Capítulo final - El último salvaje

Las agujas del reloj no se detenían; la terrible ventisca arreciaba, y a Zootopia no le quedaba mucho tiempo. No había forma de detener los "sistemas de autodestrucción" que Bellwether había puesto en marcha, los cuales se encargarían de llevar lo que restaba de la ciudad a una nueva era polar, imposibilitando la supervivencia de cualquier mamífero que permaneciera allí al amanecer. Judy Hopps tenía esto más que claro cuando halló el cadáver de la oveja, quien se había volado la tapa de los sesos a sabiendas de que, sin su ayuda, el zorro y la coneja morirían sin remedio.

Pero aún quedaba una esperanza: la estación de tren de Tundratown. Si aún había una formación allí, podrían intentar ponerla en marcha para escapar antes de que fuese demasiado tarde. Después de todo, el frío había inutilizado los automóviles en las calles, a pata no llegarían demasiado lejos, y la moto de nieve que la coneja estaba preparando no les permitiría cruzar los límites de ese distrito. Judy tuvo en cuenta todas estas variables mientras se calzaba sobre su lastimado cuerpo uno de los trajes térmicos de tono naranja y rayas negras guardados en el garage de la prisión, cuyos cuello y capucha resguardarían del frío su helado hocico y dañadas orejas, y cuyas gafas protegerían sus ojos de la ventisca.

Estaban en un sector que por su posición había permanecido intacto en medio de los ataques. Además del suyo propio, Judy también había podido encontrar un traje térmico para Nick, pero el que tuviera que estar esposado hacía que la protección no pudiera estar perfectamente colocada. Pero a fin de cuentas serviría su propósito, y en esas circunstancias era mejor que nada.

—Sabes que no voy a escapar, ¿verdad? —cuestionó el zorro, sin una pizca de su usual humor en su voz. Al menos sabía que aquello no aportaría a su actual situación, pensó la coneja mientras subía el cierre del traje de su acompañante, dejando las patas visibles del vulpino a sus espaldas, ahora cubiertas por guantes negros de su talla.

—No esperes un trato diferente al que tendría con cualquier otro criminal, Nicholas. Ya no sé de lo que eres capaz, por lo que te mantendré así hasta que lleguemos a un sitio seguro y pueda dejarte con las autoridades pertinentes —respondió con frialdad y sin un dejo de duda, alejándose de él para comprobar la moto de nieve—. Espero lo comprendas —añadió con el mismo tono al agacharse, sin voltearse.

—Si, lo sé —aceptó él, contemplando el espacio vacío que formaban los pasillos del garaje a su alrededor—. Tal vez esté mal pensarlo, pero es una suerte que los demás no hayan llegado aquí antes de que todo se fuera al demonio. De ser así, tal vez no contaríamos con lo necesario para escapar.

—Preferiría no hacerlo, si no te molesta —advirtió ella.

La coneja se había valido de los suministros dejados allí para abastecerse, sumando la pistola que la oveja había usado para quitarse la vida, y unas cuantas municiones que había encontrado. Hipotéticamente ya no debería quedar nadie más en la ciudad aparte de ellos dos, pero había al menos veinte bloques de distancia hasta la estación de Tundratown desde ese punto, y era preferible ir preparado para lo que fuera. Ya habían pasado por demasiados contratiempos, después de todo, y no iba a arriesgarse a que el peligro les encontrara desprovistos y desarmados.

Finalmente, todo estuvo listo. Y mientras Judy empujaba la moto por los manubrios para acercarla a la entrada, Nick la seguía de cerca en completo silencio. Luego de la revelación por parte de Bellwether, ya no sabían cómo tratar el uno con el otro, pero lo que Judy tenía claro era que, más allá de todo lo que había descubierto, debía sacar a Nicholas Wilde con vida de la ciudad. Esa parte del plan no había cambiado, a pesar de las circunstancias.

Y así, una vez estuvieron frente a la entrada de puertas de metal, la coneja giró y quitó el cerrojo para luego empujar ambas patas, dando paso a un viento frío y bestial que casi la obligó a retroceder, mientras terminaba de apartar las puertas hacia el exterior para luego regresar y subir a la moto de nieve. Nick, por supuesto, no esperó una invitación para subir detrás de ella, aferrándose con ambas patas en sus espaldas al soporte de hierro bajo el asiento.

