Soul Eater no me pertenece, ni tampoco la canción utilizada al comienzo de esta historia.

En un principio esto sólo iba a ser un one-shot sobre Patty, pero luego de hacer la continuación con el POV de Liz, me emocioné y decidí hacer un "bonus" con Kid también, aunque me costó mucho, demasiado xD, ya que es un poco diferente a los otros dos. Gracias a todos los que han pasado a leer, han agregado a favoritos y especialmente a los que me han dejado sus reviews :D (Neko's Baba, A, Bell Star, ReeevertW).


Vicios

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"Nuestros sueños son malos, nuestras cabezas están mal"

(Every Planet We Reach is Dead, Gorillaz)

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Kid despertó bruscamente, abriendo los ojos de par en par y respirando a bocanadas, como si estuviese a punto de acabarse el aire en aquella espaciosa habitación donde reposaba.

Y no eran las ocho de la mañana. Eso lo irritaba muchísimo.

Desde que era un niño, el joven Death the Kid tenía una rutina perfectamente balanceada, creada por el mismo, para vivir de la manera más simétrica posible su día a día.

¿Existía tal cosa como "vivir simétricamente"?

Para el joven Death the Kid, sí. O al menos debía estarse siempre buscándola, la simetría, eso era el balance para Kid en este mundo. Tan sólo pensar más de unos segundos en la asimetría le hacía sentir disgusto y por eso era una labor que como shinigami debía cumplir.

Una labor autoimpuesta, claro.

¿No crees que es algo obsesivo, Kid-kun?

Le había dicho una vez su padre con su voz cantarina y amigable tras un evento en que su versión más joven había causado un pequeño, como diría, "accidente". ¡Pero había sido necesario! Él no podía dejar las cosas así en ese estado tan asimétrico, debía hacer algo por arreglarlo. Kid sabía que su padre trataba de no herirlo, el señor de la muerte siempre era demasiado amable, pero él… él estaba mintiendo. ¿Cómo es posible que lo hubiese llamado obsesivo? No lo entiende, no entiende que el sólo busca… el balance. No es una clase de obsesión ni algo parecido.

¿Verdad?

Por eso, cuando no era más que un pequeño niño y conoció el símbolo que representaba el número ocho, sus ojos dorados se iluminaron como nunca antes. ¡Era increíblemente simétrico por donde se le mirase! Si lo cortaba justo en medio de manera horizontal o vertical, ¡Las partes seguían siendo iguales! Y maravillado con su "descubrimiento" creó una rutina diaria basada en aquel número. A las ocho de la mañana en punto se levantaba, asegurándose de que las manecillas de sus relojes—que el mismo previamente había modificado para que fuesen del mismo tamaño, pues las diferencias de longitud entre el minutero, horario y segundero le parecían una abominación—marcaran exactamente el ángulo de las ocho en punto. Ocho exactos minutos se demoraba en ducharse, y ocho exactos minutos tardaba en ponerse su ropa, la cual procuraba dejar pulcramente planchada la noche anterior, cuidando de no olvidar ninguna arruga que se interpusiera en su simetría. Sus vestimentas eran siempre escogidas de acuerdo a la simetría. Por eso siempre habían sido sus preferidos los trajes, pues las solapas de los mismos siempre eran iguales a cada lado. Sin embargo, si alguna falla en su concentración provocaba que su aspecto fuese desigual, obviaba el hecho de los ocho minutos y procuraba arreglar su error. Podía estar horas, literalmente, tratando de verse simétrico, aunque claro, siempre estaban esas horribles líneas blancas de su cabello que arruinaban todo. Y antes de partir a desayunar, o a hacer lo que tuviese que hacer, se preocupaba de dejar todo en perfecto estado: ropa de dormir doblada, cama impolutamente tendida, muebles posicionados en ángulos de noventa grados, cuadros y fotografías inmóviles y sin ladear, y, por supuesto, el papel higiénico doblado en punta triangular. Y por las noches repetía su rutina, acostándose a las ocho en punto y procurando dormir hasta las ocho en punto de la mañana siguiente.

Pero en esa noche calurosa y seca de Nevada, su ritual de sueño se había visto interrumpido bruscamente.

