Vivir un tiempo en Desembarco del Rey siempre había su sueño. Y lo cumplió hacía casi dos años ya. Durante ese tiempo, había aprendido muchísimo sobre la corte y las familias de Poniente. Nunca le había gustado leer ni le habían interesado las clases de historia del maestre Marwin. En todo caso, siempre había preferido que fuera Arthur quien le explicara la historia de Poniente. Tallah se había sentido siempre muy diferente a sus dos hermanos mayores. También muy diferente a su madre. A veces se preguntaba si Arya se sentía avergonzada por no ser una guerrera como ella. Por sentirse más atraída por los vestidos y la costura que por las espadas y las batallas. Sí, definitivamente Tallah siempre se había sentido algo desplazada por ser tan diferente de su familia. Por eso por las noches soñaba con viajar a Desembarco del Rey, porque quizá aquel era el hogar al que siempre debió pertenecer y no a Bastión de Tormentas. Quería buscar un lugar en el que se sintiera cómoda de verdad. Aunque amaba a su familia, necesitaba encontrar su lugar en el mundo, para dejar de sentirse incomprendida (como todos los adolescentes). Y se sentía satisfecha, porque en Desembarco del Rey encontró el lugar al que siempre debió pertenecer.

Tallah tenía sentimientos encontrados respecto a su madre. La quería pero si bien Arya se sentía muy orgullosa de sus dos hijos mayores, Tallah no tenía la certeza de que se sintiera así también por ella, porque era diferente. Porque eran la noche y el día… Cuando fue su decimotercer día del nombre, Tallah pidió a sus padres poder viajar a Desembarco del Rey para cumplir su sueño. Sus padres le comunicaron que eso no iba a ser posible. No le dieron ninguna razón en respuesta a la negativa, porque su hija no la iba a entender, pero Arya y Gendry habían estado de acuerdo desde el principio: ninguno de sus hijos se iba a ver envuelto jamás en las intrigas de Desembarco del Rey. No querían ni que se acercaran a esa ciudad, de hecho ni tan siquiera Robyn en el viaje que hizo alrededor de Poniente se atrevió a pisarlo, porque sus padres se lo habían prohibido. Sin embargo, el destino se encargó de hacer los sueños de Tallah realidad. En una visita que Aegon Targaryen hizo a las Tierras de la Tormenta, se quedó sorprendido por el desparpajo y simpatía de la ya adolescente y preguntó a Gendry Baratheon si él mismo podía acogerla como pupila durante un tiempo para mejorar su formación y aprender más sobre la Corte Real. A Arya y a Gendry les sorprendió desde el principio la propuesta y tuvieron que meditarla muy a fondo. ¿Qué interés podía tener Aegon Targaryen en la hija menor de los Baratheon? ¿Quizá se había fijado en ella como dama casadera? ¿O había algo más oculto en aquella proposición? Ninguna de las posibilidades tranquilizaba a Gendry ni Arya pero tras la insistencia de Tallah y el consejo de sus fieles servidores, los señores de la Tormenta accedieron a la proposición de Aegon Targaryen. Después de su sí, el maestre Marwin le había contado a Tallah que debía sentirse afortunada, ya que el último Baratheon que había convivido en la Corte Real entre Targaryens había sido su antepasado Steffon Baratheon, abuelo de Gendry y, por tanto, bisabuelo de Tallah. Habían pasado ya dos años de aquello y Tallah había cumplido con el objetivo que la llevó allí. Había aprendido muchísimo de la vida de palacio gracias a Aegon: de política, de protocolo, de historia de Poniente… Cosas que, encerrada y asqueada en Bastión de Tormentas, jamás hubiera podido aprender.

Aegon había sido un gran maestro y la había tratado como si fuera su hermana pequeña. Se había ganado la confianza de Tallah y sabía que su maestro estaría ahí para ella siempre que lo necesitara. Que siempre la ayudaría. A veces habían tenido sus más y sus menos, debido al carácter tan fuerte e impulsivo de Tallah y a la rectitud y exigencia de Aegon, pero él estaba convencido de que aquello era lo que la hacía especial y lo que la haría llegar lejos.