El zorro nunca lo hubiera admitido, pero no se llevaba bien con las bajas temperaturas, y ésta en particular estaba penetrando en su cuerpo a pesar del abrigo, provocando temblores que intentó reprimir mientras apretaba los dientes. En tanto, la coneja puso en marcha el vehículo, cuyo motor apenas se hacía escuchar por sobre el volumen abrumador de la ventisca y el de sus propios pensamientos.

Todas las dificultades por las que había pasado para sobrevivir hasta ese momento, todas las vidas que se habían perdido en los últimos días, el misterio de lo que había estado ocurriendo en el exterior… con suerte todo llegaría a su fin si llegaban a la estación y encontraban un medio para escapar, y finalmente podría descansar. Era la única idea presente en su mente mientras atravesaban el patio frontal de la prisión, cruzando la entrada principal para sentir el retumbar de la moto frente al cambio de altura, cuando bajaron a la calle para enfilar hacia su destino final.

Las únicas luces que aparecían en un radio de varios kilómetros a la redonda eran las frontales del transporte en que viajaban, las cuales rompían con la oscuridad que ocupaba cada rincón de aquel enorme cementerio. La coneja intentó sacudir el pensamiento de que la oscuridad y la nieve ayudaban a impedir que vieran los cadáveres de animales a su alrededor, dejados en las calles para pudrirse a plena vista, pero ya era tarde. Aquel estaría presente mientras siguieran recorriendo aquel camino.

—¿De verdad crees que ya no queda nadie? —oyó la voz de Nicholas elevarse por sobre el volumen de la tormenta.

—Me gustaría creer que al menos alguien pudo escapar de aquí… —decía ella, dudando de continuar al recordar—. Hubo una oveja que conocí hace unos días… Diana Woolyland. Cuando una pantera me hirió de gravedad, ella se ocupó de llevarme hasta el hospital donde estaban nuestros compañeros, para que pudieran salvarme. De no ser por ella… ni siquiera estaría aquí.

—¿Y… qué ocurrió con ella? —se atrevió a preguntar.

—Según Bellwether… murió cuando el hospital fue atacado, pero no sé hasta qué punto creer en sus palabras a estas alturas. Y si acaso estaba mintiendo… bueno, espero que haya logrado escapar a tiempo —dijo Judy con una tenue esperanza, y Nick no se atrevió a añadir nada más, no cuando ambos eran conscientes de quién cargaba con la responsabilidad por la actual situación.

El resto del viaje transcurrió en el silencio más profundo entre ambos, no solo porque ya no sabían cómo tratar el uno con el otro, sino porque el sonido del motor y la creciente ventisca dificultaba cualquier comunicación verbal. Pero los dos se dieron cuenta cuando llegaron a su destino sin necesidad de compartir palabra. A pesar de la poca visibilidad, era imposible no notar la enorme estructura de tres pisos que se erigía frente a ellos, conformando la estación de tren de Tundratown.

A diferencia de la terminal del centro, la parada del presente distrito se exhibía como una enorme estructura de hierro, cubierta en su mayor parte exterior por una eterna y gruesa capa de nieve, de entradas gigantescas y permanentemente abiertas al público, del tamaño suficiente para que cualquier mamífero, de cualquier tamaño, pudiera entrar sin la más mínima dificultad.

La coneja intentó no anticiparse e imaginar el aspecto actual del interior mientras detenía el motor de la moto, levantando su pierna para bajar del lado izquierdo, y comprobando que aún tenía todo su equipo con ella. Después de todo, una vez dentro, ya no habría vuelta atrás.

Nick siguió sus movimientos e hizo lo mismo, siguiendo a la coneja en medio de la furiosa tormenta de nieve, encogiéndose incluso más para evitar que el frío siguiera filtrándose en su traje. Así fue hasta que subieron las escaleras exteriores y cruzaron el umbral de la entrada, cuando el viento dejó de golpearles directamente, y la oscuridad los recibió con los brazos abiertos.

Tal y como era de esperarse, la energía eléctrica había sido cortada, y la oscuridad frente a ellos apenas fue rota por la linterna de pata que Judy no tardó en encender. Nick, por su parte, podía ver en la oscuridad sin el más mínimo problema, por lo que moverse allí no resultaría difícil para él.

