Gracias a Sam Wallflower por su reviú :P


iii


6: Parkinson

Parkinson —que sigue siendo Parkinson a pesar de haberse casado con Goyle— no la recibe de tan buenas formas. Deja caer un montón de papeles delante de ella y sale de la habitación sin decir ni media palabra más.

Hermione parpadea y un mago que debe de ser poco más o menos de su edad la mira con cierta indulgencia. Se llama Joe y, por lo que parece, es el sastre de la tienda.

—Pansy es un poco puta —dice en un tono amistoso—. Deberías haber oído las cosas que gritó cuando se enteró que habían cambiado a Jayden por t…

Se muerde el labio, como si hubiera hablado de más, y Hermione sonríe suavemente.

—No te preocupes. Ya nos conocemos.

Pansy también tiene un negocio. Es una boutique, una diminuta tienda de ropa en pleno corazón del Callejón Diagon. Parkinson fue lo suficientemente inteligente como para darse cuenta del boom que estaba teniendo las tendencias muggles y decidió apostar por una línea intermedia que estaba teniendo bastante éxito.

—Si necesitas cualquier cosa, cielo —dice el chico al oír el sonido de una campanita—, estaré fuera. Pansy no soporta atender a la clientela.

—Gracias.

Jayden escribió que, a pesar de todo aquel tiempo, seguía teniendo problemas para comunicarse con ella. Hermione duda ser capaz de hacerlo, ni aunque tengan mil millones de años de por medio.

Ha dejado a Parkinson para el viernes a última hora por la misma razón por la que ha dejado a Malfoy como su última visita antes del día en el que Chelsie quiere el informe: no tiene fuerzas para enfrentarse a ellos.

Está harta. Desde el miércoles ha visto a cinco magos, revisado sus expedientes y hablado de temas insustanciales con ellos. Todos echan de menos a Jayden y la miran con cierta desconfianza. A Hermione tampoco le gustan y, por un momento, tiene la sensación de que debería haberse quedado con sus libros de derecho común.

Le duele la espalda y el sujetador lleva todo el día molestándole. Solo ha tomado un té y un sándwich en lo que lleva de día y, la verdad, ha vuelto a perder su turno del baño por quedarse dormida hasta tarde. Y la diminuta habitación que utiliza Parkinson como despacho la está ahogando. Cierra los ojos y decide que no hay nada que pueda hacer allí que no pueda hacer en su casa. Tranquila y con una taza de té entre las manos. Duplica los archivos y los mete en el bolso.

—Perra estúpida —gruñe Parkinson. Joe está al otro lado del mostrador, estirando una túnica. Es de color añil y, a la altura de la cintura tiene un pequeño vuelo que le hace parecer un dos piezas. Es bonito.

Joe debe de darse cuenta de que se ha quedado mirando porque carraspea. Pansy gira la cabeza hacia ella y frunce el ceño.

—¿Ya te vas? —pregunta esbozando una sonrisa fácil.

Hermione abre la boca para responder que sí, que no tiene nada que hacer allí.

—De hecho… ¿puedo probármelo? —Señaló hacia delante. Joe sonríe y Hermione está segura de que va a decir que sí. Pero Parkinson agita la mano.

—No seas estúpida, eso no es para ti. Te va a hacer parecer una foca.

Joe se tapa la cara con las manos y Hermione tiene la sensación de que debe crear una línea ahí y ahora. Le cuesta horrores decidir que no va a escribir un informe negativo solo por eso. Aunque bien que se lo merece.

—¿Para qué lo necesitas, Granger?

—¿Eh?

—El vestido, Granger. Para qué.

—La boda de Neville —murmura. Parkinson agita su varita y de uno de los muchos expositores, un vestido color amarillo dorado flota hasta ellos.

—Vamos, no te quedes ahí parada como un pasmarote. Pruébatelo. —Señala hacia una cortinilla y, aún algo indecisa, acepta el vestido y se da la vuelta.

Por supuesto Parkinson no le da tiempo a acabar de cambiarse.

—No seas remilgada, Granger —dice ayudándole a cerrar el vestido y sonriendo—. ¿Ves? Mucho mejor.

