo sobreanimal por calmarse y mantener el control de la situación dado que tenía un perfecto conocimiento de cual era su prioridad, y se encargó de centrarse únicamente en ello. Ya habría tiempo para ocuparse de lo demás.

Se quitó su camisa rosa a cuadros, ahora vistiendo únicamente su playera rosa y sus pantalones de jean, y la ató por las mangas alrededor de la herida para que hiciera presión sobre la misma. Era lo único que podía hacer de momento.

Arrodillada tal y como estaba, volteó por un instante hacia el tren descarrilado y envuelto parcialmente por las llamas, las cuales aún no habían sido extintas por los rociadores, y comenzó a incorporarse con gran dificultad.

En cualquier otra situación la coneja se habría dirigido hacia el lugar del accidente para socorrer a las víctimas, pero esta vez no sería así, pues ella bien sabía que ya no quedaba nadie por socorrer, así como también sabía que en su actual estado no tendría oportunidad contra la bestia que la había atacado. No contaba con muchas opciones.

Sabía que lo único que podía hacer de momento era conseguir llegar al área residencial para buscar ayuda médica. Y así, mientras se ponía en camino, por su mente pasaron recuerdos de todo lo que había acontecido antes del momento en que había perdido el conocimiento. La antesala de una pesadilla que no había hecho más que empezar.


Aquella mañana la despertó el toquido de su puerta. Somnolienta, comprobó el reloj despertador para descubrir con sorpresa que apenas eran las cinco de la mañana. Luego de ponerse su bata y pantuflas color celeste abrió la puerta, encontrándose con su astuto y uniformado compañero zorro, que le sonreía tiernamente al descubrir la forma en que ella lo había recibido.

—Nicholas Piberius Wilde, ¿acaso estas son horas para despertar a una dama? —Le sonrió la coneja.

—Zanahorias, por favor. ¿Así agradeces que haya venido a visitarte antes de ir a trabajar?

—Nunca te despiertas a esta hora para ir a trabajar.

—De acuerdo, me atrapaste. —Se encogió de hombros—. Sabía que saldrías temprano para Bunny Burrows, y como seguramente también volverías tarde a casa, pensé en pasar antes. —Extendió la gran bolsa blanca colgando en su pata, con un paquete en su interior—. Feliz cumpleaños. —Frente a aquella situación, Judy era incapaz de enojarse con él por despertarla así. Después de todo, Nick era el único amigo que tenía que podría llegar a hacer algo tan tierno como aquello.

—Gracias. —Aceptó al tomarlo, regresando al interior—. Ven, pasa. —Lo invitó, y al entrar el zorro pudo notar que su compañera apenas si había cambiado el mobiliario desde la última vez que la había visitado, casi dos meses atrás.

—Vaya, este lugar sigue siendo tan acogedor como siempre. —Comentó mientras dirigía la mirada a la pared derecha, encontrando que la coneja si había hecho un cambio: una amplia fotografía en donde podía verse a toda su familia, y una bastante grande dado que la imagen tenía más de unos cincuenta centímetros de alto, y ocupaba casi todo el ancho de la pared—. ¿Cuándo vas a mudarte?

—¿Para qué? Estoy bien aquí. —Dijo al colocar el paquete en la mesa.

—Con tu sueldo, deberías apuntar un poco más alto. Tu sabes...

—Tengo todo lo que necesito aquí, Nick. Además, cuando te has criado con más de doscientos hermanos, y compartido habitación con veinte de ellos, un lugar como este es el paraíso. —Suspiró profundamente, y el zorro se rascó detrás de la oreja.

—Ustedes los conejos sí que son raros. —Respondió sin dejar de mirar la fotografía mientras Judy abría el paquete, encontrando allí un pastel de chocolate con decorado de zanahorias de dulce. El diseño no era para nada profesional, y la coneja se enterneció al caer en la cuenta de que el mismísimo zorro la había preparado con sus propias patas.

—Nick, yo...

—Los presentes comprados siempre me parecieron bastante... impersonales, si me lo preguntas. Quise hacer algo por mi cuenta, al menos esta vez.

—Dijiste que no sabías cocinar.

—Aprendí. —Replicó, tomando un mechero de su bolsillo para encender la pequeña vela en el centro del pastel—. Listo, ya puedes pedir tres deseos. —Le dijo él. La coneja le sonrió nuevamente, antes de voltear hacia el pastel y soplar fuertemente—. ¿Qué pediste?

