Disclaimer: Los personajes pertenecen a Akira Toriyama. Esta historia es una traducción del fanfic Make a Wish, escrito por Aria710. Los créditos van a la verdadera autora.


Capítulo 16

El escape

La chica retrocedió cuando toda la atención de Vegeta se enfocó en ella de nuevo. Su expresión era indescifrable. No lucía enfadado, pero ella sabía que lo estaba. Detrás de esos ojos oscuros, se debatía las palabras de Jeice. Bulma se puso de pie para confrontarlo, antes de que éste pudiera abrir la boca. El chico echó la cabeza hacia atrás en sorpresa, obviamente no esperaba que fuera tan descarada.

-Debería matarte –Vegeta la miró de cerca, pero Bulma seguía caminando hacia él-. Deberías estar muerta en este momento.

-Pero no lo estoy –Bulma se detuvo y colocó sus manos detrás de su espalda. Dejó que su largo cabello se moviera junto al viento. Algunas finas hebras quedaron atrapadas en sus ojos, pero ella trató de no prestarle atención. La chica debía concentrarse en lo que Vegeta estaba pensando. Sintió un escalofrío de temor correr por su columna, pero no podía permitir que eso se apoderara de ella. Tenía que ser fuerte, valiente, para mostrarle a Vegeta que ella nunca lo había traicionado-. No te tengo miedo.

Notó con sorpresa que de hecho, no estaba mintiendo. El príncipe podía romper su espalda en un segundo, o incinerar su cuerpo con una ráfaga de ki antes de que ella pudiera comprender lo que sucedía. Y acababa de ser llamado asesino por la única persona en el universo que lo conocía desde siempre.

¿Era un asesino? ¿O era lo que ella había estado buscando todo este tiempo?

Sus ojos azules observaron su cuerpo, su silueta delgada pero musculosa parecía aturdida, su energía interior vibrando fuera de él. Tenía más fuerza, pensó Bulma, de lo que ella pudiera imaginarse. No sólo era su destreza física, sino también su fortaleza mental. Había vivido prácticamente un infierno, pero allí estaba él, un poco estropeado pero aún de pie. Obligado a matar por el monstruo a quien despreciaba. Golpeado todos los días por los hombres que subestimaban su herencia real. Si ella hubiera estado en sus zapatos, dudaba que hubiera sobrevivido, incluso si fuera una Saiyajin.

-¿Y por qué no lo has hecho? –preguntó la chica, rompiendo el silencio.

Sus ojos oscuros brillaron ante la pregunta, y él soltó un bajo resoplido.

-¿Por qué no he hecho qué, muchacha?

-Matarme. ¿Por qué aún no lo has hecho? Has tenido un sin número de oportunidades, y sin embardo aquí estoy. Cuando llegué a tu habitación por primera vez, pude haber sido un espía, pero aun así, confiaste en mí y solicitaste mi ayuda. Te ofreciste a ayudarme, a pesar de que yo no estaba en ninguna posición para negociar. Arriesgaste tu vida, probablemente, para salvarme de Zarbon y Freezer. ¿Y ahora piensas que soy su espía? Pues entonces, has lo que debiste hacer desde un principio. Mátame –su voz sonaba más furiosa que asustada-. De todos modos, nunca volveré a casa, así que ¿cuál es el punto?

-Idiota –Vegeta agarró el brazo de la chica de repente, destruyendo la distancia entre ellos cuando su rostro apareció justo frente a ella-. No lo entiendes.

-No –Bulma sacudió su cabeza. Ella lo vio respirar profundamente y se tensó, pero no retrocedió-. No lo entiendo. No te entiendo, Vegeta. ¿Eres un príncipe o un mercenario? ¿Vas a matarme porque ese tipo Jeice te dijo que lo hicieras, o finalmente vas defenderte y tomar las riendas de tu vida? –ella se estremeció ante sus palabras, sin darse cuenta, el volumen de su voz continuó subiendo y subiendo, hasta que básicamente estuvo gritando al príncipe frente a ella. Bulma no podía adivinar lo que pensaba. Él se limitó a mirarla, con ese gesto arrogante plasmado en su rostro.

-Esa es la razón –dijo él, con una mirada de complicidad.

La chica levantó una ceja ante aquella respuesta.