—¿Ves algún tren? —preguntó, ahora sosteniendo la linterna, que apenas atravesaba las tinieblas a pocos metros de ella.

—¿Disculpa?

—Tienes visión nocturna, ¿logras ver alguna formación allí delante?

—Si, hay una sobre las vías. Cerrada y vacía, hasta donde puedo notar —respondió él.

—Crucemos los dedos para que aún funcione —suspiró ella—. Las estaciones tienen un suministro eléctrico de reserva en caso de emergencia. Con algo de suerte, todo aquí funcionará otra vez si lo conectamos, incluyendo el tren —explicó rápidamente la coneja, poniéndose en camino.

—Bien, ¿dónde lo encontramos? —preguntó el zorro, siguiendo sus pasos.

—El acceso debería estar en la sala de control, que debería estar por… aquí… —Su voz se perdió en un susurro cuando la luz de la linterna alcanzó el cuerpo de una jirafa hembra reposando en la escalera eléctrica detenida, abrazando el cuerpo de su cría… o al menos lo que quedaba de ambos.

El estómago del zorro dio un vuelco mientras ambos miraban hacia otro lado y, a pesar del silencio de la coneja, sabía precisamente en qué estaba pensando.

—Judy…

—Será mejor que busquemos otro camino —cortó ella, sin esperar respuesta alguna y, un momento después, Nick la siguió.

Para la suerte de su mente afectada, la coneja no encontró más restos en el siguiente acceso de escaleras normales, las cuales subieron con sus pasos resonando en el enorme espacio vacío.

La oscuridad y el frío inundaban hasta el último rincón de aquella estación, y el segundo seguía colándose en sus cuerpos a pesar de su vestimenta, pero aún así lograron abrirse paso a través de los pasillos hasta el área que marcaba "Solo Personal Autorizado", en un letrero con grandes letras rojas.

Al girar el pomo la puerta no cedió del todo, pues el hielo se había formado en los bordes del marco. Un fuerte empujón con el hombro de la coneja apenas la hizo moverse, pero un segundo la abrió de golpe, golpeando el tirador opuesto contra la pared con un sonido que retumbó fuertemente a lo largo de la estación vacía donde solo el silencio gobernaba de momento.

Con la linterna en alto, Judy se internó allí seguida de cerca por Nick, cuyo poco aliento que se filtraba por el cierre del abrigo se hacía visible al haz de luz, cerrando la puerta tras de sí para que la peor parte del frío no les encontrara. Se quedaban sin tiempo, podía sentirlo en sus entrañas.

Un giro a la derecha en la oscuridad después, siguiendo las indicaciones en la pared, caminando hasta el fondo y subiendo las escaleras, arribaron a la "sala de control" de la estación, la cual había sido completamente abandonada, probablemente al momento del ataque. Los equipos parecían intactos, pero de nada servirían sin energía eléctrica, por lo que la coneja se dirigió directamente a la caja de fusibles, abriendo el candado que la mantenía cerrada con tres golpes limpios de la culata del revólver.

—¿Puedo ayudarte en algo? —preguntó Nick con seriedad.

—La única forma en que puedes ayudarme ahora es guardando silencio… y calor corporal. Con este frío, no duraremos mucho tiempo más —dijo la coneja al ponerse la linterna entre los dientes para revisar la caja con ambas patas, subiendo varios interruptores y tirando la última palanca hacia abajo con un estruendo que retumbó en el suelo.

Un tenue parpadeo de luz blanca precedió al encendido completo de las lámparas de la sala de control mientras la coneja se dirigía a las computadoras, encendiendo todas y cada una en fila, mientras que los monitores correspondientes comenzaban a dar imagen, y el ventilador de techo comenzaba a girar nuevamente.

Por supuesto, la conexión a Internet seguía siendo nula, pero podía ver el estado de los sistemas de transporte en la red interna de la ciudad. Los mensajes de error no faltaban en la mayoría de las formaciones dada la falta de energía en la mayor parte del área, y en algunas otras simplemente ponía "No Disponible", pero en la única formación iluminada en el área de Tundratown ponía "esperando en andén".

—Bingo —musitó la coneja, aún tecleando mientras el zorro contemplaba las cámaras de seguridad.

