¡Zelda no me pertenece!

¡Disfruten!


XVIII

La flor que florece en la adversidad


Había dos problemas:

1- El clima en la montaña era mortífero.

2- No se podía acceder a ella.

La primera dificultad Zelda dijo que podía solucionarla, y si ella lo decía, entonces no había de qué preocuparse. Existían conjuros, hechizos y elixires que podrían protegerlos. Por lo que reservaría los primeros para ella y le dejaría las pócimas a él. Solo tenía que conseguir los ingredientes y prepararlos. Todo un juego para ella.

El segundo problema, sin embargo, era más complejo, y ninguno de los dos parecía tener la solución a mano.

Después del encuentro con el espíritu Eldin, los hylianos habían decidido marchar de vuelta al laboratorio, considerando opciones.

—Se supone que la entrada a la montaña está bloqueada por una avalancha de rocas, tierra y escombros —dijo Link una vez llegaron y se sentaron en la mesa del comedor a desayunar. Ni Symon ni Prunia los acompañaban, puesto que habían comido antes que ellos y se habían dispuesto a trabajar.

—Solo quedaría ir hasta allá a ver qué podríamos hacer —señaló Zelda; las manos en su humeante taza de té.

—Tendrá que ser de noche.

Y la hyliana estuvo de acuerdo: nadie podía verla hacer magia.

El día constó entonces en visitas rápidas a tiendas de herbolaria y emporios de artículos de hechicería, la mayoría bastante escondidos desde la reciente fobia a todo lo mágico que se había establecido con el comienzo de los rumores, en busca de los ingredientes para los elixires que podían hacer que un humano corriente sobreviviera al clamor de la lava. La gran parte de estos pudieron obtenerlos, mientras que los demás solo pudieron encargarlos a un precio no del todo módico. Llegarían en días, y el tiempo apremiaba.

A eso de la media noche, cuando las calles estuvieron desiertas, las luces apagadas y el peso de la oscuridad sobre el pueblo, ambos hylianos partieron a la zona del derrumbe. La entrada a la Montaña de la muerte se hallaba hacia el norte de Kakariko, pasando por un largo sendero en ascenso rodeado de cerros escarpados e inmensas formaciones de rocas color terracota, que daban forma a riscos y cañones, sin vegetación alguna. En el puerto I de la montaña, como se denominaba por la tribu goron, la temperatura todavía era moderada, pero el aire ya comenzaba a sentirse árido y seco.

Link y Zelda llegaron a la zona de la avalancha y evaluaron las condiciones desde cierta distancia. Varios metros de altura de lo que parecía una inmensa barrera, circundado por las pendientes vecinas.

—¿No puedes apartar solo una sección, con alquimia? —cuestionó Link, inquisitivo.

La hechicera negó con la cabeza.

—No la domino.

—¿Siquiera con magia?

—Manejar piedra no es tan sencillo como el agua, el viento o el fuego. La geomancia es complicada —afirmó ella, medio decepcionada consigo misma—. Tampoco se puede escalar o remover con telequinesis, sería riesgoso.

Una opción muy factible: teletransportación, con el viento de Farore. Link odiaba ese conjuro, pero de todas formas lo propuso.

Según Zelda, la regla principal citaba:

"El usuario de magia solo puede trasladarse a lugares que conozca y poseyendo una visualización exacta del sitio deseado, a una distancia equivalente a la energía utilizada en el proceso".

Zelda nunca había estado en la Montaña de la muerte, pero podía levitar a la altura necesaria para conocer suficiente el entorno. Si el objetivo era pasar de un lado a otro, tan solo debían ser un par de metros. A la escasa luz de la linterna y el propio brillo emitido por un hechizo, se encontró con una formación rocosa y compacta en lugar de escombros como habían escuchado, y tras varios minutos de indagaciones, pudo confirmar que efectivamente se trataba de una construcción de peñascos de poca anchura, apilados como si se tratara de una verdadera muralla y unidos de alguna forma.

La hyliana bajó tras esto y se lo informó a Link. Luego hubo un largo silencio reflexivo lleno de consideraciones. Para ella resultaba sencillo, la distancia era mínima y no gastaría mucha energía. Ya habían agotado ideas y la solución, vista de ese modo, resultaba fácil y discreta.