- Eres fuerte. En los años que has estado aquí, has dejado florecer tu carácter natural, bravo y fiero. No te achantas ante situaciones difíciles e injustas y eres honesta. Seguramente la persona más honesta que haya en esta corte. Te has convertido en una mujer valiente, que no teme a nada y que sabe lo que quiere. Llegarás adonde te propongas y serás una Lady poderosa. – le había dicho Aegon a su pupila antes de considerar que su aprendizaje en la capital había terminado. – Va siendo hora de que vuelvas a casa.

Pero volver a Bastión de Tormentas era lo último que Tallah deseaba en este mundo. Echaba de menos a su familia, pero no quería volver a ese castillo que la ahogaba y no la dejaba crecer. Su hogar estaba en Desembarco del Rey. Su amor estaba en Desembarco del Rey.

Aenys Targaryen era el hijo mayor de la reina, hermano mayor de Aegon y heredero al trono. Prácticamente de la misma edad que Robyn, era un guerrero fiero y habilidoso. Era valiente y todas las damas de Poniente suspiraban por esa melena color platino, esos ojos color violeta y su silueta de metro noventa de altura. Los viejos maestres de la ciudad afirmaban que se parecía terriblemente al hermano mayor de la reina, al príncipe Rhaegar. Pero Aenys nunca se interesó por la poesía o las arpas. Sabía cuál era su destino y se había estado preparando para ello desde que tenía uso de conciencia. Además de atractivo, era carismático y aunque la mayoría de personas en Poniente no tenía el privilegio de conocerlo, era admirado y amado por el pueblo. Las leyendas sobre su belleza y personalidad llegaban a todos los reinos de Poniente, por tanto también a Bastión de Tormentas. Tallah se empezó a enamorar del joven príncipe sin haberlo siquiera conocido, solo por lo que los rumores decían de él. Imaginaba cómo sería su belleza en persona. Fantaseaba con la posibilidad de conocerlo algún día y poder casarse con él, poder ser su reina y darle hijos, tantos como él deseara. Conocer al príncipe había sido el sueño de Tallah desde hacía muchos años. Por eso cuando Aegon la solicitó como pupila Tallah creyó que estaba escrito en su destino que debía conocer a Aenys Targaryen. Que su deber en esta vida era amarlo, casarse con él, ser su reina y darle hijos, tantos como él deseara. Su sobrina Eileen se alegró tanto como ella cuando le dijo que por fin cumpliría su sueño y que iba a vivir un tiempo en Desembarco del Rey. En cierto modo, Tallah había trasladado a Eileen su obsesión por el príncipe y la más pequeña de los Baratheon sentía el triunfo de su tía como propio.

Tallah jamás iba a olvidar el instante en el que conoció a Aenys, por muchos años que pasaran. Todavía se estremecía al recordar el momento: verlo entrar en la sala donde ella lo esperaba con Aegon, aquella entrada que hizo, cómo resonaban sus pasos, cómo llenó de luz esa sala con su aura, cómo avanzaba hacia ella con paso firme, lleno de seguridad y como le sonrió por primera vez. Aquella sonrisa era lo más bonito que Tallah había visto en la vida. Cuando le besó la mano, la adolescente sintió que sus piernas flaqueaban y que se iba a desmayar. Su corazón le latía tan rápido que temió que se le fuera a salir del pecho. Desde ese instante, Tallah sabía que lo amaría hasta el fin de sus días. Sin importar nada ni nadie más en el mundo. El Aenys Targaryen real superaba por mucho al Aenys Targaryen que se había imaginado durante tantos años. Las leyendas y canciones sobre él no le hacían justicia en lo más mínimo. Aquella fue la primera lección que Tallah aprendió en Desembarco del Rey.