No le cuesta darle la razón. Aunque le queda un poco grande y Joe tiene utilizar varios alfileres para que vea cómo le quedaría tras algunos arreglos, es un vestido ceñido y con medias mangas. Tiene un cuello en forma de corazón que insinúa más que muestra y un bordado bonito a la altura del busto.

Lo importante, sin embargo, es la expresión de orgullo pintada en el rostro de Parkinson. Hermione se echa el pelo hacia atrás y le sonríe.

—Se te da bien.

—¿Vestir a la gente? —Parkinson arruga la nariz—. Sí, siempre. Joe, ¿necesitas marcar más? No tardará más de cinco minutos en arreglarlo.

Duda un instante. Puede decirle que no y volver a ese incómodo lugar del que han venido. O puede aceptar que allí ha pasado algo y que Parkinson es capaz de no ser una perra cuando alguien no le cae absolutamente mal. Y el vestido es bonito y el sábado es la boda y, sinceramente, ¿quién tiene ganas de pasarse toda la tarde mirando por Londres muggle?

Así que, en lugar de protestar, hace un gesto para que le den su espacio. En cuanto les pasa el vestido, oye a Joe moverse por la tienda. Parkinson la está esperando fuera.

—Tacones —indica—. Negros, no (y, repito, no) uses sandalias. Y que tengan algo de altura, que ya eres muy baja de serie. ¿Sabes qué va a llevar tu acompañante? Si lleva un traje muggle, te podemos hacer una corbata y enviártela. —Mira el reloj—. Podría estar a medio día.

Hermione sonríe, espera que el próximo día esté más receptiva.


7: Harry

Hermione ha tenido que pelear para que Parkinson le deje llevarse el vestido pagando. «¿Hermione Granger en uno de mis vestidos? No es un regalo, es una inversión», había dicho. Pero seguía habiendo conflicto de intereses y Hermione simplemente no podía aceptarlo. Así que tras un viaje rápido a Gringotts —porque, de verdad, no suele llevar tanto dinero encima—, volvió a casa.

Deja el vestido colgado del perchero de la entrada y el bolso junto a él. Hay musiquilla de fondo y huele a comida recién hecha. Es el turno de Ron, lo que probablemente signifique que se ha pasado antes por La Madriguera y eso es uno de los famosos guisos de Molly. De los tres, el único que sabe hacer una comida medianamente decente es Harry.

—¡Estoy en casa! —saluda. La luz del baño está dada y Harry asoma la cabeza y la saluda con la mano.

—¿Tienes un momento? —pregunta desde allí.

Hermione asiente. Tiene ganas de irse directamente a su habitación, quitarse los zapatos y el sujetador. Sujetarse el pelo en un moño descuidado y meter un trozo de pan en el guiso de Molly. Le duele el cuello y está agotada.

Entra en el baño.

—¿Qué pasa? —Se apoya en el marco de la puerta, con los brazos cruzados.

Harry, que ha encantado el estropajo para que limpie el retrete, señala con la varita a unos botes amontonados junto al lavamanos.

—Dijimos que nada de recoger las mierdas de los otros —dice. Hermione se ruboriza y agarra uno de los viales. La etiqueta indica que es poción contra la resaca. Debe de llevar allí desde el domingo pasado.

—Perdón —dice sin parpadear y coge otro de los viales. Es una poción anticonceptiva y aún está llena, ¿para qué la habrá sacado?—. No me daría cuenta. Ahora los tiro…

—No es eso. Solo. Hermione, la mitad de las pociones del botiquín están caducadas.

—Eso no es sólo cosa mía —replica casi inmediatamente. Harry y Ron hacen eso mucho, delegar cuestiones en ella sin siquiera preguntarle su opinión. A veces duda si lo hacen porque son demasiado vagos, porque ella es la lista o la chica.

Harry le quita el vial de la mano con delicadeza, lo gira y señala con el dedo anular la fecha de caducidad.

—Desde luego no son mis pociones.

Harry lleva una racha peor que la de ella misma, emocionalmente hablando. Rompió con Ginny hará unos nueve años (y no en muy buenos términos. Todavía consiguen enrarecer todo el ambiente en las raras ocasiones en las que coinciden en algún evento familiar o de amigos) y no ha vuelto a llevar a nadie en el piso. Hermione sabe que ha tenido alguna cita, pero desde que se embarcó en el proyecto del orfanato no ha vuelto a querer oír nada al respecto.