—Te prometo que no será como la otra vez —afirmó la muchacha siendo directa.

Link, tragándose el miedo y guiado por el orgullo, solo asintió.


Pueblo Kakariko amaneció con un nuevo remezón, esta vez más fuerte que todos los anteriores. Volvieron a caer rocas, otra vez en el centro, terminando de derribar las construcciones que ya habían sido aplastadas antes. Dos muertes víctimas del sofoco. Ni las primeras ni las últimas en terminar en esas condiciones; e incluso peores.

El volcán había comenzado a avivarse. Una densa humareda se había instalado en su cumbre.

Los elegidos se enteraron del suceso varias horas más tarde, pues la marea de preocupación había corrido la voz incluso llegando hasta el apartado laboratorio.

—No tengo idea de qué les habrá dicho el espíritu de luz que hicieran —dijo Prunia midiendo mezclas en una probeta—, pero espero que sea pronto.

Ninguno de los dos había podido contestar a eso. Los ingredientes restantes para los elixires tardarían un día más o incluso dos, que de todos modos seguía siendo pronto tomando en cuenta la naturaleza del encargo. Zelda afirmaba que era lo principal y aunque quisiera no podría saltárselo.

Solo restaba esperar y quizá orar un poco para que lo peor hubiera sucedido. Poco adecuado realmente; ninguno de los dos elegidos por las diosas tenía la costumbre de rezar.

En la casa de la madrina no había mucho que hacer. Nada en lo que ocupar el tiempo ni nadie para buscar charla con qué distraerlo, aparte de sí mismos. Prunia y Symon estaban ocupados.

La casa era monótona, aislada del resto del pueblo y a considerable altura como para apartar el sonoro repiquetear de la labor del resto, del trabajo, del corretear de los niños. Reinaba el silencio y lo único que se escuchaba era el chocar de las probetas de vidrio, los instrumentos de medición y las instrucciones de Prunia, que a veces parecía tener la edad que aparentaba.

Según Zelda, todos los hogares tenían aura, incluso aquellos que poseían dueños tan agnósticos y escépticos como lo era la misma Prunia, empedernida de las ciencias y la lógica. La casa de la madrina tenía alma de pino, porque era perenne y duradera, y rondaban más espíritus de los que nunca creería, pues se trataba de una construcción muy antigua donde no molestaban ni eran incordiados; solo habitaban. A simple vista, el torreón donde se ubicaba el laboratorio de Kakariko lucía como una reliquia. Contaba con un molino y varias habitaciones de paredes ajadas. De fachada sencilla e igual de simple por dentro, austera, sin pretensiones ni decoración, además de las murallas pintadas de colores fuertes ya gastados por el tiempo, y el aparente desorden que predominaba en general, con su abundancia de estanterías, anotaciones y planos repartidos por doquier.

El laboratorio se había fundado hace ya casi un siglo y solo viéndolo, Link podía confirmar que su principal investigadora no había gastado ni una rupia en su remodelación, solo en los insumos científicos necesarios para su investigación.

El hyliano sopesaba en esto cuando Zelda apareció con aire enérgico dispuesta a ocupar el tiempo en algo más productivo y que habían pospuesto por diversas circunstancias. Fue ella la de la iniciativa, tras verlo con cara de aburrido mientras observaba cuadros y paredes. Se acercó hasta él con arco en mano y el carcaj en la espalda, los brazaletes en los antebrazos, a pedirle que le enseñara como ocuparlo. Una ironía por cierto, puesto que hace menos de una semana una flecha casi la mataba y hace no mucho habían retirado los puntos de su sutura.

En la zona de atrás a la casa instalaron varias dianas improvisadas y otros objetos que la sheikah les había convidado para usar como objetivos, indiferente a que usaran su patio como campo de tiro mientras no se entrometieran con sus actividades en el laboratorio. Como Zelda era principiante y nunca había tenido contacto previo con el arma, lo primero fue enseñarle la postura, con qué mano tomar el arco y con cuál tensar la cuerda, nada sencillo por cierto, pues se trataba de un hilo tan tirante, que cada vez que la muchacha intentaba doblegarla, le temblaba el pulso y flaqueaba su posición. Independiente de que había estado estirando una soga del mismo material para practicar desde que había obtenido el arco. Todavía era complicado.