Se pasó su primer año en Desembarco del Rey suspirando por él. La desesperaba que, por su edad, él no se fijase en ella. No la veía como mujer. Y Tallah lo comprendía: aún tenía poco pecho y permanecían en su cara y cuerpo rasgos de niña. A Tallah le deprimía terriblemente pensar que Aenys tenía en su cama todas las mujeres que él quisiera. Sin embargo aún seguía soltero. Eso le daba esperanza: ¡No iba a ser una niña para siempre! Su paciencia dio frutos y en ese primer año, se convirtió en una mujer atractiva, alta, de larga y ondulada cabellera color chocolate, piel delicada y suave y ojos grandes e índigo. Se solía pintar los labios de un color ligeramente carmesí que resaltaba su belleza. En su decimocuarto día del nombre, organizaron una pequeña celebración en su honor, a la que no pudo asistir Aenys por atender otros compromisos. Su ausencia hizo que no fuera el día perfecto para ella pero cuando Aenys volvió a medianoche, llamó a su puerta y entró en su alcoba. Tallah creía que aquello era un sueño y se pellizcó un par de veces en el brazo izquierdo para asegurarse de que no estaba soñando.

- Feliz decimocuarto día del nombre, mi señora. Espero que puedas perdonarme no haber estado contigo en este día tan especial. – Tallah quería contestarle pero era incapaz de pronunciar palabra alguna. No le salía la voz. Se asustó un poco al sentir la mano de Aenys sobre su mejilla por lo inesperado de la situación. - ¿Me perdonarás? – Ella solo asintió y no podía dejar de mirarle a los ojos, esos ojos tan hermosos que tenía su príncipe. Él le sonrió. – Pensaba que lo que te hacía tan atractiva últimamente era ese color carmesí de tus labios. Pero ahora no los tienes pintados y te veo igual de bella. Tanto, que creo que no me voy a poder resistir besarte… - antes de poder procesar lo que Aenys le había dicho, ya la estaba besando. Empezó por ser un beso suave que se fue profundizando poco a poco y que casi deja sin respiración a Tallah. Cuando rompió el beso Aenys le dedicó una última sonrisa y se marchó sin decir nada.

En los días siguientes, Tallah no podía entender qué había sucedido aquella noche en su habitación. ¿Era posible que Aenys se hubiera fijado en ella? ¿O aquello solo había sido un juego para él? Solo el transcurso de los días podía responder a esas preguntas. Aenys se acercaba cada vez más a Tallah y eso la llenaba de esperanzas. A veces se citaban en la habitación de Tallah o a veces en los jardines de palacio. Cada vez se iban conociendo más y Tallah se iba enamorando más y más de él. Era dulce y caballeroso con ella, además de apasionado. Sus brazos eran como el cielo en la tierra para ella. La misma noche en que se declararon sus sentimientos, hicieron el amor en la alcoba real de Aenys. Ella se entregó sin importarle nada, ni su futuro, ni lo que pensaran sus padres si se enteraran. Lo único que quería era unirse con él, que fueran uno. Tallah sabía que él era el único hombre en todos los Siete Reinos al que valía la pena entregarle su doncellez. Quizá todo había ido muy rápido, pero Tallah no se arrepentía porque amar y ser correspondida era lo mejor que le había sucedido jamás. Aegon la había advertido algunas veces: no le gustaba su relación tan cercana con él porque no le convenía, porque sus pretensiones de poder la podían poner en peligro. Pero ella no le hacía caso y seguía viéndolo porque estaba locamente enamorada.