Su piel estaba mojada de sudor frío, especialmente la parte trasera de su cuello. Desagradable.


Salió de su habitación al final del pasillo y avanzó caminando mientras sentía la ansiedad crecer en su estómago. Debía llegar rápido a la cocina, seguro algo había ahí que debía arreglar y ya podría volver a dormir. Sí, lo recuerda, Patricia tomó los imanes con forma de calavera que su padre había insistido en poner en la puerta de su refrigerador y probablemente no los había ordenado como debía ser, tuvo que haber tomado más precauciones antes de irse a su habitación. Mientras atravesaba el largo pasillo iluminado por la luna llena se cercioró de que los cuadros estuviesen en orden y echó un vistazo al simétrico reloj gris que yacía en la pared. Dio un respingo de desaprobación al comprobar la hora: eran las tres y veinte minutos de la mañana pero hubiese preferido que fuesen las tres y media pues los veinte minutos no eran muy simétricos al lado del tres, a diferencia de los treinta.

(Tres de la mañana, la hora de los muertos. Qué paradójico).

Batalló la necesidad de ir a manipular las manecillas del reloj, y continuó avanzando hasta llegar a las anchas escaleras de mármol blanco que llevaban hacia la primera planta de la mansión. Como un niño que no quiere ser descubierto bajó los escalones con cuidado de no hacer ruido. Estar acompañado por más de una persona en esa gran mansión que hacía mucho eco era algo nuevo para él de todas formas.

Se desplazó por el lujoso recibidor y el largo comedor de madera lustrosa. Con ansiedad se dirigió a la cocina, dispuesto a remendar el posible desorden. Alzó una ceja cuando divisó a alguien más allí dentro. De espaldas a él estaba Elizabeth, la mayor de las pistolas demoníacas.

Y la más difícil de ambas.

Era sumamente odiosa y maleducada, dispuesta a pelearse y sacar las garras las veinticuatro horas del día. Estaba siempre a la defensiva, siempre enojada. Sabía identificar el por qué pero ni Kid ni las autoridades de Death City cambiarían de opinión. Este era el método que debían seguir por estar en libertad condicional y no podían interponerse en él si querían terminar bien y no volver a una vida de delincuencia. Patricia era igualmente agresiva pero no tan odiosa como Elizabeth, un poco excéntrica e infantil y con una tendencia por llevarse lo que no era de ella, en otras palabras, robar, pero de todas formas era mucho más, como decirlo, "calmada" —léase con comillas muy marcadas— y llevadera que la mayor. A veces incluso bromeaba en voz alta con él—aunque el joven shinigami no entendía el trasfondo de sus palabras la mayor parte del tiempo—, y en una ocasión hasta le había pedido que compitiese con ella en uno de esos videojuegos que tanto le gustaban, suceso que no terminó muy bien porque Kid se demoró demasiado en elegir un personaje para combatir que fuese lo suficientemente simétrico y Patricia, molesta, le desconectó el control de la consola. Pero Elizabeth era otro caso y si bien desde que la conoció en una calle de mala muerte la chica nunca le demostró amabilidad—dios, le había puesto una pistola al cuello—, podía asegurar que desde que empezaron a llevar los brazaletes con identificador de GPS la joven arma llanamente lo odiaba. Sólo se dirigía a él con rudeza, usualmente lo menoscaba e insultaba, y en más de una ocasión le atacó con gestos violentos. Nada más hace unos días le había lanzado una taza de cerámica por la cabeza en el café Deathbucks, la cual, afortunadamente, logró agarrar en el aire antes de que se rompiese en mil pedazos y provocase un desastre incalculable, porque si había algo que superase los límites de la asimetría eran los utensilios domésticos quebrados en desproporcionados trozos. Quizás lo hacía de forma intencional, pues la chica no aceptaba su pensamiento y se irritaba mucho por ello, sumando una razón más para su teoría de que Elizabeth lo odiaba. Parecía llevarse hasta mucho mejor con su jefe que con él mismo, pero aunque fuese incorregible y lo detestase como nadie, Kid no podía sentir lo mismo ni por ella ni por su hermana. Es que eran increíblemente perfectas, dos armas idénticas desde el cañón hasta las balas, no había fallas ni diferencias por ningún lado ¡Ninguna! Era increíble como pudiesen haber resultado tan simétricas, siendo hermanas gemelas podría haber sido más común pero ellas tenían un par de años de diferencia, y por una muestra sanguínea que les habían hecho como examinación general había comprobado que había una gran probabilidad de que no compartiesen el mismo padreDeath Scythe le había advertido que ese no era un tema que debiese tocar, al menos no todavíay aun así eran perfectamente iguales (en forma de arma, claro). No podía arriesgarse a perderlas.