—Trata de mantener la espalda más firme —indicó Link.

Zelda tragó en seco e hizo un nuevo intento. Los músculos trabajando, el brazo firme, la cuerda ya casi rozándole la nariz. Estaba tan entusiasmada con la idea de que finalmente lo lograría, que no se dio cuenta como sus falanges se rendían y los dedos se le deslizaban rasposamente, hasta que le cuerda se le escapó, le rebotó en el brazo y con la fuerza que ejerció, se le fue de las manos.

Soltó un suspiro mirando el arco caído sobre el césped, los puños apretados en la falda de su vestido.

—Te juro que fue mucho mejor que cuando yo lo intenté por primera vez —dijo Link, de buen ánimo, aunque con su habitual mirada seria, con la que esta vez intentaba ocultar sus ganas de reírse, tanto por lo sucedido como por el recuerdo—. Yo me pasé a llevar la nariz, mientras que tú apenas te golpeaste porque la cuerda te rebotó en el brazalete.

Se aproximó a recoger el arco y ofrecérselo de vuelta. Zelda lo aceptó silenciosa y se colocó en la posición indicada para nuevamente intentarlo, y una vez tuvo la cuerda completamente tensa, procedió a soltarla simulando el disparo.

Contra todo panorama, el arco volvió a huir de sus manos.

—Quizá podríamos conseguir una dragonera…—dijo Link con tono precavido, buscando no ofenderla, pero Zelda ni siquiera tenía idea de a qué objeto se refería.

Unos cuántos intentos más, y la hyliana repetía un error u otro, si no era la dificultad para tensar, entonces lo era la falta de firmeza para conservar la postura, pero no podía culpársele de nada, recién estaba aprendiendo y ya estaba demostrando bastante perseverancia.

Link corregía con paciencia.

—Separa más las piernas de la siguiente forma, a la misma distancia que tus hombros; un pie de frente y el otro hacia afuera. Esa es la mejor posición —indicó el joven colocándose él mismo para que Zelda lo imitara—. La idea es que tu columna y tu espalda te den más solidez para apuntar y disparar.

Una vez hecho esto, se posicionó tras de ella, colocando su izquierda y su derecha con la de ella.

—La mano fija sobre la empuñadura, luego empiezas a tensar. Así, sin elevar demasiado el codo.

Link emulaba los movimientos junto con ella. Sus palmas junto a su dorso formando el puño, la espalda pegada a él en la misma postura, su nariz cercana a la oreja, su respiración próxima, dando las instrucciones.

—…Y ahora solo sueltas.

La cuerda ondeó sobre su posición hasta volverse estable, su posición recta y limpia, sin inclinarse ni tambalear, como si hubiera pasado nada; completamente inmutable.

—Conforme vayas desarrollando músculo será más fácil —dijo el hyliano separándose—. Quizá mañana probemos con las flechas y te enseñaré lo de la puntería.

Zelda solo pudo asentir con la cabeza. Muda por fuera, efervescente por dentro.

Hizo unos intentos más por sí sola, hasta que el brazo comenzó a acalambrársele y tuvo que parar. No hubo ningún tiro en esa ocasión, por temor a que pudiera escaparse una flecha, mas con la postura ya dominada, el resto sería más sencillo.

Cuando entraron a la casa, Symon y Prunia los esperaban con la mesa servida, solo un platillo rápido en honor al tiempo. Link pronto descubrió que ninguno en esa casa se dedicaba especialmente a la cocina, a la comida o siquiera a mantener un horario para comer. Preparar un almuerzo había sido una cortesía producto de tenerlo en casa, que en el sentido estricto, solo se quedaba en el acto.

Zelda comía como pajarillo, Prunia a bocados espontáneos mientras anotaba cosas en una libreta y le hablaba a Symon con un lenguaje críptico lleno de tecnicismos que no se entendía del todo. El sheikah era el único entusiasmado de comer, concentrado en su plato mientras asentía a la jefa.

—Mañana será la prueba. Chequeo diario y prueba —dijo Prunia sin ahondar en detalles, muy probablemente hablando del experimento que la había dejado en su estado actual. Solo Symon comprendía.