Tallah se había dado cuenta de lo mal que se llevaban los hermanos. Era más que evidente cómo sus distintos caracteres chocaban y tenía la certeza de que sus diferencias eran irreconciliables, muy a pesar de la reina Daenerys. La ambición y temperamento de Aenys era totalmente incompatible con la calma y buen hacer de Aegon. "Una guerra civil es más probable que nunca", había pensado muchas veces ella. No solo por sus rencillas, sino también porque Aenys era admirado y aclamado por el pueblo, mientras que la reina Daenerys, cada vez más mayor y deteriorada, había tomado en los últimos años decisiones políticas equivocadas que no habían hecho más que empeorar la situación económica de la capital. Por eso Aenys se sentía tan poderoso, porque tenía al pueblo de su lado, en cambio sabía que Aegon se pondría de parte de su madre porque no aceptaría a golpistas o usurpadores. Poniente también se dividiría en dos en caso de guerra. Los aliados seguros de la reina serían Dorne, las Tierras de la Tormenta y el Norte. De hecho, el hijo menor del Rey en el Norte, Elric, había llegado hacía poco a Desembarco del Rey como pupilo de Aegon. Como apoyo a Aenys, Tallah solo consideraba a los Lannister como apoyo seguro, no por Tyrion, sino por Larys Lannister, que era amigo íntimo de Aenys. De hecho, Aenys había confesado a Tallah que había prometido a Larys deslegitimar a Tyrion como señor de Roca Casterly en caso de entrar en conflicto. Otros territorios podrían mantenerse neutrales, como el Valle de su tía Sansa o la tierra de los Ríos… Sin embargo, en caso de guerra Tallah tenía claro que Aenys la ganaría. No le cabían dudas porque Aenys le había mostrado a su gran aliado: un dragón que tenía oculto en unas mazmorras cercanas a Pozo Dragón. Tallah no podía salir de su asombro cuando vio a ese enorme dragón entre rejas. La impresionó aún más cuando soltó un alarido al verla aparecer. Seguramente había sido el sonido más fuerte que jamás había oído.

- Pensé que los dragones habían muerto después de la Gran Guerra… - dijo con incredulidad Tallah.

- De hecho, habían muerto. Mi madre se encargó de exponerlos al peligro y naturalmente los perdió a todos. Un dragón no es inmortal ni invencible. No los supo cuidar, por lo que nunca fue digna de ser la madre de dragones, tal y como ella se proclamaba. – Tallah pudo notar en esas palabras el resentimiento de Aenys hacia su madre. Aenys estaba deseoso de poder, anhelaba el trono… - Me entregaron un huevo de dragón en un viaje que hice a Essos. Un mercader que decía ser descendiente de los Fuegoscuro me lo entregó. Me dijo que el huevo me pertenecía y que solo un Targaryen podría hacer que el cascarón se rompiera para liberar el dragón. Me afirmó que tenía una guerra que librar y que ese dragón iba a ser mi arma más poderosa. El mercader no se equivocó y el huevo tardó poco en nacer. Para cuando volví de mi viaje de Essos ya había nacido y sabía que pronto crecería, por lo que decidí esconderlo en estas mazmorras. Sé que no son el mejor lugar para un dragón, que ellos necesitan aire libre, escupir fuego y volar alto pero… No puedo mostrar mi mejor arma antes de que estalle la guerra. Mi dragón es mi as en la manga y sé que mi madre y mi hermano se rendirán rápidamente con un dragón en mi poder. Y el trono será mío sin necesidad de derramar sangre. – Tallah no podía evitar quedarse embelesada cuando su amor hablaba con tal pasión y vehemencia. Estaba siempre tan seguro de sus posibilidades… "A veces me gustaría ser como él", pensó ella. Tallah volvió su mirada hacia el dragón y empezó a acercarse a él. Quería comprobar que esa bestia era real. Aenys se inquietó al verla avanzar tanto, porque no estaba seguro de cómo reaccionaría el dragón. Ella era solo una desconocida.

- ¡Tallah! – le gritó Aenys. Pero ella continuaba avanzando hacia ese dragón inmenso que no entendía por qué esa humana se acercaba tanto a él. El dragón profirió un potente grito con tal de intimidarla y que se echara atrás, pero no lo consiguió. Cuando ya estaban totalmente frente a frente, Tallah solo podía sentir la calurosa respiración que salía por el hocico del dragón. Ese aliento dejaba volar ligeramente su larga cabellera y le levantaba su capa. Tallah fue lo suficientemente valiente como para alzar su mano para tocar el rostro del dragón. El animal soltó un gemido de satisfacción al sentir esa mano sobre él y rápidamente se relajó. Agachó aún más la cabeza para facilitar a Tallah más caricias. Y ella pensó que aquel dragón era el animal más tierno que jamás había conocido. – Es increíble, ¿cómo has conseguido que se deje tocar? Eres la primera humana que ve después de mí… - le confesó Aenys.

