Esta historia participa en la Tercera Prueba del Torneo de los Tres Magos del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black

Imagen: Horror, de klemenjero (klemenjero. deviantart art/ horror -33718533).


En mitad de la noche densa, bajo el cielo cuajado de estrellas frías y lejanas, una figura avanzaba presurosa entre las sombras. En el trecho entre la torre de Astronomía y su destino, todo era casi absoluta oscuridad, perfecta para no ser visto tras haber descubierto lo que el semigigante había estado escondiendo.

Pero incluso aquella noche parecía ser más oscura de lo normal. Incluso Hogwarts parecía haberse sumido momentáneamente entre las sombras, mientras Draco Malfoy cruzaba los oscuros pasillos hacia su destino final, donde revelaría la verdad. Se detuvo momentáneamente en mitad de uno de los corredores, sin apenas luces que guiasen su camino. Por un momento, sintió un escalofrío recorrer todo su ser.

No era el miedo a chivarse, ni las consecuencias por ello. Era el miedo en sí. Era aquel pasillo lo que le daba escalofríos, la oscuridad que de repente reinaba a su alrededor. Ese era el miedo.

Se repuso por un momento y continuó su pasillo, dejando que las únicas sombras que hubiese en ese momento fuesen las de su interior. Por fin llegó a su destino: el despacho de la profesora McGonagall.


La muerte le susurró al oído, alentadora, su piel se erizó al contacto. Cerró los ojos y esperó. Esperó a que su corazón desbocado dejara al fin de latir.

Cuando por fin lo hizo, abrió los ojos.

Castigo.

No había hecho nada malo, se decía así mismo Draco. O era lo que realmente quería creer, porque en verdad, bajo la estúpida lógica de McGonagall, él también estaba levantado a deshoras. Pero eso era algo que no admitiría jamás. Estaba castigado y era algo injusto.

Pero lo que ahora hacía que su corazón latiese con mucha más fuerza, con un ritmo galopante que le haría desbocarse, no era su involuntario error, sino lo que el castigo le deparaba. Y no tardó mucho en saberlo: el Bosque Prohibido. Y lo que era aún peor, la oscuridad que en él moraba.

Sólo era un alumno de primero, por el amor de Merlín, ¿quién en su sano juicio llevaría a un alumno de primero de paseo por el Bosque Prohibido y en plena noche?

Por si no había quedado lo suficientemente claro, no, Draco no quería ir. Una vez más en tan poco tiempo, volvía a tener verdadero miedo.


El grito se escapó de su boca. Corrió sin freno, abandonando a Potter a su suerte ante aquella oscura figura. No pensaba en que Potter le diese igual, del mismo modo que tampoco pensaba en cómo ayudarle a escapar de esa. Lo único que Draco sentía en ese momento era el irracional miedo. A la oscuridad, al Bosque, a las sombras… y a aquella tenebrosa figura.

Corrió y corrió entre los árboles mientras gritaba hasta quedarse sin voz. Y cuando por fin se detuvo, cuando ya dejó de gritar, por fin escuchó.

Nada oyó. Ningún sonido le vino a su alrededor. Ni de Hagrid, Potter, Granger o el propio Fang. Nada en absoluto. Sólo estaban Draco, la enorme oscuridad y un repentino frío en aquella noche de primavera.

Quiso gritar de nuevo, llamarlos a todos ellos y que fuesen a buscarle. Alzar la voz y gritar ¡ayuda! Quiso decir algo, lo que fuera, pero el vaho que surgió de sus labios se desmenuzó en el frío de la noche. Silencio. Tanto silencio.