(Además, la imagen de un joven dios de la muerte ejecutando simétricos movimientos con dos poderosas pistolas en sus manos a veces revoloteaba por su cabeza y no podía evitar sentirse… bien. Era una buena imagen).

Pero la convivencia entre ellos no era precisamente buena en ese momento, y Elizabeth no hacía mucho por mejorar.

— ¿Qué estás haciendo aquí, Elizabeth?

Habló con voz compuesta y fuerte, haciendo que la rubia se volteara a mirarlo asustada. Sí, asustada. La sanguinaria delincuente de Brooklyn se asustaba con los ruidos en la mitad de la noche y las películas de fantasmas con malos efectos especiales. En todo caso, su expresión de terror cambió de inmediato en cuanto vio su figura monocromática, exhalando con molestia por su mera presencia y cruzándose de brazos de manera amedrentadora. Como era de esperarse, le gruñó de inmediato.

— ¿Qué mierda haces aquí a esta hora?

Kid frunció el ceño al escuchar sus clásicas palabras soeces. Liz lo frunció aún más, enojada por su reacción al oírla. Casi parecían estar compitiendo a quién podía hacer más enojar al otro. Si Patricia estuviese allí, seguro se ofrecería para elegir al ganador.

— ¿Qué haces tratando de encender un quemador a estas horas de la noche?

La pregunta fue retórica, porque Kid ya había notado el cigarrillo sin prender que había caído de sus dedos cuando se había sobresaltado.

Así que otra vez estaba tratando de fumar a escondidas.

Una de las primeras reglas que se les impusieron para facilitar su "reinserción" a la sociedad había sido la prohibición del consumo de cualquier tipo de droga mientras durase el período de condicionalidad, incluidos los cigarrillos de tabaco que prácticamente eran una necesidad básica para la mayor de las hermanas. Kid comprendía que aquello no era comparable con las otras sustancias que Elizabeth frecuentaba, pero de todas maneras debía cumplir las reglas. Sabiendo de los vicios peligrosos que tenía, habían puesto mucho más cuidado en ella, vigilándola y monitoreándola continuamente. Los doctores y enfermeros que le hacían los exámenes y controles médicos tenían suerte de no haber sido apuñalados con las tijeras quirúrgicas por una recelosa Elizabeth que se negaba a responder preguntas incómodas sobre su salud, y también por una furiosa Patricia que rechazaba que le pinchasen el brazo con agujas.

—No tienes permitido consumir tabaco, Elizabeth—sus ojos miraron en dirección al pequeño cigarrillo para después volverlos al rostro enojado de Elizabeth, esperando el próximo insulto a su persona o el próximo objeto que le fuese a lanzar en dirección a su cabeza, o bien a las manos de la chica empuñadas sobre su ropa para estamparlo contra la nevera con el más puro odio.

Pero para gran sorpresa de Kid, su cabeza no recibió ningún impacto y su blanca camiseta de dormir tampoco fue tocada. Era algo nuevo, a decir verdad.

—…ah, mierdasuspiró Liz abatida y se llevó una de sus manos a la cabeza, mientras sus hombros temblaban muy levementees sólo un maldito cigarrillo.

Elizabeth parecía… enferma. Enferma y agotada, tanto que ya ni se esforzaba en amenazarlo.