Prunia era dedicada a su trabajo. Su vocación científica le bullía de los poros, y poseía el mismo espíritu investigador y curioso que Zelda trasmitía en lo que refería su rubro. Poseía una personalidad explosiva y entusiasta, contraria a la mayoría de los de su tribu, carácter que a menudo la hacía ser muy directa con lo que decía.

La sheikah llevaba con la misma rutina desde hace meses: estudiar, hacerse un examen general, analizar los avances, comprobar las pruebas y molestar a Symon porque era un inútil que no le aportaba, que cuándo había sido la hora que lo había aceptado como su aprendiz, sino había logrado que aprendiera en lo absoluto. Mas pese a su ocupación, a la científica nada se le escapaba, porque poseía una mente despierta y entrenada para captar pequeñeces en el ejercicio empírico de la investigación.

Prunia sospechaba.

Su personalidad franca le dictaba en ese momento hacer las preguntas que tanto le cosquilleaban en la garganta, pero por el temor a equivocarse, decidió guardárselas mientras observaba. Tenía puesta una mirada inquisitiva sobre el heredero al trono y su ahijada, viéndolos conversar como si se conocieran de toda la vida, sobre temas sin importancia y tan triviales, que cualquiera diría que se trataban de dos jovenzuelos en una cita. El habla fluida, las miradas conectadas, la cercanía cándida. Zelda a menudo reía por lo bajo y su Majestad solo sonreía no muy pronunciadamente, más por costumbre que por timidez, puesto que lo habían educado para no mostrar emociones efusivas, menos en la mesa. Sabía que la noche anterior habían salido sin anunciar a donde irían y habían hecho lo mismo por la mañana, llegando con caras frustradas, hundidos en un silencio expectante que no se había roto hasta más tarde, cuando salieron al patio a practicar arquería; él ánimo se les había tornado.

Prunia no tuvo tiempo para fijarse en el resto de los detalles que acontecieron durante toda esa tarde, hasta la noche, pero pudo oírlos yendo de un lado a otro, bromeando, molestándose en burla, buscando qué hacer. Horas después de recogida la mesa, Zelda le había pedido las llaves del estante donde guardaba los álbumes. Sabía que los había estado revisando junto a su Majestad. Ahí había solo pictografías viejas, de hace muchos, muchos años atrás; casi un patrimonio. La aldea Kakariko cien años antes, cuando solo era un pueblito sencillo que albergaba a los viajeros; fotos de ella e Impa cuando eran unas niñas y más tarde jóvenes, cada una por su lado; los inicios del laboratorio; otras más que se desgastaron con el polvo y los años. Las más recientes incluían a Zelda, en la época que la habían bautizado, y más tarde en sus visitas esporádicas hasta allá, que más o menos databan cuando ella tenía dieciséis años, muy distinta a su imagen actual.

No pudo comprobarlo, pero juraría que fueron ésas a las que el príncipe prestó más atención.

En las imágenes en las que aparecía Zelda, posaba una chiquilla escuálida y delgaducha, con una gran sonrisa en el rostro, los ojos entrecerrados y los hoyuelos marcados en sus mejillas. Ya casi cinco años atrás, la muchacha no poseía la figura que ahora lucía, con las aristas de antes convertidas en curvas suaves, su cadera ancha, su grupa resaltante, sus muslos gruesos y bien formados, ocultos en las faldones gruesos y largos que utilizaba ahora que se había olvidado del traje de batalla y había vuelto a los vestidos ocasionales.

Hubo varios remezones en lo que quedó de día. Cada vez que se presentaba uno, Prunia pausaba el trabajo, dejaba sus anotaciones y frascos de lado, y notaba que las risas y el ánimo se apagaban de repente, que salían y entonces regresaban con la energía descompuesta. Las conversaciones avivadas se tornaban en susurros y confidencias, los temores por el día de mañana y el porvenir salían a flote, y surgías las preguntas sin respuestas, pronunciadas en tono intrigante.

«¿Qué pasará?», escuchó decir a su ahijada en más de una ocasión, cada vez más preocupada que la anterior, a lo que el príncipe solo contestaba en un escueto «No lo sé». Así era, hasta que las distracciones regresaban.