Ahora que el interior de la estación estaba iluminado, podía ver con claridad la escena que él mismo había creado, aunque fuera indirectamente. Había esperado poder evadir la responsabilidad de lo que iba a acontecer si se hundía con el resto de la ciudad, pero no había esperado que la coneja se sumergiera en ese infierno con el solo objetivo de salvarle. Gracias a ello, ahora era consciente, y la sangre de miles de mamíferos manchaba sus patas.

—Perfecto, liberé los accesos y bajé los puentes necesarios —le informó al voltearse—. Tenemos un camino despejado hacia el exterior de la ciudad. Así que… solo necesito que estés tranquilo hasta que estemos lejos de aquí.

—No tengo intenciones de escapar —respondió Nick, con débil voz.

—Lo sé —admitió ella, sin dejar de mirarle—. Ahora vamos, no tenemos mucho tiempo —advirtió, al tiempo que ambos se encaminaban una vez más a través de los pasillos, ahora iluminados. Y al hacerlo, ninguno de los dos notó en los monitores que alguien ingresaba al tren cuando sus puertas se abrieron.


—Quédate cerca, ¿de acuerdo? —dijo la coneja al zorro, quien asintió con seriedad, antes de abrir la puerta al final del pasillo.

Al hacerlo, el frío los tomó por asalto, mientras salían una vez más a la ahora iluminada estación, que exponía sin reserva alguna las atrocidades de las que había sido testigo, siendo evidencia las varias manchas de sangre a lo largo de sus pisos, y los ocasionales cuerpos que no habían sido devorados por completo.

Aún a su pesar, este era un escenario que la coneja ya estaba esperando, por lo que intentó con todas sus fuerzas centrar su mente en el objetivo actual, algo que el zorro ya no podía hacer. No, le era imposible voltear el rostro a lo que había causado, y no había nada que pudiera hacer al respecto.

—Vamos, ¡apresúrate! Con algo de suerte, la calefacción del tren todavía funcionará —dijo la coneja al apretar el paso, y el zorro la siguió sin mediar palabra.

Nick estaba casi pegado a la espalda de la coneja mientras bajaban las escaleras, algo inseguro cuando el piso estaba congelado y el zorro tenía las patas esposadas en la espalda, pero no podían parar. Ninguno de los dos podría soportar aquel frío asesino más tiempo.

Al bajar las escaleras giraron a la derecha, corrieron tanto como pudieron y saltaron los molinetes para entrar a los andenes. El escenario no era mucho mejor allí, pero poco importaría una vez estuvieran en camino. La salida estaba a su alcance.

—¡Sube en cualquier vagón! Iré al del conductor a… —la coneja se detuvo en seco, y lo mismo hizo el zorro al reaccionar, solo entonces oyendo el sonido de algo contundente golpeando en el interior de la formación.

—Tú también lo escuchas, ¿no? —preguntó al voltearse el zorro que, al igual que ella, temía lo peor.

—Quédate detrás de mí —musitó la coneja.

¿Era una puerta atorada? No, no haría ese sonido. La coneja intentaba ser lo más optimista posible, pero resultaba difícil cuando la alternativa era lo más probable… razón por la cual sacó la pistola de su cinturón, sosteniéndola en alto mientras se aproximaba lentamente al último vagón, lista para lo que fuera.

Y de pronto, el sonido se detuvo. La coneja se volteó hacia el zorro, quien se encogió de hombros, con un dejo de temor aún presente en su mirada. Había algo más allí, algo que ninguno de los dos quería enfrentar. Algo que no sabían si podían enfrentar, dadas las condiciones del lugar, pues el clima restringía sus movimientos, y no había refugio alguno en donde resguardarse de un ataque.

Y mientras Judy avanzaba, centrada en la última puerta, Nick se deslizó hacia atrás sin siquiera ser notado, ingresando por una puerta anterior de la formación, pero la coneja siguió adelante.

Creí estar lista para cualquier cosa, pero nunca para la pezuña que se deslizó con la fuerza de la tormenta hasta su cabeza, presionando entre sus orejas y elevando su cuerpo mientras una figura de porte imponente salía de la formación, vistiendo un deshecho uniforme de policía, grandes cuernos, y un visible agujero de bala, abierto en su garganta. Lo reconocía, sabía que tenía frente a ella a su antiguo jefe, pero poco quedaba de aquel respetable búfalo.