Hermione acepta el vial cuando se lo vuelve a ofrecer y lo mira detenidamente. El corazón le da un salto. «Garantía de eficacia hasta enero de 2009». Se muerde el labio y asiente, intentando no perder la compostura. Las manos le tiemblan y no es capaz de estarse quieta porque, si lo hace, sabe que Harry lo notará. Así que agarra la pequeña papelera y va echando las pociones una a una.

No puede evitar detenerse en la poción anticonceptiva vacía. Tiene la misma fecha de caducidad que el resto, por supuesto.

—He separado las que estaban pasadas… —añade volviendo su atención al retrete. Para haber sido un auror, se le dan francamente mal los encantamientos de limpieza.

—Gracias —murmura. Y la boca le sabe pastosa. Se gira sobre sí misma y sale del baño a toda prisa. Sigue habiendo música de fondo y, de pronto, ya no tiene hambre.


8. Ron

No consigue el valor para bajar a la farmacia hasta después de comer. Ron la ha estado mirando de esa manera, como si supiera que hay algo que no está bien. La conoce demasiado.

Harry ya está vestido cuando vuelve a subir. Lleva la misma túnica que lleva a todos los eventos de etiqueta. Le queda bien, Hermione sonríe.

—Estás guapo —dice.

—Gracias. —Harry es el padrino. Neville y él fueron compañeros en el cuerpo de aurores muchos años, claro que es el padrino—. Pensaba que las chicas habíais quedado con Hannah para vestiros.

Hermione sonríe y palmea el bolso donde descansa el test de embarazo. No quiere ponerse histérica y sabe que la mejor opción es esperar al día siguiente, sin tanta presión. Pero no puede dejar de pensar en esa opción. Sabe que las probabilidades de que ocurra en condiciones ideales —si fuera más joven, si estuviera ovulando— no serían mayores del veinticinco por ciento. Todavía.

—Ya, sí. Ya sabes que tampoco conozco mucho a Hannah —dice en tono de disculpa—. Supongo que iré cuando Ron. Discúlpame con las chicas, si las ves.

Harry se la queda mirando y Hermione ahoga el impulso de salir corriendo y encerrarse en su cuarto. En su lugar sonríe y aprieta la mano alrededor del bolso.

—¿Estás bien?

Sonríe, intentando tranquilizarlo.

—Sí, bueno, ya sabes —murmura—. Cada vez quedamos menos solteros. El reloj, tic, tac.

Era verdad una semana atrás. Ahora… no sabe si todo está en su mente o es real.

—Vale —responde Harry. Le sorprende ser capaz de convencerlo con tan poco y se apunta contarle lo mismo a Ron si hace preguntas a las que no sabe si tiene respuesta. Harry le besa suavemente la mejilla y le da un apretón en el hombro antes de desaparecerse.

Hermione no va directamente al baño. En realidad, intenta resistirse. Con la seguridad de que está allí y que podrá acudir a él a la mañana siguiente, entra en su cuarto y se prepara para la boda. El vestido le queda como anillo al guante y, tras ponerse unos tacones como los que Parkinson le indicó, va al baño para maquillarse.

No es capaz ni de coger el delineador de ojos. Se da la vuelta en redondo y saca de su bolso el test de embarazo. Sabe que debe esperar. Que siempre es mejor hacerlo por la mañana —Merlín, se ha leído las instrucciones de camino a casa—, que es demasiado pronto y hay muchas probabilidades de un falso negativa. Respira hondo, las manos le tiemblan.

Da igual, necesita hacérselo ya.

Se baja las bragas y tira de la falda de tubo sin preocuparle las posibles arrugas antes de sentarse en el retrete. Abre la caja con manos temblorosas y mira en el interior. El test no es más que un palo de color blanco con un pequeño protector rosa en uno de los extremos. Hermione lo quita y lo coloca entre sus piernas. No es que tenga especiales ganas de mear, pero se obliga. El corazón le late demasiado rápido y nota la garganta seca.