-¿La razón de qué?

Vegeta colocó su cabeza cerca de su cuello. Su miedo se multiplicó cuando él comenzó a respirar, las cálidas corrientes de aire golpeaban su piel, enviando escalofríos a través de todos sus poros.

-Del por qué estás aquí todavía –respondió el chico. La distancia entre ellos era inexistente, su pecho y cintura arrimados contra los de él-. Eres como el fuego, muchacha –él sacudió su cabeza, su piel rozando suavemente contra la suya-. Es increíblemente… atractivo.

La chica lo miró fijamente, esperando que se inclinara hacia ella, anticipando el momento en que encendiera todo su cuerpo con su beso. La repentina descarga de energía, su sofocante calidez hacía a su corazón latir precipitadamente. Vegeta tenía algo especial, algo fuera de su mundo. Tal vez era su misteriosa actitud de chico malo que lo hacía parecer completamente seductor, o su innegable fuerza y poder. Pero fuera lo que fuera, a ella le encantaba. Su deseo no había sido un desperdicio.

-Sin embargo, realmente tienes que parar tus incesantes lloriqueos –dijo él, sus ojos oscuros enfocados en su boca se posaron de nuevo en los ojos azules de la chica. Vegeta dio una paso atrás, sosegando un poco el corazón de Bulma.

"¿En qué piensas, Bulma Briefs?"

Ella no había notado las pequeñas lágrimas acumuladas en sus ojos, probablemente producidas por su anterior grito. Bulma las limpió de prisa y miró de nuevo al Saiyajin. La parte racional de ella sabía que esto era un error. Vegeta era violento e impredecible. El chico de ninguna manera era el novio perfecto. Sin embargo, ella aun sentía que debía salir a su defensa. La chica nunca tomaba el camino fácil. ¿Ir en busca de las esferas del dragón sólo por un chico? Ella era lo suficientemente hermosa. Hubiera sido fácil conseguir cualquier chico en su escuela con su impresionante combinación de belleza e inteligencia. Pero eso habría sido aburrido, poco interesante y predecible. Ella no quería algo común, quería aventura. Y Vegeta era exactamente eso.

-¿Así que es por mi fuego? –Bulma sonrió, poniendo una mano en el pecho del príncipe-. ¿Eso es todo? ¿No por mi increíble personalidad? ¿O legendaria belleza? –Bulma se tensó cuando Vegeta se inclinó y comenzó a besar su cuello. El rastro húmedo de sus besos la hicieron tartamudear, pero de alguna manera pudo continuar-… ¿O mi innegable inteligencia?

-Hn –sólo hubo un ligero gruñido en respuesta, pero a ella no le importó. Vegeta levantó la cabeza, presionando sus labios sobre los de la chica con extrema suavidad. El rostro de Bulma se enrojeció de inmediato. El Príncipe Saiyajin dio luego un paso atrás, fuera del alcance de ella-. Bulma…

Allí estaba con su nombre de nuevo. Era casi como si siempre la llamara 'muchacha' a propósito, pronunciando su nombre sólo en ciertos momentos especiales para hacer que ella quiera agarrarlo y besarlo lo más fuerte posible. Y lo habría hecho, si ese nombre no hiciera temblar sus rodillas, y si Vegeta no hubiera estado demasiado lejos como para agarrarlo en ese momento.

Él pareció notar su pesada respiración y se acercó, acariciando sus brazos y haciéndola relajarse ante el contacto. La chica estiró el cuello hacia delante, esperando la cálida colisión, pero él levantó un dedo deteniendo su avance.

-Voy a volver.

"¿Qué?"

-¿A la cueva? –preguntó Bulma en confusión.

El Príncipe Saiyajin ya había retrocedido, ajustando su rastreador y mirando el cielo anaranjado.

-Para ver a Jeice. Él espera que me reporte de vuelta después de matarte –dijo él, agarrando una cápsula de su bolsillo-. Diré que no había notado que tenías mi nave contigo. Sólo me di vuelta por un segundo y te habías ido. ¿Entendido? –Vegeta intentó entregarle la cápsula-. Tómala.

-¿Qué?

El chico se enfadó de repente.

-¡No seas estúpida, muchacha! ¡Toma la maldita nave y lárgate de aquí!