—No puede… no puede se… —intentó hablar al apuntar su arma cuando la otra pezuña atrapó su cuello, oprimiendo con fuerza, y haciendo que la coneja soltara el arma por instinto para intentar liberarse, gritar, huir, pero era inútil. Aquel agarre ya no cedería.

—Te dije que no escaparías de este cementerio —musitó entre dientes, con sus ojos inyectados de sangre, cuando un puñal se clavó en su lomo, provocando que soltara un terrible alarido.

—Lo siento jefe —dijo el zorro a sus espaldas—. Pero me atrevo a diferir —declaró al girar el puñal, provocando un nuevo grito y un brusco giro del búfalo, quien usó a la coneja para golpear al zorro con todas sus fuerzas, enviándole a volar contra uno de los bancos a unos metros.

En el proceso, soltó la cabeza de la coneja, quien se estrelló contra una de las barandillas para caer en las vías paralelas, tosiendo desesperadamente en busca de aire, tirando del cuello del traje térmico. En ese momento, el aire helado de la nueva Tundratown se coló en sus pulmones para provocar el mismo dolor que unas agujas de acero.

El agarre del jefe y el impacto contra la barandilla habían partido el cristal de sus gafas, y a través del cristal roto vio al búfalo, aproximándose a Nick sin duda alguna en sus pasos. Fue entonces que Judy lo notó: las esposas del zorro ya no estaban en sus patas. ¿En qué momento se las había quitado? ¿Cómo?

—De acuerdo, tengo que admitir que no me esperaba eso —intentó reír Nick con un gran esfuerzo, dada la gravedad del impacto, mientras el jefe Bogo extraía el cuchillo de su espalda, ahora empuñándolo—. Parecía una buena idea en un principio, al menos.

—Nunca te cansas de hablar, ¿verdad, Wilde? —inquirió al lanzar el cuchillo con una velocidad y fuerza sobreanimal, atravesando el brazo del zorro y penetrando la madera tras el mismo, y el vulpino solo cayó en la cuenta de lo que había ocurrido cuando sintió el dolor correr por su cuerpo, provocando que diera un dolido alarido sin poder evitarlo.

—¡Oh dios! Maldición... —reprimió su voz mientras apretaba los dientes.

—No volveré a cometer el mismo error —declaró al tomar la pistola que Judy había dejado caer, no perdiendo tiempo para ponerla contra la frente del zorro frente a él. Si bien el tamaño era muy diferente al de su arma reglamentaria, podía sostenerla y utilizarla con poca dificultad—. Esta vez la suerte no está de tu parte.

—Lo dudo mucho —sonrió el zorro, y el búfalo notó por el rabillo del ojo a la coneja aproximándose a toda velocidad, velocidad que no sería suficiente para tomarlo por sorpresa otra vez.

Bogo esperó el instante exacto para actuar, y al notar el salto de la coneja directo hacia él, no perdió tiempo para lanzar un poderoso golpe con su antebrazo para detenerla en pleno ataque. Pero la coneja lo había previsto, pues sabía que ya no estaba tratando con el mismo animal. Sus sentidos y habilidades habían mejorado por causa del tóxico aullador, tal y como había ocurrido en ella.

Fue por eso que no planeaba un ataque directo sino que, al ver el antebrazo del jefe aproximándose con la velocidad y fuerza suficientes para dejarla fuera de combate de una sola vez, tomó el cinto de su uniforme, lanzando el lado de la hebilla por sobre el brazo y usando ambos extremos para balancearse, y usar ambas patas para impactar contra el hocico del búfalo, apenas haciéndolo retroceder cuando el jefe la tomo por las patas con una sola pezuña, con la intención de golpearla contra el tren a su lado.

Judy debió ser rápida al actuar, lo suficiente para aprovechar el impulso para tomarse del brazo del jefe que sostenía la pistola, y cuando sus patas quedaron libres de agarre, fue el momento para lanzar el cinturón contra el cuerno del jefe mientras aún seguía aferrada a su brazo, tirando con todas sus fuerzas de una vez al punto de acercar el arma a su cabeza, no perdiendo tiempo para empujar su pezuña para que terminara apuntando hacia su objetivo.