—Si te lo dijera, probablemente no se cumpliría.

—Vamos, ¿tu también crees en eso?

—¿Para que arriesgarse?

—De acuerdo Zanahorias, tu ganas. —Aceptó, para luego sentarse al borde de la cama. Judy por su parte probó un bocado de la tarta, y le costó ocultar que no era precisamente lo más delicioso que había saboreado en su vida.

—Deli... ciosa. —Dijo incómoda, casi atragantándose. Nick negó con la cabeza.

—Supongo que es de esperarse que no salga bien a la novena, ¿verdad? —Preguntó, ligeramente avergonzado.

—Nono, para nada. Está... bien, muy bien.

—No hace falta que finjas. —Tomó su cuchara y probó parte de su porción. Ni siquiera el zorro podía disimular el desagrado—. Perfecto, si solo hubiera dejado el bizcochuelo sin el glaseado habría quedado mejor. —Se lamentó aquel, y la coneja soltó una carcajada en respuesta.

El zorro se quedó allí a hacerle compañía, y platicaron un buen rato al resplandor de la lampara de noche. Así, antes de que el zorro y la coneja se hubieran dado cuenta, el sol ya había comenzado a asomar en el horizonte. De más está decir que ninguno de los dos volvió a tocar el pastel luego de unos pocos bocados, y Nick se disculpó a causa de su falta de talento para la cocina.

—Bueno... hora de hacer un mundo mejor. —Bromeó él, poniéndose sus queridas gafas oscuras—. Salúdame a tus padres, y a tus hermanos... si es que puedes. —Bromeó nuevamente, dirigiéndose a la puerta.

—Lo haré. Y Nick... —Lo detuvo, y el zorro se volteó para ver el rostro de una muy agradecida coneja frente a él—. Gracias. —Dijo ella. Su compañero se aproximó a ella, la tomó por los hombros y besó su frente sin mucha ceremonia. Judy recibió gustosa aquel afecto, con ojos cerrados.

—Cuando quieras, Zanahorias. —Le sonrió nuevamente—. Te veo después, disfruta de tu día libre. —Se despidió al cerrar la puerta, para finalmente ir a trabajar.


Luego de vestirse apropiadamente y haber preparado en su maleta un par de cambios de ropa por si acaso, Judy pidió un taxi para dirigirse a la terminal de trenes. Allí compró un boleto de ida para el expreso y se sentó en una de las bancas del anden. Podía ver que aquel sería un espléndido día, y no podía esperar a llegar a su hogar y disfrutarlo con su hermosa familia.

El día anterior, su madre había prometido preparar su platillo favorito para el almuerzo, y ella había acordado jugar baseball con sus hermanos menores. Si bien aquel deporte no era su fuerte, consideraba que cualquier actividad como esa valía de excusa para pasar tiempo de caridad con ellos.

Su padre, como era usual, soltaría una de sus nada disimuladas sugerencias para que Judy desempeñara su profesión en Bunny Burrows, porque bien sabía que en un pueblo tan tranquilo como el suyo, su hija nunca enfrentaría peligros como los que podía encontrar en el centro de Zootopia.

Pero a ella no le molestaba, pues sabía bien lo sobreprotector que podía llegar a ser el patriarca de la familia Hopps, y la enternecía el hecho de que así fuera. Después de todo, sus padres significaban todo para ella.

Finalmente el tren arribó a la estación y, luego de un breve aviso por parte de la voz en el altoparlante, la coneja no perdió tiempo en subir y encontrar un lugar junto a la ventana. El tren seguiría su recorrido usual, ingresando en el Distrito Forestal, pasando por Tundratown, y cruzando Plaza Sahara para entrar en los extensos campos más allá de la ciudad, encontrando su camino hacia el pueblo natal de la coneja.

Y así, luego de que todos subieran al transporte, los vagones cerraron sus puertas al tiempo que la formación iniciaba su marcha, y la oficial Judy Hopps, fuera de servicio durante el presente día, se dedicó a disfrutar la bella vista de la ciudad que le proporcionaba aquel lugar. No lo sabía en ese entonces, pero aquella sería la última vez que pudiese disfrutar de una vista semejante.