- Solo necesitaba tocarlo. Y parece que él también necesitaba que alguien lo acariciara… No puedo creer que sea real.

- Le gustas, eso está claro… - siguió insistiendo Aenys y quedó callado un buen rato, como intentando encontrar explicación a lo que estaba viendo. - ¿No sabes que los Baratheon también lleváis sangre Targaryen? Rhaelle Targaryen se casó con Ormund Baratheon y juntos concibieron a Steffon Baratheon…

- Mi bisabuelo, lo sé – le interrumpió Tallah, que seguía absorta acariciando al dragón. Aenys posó su mano encima de la de Tallah y ahora eran los dos los que tocaban al dragón.

- Esto es una señal. Una señal del destino. Una señal de que tú y yo estamos debemos estar juntos para conquistar el trono. Los Targaryen y los Baratheon habían sido siempre aliados antes de que tu abuelo se rebelara y solían casarse para sellar alianzas. Tú y yo debemos reprender ese camino juntos. Me casaré contigo y gracias a eso haremos que tu familia retire su apoyo a mi madre y me apoye a mí. – Tallah lo miró extrañada.

- ¿Solo me quieres para eso? ¿Para ti soy solo un peón de alianzas? – Tallah salió furiosa de las mazmorras de Pozo Dragón y corrió con su caballo tan rápido que Aenys no pudo alcanzarla. Era una gran jinete…

En cuanto llegó a su alcoba, no hizo más que llorar. No podía creer que Aenys le hubiera dicho aquello. Ella lo amaba sincera e incondicionalmente, pero, ¿qué había hecho él para demostrarle su amor? Ella le había entregado su virginidad y estaba arriesgando su buen nombre y la relación con su familia por estar allí junto a él. En cambio Aenys solo podía pensar en la guerra que debía librar contra su familia y en los juegos de alianzas que necesitaba para ganarla. Aegon le había advertido muchas veces: "No confíes en él, es un manipulador". Pero ella lo amaba, siempre lo había amado y casarse con él era su mayor sueño desde que era una cría... De pronto alguien llamó a su puerta.

- ¿Tallah? – oyó a Elric al otro lado de la puerta. Seguro que estaba preocupado por ella porque no había salido de su alcoba en todo el día, ni siquiera para comer. Para ese adolescente de 14 años, que estaba en Desembarco del Rey como pupilo de Aegon, Tallah se había convertido en uno de sus principales apoyos. Al fin y al cabo eran primos segundos y lo más cercano a una familia que Tallah tenía en la capital, porque ese muchacho era el hijo menor de Jon Targaryen Stark, rey en el Norte y sobrino de la reina. Aunque no estaba destinado a ser el próximo rey en el Norte (porque lo sería su hermano mayor, Eddard) Aegon se había interesado en tenerlo como pupilo: era un crío torpe, sin ninguna habilidad para la espada. También era introvertido y tenía un aire melancólico, como su padre. Se podía decir que Elric solo confiaba en dos personas en todo Desembarco del Rey: en su maestro Aegon y en su prima Tallah.

- Déjame, Elric. Hoy no me apetece hablar con nadie.

- ¿Ni siquiera conmigo?

- ¡No, Elric, ni siquiera contigo! – le dijo de forma muy desagradable Tallah. Escuchó cómo los pasos decadentes de Elric se alejaban: le había roto el corazón. Tallah no era estúpida y sabía que Elric la veía como algo más que una prima de sangre. Se había dado cuenta de lo absorto que se quedaba mirándola y lo nervioso que se ponía cuando estaba cerca de él. Pero por los Siete, era solo un crío. Además su corazón pertenecía a otro, siempre había pertenecido a otro. Lo mejor que le podía pasar a Elric era que se diera cuenta de una buena vez y se rindiera. A veces es necesario que te rompan el corazón para que abras los ojos de una vez. Y ella se lo acababa de romper a Elric. Al cabo de unas horas, cuando ya había caído la noche, alguien volvió a tocar a su puerta. Al principio lo ignoró pero quién demonios fuera no paraba de insistir. - ¡Ya basta, que no quiero hablar con nadie! – dijo con furia. Con el mal carácter típico de los Baratheon. Por unos segundos se cansó de tocar a la puerta y Tallah pensaba que se había ido. Sin embargo, derribaron la puerta y era Aenys.