Para el jefe sería fácil contraatacar de haber esperado un actuar semejante, pero no lo había hecho, aunque sí seguía teniendo una carta a su favor, siendo esta los nuevos reflejos que el tóxico le había proporcionado. Fue gracias a ello que logró empujar la pezuña que sostenía el arma con la otra a tiempo, evitando el disparo por un instante, y dejando caer todo su peso sobre el brazo contra el suelo, sin darle a la coneja oportunidad alguna de escapar.

—¡Judy! —gritó Nick con desesperación, tirando del cuchillo que lo retenía contra el asiento—. ¡Por favor, resiste!

Milagrosamente, la coneja no había perecido frente al impacto, pero el peso de un animal semejante no era algo que fuera a ser capaz de soportar más de unos pocos instantes antes de que su cuerpo cediera por completo. Al momento del impacto había escuchado con toda claridad la rotura de sus costillas, y el aire había abandonado sus pulmones completamente. Se estaba ahogando, y si el búfalo no aplastaba su cuerpo hasta la muerte, la misma llegaría de cualquier forma bajo la privación de oxígeno.

—Haznos un favor y muérete de una vez, Hopps —dijo el jefe Bogo con una voz ronca, sin ceder un centímetro—. Los dos sabemos que has hecho cosas terribles para llegar hasta aquí, y es hora de que pagues por todo. Es hora de que todos paguemos por esto.

—¡Puede empezar por pagar usted mismo! —gritó el zorro con furia al saltar a la espalda del búfalo, clavando el puñal con ambas patas en su cuello, provocando un terrible grito por parte del enorme mamífero, quien se irguió por reflejo en busca de su atacante, liberando el pecho de la coneja, cuya tos se asemejó a la de quien acaba de emerger a la superficie del océano antes de alcanzar su límite.

—¡Zorro bastardo! —intentó alcanzarle con ambas patas, pero su constitución no le permitía llegar a Nick—. ¡Voy a hacerte pedazos!

Fue cuando, al retroceder, el búfalo golpeó su espalda contra el tren, y Nick experimentó lo que debía sentirse ser arrollado por una aplanadora, pero no podía ceder. Hacerlo significaría la muerte tanto para él como para la coneja, y Judy ya no era capaz de levantarse. Todo dependía de él.

—Vas a… ¡necesitar algo más que eso! —gritó determinado, extrayendo el puñal y clavándolo una vez más, empujándolo hacia dentro tanto como podía.

—¡Hay más de donde eso vino! —respondió el búfalo, golpeando contra el tren con mayor fuerza, y el zorro sintió la sangre subir por su garganta.

No podía con él. Incluso al atacarle por la espalda, nunca podría detener a semejante animal, y él lo sabía, de la misma forma en que también lo sabía la coneja, quien ahora se arrastraba en el suelo, apenas consciente, hacia la pistola que el jefe le había arrebatado. Era su última oportunidad. Pero entonces, el búfalo la notó.

—Oh no, ¡no lo harás! —exclamó Bogo, tomando carrera hacia la coneja, con el zorro aún aferrado a él.

—¡Tú tampoco! —dijo Nick al quitar el puñal, estirándose hacia adelante y clavándolo en el ojo de su oponente quien, aún gritando por el dolor, aprovechó que su enemigo ahora estaba al alcance, tomándolo por el lomo y arrojándolo contra el suelo con todas sus fuerzas.

—¡Mueran de una maldita…! —decía, y sus palabras se vieron interrumpidas por un poderoso disparo, cuyo sonido hizo eco en la estación vacía, apenas haciéndose notar por sobre la tormenta.

Un hueco se había abierto en su pectoral izquierdo, del que ahora manaba una gran cantidad de sangre, y al cual el búfalo observaba con gran ira, antes de levantar la mirada hacia la coneja derribada, quien aún sostenía el arma temblorosa.

—¡Hopps! —gritó con ansia asesina, corriendo hacia ella y siendo parado en seco por un nuevo disparo, ahora en su abdomen.

