Emma se despertó sintiendo un fuerte dolor de espalda y de cabeza. Se suponía que con diecinueve años su cuerpo no la tendría que hacer sentir esos dolores, pero dormir en el asiento trasero de su pequeño auto amarillo no era para nada cómodo, aunque era mejor que dormir en la calle. Se miró al espejo y comprobó que se veía tan desastrosa como se sentía. Hace dos meses que había salido de cumplir su sentencia en prisión, y todavía no podía superar todo el dolor que había vivido. Los motivos de aquella estadía y su gran pérdida estaba tan grabada dentro de ella, que lo único que sabía hacer era ahogarse en drogas y alcohol.


Neal y Emma estaban en su auto, en el estacionamiento de un hotel, esperando que alguna habitación se vaciara. Cuando vieron a una pareja salir e irse, entraron a la habitación para poder bañarse y dormir un rato. Al entrar a la habitación, lo primero que hicieron fue revisar las cosas como siempre hacían. Lo primero que llamó la atención de Emma fue un atrapa-sueños amarillo.

- Un atrapa-sueños. – Dijo Emma con una sonrisa. – Deberíamos quedárnoslo. – Agregó agarrándolo en sus manos.

- ¿Por qué? – Preguntó Neal.

- Porque las leyendas urbanas dicen que los malos sueños quedan atrapados en la telaraña, mientras que los buenos descienden por las plumas. Sería útil para cuando tengamos una casa, mientras tanto podemos tenerlo en el auto. – Explicó ella con calma. - ¿Qué pasa? ¿Dije algo malo? – Preguntó preocupada al ver que él lucía tenso y frustrado.

- No vamos a poder tener una casa o un futuro, yo tengo que irme a Canadá. – Respondió él sentándose en la cama.

- Eso está bien por mí, siempre quise salir del país. – Comentó ella sentándose a su lado.

- Debo ir solo. – Dijo él seriamente.

- ¿Por qué? – Cuestionó ella, sintiéndose de repente en estado alerta ante la posibilidad del abandono.

- Porque me están buscando. – Respondió él sacando un papel de la policía pidiendo su captura. En el papel había una foto suya con su nombre. – Robé unos relojes hace un tiempo, y al parecer no fue buena idea. – Dijo nervioso.

- No es necesario que por eso te vayas a Canadá. Podemos mudarnos y cambiar nuestras identidades, todo irá bien y nadie te atrapará. – Dijo ella pensando una alternativa.

- Yo no quiero que te atrapen conmigo, aparte para todo eso necesitamos dinero. – Protestó él.

- Yo puedo ir por los relojes, nadie sospecha de mí. Puedo conseguirlos y luego usaremos el dinero para mudarnos. – Propuso ella.

- ¿En verdad harías eso por mí? – Preguntó él sorprendido, mirándola maravillado.

- Claro, yo te amo. – Respondió ella con sinceridad y le dio un beso en los labios.

- Bien. – Aceptó él y se levanto para agarrar un cuadro de un mapa de los Estados Unidos que había en la habitación. – Cierra los ojos y elije un lugar, allí tendremos un hogar juntos. – Indicó.

El lugar elegido fue Tallahassee. Emma fue por los relojes como habían planeado, pero Neal nunca fue por ella. Los que si fueron por ella fue la policía. Neal le había tendido una trampa, la había entregado para que pague sus crímenes por él. Y eso no fue todo, sino que también se enteró que estaba embarazada cuando recién iba un mes de la sentencia. La noticia le devolvió un poco la esperanza y le dio fuerzas para pensar en encaminar su vida, pero todo se desvaneció cuando perdió el embarazo. Al parecer ella no era lo suficientemente buena como para lograr que alguien se quedara en su vida.


Emma agarró la botella que había abajo del asiento y bebió el fondo que quedaba. La imagen que veía en el espejo no le gustaba, pero no podía hacer nada para cambiarla. Ella estaba destruida, entonces estaba bien que se viera de esa manera. Se sentía culpable, vacía, sola, miserable… Lo mejor iba a ser olvidarse de todo, pero para eso necesitaba droga. Buscó en sus provisiones, pero no quedaba nada. Seguramente había consumido lo poco que le quedaba durante la noche. Se pasó al asiento del conductor y encendió el auto, lo mejor iba a ser dar una visita a su proveedor.

Solo le quedaban veinte dólares, por lo cual le alcanzó apenas para una sola dosis. Estacionó el auto en un callejón y se sentó en el piso de cemento a tomar aire, y tener su momento de viaje. Abrió el paquete y se preparó para aspirar el polvo blanco de la cocaína, pero de repente algo sucedió. Un folleto que estaba tirado en el piso voló hacia ella, quedando pegado a su zapatilla. Agarró el folleto en sus manos y leyó:

Cambia tu vida, haz el camino a Santiago.

El folleto era una propaganda turística de la peregrinación a Santiago de Compostela. Como si habría sido por arte de magia o señal del destino, su corazón dio un salto ante esas palabras. Ingrid, una de las pocas buenas madres adoptivas que había tenido, siempre le había hablado de su peregrinación a Santiago. Ella se lo había descrito como la experiencia más maravillosa de su vida, como la instancia que le había permitido encontrarse con ella misma y cambiar su vida. Lloró al recordar a Ingrid. Emma estaba segura que ella habría podido ser una gran madre para ella, sino habría muerto por culpa del cáncer.

En ese momento decidió que era hora de retomar su vida. Ella nunca había tenido la posibilidad de elegir nada en su vida. Ella no había elegido ser abandonada por sus padres, no había elegido estar en el sistema de adopciones, no había elegido cada una de las malas familias adoptivas con las que tuvo que vivir, no había elegido que Neal la haya abandonado y la haya enviado a prisión, no había elegido perder a su hijo/a. Ella no había elegido nada. Pero ahora, si tenía la posibilidad de elegir. Y por algún motivo, estaba segura que ahogarse en alcohol y en drogas no la iba a llevar hacia su felicidad. Así que tiró la droga que había comprado por el desagüe y tomó el folleto en sus manos.

Era hora de encontrarse a si misma y cambiar su vida. Emma iba a hacer el camino a Santiago.

Los dos siguientes años los trabajó a más no poder. Trabajó de moza en bares y restaurantes, y de servicio de limpieza en hoteles. No se daba un respiro porque no quería tener tiempo libre. Tener tiempo libre significaba pensar y recordar, y eso la llevaría a caer nuevamente en el alcohol y las drogas. Así que trabajó hasta el cansancio, trabajó hasta tener todo el dinero que necesitaba.

Compró un vuelo a Paris, ya que pensaba empezar su viaje allí. Pensaba hacer el mismo camino que Ingrid le había dicho que había hecho. Vendió su auto amarillo y renunció a sus tres trabajos. Gastó todo lo que quedaba de sus ahorros en comprar una mochila, unos borcegos, unas zapatillas deportivas, una carpa, una bolsa de dormir, protector solar, repelente para mosquitos, un termo, un jarrito de metal, una campera impermeable de plumas, y ropa adecuada para caminar. A las cosas que había comprado, sumó sus pertenencias personales (ropa, libros, y el atrapa-sueños).

El veintiuno de Marzo subió al avión que la llevaría a Paris. Y así, con a penas seiscientos dólares en su bolsillo, y sin tener un pasaje de vuelta, ni saber cuanto tiempo iba a llevarle, comenzó su viaje.