Zelda hablaba de su pasado con Link, de los días mejores a ese, cuando todo era más sencillo. Hablaba de las cosas en las que antes ocupaba el tiempo, le hablaba de magia y hechicería, de energías y poderes escondidos, le hablaba de Impa. Y esto era lo que más le sorprendía. Con Link, su hermanita no era tema prohibido ni vedado.

La sheikah no sabía qué, pero algo muy significativo habría tenido que demostrarle como para confiarle su pasado con tanta templanza.

Prunia estuvo trabajando hasta que la hora le jugó la típica mala pasada y fue momento de detener la labor. Symon por su parte se había retirado momentos antes a su habitación alegando querer anotar pronto las observaciones de ese día. Por lo que sin más, la sheikah desocupó el banco que debía utilizar para alcanzar el mesón del laboratorio y bajó a buscar con qué llenarse el estómago, haciendo de inmediato oídos a la actividad proveniente del primer piso.

Hubo un objeto cayendo, mucho movimiento y el sonido seco de algo estrellándose, risas y gritos de por medio.

—¡Link! ¡Por qué actúas así! ¡Eres un inmaduro! —escuchó exclamar a su ahijada desde la cocina, con tono de burla seguido de una sonrisa.

Con el mismo ánimo, su Majestad le contestó:

—¡¿Inmaduro yo!? —la sheikah había entrado a la estancia y ahora podía ver claramente el desastre que se había armado. Ambos hylianos salpicados de masa y harina, un saco en el suelo y los cubiertos y platos revueltos sobre la mesa—. ¡Apuesto que soy mayor que tú!

Edad: información sabida y olvidada pronto. También apartada en momentos como aquel.

—¿Ah, sí? —dudó Zelda, con tono inquisitivo y con las manos en la cadera—. A ver, ¿cuántos años tienes?

—Veinte, ¿tú?

La muchacha pareció amilanarse.

—Veinte, igual.

—¿Fecha de nacimiento?

—Día veinte del tercer mes.

Esta vez fue el turno de Link de encogerse.

—Igual.

—¿Hora? —intentó Zelda, como último recurso.

—Ni idea.

—Yo tampoco.

—Creo que gano entonces. Yo tengo 120 años y no me gusta nada el desorden en mi cocina —pronunció Prunia.

Se quedaron mudos de repente. Dos pares de ojos azules la miraron de inmediato con la respiración contenida. El joven dio un respingo y Zelda intentó inútilmente ocultar tras suyo la cuchara de madera en su mano. Luego se miraron entre ellos con expresión de vergüenza y las orejas rojas.

Parecía tener solo seis años, pero en ese momento y con ese tono, intimidaba.

Prunia no los regañó, pero como pocas veces actuó con la edad que aparentaba y se rio a carcajadas de ambos por la cara que habían puesto y por el hecho de que estaban actuando como niños. La escena de la cocina no le confirmó nada que no supiera, tanto por lo visto ese día como por el viejo instinto que los años le habían dotado.

Jóvenes y palpitantes, el peso del destino no siempre podía con un espíritu que se alzaba contra las inclemencias.

¿Qué había hecho ella para tener a ambos elegidos por las diosas tonteando en su casa?

Prunia no lo sabía, pero se había acostumbrado a visualizar respuestas nada más mirando, y lo que se estaba formando a sus ojos si bien era bello, también era peligroso.

Solo esperaba que no se arruinara una vez se supiera la verdad.


Al día siguiente no hubo sismo que anunciara el inicio de la jornada. Tampoco llegaron los ingredientes. La dependienta había anunciado que venían en camino y estarían temprano, pero Link no le creyó, porque había dado la misma respuesta que el día anterior.

Mientras eso sucedía, mientras los ingredientes "venían en camino", la humareda en torno al cráter del volcán se intensificaba. La tensión en Kakariko se respiraba.

La gente estaba más hostil entre sí misma.

La casa de la madrina, por lo demás, seguía igual de monótona. En las lecciones de arquería de esa mañana, Link le explicó a Zelda ángulo de disparo, distancias y parábolas, con el fin de que pudiera hacerse una idea del tiro al momento de apuntar; todos factores que variaban de acuerdo al tipo de arco y la composición de las flechas. En este caso, un arco compuesto de cuerda de fibra de cáñamo y flechas de madera con puntas de metal; lo tradicional.