- Vas a hablar conmigo quieras o no.

- ¿Qué haces? ¡Vete de aquí, no quiero verte nunca más! – Tallah intentó huir de la habitación, pero Aenys la cogió con fuerza contra la pared. – Me voy a ir de aquí, ¿me oyes? Voy a dejarte y voy a volver a mi hogar, con mi familia. Estoy cansada de tus guerras y de que no hagas nada para demostrarme que me amas tanto como yo te amo a ti. – Tallah no sabía cómo se había armado de valor para decirle eso. En realidad eran todo mentiras… Sabía que nunca sería capaz de dejarle. Aenys quedó a escasos centímetros de ella y la empezó a mirar con ojos de pasión y furia.

- Nunca dejaré que te alejes de mí. Tú eres mía y yo soy tuyo. Nunca podrán separarnos. – Tallah intentaba librarse y escapar de él, pero no podía. Era mucho más fuerte que ella. De pronto le cogió la cara y empezó a besarla en contra de su voluntad.

- Para, para, pueden vernos… - le susurraba Tallah.

- Me da igual la gente. Me da igual lo que piensen los demás. Te quiero y no tengo miedo… Te juro que mataré al hombre o mujer que se interponga entre nosotros. Les cortaré la cabeza o los quemaré vivos… Pero nadie va a separarme de ti. Jamás. – Aenys empezó a arrancarle la ropa a Tallah. Ella intentó resistirse, pero no podía contra la fuerza y el deseo de su amante. Aenys la cogió y la tendió sobre su cama, mientras no paraban de besarse, sin importarles que la puerta estuviera abierta y que cualquiera que pasara por ahí los viera. – Eres mía y siempre lo serás… Tu corazón y tu vida me pertenecen… Te quiero, te quiero, te quiero… - le susurraba él a su oído mientras la embestía con fuerza. Cuando acabaron, ella se cambió de ropa. Estaba rota y sudada. De pronto le vino a la cabeza que se le había acabado el té de luna y que debía comprar más cuanto antes. Quedarse embarazada sería el fin para ella y una deshonra para su familia. No podía permitírselo…

- Vayamos a mi alcoba… Allí estaremos más tranquilos. Quiero hacerte el amor toda la noche hasta que quedes exhausta… - Tallah asintió y se sintió dominada. ¿Dónde había quedado todo el enfado, toda la furia que sentía contra él hacia solo unas horas? Él era más fuerte que ella. Aenys desempeñaba en ella un poder y una influencia a la que no podía resistirse. Pero a ella le encantaba sentirse prisionera de él. Le había excitado más que nunca que Aenys casi la obligara a tener sexo hacía solo unos minutos…

No podía quitárselo de la cabeza. Sus sentimientos hacia él empezaban a asustarla. ¿Aquello era amor o ya se estaba convirtiendo en una obsesión, en pura locura? Después de casi un año juntos, Tallah empezaba a estar confundida… ¿Por qué Aenys aún no le había pedido matrimonio? ¿De qué se ocultaba? ¿O a qué estaba esperando? Ella sabía que Aenys estaba esperando el momento perfecto para casarse con ella. Aenys solo esperaba el cambio político o el estallido de la guerra para dar el paso de casarse con Tallah. Sí, ella era solo eso para él… Una pieza más en su estúpido juego de poder. Con el tiempo, entendió que ese juego de poder había comenzado solo unas semanas después de esa noche de sexo salvaje en la alcoba de Aenys… Llegó la noticia de la muerte de Tyrion Lannister. Así de inesperado, así de rápido. Esa noticia rompió el corazón de la reina Daenerys y de su hijo Aegon. En cambio, estaba segura de que Aenys lo estaría celebrando muy gustosamente con Larys, que en seguida marchó hacia Roca Casterly para tomar el poder como heredero. Tallah sintió pena por la reina Daenerys: había perdido su pilar, su gran apoyo, había perdido al hombre que la ayudó a conquistar el trono, había perdido la cabeza pensante de los Siete Reinos, el intelectual, la persona que siempre tenía respuestas y consejos para todo… Había perdido al sabio, al diplomático, al político magistral, al inteligente Tyrion Lannister, su mano derecha. Y eso la dejaba más desprotegida y vulnerable que nunca en el momento político más delicado de todo su reinado.