—No puedes consumir ninguna sustancia. Estás en libertad condicional, por si no lo recuerdas esos brazale

Elizabeth lo interrumpió chasqueando la lengua. La mera mención de los brazaletes siempre la hacía enojar, pues no era difícil darse cuenta que para las hermanas el tener que llevar esos aparatos en las muñecas era algo humillante, como una daga filosa que les enterraban en el orgullo y que hacía aumentar las miradas desaprobatorias de la gente sobre ellas, a quienes no podían ahora amenazar ni asustar con algunos disparos inofensivos al aireo algo así había escuchado. Tampoco era difícil notar que la mayor era la que más resentía el hecho, pues innumerables veces había tratado de quitarse la pulsera, sin resultado alguno.

—Vamos Kid, no es como si me fuese a esnifar esto.

¿Esni-qué?

—Digo que no es droga.

Kid estuvo a punto de abrir la boca pero Elizabeth se le adelantó, como si supiese lo que le iba a decir.

—De la gente que tú crees decente, son muchos los que hacen lo mismo que yo. Como ese… horrible profesor o doctor, lo que sea, que vino aquí junto al tipo ese de pelo rojo para hablar con tu padre. Tenía una cajetilla entera en su bolsillo.Liz guardó silenció unos segundos antes de volver a hablar con un tono de voz amargoPero para ellos está bien ¿verdad? Aunque la mierda nos haga los mismos daños a todos, sólo es malo cuando eres parte de la basura.

—Tú no eres basura—era muy perfecta para ser considerada eso. No como tú, basura asimétrica. —Lo que tienes es una… adicción.

— ¿Y tú no?

¿Qué?

No estaba entendiendo mucho a Elizabeth.

—La verdad es que no, Elizabeth.

Ella dejó escapar una risita desganada que hizo eco en el silencio nocturno de la mansión.

—Te engañas a ti mismo, niño rico ¿O Acaso crees que esa obsesión que tienes es algo normal?

— Qué quieres d—Oh. Comprendía todo ahora— ¡N-No es una obsesión, Elizabeth! elevó el tono de voz, empezando a sentir como la ansiedad crecía rápido dentro de su cuerpo y su corazón latía más fuerte.

Obsesivo.

—Es en lo único que piensas todo el día, acéptalo. Pareces un desquiciado peor que los adictos a la cocaína cuanto te dan esos… esos ataques.

Esos ataques.

Claro, era un desastre. Siempre lo fue y siempre lo será. Siempre causando problemas a los demás, todo porque era un miserable y asimétrico ser que tenía la indecencia de existir y de arruinar el balance de esta tierra. Era una pobre excusa de shinigami que deshonraba el nombre de la Muerte, no era más que basura asimétrica, sí eso era lo que era, deberían lanzarlo al basural de la ciudad y nunca más de

—Para. Vas a hacer que me reviente la cabeza si sigues haciéndolo.

Elizabeth lo tomó del hombro con rudeza y lo sacudió, mirándolo enojada por la que sería la centésima vez en la noche. Kid paró de murmurar incoherencias sobre la simetría en voz alta, salió a medias de su "trance" y observó de reojo la mano de la chica: una mano, en un solo hombro.

—E-Elizabeth, podrías por favor… poner tu otra mano en mi otro hombro. Verás que será mucho más simétrico.

La chica rubia enmudeció y abrió la boca incrédula. Suspiró agobiada por milésima vez en la noche, y con algo que sólo podría ser catalogado cómo una mezcla de vergüenza y molestia puso su otra mano en el otro hombro de Kid, tomándolo como a un hombre con camisa de fuerza.

— ¿Ya?

Kid asintió con una expresión alegre en su rostro, y la chica lo soltó de inmediato. En aquel momento de proximidad, Kid notó como por debajo de los ojos azules oscuros habían unas prominentes ojeras grises, símbolo de lo mal que debía estar sintiéndose.

—Al menos yo asumo el porqué de que me sienta horrible todas las noches, que me duela la cabeza como nunca y me muera de frío incluso con este calor horrible y quiera golpear a todo el mundo especialmente a ti, estúpido niño mimado.

¿Elizabeth le estaba contando algo sobre ella? Supuso que era producto del ánimo descompuesto que tenía, se veía terrible.

Luchando contra la ansiedad, Kid volvió a hablar tras escuchar a Elizabeth.

— ¿Es eso lo que llaman el síndrome de abstinencia?