-Vegeta…

Él lanzo la cápsula al suelo, haciendo que la caja plateada que llevaba dentro saliera a la vista.

-¡Sólo cállate y escúchame! Esta es la única manera de que salgas con vida. Toma la nave y vete. Yo me encargaré de Jeice y Nappa y de cualquiera que se interponga en mi camino. Pero debes irte.

-No –ella negó con la cabeza y agarró la caja-. No te dejaré aquí a tu suerte.

-Mierda, muchacha. ¡Solo vete! Hay un localizador en la nave espacial. La tecnología no es tan complicada como el rastreador, podrás desactivarlo sin problemas.

-No me iré sin ti.

Sus ojos oscuros la miraron con furia. Se acercó a ella en completa cólera. Vegeta agarró la fría caja metálica de las manos de la chica y la abrió, con decididos movimientos. Pausó por un momento, observando las diferentes cápsulas, y luego tomo una de ellas y la lanzó al suelo, produciendo su nave espacial. El príncipe agarró la muñeca de Bulma bruscamente, lastimando su piel. Manipuló un pequeño control remoto y abrió la puerta de la nave. Una vez abierta, empujó a la chica dentro de ella. Su espalda se golpeó contra el acolchonado asiento, pero Vegeta no pareció notarlo.

-Ves esos botones –dijo él, apuntando a una parte de los controles del vehículo-. Ahí se ingresan las coordenadas. Si tienes alguna idea de dónde está tu planeta, deberás buscarlo luego de que desactives el localizador.

Vegeta ignoró sus protestas y la empujó de vuelta en el asiento cuando ella intentó levantarse. El chico colocó una mano sobre ella, justo arriba de su pecho. Su brazo la mantuvo allí, sosteniéndola contra el asiento, como una barra de seguridad alrededor de su clavícula.

-Ese botón de allí da comienzo al despegue. Ese de allá es la unidad de hibernación. Creo que eso es todo lo que necesitas. La unidad de hibernación se sincronizará automáticamente con las coordenadas suministradas. Deberías despertar 20 minutos antes del aterrizaje.

-Vegeta…

-Vete ahora –el chico se detuvo, apretando la mandíbula-. Es preferible que mueras en el espacio, intentando volver a tu planeta, a que tengas que pasar este infierno conmigo.

Bulma sacudió su cabeza.

-Escapa conmigo. Desactivaré el localizador y no podrán encontrarnos.

Su mano aguantada señaló una barra rectangular en el panel de control.

-Cuando enciendas la máquina, te darás cuenta que no le queda mucho combustible. Debería durar lo suficiente, si disminuyes la velocidad y la usas conservativamente –señaló luego un conjunto de botones, probablemente el control de velocidad-. Pero no puedo asumir que Jeice tiene la misma cantidad de combustible que nosotros. No sé de dónde vino. No sé si puede respirar en el espacio, hay muchas criaturas que tienen la capacidad de hacerlo –Vegeta retiró su mano del pecho de la chica-. Una hora no es ventaja suficiente si puede ir más rápido que nosotros. Él va a seguirnos, Bulma. Pero no te seguirá si vas sola.

-No puedo manejar esta cosa, Vegeta –dijo ella, aunque probablemente podría descífralo-. No puedo hacerlo sin ti.

-Sé que lo lograrás. Vete ya.

-¡No lo haré! ¡No te dejaré aquí, para que debas regresar con Freezer! ¡No puedo hacerlo! –lo que dijo pareció afectarlo finalmente. Vegeta no quería volver con Freezer. Lo vio reflejado en sus ojos oscuros, las torturas, las palizas, los golpes a su orgullo. El jefe extraterrestre mantendría a su mono mascota para siempre, sometido y derrotado, encerrado en su pequeña jaula. El Saiyajin meditó por unos segundos antes de empezar a levitar, mirando la línea de horizonte. Ella tenía que detenerlo-. ¡Espera! ¡Espera! ¿Y si destruyes su nave?

El chico la miró.

-¿Qué?

-Destruiste la nave de Nappa, ¿verdad? Entonces, sólo debes ir a destruir la nave de Jeice, y supongo que la de Raditz también. Así no podrán seguirnos –concluyó la chica. Era una salida, una solución desesperada, pero al menos era una que podría mantenerlos a ambos juntos y con vida.