—Una buena flecha mide entre 22 y 30 pulgadas y pesa un máximo de 28 gramos —explicaba Link—. Dependiendo de su composición no solo varía su potencia sino también su resistencia y trayectoria.

Zelda escuchaba atenta, con arco y flecha en mano mientras el hyliano señalaba cada parte.

—El material del vástago también es importante, dependiendo de eso puede crearse una parábola más pronunciada o una trayectoria más recta. Es importante saberlo para calcular el tiro —la muchacha asintió tratando de hacerse una imagen mental de aquello—. El punto de enfleche es esa marca de ahí, donde se inserta el culatín de la flecha.

Link entonces tomó arco y una saeta, y ejecutó un tiro sin disparar.

—Sostienes con índice y medio, con los que a su vez jalas la cuerda. Es más fácil que cuando practicaste ayer porque tienes más agarre. Inténtalo, si no estás segura solo baja el arco y dejas de tensar la cuerda, no te dispares en un pie. Empezaremos a 20 metros.

La muchacha hizo varios ámagos antes de estar segura de su tiro, teniendo dificultades para tener firme la flecha sobre la empuñadura, y una vez lo logró, se esforzó en calcular la trayectoria desde su posición a la diana. En teoría, la flecha debía ir recta. Dio un profundo respiro, apuntó y disparó. Esta vez el arco no se le fue de las manos y vio con éxito como su tiro no había dado muy lejos del blanco.

—Nada mal —dijo Link pareciendo serio, aunque por su tono pudo adivinar que estaba sorprendido.

El joven le facilitó otra flecha y Zelda volvió a apuntar al siguiente objetivo, ganando fluidez en su postura a medida que efectuaba los disparos. Ella era buena, bastante, quizá muy pronto para serlo. La mayoría al tiempo que iba la hyliana no dominaba ni cómo tensar la cuerda, pero ahí estaba ella, bien erguida y con una puntería casi instintiva, cuya única dificultad recaía en su agarrotado brazo y la tensión de sus músculos, generada por el esfuerzo. Como Link comenzó a notar demasiada facilidad por su parte, decidió que era mejor tomar más distancia.

—¿Cuándo aprendiste todo esto? —preguntó Zelda una vez se hubo ubicado de nuevo, masajeando sus adoloridos brazos antes tomar el arco otra vez.

—De niño, no recuerdo cuánto tenía exactamente.

A Zelda le pareció demasiado temprano, así que se lo preguntó. Hasta donde sabía, los niños jugaban, no aprendían a manejar un arma.

Link solo se encogió de hombros.

—Eso junto con esgrima, equitación, clases de música, de literatura, historia de Hyrule, matemáticas, filosofía, geografía, política…

—¿Nada de ciencias? —preguntó Zelda verdaderamente curiosa, antes de que él pudiera terminar aquella lista que parecía interminable. En un principio, asombrada por la cantidad de cosas que había aprendido para luego desviarse a lo último en cuánto había reparado en el detalle.

—No.

—¿Por qué? —Esta vez el tono de la hyliana era casi de preocupación. Su propia educación había sido prácticamente la antítesis de todo lo que Link nombraba.

Sopesó un momento antes de responder.

—Porque su Majestad el rey quería concentrar mi educación en las humanidades, también conocidas como "ciencias de Nayru", para agradarle a la diosa.

Zelda deshizo el tiro que estaba efectuando apenas escuchó lo último.

—Rara vez te refieres a él como "padre" —detalló primero, mirándolo a los ojos.

Un leve respingo, seguido de indiferencia. Zelda lo tomaba por sorpresa, pero no quiso que ella lo notara.

—Nunca lo llamé así; no directamente a él.

—¿Por qué era importante que le agradaras a la Diosa Nayru?

Esta vez la señal fue un poco mayor, la boca se le transformó en una mueca y los ojos se le inundaron de una tristeza repentina. Y sin embargo, su postura se mantuvo firme, su tono de voz estable.

Zelda había aprendido que nada ganaba fijándose en sus gestos, que a menudo engañaban. Link era una especie de maestro controlando su lenguaje corporal. Sus ojos en cambio eran transparentes. Ella los vio y captó de inmediato que su pregunta había alcanzado una fibra oculta, sensible a las preguntas.