Lo levanta frente a sus ojos. Aún no pone nada, claro. Cubre la membrana de papel con el protector y, sin parar a pensarse qué está haciendo, se tapa la cara con las manos.

Un clic hace que levante la mirada. La puerta se entreabre y Ron está al otro lado. Hermione está a punto de esconder el test detrás de su espalda. Pero lo tiene pegado a la cara y sospecha que se dará cuenta. Así que en su lugar se queda muy quieta, consciente de que tiene las bragas por los tobillos.

Él se ruboriza en cuanto la ve.

—Perdona, perdona —se disculpa dando un paso hacia atrás. Pero no acaba de cerrar la puerta. Hay algo en su mirada que grita lo sé, lo sé. Y Hermione no lo aguanta más y se echa a llorar—. ¿Estás bien?

«Claro que no, idiota», quiere gritarle. Pero en su lugar mira al techo, intentando contener las lágrimas y pensar en otra cosa. Ve por el rabillo del ojo como Ron da un par de pasos hacia ella. No necesita girar la cabeza para ver cómo sus ojos se fijan en la caja que siga en su regazo y no tarda mucho en notar cómo Ron se la quita de encima. Está temblando y es estúpido porque ni siquiera es para tanto. Está haciendo una montaña de un granito de arena.

También le quita el test y la ayuda a levantarse. Ninguno de los dos dice nada, ya es lo suficientemente malo cuando le sube las bragas y le baja el vestido, Hermione no tiene fuerzas para protestar. Es como si se tratara de una niña pequeña.

Se deja sentar en el sofá y, aunque es consciente de que Ron se está moviendo por la casa, no es capaz de registrar qué está haciendo. En su lugar, se deja caer de lado y aprieta las piernas contra su pecho, en posición fetal.

No sabe cuánto tiempo permanece allí, quieta y dejando que las lágrimas desciendan por su rostro. Ve que Ron se sienta frente a ella y deja el test en la mesilla del comedor. Entre las manos tiene las instrucciones y el ceño ligeramente fruncido.

—¿Sabes? —dice al cabo de una eternidad—. Jamás me había imaginado que esto iba a ser así.

—¿Esto? —pregunta Hermione y su voz suena casi más como un graznido.

Ron vuelve a coger el test y lo agita delante de ella.

—Ronald, he meado en eso —dice secándose las lágrimas con el dorso de la mano—. ¿Cómo te lo habías imaginado?

Se muerde el labio antes de contestar. Y cuando lo hace, su voz apenas es un murmullo que reconforta a Hermione.

—Bueno, no había lágrimas. O, por lo menos, no de… —Hace un gesto vago con la mano en la que sujeta el test—. Y era nuestro y estaba planificado. No sé. ¿Cómo ha pasado?

—Ron —murmura Hermione tapándose la cara con las manos—. Sabes cómo funciona.

—Merlín, Hermione, no me estoy refiriendo a eso —dice con una risa queda entre sus labios.

Ya lo sabe.

—Ya lo sé —responde. El reloj, piensa. El alcohol, Ron llamándola por su nombre. Sería tan fácil echarle la culpa de su descuido (y tan injusto). Recuerda que cuando Ginny se quedó embarazada, ella fue la primera en reñirla por descuidada—. ¿Y bien?

—Bebe primero —ordena señalando una taza de té humeante que ha dejado frente a ella. La idea de resistirse es tentadora, pero Ron tiene el resultado entre sus manos y, aunque sabe que se lo puede intentar quitar, no tiene fuerzas ni para intentarlo.

Así que coge la taza y toma un trago largo. Nota como un cosquilleo agradable se extiende por sus brazos y supone que Ron le ha echado un par de gotas de poción herbovitalizante. Le sonríe con agradecimiento y, cuando vuelve a dejar la taza a un lado, Ron se muda de asiento para sentarse a su vera.

De golpe, Hermione tiene muy claro que no quiere mirar, así que aparta la vista.

—Es probable que salga un falso negativo —avisa y nota la boca seca—. Todavía es muy pronto.

Ron consulta algo en la hoja de instrucciones y la espera se hace eterna. Hermione vuelve a coger la taza, aunque no bebe de ella. El calor entre sus manos y el olor suave a té recién hecho es suficientemente reconfortante.