Fue cuando el tren se encontraba ya a una corta distancia de la entrada al Distrito Forestal que la oficial coneja lo percibió: primero un pequeño temblor, apenas notable, y pudo ver a algunos pasajeros del vagón que se miraron entre ellos con extrañes, hasta que un nuevo temblor hizo acto de presencia. Y luego otro, y otro, y otro, cada vez en menores intervalos de tiempo y con mayor fuerza. Y al final, todos lo vieron.

Desde el centro de la ciudad una densa niebla morada comenzó a elevarse y extenderse a los alrededores a una gran velocidad. Y así, antes de que la oficial coneja se diera cuenta, había cubierto la formación, filtrándose por su ventilación y alcanzando el interior. Un miedo irracional se apoderó de ella cuando aquella cosa morada dio con ella y los pasajeros que la acompañaban, y la peor de las imágenes se formó en su mente en el instante en que la sustancia se filtró en sus pulmones.

Judy no tuvo tiempo para preocuparse por ella misma cuando la pantera negra que viajaba sentada a menos de un metro de ella comenzó a ahogarse, tomándose del cuello al tiempo que se dejaba caer en el suelo, tosiendo, esforzándose por respirar.

Sin dudarlo, la coneja y una cebra joven que también estaba cerca se arrimaron rápidamente en un intento por socorrerla, y la oficial notó que otros pasajeros habían comenzado a reaccionar de la misma manera: un oso, un tigre, y un lobo. Pero ella no podía auxiliar a todos a la vez, y pidió en un grito al resto de los pasajeros que le dieran una pata para eso, mientras ella centraba su atención en la pantera.

Fue apenas al voltearse que supo lo que estaba sucediendo, al momento en que las garras de la bestia negra alcanzaron su abdomen y la enviaron al suelo de un solo ataque. Al levantar la vista, vio a la cebra sostener a la pantera por la espalda, intentando evitar que esta alcanzara a la oficial, pero su valentía no fue recompensada, pues mientras ponía todo su esfuerzo en ello fue atacada por la espalda por el lobo que un instante atrás luchaba por seguir respirando. Al verse aflojado el agarre, la pantera se volteó hacia la cebra, y atacó su cuello sin compasión.

Judy era incapaz de reaccionar frente al terrorífico espectáculo que se presentaba ante sus ojos. Su mente le decía que no había forma de que lo que estaba sucediendo fuese real, que la sangre que ahora se esparcía por el suelo, casi llegando a sus patas, fuera verdadera. Y en el momento en que los otros predadores atacaron también a sus salvadores, finalmente todo dejó de tener sentido. Su percepción de la realidad se vio afectada y, por un instante, la coneja dejó de oír y ver con claridad. Le era imposible reconocer el mundo en el que hasta entonces había vivido.

En un momento de lucidez la coneja lo comprendió, y todo fue más claro. Por supuesto, era brutalmente obvio que seguía dormida, e inevitablemente rió al caer en la cuenta de ello, porque lo que estaba sucediendo frente a sus ojos estaba fuera de toda comprensión, al punto en que no encontró otra forma de encararlo. La risa escapaba de su boca sin control alguno, y fue aminorando al poco tiempo hasta verse reemplazada por un breve llanto que apenas le alcanzó para desahogarse, pues sabía que ella sería la siguiente.

Salvajes dentadas, sangre derramada, y gritos de terror. Aquel frenesí llenaba el viciado aire al tiempo que la velocidad de la formación aumentaba, y en medio de su desesperación Judy se esforzó por incorporarse y alcanzar la caja junto a la puerta del vagón a poco más de un metro de ella, dispuesta a activar el control manual de la salida y saltar del tren en movimiento. Ni siquiera lo pensó, pues solo siguió un instinto que le decía que eso era lo que debía hacer, que esa era la única salida, que esa era el único camino que le permitiría seguir respirando segundos después.

Sintió a uno de los animales afectados comenzar a aproximarse, pero ni siquiera volteó a verlo, pues sabía que de no concentrar sus fuerzas en aquella tarea durante aquel preciso instante, ya no tendría salvación. Fue capaz de tirar de la palanca y abrir la puerta en el momento exacto en que la velocidad del tren había superado lo permitido, y basada en experiencias pasadas, supo exactamente que era lo que sucedería a continuación.