- Enviad un cuervo al Rey en el Norte informándole de lo ocurrido. Lo necesito a mi lado… - dijo la reina susurrando.

Nadie podía explicarse cómo Tyrion había podido morir así de repente, de la noche a la mañana. Aparentemente era un hombre sano, sin ningún problema notable de salud, más allá de los excesos que había cometido en su juventud… En uno de sus encuentros nocturnos con Aenys, Tallah tuvo el valor de preguntarle si él había tenido algo que ver. Aenys naturalmente lo negó: "Era un putero, seguramente haya muerto de sífilis u otra enfermedad venérea". Pero Tallah conocía ya demasiado bien a Aenys y sabía perfectamente cuándo mentía. No podía adivinar hasta qué punto Aenys estaba implicado en la muerte de Tyrion, pero estaba segura de que algo sí sabía, porque Aenys era el mejor amigo de Larys y Larys detestaba a Tyrion. Estaba deseando que muriese para poder convertirse en señor de Roca Casterly.

Aegon acompañó a Tallah en uno de sus paseos por los jardines de palacio. Aegon se mostró algo incómodo, pero necesitaba hablar con ella.

- ¿Sabes algo más? ¿Has podido hablar con Aenys? – le preguntó a Tallah.

- Dice que él no tiene nada que ver con la muerte de Tyrion. Y yo le creo, Aegon. – confirmó con vehemencia. Aunque en realidad estaba mintiéndole porque no quería decirle lo que su corazón sabía: que Aenys sí había tenido algo que ver con la muerte de Tyrion. Decirle aquello a Aegon podía significar empezar el conflicto latente entre ambos hermanos y era algo que Tallah no deseaba.

- ¿Cómo puedes estar tan cegada? ¿No te das cuenta de que te engaña? Hoy nos han dicho que Tyrion fue envenenado. El informe médico lo ha confirmado y tú sigues diciendo que Aenys no tiene nada que ver. – Tallah lo miró sorprendida, incrédula. - ¿Es que no ves que Aenys necesitaba la muerte de Tyrion para ganarse el apoyo de los Lannister en caso de una futura guerra? Con Larys, ya tiene el apoyo de la casa más rica de los Siete Reinos.

- ¿Y cómo lo vas a demostrar? No tienes pruebas, son solo suposiciones. – le contestó Tallah.

- ¿Quieres abrir los ojos de una vez? Tu lealtad, tu amor o tu pasión por Aenys no te ayudarán en caso de que estalle la guerra. ¿Te posicionarás en contra de tu familia, en contra de tu maestro, para apoyar a Aenys? ¿Esa es tu mierda de estrategia, Tallah? ¿Me estás diciendo que he pasado años entrenándote, enseñándote, para que después de todo hayas acabado cayendo en las redes de Aenys? ¡Despierta de una vez de ese cuento de hadas, Tallah! ¡Se acerca una guerra que tú también vas a tener que librar, quieras o no, porque eres una Baratheon! – Aegon se marchó dejando la palabra en los labios de Tallah. De todos modos, tampoco hubiera sabido qué contestar… Porque sabía que en el fondo Aegon tenía toda la razón. Había fallado a su maestro…