-¿Y si no puedo encontrarlas?

Bulma sonrió ante la inseguridad en su voz.

-Eso no es propio de ti, Vegeta. ¿Desde cuándo el Príncipe de todos los Saiyajin no puede hacer algo?

Vegeta aterrizó en el suelo, pensado y asintiendo ante su réplica.

-Tienes razón. No quiero volver con Freezer –sus ojos oscuros observaron su cuerpo de nuevo, antes de sonreír levemente-. Espero que tu patético planeta esté listo para un príncipe de esta categoría.

El cuerpo de la chica tembló ante el doble sentido, y ella sonrió de vuelta.

-Hmm… creo lo manejaremos –Bulma salió de la nave espacial e inmediatamente colocó sus manos sobre el pecho del chico, sus dedos acariciando su armadura blanca-. Te cambié un poco, ¿verdad? –dijo en un susurro, casi inaudible; era algo que en verdad no quería que él escuchara.

-Hum.

Ella sonrió, sabiendo que nunca obtendría una respuesta directa.

-Me alegro de que vengas conmigo, Vegeta.

-Será aceptable considerando las condiciones en las que vivía antes.

Bulma sacudió su cabeza, antes de recostarla sobre su pecho. Él era apenas dos o tres centímetros más alto que ella, pero eso no le importaba. Ella sintió su barbilla apoyarse sobre su cabeza, sintió el subir y bajar de su pecho con su vigorosa respiración. Sus espiraciones eran profundas, casi desiguales, y ella tuvo la sensación de que él en verdad estuvo muy preocupado. Bulma escuchó prendas de tela cayendo al suelo, y luego sintió sus manos descubiertas, su áspera piel, acariciando su mejilla. Ella sonrió ante el contacto, empujando su cabeza contra su cuello y suspirando, partículas de sudor y polvo se entremezclaban con su olor.

-Príncipe arrogante –susurró ella contra su piel.

El chico levantó la cabeza y la besó, con una brusquedad no tan diferente a la pasión. Sus labios estaban secos esta vez, raspando su labio inferior como arena bajo sus pies. Vegeta se apartó a regañadientes, humedeció sus labios y se acercó de nuevo. Sus manos descubiertas se ubicaron en el rostro de la chica, propagando calidez desde sus mejillas hasta su cuero cabelludo.

Ella tomó sus hombros, apoyándose contra su cuerpo fornido, en parte para estabilizarse pero sobre todo porque anhelaba tenerlo más cerca. Las manos del chico bajaron desde su rostro, siguiendo cada curva de su figura para luego agarrar fuertemente sus caderas. Bulma jadeó ante la nueva presión, y Vegeta lo aprovechó por completo, deslizando rápidamente su lengua en la pequeña abertura de sus labios.

El beso fue violento, pero a Bulma no le importó. Vegeta se estaba conteniendo visiblemente, pero eso no hizo aquella conexión menos poderosa. Él aún se sentía inexperto, pero ya no incómodo, cuidadoso, pero sin esa dosis innecesaria de duda. No fueron tan frenéticos, pero había un abrumador tono de desesperación uniéndolos.

Bulma se apartó primero, necesitando respirar pero queriendo hacer todo menos eso. Sus manos se movieron desde sus hombros hasta su pecho, en donde una vez más apoyó su cabeza.

-¿Crees que Jeice te encontrará?

-Quizás –su tono era neutro, sin alentar ni la más pesimista u optimista de las situaciones.

-No lucharás con él, ¿verdad?

-Tendré que hacerlo si me encuentra.

Bulma tragó saliva, posicionando sus manos y tirando de él para abrazarlo. Ella lo notó tensarse ante el nuevo, menos sexual pero aún íntimo, contacto.

-Esperaré por ti.

El chico se relajó y dio un paso atrás, rompiendo su conexión por completo. Vegeta recogió sus guantes de la tierra y volvió a colocarlos en sus manos.

-Espérame durante una hora.

-¿Y luego qué?

-Asume que estoy muerto y vete –respondió él, en tono áspero.

-Pero…

-Si ataco a Jeice, sabrán que lo hago por defenderte y vendrán por ti después. Espera una hora y luego márchate si no he regresado. Eso ya es demasiado tiempo.