Como respuesta le mostró el dorso de su mano izquierda al descubierto. La marca de la Trifuerza tan clara como todas las veces.

—Por esto.

Ella no quiso seguir preguntando, y él no quiso seguir dando explicaciones. Luego de eso solo se limitó a dar correcciones, serio y pensativo, y ella no dijo mucho, comprendiendo lo que había provocado.

Un reencuentro más con el pasado.

A veces a Zelda le gustaría poder ayudarlo más, ayudarlo de la misma forma que él lo había hecho sin darse cuenta. Link se angustiaba con detalles tan pequeños, de forma tan súbita, que le daba la impresión de que se encontraba constantemente presionado, por un recuerdo, por las vivencias recientes, por el futuro acechante. No lo sabía: hasta el momento no se lo había confesado.

Cuando escenas similares a esas se repetían, la hyliana llegaba a la conclusión de que, independiente de que no lo demostrara, Link vivía en un estado de estrés constante, menguado por las apariencias, su capacidad para centrarse y la voluntad férrea del objetivo que lo había llevado donde estaba, pero fácil de sacar a la luz ante un agente escrutador. Este agente, en la mayoría de los casos, era la misma Zelda.

A Zelda le encantaría que Link pudiera reencontrarse con lo acontecido de forma más amena, menos detonante, y rememorara días anteriores sin la sombra de lo que había perdido y los detalles que lo atosigaban, que le rondaban la memoria y terminaban transformándose en sueños que lo asaltaban por la noche. De alguna forma sabía que lo estaban asfixiando. Le encantaría que fuera más abierto, le encantaría que pudiera contar con ella para desechar todo lo que lo estaba ahogando.

Link se mantuvo así por buena parte de la tarde, callado, distraído y tratando de molestar a nadie. Por primera vez en mucho tiempo se sentía cohibido. Prunia —sin enterarse pero suponiendo— le había prestado unos libros acerca de su investigación, que afirmó podrían interesarle, y él se sumergió en una lectura constante y silenciosa, apenas alzando la vista cada vez que le hablaban. Zelda fue por su propio lado, imaginando que quizá solo necesitaba un momento para pensar, aunque no sabía exactamente en qué.

Optó por meditar, cosa que no hacía hace mucho. Se sentó, cerró los ojos y rápidamente la mente se le despejó. Las horas largas y vacías le dieron la instancia indicada para comprender cuánto había cambiado ella misma en ese tiempo. En su cabaña, en el corazón del bosque de Farone, se había acostumbrado a la pereza del tiempo, al ocio. En su lugar ahora todo le parecía más constante, menos doloroso que el picoteo inmutable de la soledad. Las circunstancias y el viaje la habían obligado a centrarse más en su interioridad y sus capacidades, había ido sanando sin percatarse, ya no vivía asaltada por las tristezas pasadas. Se entretenía con poco, se alegraba con nada, tenía la risa suelta, la sonrisa sencilla de aparecer y apreciaba con mejor ojo la belleza del mundo, de los paisajes, de la simple sensación del viento en el cuello y la vista de las luces cambiantes del día a día.

Zelda sabía que gran parte de esta percepción se la debía a Link, el que la había sacado de su melancolía y llenado sus días vacíos con su compañía, el que la había animado y cuidado sin decir una palabra, quien creía en ella y la toleraba tal cual era, con sus mañas, con sus caídas y tropiezos, con su insistencia persistente.

Quizá, al igual que ella, tampoco había advertido cuánto estaba cambiando. El Link se hace un mes probablemente la habría parado en seco y avisado sin preámbulos ni tactos que no quería que metiera las narices, como en anteriores ocasiones. Quizá solo la hubiera ignorado, quizá ni le hubiera importado lo que ella pensara, quizá no hubiera reparado ni en sus intenciones ni en su preocupación bien intencionada.

Fue a eso de caer el sol cuando aburrida por las circunstancias, Zelda se decidió salir al jardín por algo de aire. Encontró a Link sentado en el césped mirando el atardecer. Parecía sereno y distante. El cabello revuelto por el viento y teñido por las luces.

Se sentó a su lado.

Y entonces esperó.