Ni siquiera logró saltar, pues al llegar a la curva más pronunciada del camino la formación comenzó a inclinarse, y aquel desplazamiento prácticamente la hizo resbalar un instante antes de que las garras de la pantera negra la alcanzaran, y un segundo antes de que el tren volcara, saliéndose de las vías. El aterrizaje de la coneja resultó aminorado por las ramas de los árboles al tiempo que oía la formación estrellarse, poco antes de tocar el suelo. Después, oscuridad.


La fría lluvia propia del Distrito Forestal caía sobre ella, mojando su ropa y empapando su pelaje. El cuerpo de Judy temblaba no solo por el frío, sino también por la pérdida de sangre, sumado a los impactos que su cuerpo había sufrido durante la caída. Sus piernas casi se arrastraban en el césped mientras intentaba salir de la zona y encontrar ayuda, pero un sonoro rugido la detuvo, paralizándola al instante.

Se volteó hacia la formación en llamas con el terror a flor de piel solo para encontrar que, de entre los restos, la pantera negra salvaje logró escapar con vida, y ahora ella estaba nuevamente en la mira del formidable predador. De pronto, el mundo civilizado que hasta entonces ella conocía había sufrido una regresión de miles de años, al periodo en el cual las presas no eran más que alimento de predadores, en el que el débil huía y se escondía del fuerte, un mundo en el que una coneja malherida no era rival para uno de los mayores cazadores conocidos en la antigüedad.

El instinto le decía a gritos que lo único que podía hacer era correr, correr tan rápido como pudiera para evitar el ataque inminente, pero su parte racional sabía la verdad. Sabía que a razón de sus heridas no había salida al final de esa carrera, sino una coneja tiesa en las mandíbulas de la gran bestia negra.

Y así, a medida que la bestia avanzaba a paso lento, disponiéndose a bajar del vagón de un salto, Judy inspeccionó rápidamente la zona en busca de cualquier cosa que pudiera usar para salvarse, hallando su maleta a pocos metros de la formación, y a pocos metros de la pantera. Su debilidad limitaba bastante sus movimientos, pero a pesar del dolor sabía que sería capaz de emplear parte de la gran agilidad que caracterizaba a su especie, habilidad que la ayudaría a sobrevivir.

Las patas de la bestia tocaron el mismo césped que ella, y ésta se aproximó a Judy a paso lento pero seguro. Ella comenzó a desplazarse lateral y lentamente, intentando acortar distancias con su maleta y siendo seguida por la mirada del predador, que continuaba su paso sin duda en su mirada carente de sentimiento.

En el último instante, Judy vio venir el salto, y fue gracias a un esquive oportuno, rápido y doloroso que logró evitar su final inmediato, y se lanzó sin dudar sobre la maleta, sacando de ella la pistola taser y disparando sus agujas al costado de la bestia desprevenida, dirigiendo una descarga eléctrica a través de sus cables que incapacitaron a su enemigo al instante. La coneja nunca se había visto en la necesidad de usarla, pero esta vez no tenía otra elección.

Sin perder un segundo, la coneja inició su carrera a través del bosque, sabiendo que en poco tiempo la bestia se habría repuesto, y se dispondría a terminar lo que había empezado. La oficial evadió el tronco de varios árboles y chocó contra otros con cierta torpeza, reiniciando su camino justo después. Sus patas casi se deslizaban sobre el césped mojado, y le costó mantener el equilibrio cuando la bajada del camino que había tomado comenzó a pronunciarse. Sentía la debilidad en sus piernas, el temblor en sus músculos, el sangrado en su costado, todo. Su mente estaba centrada solo en seguir adelante, en huir, en resguardarse, en protegerse, en sobrevivir. Debía hacerlo, no podía permitir que su camino terminara en aquel lugar.

No pasó mucho antes de que pudiera oír los lejanos pasos de la pantera negra, que ahora se disponía a cazarla de una vez por todas. Podía sentir al predador casi pisándole los talones, y cuando finalmente salió al borde de un acantilado junto a una cascada, no dudó ni por un segundo al momento de saltar, escapando por los pelos a las garras de la pantera, que al apenas salir del bosque había dirigido su ataque contra ella. La bestia estuvo a punto de caer también, y al incorporarse nuevamente se aproximó al borde del acantilado. Era incapaz de seguir la pista de su presa, dado que no estaba dispuesta a caer de una altura semejante. La coneja había logrado escapar.