—Lo que sea. Allá le decíamos de otra forma, pero tú no entenderías. Lo mío no es nada si ves lo que les da a los que de verdad están perdidos.

El cuerpo de la rubia se tensó levemente al pronunciar aquella última frase, como si eso que dijo significase algo más que sólo unas palabras al aire.

¿Miedo, quizás?

—Elizabeth, ¿Hay algo que pueda hacer por ti?

—Te diría que sí pero, agh, también tengo mi orgullo.

Oh, claro que lo tenía. Kid ya estaba enterado de primera fuente.

— ¿Puedo hacerte una pregunta?

Tomó su silencio como un sí.

— ¿Por qué me estás tratando de esta forma cordial?

— ¿Cordial?

—Sí, esperaba que me insultaras como siempre.

— ¿Quieres que te diga la verdad? —Kid asintió, no muy convencido—Es porque me siento horrible y enferma y me duele la maldita cabeza como nunca. Si no, ya te hubiese mandado a volar a ti, a tus palabras rebuscadas y a tus preguntas.

Lo supuso.

—Entiendo, Elizabeth.

—Y deja de llamarme Elizabeth, pareces mi profesora.

¿Profesora?

— ¿Fuiste a la escuela?

Elizabeth nuevamente frunció el ceño, claramente ofendida por su pregunta.

—Sí, íbamos a la escuela hace varios años atrás, Kid. Los niños pobres también van a la escuela, por si no lo sabías, aunque sea una mierda donde no—

—Yo no fui a la escuela—respondió Kid, interrumpiendo a la chica—Me eduqué en casa, pero siempre me llamó la atención todo aquello. Padre dice que siendo un shinigami no lo necesito, pero estoy pensando en asistir a Shibusen en un tiempo más, sería bueno para…Kid estuvo a punto de agregar "ustedes también", pero no quiso adelantar las cosas. Decir eso seguro haría que la frágil cuerda por donde caminaban se cortase definitivamente—…alimentar los….conocimientos… sociales, sí, de un dios de la muerte.

—Oh sí, por favor, te hacen mucha falta los... conocimientos… sociales…

Kid, siendo el perfeccionista que era, notó que su voz sonó algo extraña. Era algo casi imperceptible, pero no para él. Sonaba como si quisiese decir algo más por debajo de su tono sarcástico. Quizás el tema de la escuela…

—Oye, Kid, ¿Me vas a decir por qué mierda viniste aquí a esta hora?

Oh, claro. No era precisamente para tener una charla sobre sustancias dañinas y trastornos compulsivos con Elizabeth.

—Me desperté a una hora que no acostumbro, y vine… por agua.

— ¿Y piensas que te voy a creer eso?

—Bueno, está bien. Me desperté y vine porque necesitaba arreglar algo asimétrico…dijo señalando la compuerta de la nevera con un dedo, el cual a medio camino tuvo que retraer porque los imanes pueriles con forma de calavera estaban perfectamente alineados de forma simétrica.

—Para que veas como es mi hermanitadijo Liz con orgullo pero sin sonreírElla no es como yo.

Kid se relajó al ver el balanceado estado de las figuritas con la forma de su padre que vendían como souvenir en Death City. Al señor de la muerte le parecieron tan simpáticas y "amigables para los niños" que se llevó unas cuantas para adornar la nevera de su propia residencia.

(Incluso estuvo pensando en llevarle a Kid una réplica de sus propios guantes de espuma gigantes que también vendían en las tiendas de recuerdos, pero el chico se negó tajantemente).

— ¿Ahora si me vas a contar o no?

Kid enmudeció por un momento, recordando esa imagen que se repetía una y otra vez en su mente, algo onírico entre recuerdo lejano y sueño recurrente. Aquello que lo había hecho despertar y había arruinado su perfecta rutina simétrica, como muchas otras veces. A veces pensaba que en su mente habitaba un ente, alguien que gustaba de hacerle bromas de vez en cuando, travesuras que no hacían más que aumentar aquella…

…obsesión.

Pero así como las hermanas neoyorquinas con las que ahora compartía techo ocultaban muchas cosas que preferían no mencionar, Kid tenía una reticencia casi infantil con ese vergonzoso momento de su vida.