Apenas se detuvo por causa de ello antes de continuar, retomando la carrera cuando recibió un nuevo impacto en el hombro. Luego en la pierna, en el brazo, en el pecho nuevamente y, por último, en la cabeza. Y la mirada iracunda del jefe nunca le abandonó, incluso cuando el centro de su sistema había dejado de funcionar, aún cuando la vida le había abandonado finalmente, e incluso cuando su cuerpo cayó hacia atrás, retumbando contra el suelo. Pero Judy seguía allí, gatillando una pistola que ya no tenía balas en la recamara, temblando por el dolor y el miedo, y sabiendo que aquella sensación nunca la abandonaría.

—Judy… —la llamó el zorro junto al tren, incorporándose con dificultad y sosteniendo su brazo herido, y Nick vio aquel temor en su ojo lila, a través del cristal roto en su visor.

El zorro se desplazó hasta ella, usando cada onza de fuerza que le restaba, para ayudarle a incorporarse, y llevarla en hombros hasta la puerta abierta del tren, pasando junto al cadáver muerto del jefe de la policía, quien una vez había jurado proteger y servir, al igual que ellos. Una vez dentro del primer vagón, el zorro guio a la coneja a uno de los primeros asientos, y se dirigió a la cabina. No había tiempo que perder.

—¿Eh? —musitó al abrir la puerta, intentando caer en la cuenta de lo que estaba viendo—. Esto… esto no puede… —no era posible. Simplemente no podía estar ocurriendo—. ¡Maldición! —gritó con frustración.

De lo que una vez había sido la cabina de aquella formación, poco quedaba ya. Los tableros habían sido destrozados, los cables arrancados de los mismos, y ya no quedaba nada posiblemente manipulable. No había forma de poner en marcha algo así, no ahora. El jefe Bogo de verdad se había ocupado de que nunca pudieran escapar de aquel cementerio, bajo ninguna circunstancia.

—Supongo que… es el fin —dijo la coneja con dolida voz a sus espaldas, cerrando la puerta de la cabina detrás de ella, casi arrastrando sus patas hasta el asiento del conductor. Nick, falto de energías, se dejó caer en el asiento adjunto de la misma forma.

—Esto era lo que oímos cuando veníamos —recordó el zorro, soltando una risa falsa—. No perdió un solo momento para dejarnos aquí varados, ¿verdad? —preguntó él, y Judy no pareció escucharlo, estando perdida en sus pensamientos, antes de quitarse el visor y mirarle de nueva cuenta.

—¿Cuándo te quitaste las esposas? —inquirió ella, pregunta que no sorprendió al zorro, quien hizo lo mismo.

—Puedo dislocar mis muñecas a gusto —dijo al demostrarlo, desacomodando y acomodando su pata—. Aunque prefiero no hacerlo tan seguido.

—Podrías haberte liberado en cualquier momento —musitó ella, sin expresión alguna.

—Podría haberlo hecho, si —siguió él.

—¿Pensabas usar ese cuchillo conmigo? —preguntó una vez más.

—No —respondió él, sin duda—. Solo pensé que deberíamos ir preparados en caso de que algo así ocurriera, y me alegra haberlo hecho —concluyó, y un silencio se abrió entre ambos, solo roto por el silbido de la tormenta, el cual se colaba en el tren pues eran incapaces de cerrar las puertas—. Asumo que no te quedaron balas, ¿verdad?

La pregunta no tomó desprevenida a la coneja pues, en ese momento, había considerado lo mismo. Después de todo, aquel era su destino final. El tren era su única oportunidad de escapar a tiempo, y ahora ya no les quedaba nada. Solo quedarse ahí, y esperar a que el frío terminara con sus vidas, tal y como Bellwether había previsto. Su venganza estaba completa.

—No, gasté las últimas sin darme cuenta —rió ella, y una fuerte tos la asaltó—. De una forma u otra, si el frío no acaba conmigo, seguramente estas heridas si lo harán. Pocos pueden decir haber vivido tanto tiempo… después de que un búfalo los aplastara así.

—Oye, estoy entre esos pocos también —intentó sonreír, sin fuerzas.

—Si, lo estás… —hizo lo mismo, cerrando sus ojos lentamente—. Lo siento, ya… no tengo fuerzas. Si no te molesta… dormiré un momento —dijo ella, abrazando su pecho con fuerza, para finalmente dejar ir su consciencia. Estaba cansada. Quería descansar.

—Dulces sueños, Zanahorias. Te los ganaste —musitó el zorro, admirando el tablero frente a él—. Si… no hay nada que podamos hacer desde aquí —siguió, cuando una idea le tomó por asalto, adquiriendo una lucidez que solo podría alcanzarse a instantes de morir.