Bulma no asintió, pero se sentó en el suelo, mirando al Príncipe Saiyajin empezar a flotar.

-Esperaré por ti.

-Muchacha…

-Estaré aquí cuando regreses, Vegeta –dijo ella, lanzando una sonrisa e ignorando la preocupación que afloraba en su corazón-. Puedes confiar en mí.


Fue fácil encontrarlas. Demasiado fácil.

Empezó a buscarlas en la zona donde había detectado el poder de pelea de Jeice la primera vez. Ambas naves estaban distanciadas solo unas 20 yardas la una de la otra, cada una descansando en su propio cráter, como huevos en un nido agrietado. Le tomó solamente dos ráfagas de ki y un máximo de 20 minutos, y Vegeta estaba en camino de vuelta a su propia nave, de regreso hacia Bulma y su anhelado escape.

Vegeta no pudo contener la leve sonrisa en su rostro cuando vio la esfera de metal justo donde la había dejado. Sabía que la chica nunca huiría sin él. Ella era ingenuamente sincera, decía exactamente lo que pensaba y sentía. Eso le molestaba mucho, pero también era parcialmente la razón por la que estaba ahí en ese momento. Ella era honesta con él. Y aún cuando él fue completamente honesto, ella no había…

-¿Muchacha?

La puerta de la nave espacial estaba abierta, pero Bulma no estaba dentro. Vegeta presionó a toda prisa el botón de su rastreador, ajustándolo inmediatamente para buscar el poder de pelea más pequeño posible, pero no detectó nada.

Su ki se elevó levemente, y él utilizó esa energía para despegar hacia el aire a gran velocidad en una sólida línea blanca. Pero incluso desde su nuevo y elevado punto de vista, no logró divisar nada. Nada más que tierra y humeantes charcos de agua pálida. Nada azul entre las llanuras anaranjadas.

-¡Bulma! –No hubo respuesta-. ¡Mierda!

Aterrizó de nuevo e inmediatamente comenzó a buscar señales de lucha. "¡Ese bastardo debe haberla matado! ¡Maldición!" Pero no había nada allí. Ni restos de humo de una explosión de ki, ni notables signos de pelea en el suelo o en la nave espacial. Y con una inspección más cercana, se dio cuenta que Bulma ni siquiera había comenzado a desactivar el dispositivo de locación de la nave. "¿Qué está pasando?"

Vegeta rió sin gracia ante la familiar emoción en su pecho. Ella no estaba aquí. No había cumplido su promesa. No había esperado por él. Pero, ¿dónde podría haber ido?

Pasó un tiempo casi eterno recorriendo los alrededores. Pero todo estaba vacío. Llanuras rojas y cuerpos carbonizados, tirados sobre sangre seca y rancia. Nappa había desolado totalmente el planeta. Podía detectar solo tres formas de vida, y todas ellas eran demasiado poderosas como para tratarse de Bulma. "¿Qué demonios sucedió?"

Hubo una extraña constricción en su pecho al aterrizar nuevamente junto a su nave. Miró el puesto donde ella se había sentado antes, sus piernas estiradas descuidadamente, invitándolo a acercarse, aunque no sabría cómo proseguir una vez que lo hiciera. Las últimas palabras de la chica dolían como un golpe. Su cerebro intentó sacudir el desconcierto y la desagradable sensación de soledad. Vegeta se congeló cuando la clara conclusión se hizo presente. Él había sido abandonado aquí; una de sus últimas oportunidades de librarse de Freezer fue arrancada de sus manos de repente, con tanta indiferencia y brutalidad. Ella lo había dejado con esperanza, con tantas razones para vivir, pero todo eso se vino abajo en una ráfaga de polvo rojo y deserción. Se sentía enfermo hasta la médula. Vegeta apenas parpadeó cuando sintió tres cuerpos volando hacia él.

-Hola, Vegeta. Estaba perdiendo la paciencia. ¿Qué sucede con el aumento en tu poder de pelea?

El chico maldijo cuando Jeice se acercó a él, flanqueado por los otros dos Saiyajin. Él sabía que lo habían estado rastreando, las explosiones de las naves espaciales habían sido demasiado ruidosas y fuertes para pasar desapercibidas. Pero él había pensado que la chica estaría lista para irse inmediatamente. Dos minutos y habrían estado fuera de la atmósfera del planeta. Fuera del alcance de Jeice o Freezer. Pero aquel plan había quedado jodido ahora.