En una de las noches frías en Desembarco del Rey, Tallah no dejaba de pensar en lo que le había dicho Aegon. Contemplaba las estrellas desde su habitación mientras no paraban de resonarle en la cabeza las palabras de su maestro. Tallah se estaba equivocando, lo sabía, pero es que era incapaz de abandonar a Aenys… Él era su amor, su vida, lo era todo para ella…

- ¡Tallah! – Elric picaba con fuerza a su puerta y ella abrió de inmediato. El Stark se metió en su cuarto y cerró. – Ha llegado este cuervo para ti y el maestre me ha ordenado que te lo diera de inmediato. – Tallah lo miró con estupor y tomó la carta en sus manos. La abrió y era una carta de su hermano Arthur. Estaba escrita en el lenguaje cifrado que se habían inventado cuando eran niños. Solían jugar a escribirse notas jeroglíficas para que nadie más que ellos pudieran entenderlas. Esos recuerdos la hicieron sonreír antes de empezar a leer la carta. A los pocos segundos, Tallah se estremeció al entender la gravedad de lo que estaba leyendo…

- Por los Siete… - a Tallah el corazón cada vez le iba más rápido. La carta decía que la esperaban de hacía más de un mes, que Aegon había autorizado que la muchacha volviera a Bastión de Tormentas pero que sin embargo ella nunca llegaba. Que hacía un mes Gendry había informado que Davos y Robyn irían a buscarla pero que no habían dado señales de vida y nadie sabía nada de ellos. Que su señor padre había enfermado de gravedad repentinamente y los maestres no eran optimistas sobre su salud. Que Gendry se estaba muriendo lentamente. Dos lágrimas salieron de los ojos de Tallah y tomó una decisión: tenía que salir inmediatamente de la capital y volver con su familia. Sonidos de espadas y alaridos de soldados empezaron a oírse por los pasillos. Tallah protegió con su cuerpo a Elric, sabía que algo estaba yendo mal. ¿Sería Aenys y sus soldados? Una patada derribó de nuevo la puerta de la alcoba de Tallah: era Robyn, su hermano mayor. Totalmente manchado de sangre. Detrás de él estaba Davos.

- Corre, nos vamos de aquí. – le dijo simplemente Robyn a Tallah. Tallah se giró hacia Elric.

- Prométeme que no dirás a nadie lo que ha pasado. No digas a nadie que me han ayudado a escapar, ¿me entiendes? Tienes que guardarme este secreto. Si no Aenys querrá matarme. – Elric tan solo asintió, impactado por el momento. Ella se despidió de él besándole en la frente y huyó con su hermano y Davos.

Huyeron por las mazmorras de Desembarco del Rey, esas que tan bien se conocía Davos y nadie los pudo parar. Eran pasillos secretos que seguramente solo Davos conocía, por lo que llevarlo a esa misión había sido una jugada maestra: sin él, Robyn y Tallah no hubieran podido escapar.

- Aenys nos encontró y nos mantuvo encerrados durante semanas. Nos dijo que nadie te separaría de él jamás. Que eras suya y que no ibas a abandonar Desembarco del Rey. ¿Está loco o qué le pasa? – se preguntó Robyn.

- Creemos que Aenys estuvo interceptando todos los mensajes que Gendry y el joven Aegon estuvieron intercambiando sobre tu retorno a Bastión de Tormentas. Por eso Aenys sabía tan bien que iríamos a buscarte y estaba preparado para atraparnos y encerrarnos. – dijo Davos. Tallah casi no daba crédito. Aenys le había roto el corazón: los tenía como prisioneros y ni siquiera se lo había confesado… En ese momento, todas las palabras de su maestro Aegon cobraron más sentido que nunca.

Con el ir y venir del bote, Tallah estaba absorta en sus pensamientos. Lo había hecho: había podido escapar de Aenys. Lo había dejado atrás. Y entendió por qué: su familia la necesitaba más que nunca. Su padre la necesitaba más que nunca. Quería llegar ya a Bastión de Tormentas para verlo vivo y decirle que podía estar tranquilo, que su niña ya había vuelto a casa y que estaba sana y salva.

Por primera vez en toda su vida Tallah había escuchado la llamada del honor y de la familia.