—Te contaría el por qué, Elizabeth, pero yo también tengo mi orgullo.

Y lo comentó con aquel toque de malicia que seguro Elizabeth entendería, pero sería una mentira si afirmara que sólo estaba bromeando.


El joven heredero de Lord Death, de sólo seis años de edad, vestía impolutamente de blanco y negro, con su camiseta veraniega de algodón y sus pantalones cortos de tela con suspensores a cada lado. Al pequeño niño de la muerte le gustaban los suspensores que vestía por su perfecto aspecto simétrico.

En el jardín de la mansión jugaban los tres niños que se conocían desde que tenían uso de razón: el último (y ruidoso) integrante del clan de la estrella, Black Star, la inteligente hija de Spirit Albarn, Maka, y el pequeño shinigami, Death the Kid. Era gracioso verlos interactuar, porque sus personalidades chocaban y siempre terminaban con el niño de cabello azul gritando a los cuatro vientos, irritando a Maka, que en un arranque de desesperación terminaba lanzándole al chico algún librito de cuentos por la cabeza, y a Kid llorando sobre la hierba porque algo había atentado con la simetría mientras trataban de jugar.

En aquella ocasión, los tres infantes estaban tratando de jugar al cazador de Kishin. Maka quería ser la técnico—"¡Igual que mamá!", decía, pero Black Star insistía en que él tenía que ser el técnico porque ser el arma no era tan emocionante como ser el técnico, y él, claramente, tenía el legítimo derecho a ser el más genial. Kid por su parte había aceptado ser el Kishin, sólo porque Maka había insistido que sería el "Kishin Simétrico". ¿Qué sentido tenía eso? Pues ninguno, pero para los niños no era necesario que las cosas cobrasen sentido mientras jugaban.

Mientras aguardaba que los otros dos terminasen de discutir, Kid decidió ir dentro de su casa para buscar su capa miniatura de shinigami. De ese modo tendría una apariencia más de "Kishin Simétrico", pensaba dentro de su cabecita infantil.

Cuando entraba por la puerta que daba al patio trasero, Kid tropezó de casualidad y con su caída hizo tambalear una de las mesitas donde se posaba un jarrón de vidrio antiguo que su padre conservaba desde hace cerca de 200 años. El impactó de los cristales contra el piso encerado creó un ruido seco y muy agudo, pero en lugar de trizarse en mil pedacitos, el jarrón se quebró en dos mitades.

Kid, aún adolorido por su reciente caída, observó con los ojos dilatados aquel desastre frente a él. Se acercó con nerviosismo, y tomó ambos pedazos de vidrio roto, uno en cada mano.

El pequeño niño agudizó su vista y se asqueó profundamente cuando noto que las trizaduras y las puntas que habían quedado eran increíblemente asimétricas, horribles, desproporcionadas. Su respiración se agitó y en sus oídos sentía como lo molestaba un chirrido incesante y molestoso, como el de una tiza dura sobre un pizarrón o el de un cuchillo sobre un plato. Con desesperación empezó a idear un plan para remendar el asunto, tratando de acallar el horrible sonido que lo acechaba desde dentro de su mente y la imagen de las mitades que lo estaba perturbando. Era fácil, sólo debía emparejar esos picos desiguales hasta que fuesen lisos o del mismo tamaño, al menos.

No fue hasta que las voces asustadas de sus amigos lo atrayeron con brusquedad hacia la realidad, que Kid notó sus inocentes manos cubiertas de sangre, de su propia sangre, y a su otrora impecable camiseta de algodón manchada de rojo y con un fuerte olor metálico. Alguien lo tomó en brazos, y él estaba gritando, llorando y pateando porque la gente no comprendía el aborrecimiento que le provocaba esa horrible asimetría.

Y el ruidito molestoso lo seguía persiguiendo, haciéndose más fuerte que hasta llegaba a eclipsar todos los otros sonidos, y el ritmo del mismo se hacía aún más irregular sólo para molestarlo. Casi parecía como una risa malévola de agudos decibeles que lo atormentaba.

Era tan insportable que la única escapatoria que tenía era obligarse a despertar.