-Lárgate, Jeice.

Jeice no lo hizo.

-¿En dónde está tu chica?

Tanto Nappa como Raditz echaron un vistazo alrededor de la cápsula espacial, y luego se volvieron hacia el Príncipe Saiyajin, confundidos. Nappa levantó una ceja y se acercó a Vegeta.

-¿Por fin te deshiciste de ella? –el hombre palmeó la espalda del joven con dureza, haciendo a Vegeta estremecerse ligeramente-. Maldita sea, ¡por fin! Es difícil la primera vez, Vegeta, pero no te preocupes ya verás que…

-Cállate, Nappa –dijo él, la amargura en su voz era devastadora.

Raditz se acercó al príncipe con más calma.

-¿Se ha ido?

La pregunta de Raditz pareció crear una permanente cicatriz en él. Su mente procesó todas las posibles razones de su desaparición, pero ninguna tenía sentido. Ella había prometido estar allí, y no lo estaba. Vegeta contuvo las ganas de gritar su nombre de nuevo. Ellos no la habían matado, y además de él, no quedaba ninguna otra forma de vida en el planeta. Pero Bulma había desaparecido por completo. Su rastreador no detectaba nada, y su olor se desvanecía poco a poco, perdiéndose entre el aire húmedo y el polvo. La repentina opresión en su pecho lo dejó paralizado. Ella había venido y se había ido en un instante, dejando a su paso nada más que ruinas y traición. Vegeta gruñó, apartando aquellos patéticos sentimientos.

-¡A quién le importa a dónde fue! –Exclamó él, volviéndose de nuevo hacia Jeice-. ¿Qué es lo que quieres? ¡Aquí estoy! ¡Llévame con esa lagartija púrpura y termina con esto!

-Está bien, Vegeta. Pero parece que nuestras naves espaciales podrían haberse averiado –dijo Jeice, manipulando un control remoto-. No están respondiendo –señaló luego a la nave de Vegeta-. ¿Te molestaría llamar a la oficina central y decirles que necesitamos tres nuevos vehículos? –El idiota extraterrestre le estaba haciendo un favor, absteniéndose de culparlo por la destrucción de sus naves. Jeice vio que Vegeta estaba atrapado, que no tenía otra opción más que obedecer, y allí estaba él, compadeciéndose de él como si fuera un maldito debilucho.

El chico pulsó el botón de su rastreador, identificando el poder de pelea de Jeice y luego maldiciendo en voz baja cuando descubrió que era mucho más alto que el suyo. Estaba atrapado de nuevo, ahora con un Zarbon extremadamente enfadado y tal vez con un Freezer algo molesto. No sabía si Raditz delataría su plan de derrotar finalmente al monstruo. No sabía cómo ni cuándo se volvería lo suficientemente poderoso para lograr su objetivo. Si es que eso era posible sin ser inmortal.

Vegeta gruñó en afirmación y de inmediato estableció el comando en su rastreador. Algunos soldados de clase baja respondieron inmediatamente, diciendo que las naves llegarían desde el planeta 107 y que no tardarían más de unas pocas horas.

Apartó la vista de la expresión triunfante de Jeice, concentrándose en su propia nave, y luego en la pequeña caja plateada que residía en el interior del asiento. Vegeta se acercó de inmediato. El dulce aroma de la chica lo abrumó completamente mientras tomaba asiento en el vehículo. Tomó la pequeña caja del suelo, sosteniéndola con tanta delicadeza, como si estuviera hecha de vidrio y no de metal sólido.

-¿Vegeta?

Él no levantó la vista al oír su nombre, esperando que el idiota entienda la indirecta y lo deje en paz. Pero no tuvo tanta suerte. Su mano se deslizó hasta la parte superior de la caja, asegurándose de que estuviera sellada antes de colocarla debajo de su asiento.

La voz de Raditz continuó.

-Vegeta, iremos de regreso al campamento. ¿Vienes con nosotros?

Vegeta asintió, mirando la nave pasivamente antes de seguir a los otros tres soldados a través del desierto rojizo. No sabía por qué el otro chico lo había formulado como una pregunta, como si él tuviera alguna otra elección.