—¿Y un falso positivo?

Aprieta los labios, entendiendo lo que aquello quiere decir.

—No hay falsos positivos —susurra. Y vuelve a notar las lágrimas en los ojos, porque así no, Merlín. Así no es como lo quería.

Mira a Ron. Tenía razón. Lo quiere con menos lágrimas o, por lo menos, con lágrimas de felicidad. Lo quiere con alguien a quien quiera, con el que poder celebrarlo con champán sin alcohol. No con un —prácticamente— desconocido con el que comparte una historia bastante negra. No sola y por un error estúpido.

Ron la abraza y Hermione se deja arrullar.

—¿Sabes? —dice y Hermione tiene miedo de que le proponga matrimonio, como en una estúpida película muggle. Tiene miedo porque se siente débil y tentada a aceptarlo. Y sabe que no es buena idea, que a la larga los dos se arrepentirían.

—¿Qué?

—No estás sola. —Hermione cierra los ojos, preparada para el golpe—. Ese niño va a tener a tío Harry y a tío Ron para asegurarse de que no hay ninguna herencia Malfoy que lo pueda estropear.

Hermione ríe. No puede evitarlo. Se recuesta algo más en él y sonríe. Ya está vestido para la boda, lleva una túnica tradicional con un alfiler de plata con el escudo de armas del cuerpo de aurores en el pecho.

—Tenemos que terminar de arreglarnos —dice intentando apartarse.

—Podemos quedarnos aquí toda la noche —responde Ron sin parpadear. El rugido de las llamas cuando alguien atraviesa la Red Flu pone los pelos de punta a Hermione y hace que se tense. Ron apenas parpadea—. No tienes que ser siempre la fuerte, Hermione.

—¿Llego en mal momento? —Es Lavender. Y Hermione todo lo que quiere hacer es encogerse sobre sí misma y desaparecer.

Ron se gira un poco para poder mirarla.

—No, en absoluto. Estábamos hablando de pasar de la boda y quedarnos en casa tomando helado y viendo películas. ¿Te apuntas?

Oye los tacones contra las baldosas antes de que entre en su campo de visión. Lavender lleva un vestido vaporoso que destaca contra el color de su piel, estampado y de mangas largas, con un cinturón de cuero alrededor de su cintura. Hermione no sabe decir si va a una boda o a la piscina, pero está guapa. Lavender siempre está guapa, a pesar de la cicatriz del mordisco de Greyback en su mejilla.

—Hola, Lavender —la saluda apartándose las lágrimas del rostro. Lavender frunce el ceño y Hermione nota su mirada recorrerla de pies a cabeza y acabar en el brazo de Ron que todavía la rodea. Hermione sabe que a sus dieciséis años era una chica insegura y, realmente, espera que no lo siga siendo.

—Hermione —responde antes de suspirar teatralmente y encogerse de hombros—. Espero que, al menos, el helado ese sea de los de con tropezones.

—En la cocina, el mueble plateado y cuadrado… la puerta más pequeña. Segundo cajón empezando por arriba —explica Ron.

Lavender se inclina sobre él para darle un beso rápido en los labios antes de caminar hasta la cocina como si hubiese estado en la casa antes. Hermione no pretende quedarse mirando, pero una punzada de celos la recorre. No tanto porque sea Ron (con Lavender, otra vez), sino por lo que tienen. Lo que tendrán.

—¿Al final la invitaste a ir? —pregunta Hermione quitando el brazo de Ron de encima, no tiene ganas de crear falsas ideas en la cabeza de Lavender. Ron no responde y solo arquea una ceja—. Vale, pregunta estúpida.

Ron se levanta y se acerca al mueble sobre el que se apoya la televisión donde amontona sus películas. Para ser el único criado en un entorno de magos, se adaptó muy bien a algunas de las tecnologías muggles. Especialmente a la televisión.

Hermione cree que es el único que la ve, realmente, de los tres.

—¿Con faldas y a lo loco? —pregunta sin mirarla.

—Ron, marchaos a la boda.

—No tengo ganas —responde sacando otra—: ¿Victor/Victoria?

—Merlín, Ron, ¿qué películas tienes ahí?


continuará.