Él no tenía derecho a escapar de allí, pero Judy… ella era diferente. Ella había cruzado el infierno para alcanzar sus patas, aún cuando no lo merecía. ¿De verdad iba a permitir que una vida como aquella terminara así, en aquel lugar? No, Nicholas Piberius Wilde no se rendía tan fácil, incluso frente a la mayor adversidad, el zorro nunca cedía. Esa era su forma de vivir, ahora más que nunca, y ese fue el pensamiento que lo acompañó cuando se incorporó, sintiendo el dolor recorrer hasta lo más recóndito de su cuerpo.

—Lo siento Judy, pero si puedo hacer algo para sacarte de aquí… no voy a perder esa oportunidad —dijo el zorro, colocándose el visor una vez más y disponiéndose a salir de la cabina, no sin antes mirar a la coneja otra vez... una última vez—. Te veo luego, Zanahorias —sonrió el zorro, tal y como hubiera hecho cualquier día, al final de su jornada, antes de cerrar la puerta de la cabina.

No había seguridad de que lo que haría a continuación funcionaría tal y como esperaba, pero al menos debía intentarlo. Si había una mínima oportunidad, no podía dejarla pasar. Ese era el pensamiento que le acompañaba mientras volvía sobre sus pasos, subiendo las escaleras y dirigiéndose a la sala de control que antes había visto.

Con desesperación, Nick embistió la puerta que, una vez más, se había congelado. Tenía que pasar, no podía perder más tiempo, pues ni ella ni él durarían mucho más. Finalmente, al quinto golpe, la puerta cedió, pero esta vez el zorro no se molestó en cerrarla y no detuvo su carrera. Aquel era un viaje de ida únicamente, y lo tenía más que claro.

Trastabilló un poco por su propia debilidad, pero fue capaz de alcanzar su destino nuevamente. Las computadoras seguían encendidas, tal y como las habían dejado minutos antes, y Nick se acercó a la consola que Judy había usado antes, rebuscando unos instantes antes de encontrar lo que buscaba: activación remota.

A Judy realmente le gustaban los trenes, había aprendido cómo funcionaban tanto los más antiguos como los más actuales, y los más actuales contaban con una función de emergencia que permitía manejarlos desde una terminal, en caso de que hubiera problemas con el sistema de control dentro del propio tren. La coneja solía mencionar trivias al azar sobre el tema de vez en cuando, sobre todo cuando viajaban juntos, y el zorro nunca hubiera pensado que un dato mencionado al pasar un día cualquiera, ahora significaría tanto.

—Sabías de esto, Zanahorias… pero no lo dijiste. Porque no permitiría que vinieras hasta aquí para sacarme, y tú no ibas a permitir que yo viniera para sacarte a ti —decía el zorro, su aliento visible frente a él—. Eres una… coneja astuta, y yo solo soy… un torpe zorro —rió él, con lágrimas en los ojos mientras terminaba de teclear, cuando una monótona voz sonó en el parlante.

"Destino establecido: Las madrigueras. La formación cuatro partirá ahora."

Con una sonrisa en los labios, el zorro se dejó caer en el asiento, mientras veía en los monitores de seguridad como las puertas de la formación se cerraban, con un timbre de aviso, para finalmente ponerse en marcha, alejándose hasta perderse de vista en la blanca ventisca.

—Supongo que esto es… todo, ¿eh? —musitó el zorro, abrazando su pecho de la misma forma en que lo había hecho la coneja.

Y mientras se acomodaba de tal forma que pudiera evitar la mayor pérdida de calor posible, aunque lo que vendría a continuación era inevitable, comenzó a recordar los momentos felices que había compartido con su querida compañera. Sus tardes haciendo rondas juntos, las cenas al terminar el trabajo, sus charlas con un café de por medio durante su tiempo libre. Todos recuerdos muy preciados para él, y a los que se aferraría hasta el final. Sabía que la extrañaría, pero no sabía cuánto tardaría para ello. Resulta que ya había comenzado a extrañarla, y su recuerdo le acompañó hasta que sus ojos se cerraron por última vez, para finalmente caer dormido.

"Te extrañaré… hasta siempre..."