—Hay una vista hermosa de este mismo atardecer desde el castillo —empezó él—. Cuando vivía allí, tenía mi habitación en uno de los torreones más altos del ala oeste. Se veía el lago Hylia y más arriba el río Zora.

—Debe ser precioso —afirmó Zelda imaginando las aguas sosegadas ser acariciadas por el crepúsculo.

Link asintió.

—Hyrule está lleno de cosas bellas.

Hubo un largo silencio solo roto por el ulular del viento. Sin incomodidades, solo ellos respirando el mismo aire.

—Lo que quiero decir con todo es que…extraño muchas cosas, y al mismo tiempo siento mucho peso por todo lo que sucedía estando allá. También han comenzado a agradarme mucho de lo que pasa estando acá, ahora. Todo es tan distinto a cómo vivía antes, si de verdad supieras...

—Cuéntamelo —pidió Zelda en un incentivo, con voz suave.

—Es complicado.

—Entonces en otra ocasión —dijo con tono comprensivo—. No hay prisa.

—Lo otro que quería contarte es que todo es producto de cómo me sentía allá, todo se mezcla. Lo anterior con lo actual —hizo una pausa, había apartado su mirada de la de ella, más afrentado a medida que hablaba—. Es estúpido.

—No lo es.

Ahí él, avergonzado de hablar de sus emociones como si estuviera desnudo, tan distinto a su comportamiento habitual. Seguro, directo, quizás autoritario.

Una vez lo llamó insensible.

Viéndolo ahora, estaba totalmente arrepentida de aquella vez.

La brisa fría que corría a esas horas los meció por un momento, antes de volver a retomar.

—¿Cómo te sentías?

—Presionado.

—¿Y ahora?

—También, pero nadie me presiona, solo yo.

—Se llama ansiedad; se te pasa con té —media sonrisa.

El hyliano igualmente sonrió de medio lado y luego miró al frente, a las praderas y a la Montaña de la muerte, que se asomaba desde su posición.

Eso había suficiente por ese momento. Le había confesado tanto como había soportado exteriorizar. No era todo, por supuesto, no era ni la mitad, pero había salido. Así, sin insistencias, sin preguntas, sin enfados. Solo respirar y hablar.

Zelda le inspiraba esa confianza.

—Has cambiado, Link. Hace algún tiempo no habríamos podido tener esta conversación. Yo también he cambiado, y en parte gracias a ti.

—¿Cómo? —alegó él con tono casi descolocado, el ceño fruncido de la confusión.

—Para empezar, ya no estoy sola.

Chasqueó la lengua.

—Exageras, te he llegado como una bomba en la vida —respondió Link con su tono habitual, ya de mejor ánimo.

Quizá era muy pronto para decir todo en lo que había estado pensando, creyó. Zelda decidió guardarlas por el momento y confesarlas a medida que fuera comprendiendo cuántas cosas habían cambiado entre ellos en todo ese tiempo.

En ese instante todo estaba bien y solo eso importaba.

—Gracias —dijo ella tras un rato.

Link pareció contrariado de inmediato, le cambió la mirada, la postura aletargada de antes se le desasió y la observó completamente confundido.

—¿Por qué? —Hablaba en serio: no entendía.

—Por confiar en mí.

Por una vez en ese rato, le sacó una sonrisa. Tenue, pero de verdad.

—Entonces gracias a ti también.

—¿Por qué?

—Por ser tú.

Se quedaron viendo el atardecer.

...


¡Hola! Tengo muchas, muchas, muchas cosas qué decir.

Para empezar, pese a su poca extensión en comparación al resto, para este capítulo tuve un proceso mucho más lento y detallado, muy en parte debido a los temas que toca. Originalmente estaba planificando para contener un avance sustancial en cuánto a trama y contaba con varias escenas más, pero a medida que escribía surgieron otros temas que me pareció importantísimo exponer antes de continuar avanzando. Por lo que me pareció importante centrar la atención en esto y darme el espacio suficiente para desarrollarlo correctamente, en vez de andarme preocupando de que no me diera un capítulo enorme con todo lo que quería incluir, cosas que sí son necesarias por lo que nombraba antes.

En resumen, el capítulo es más corto, pero está muy cargado emocionalmente xD De verdad, estuve mucho rato escribiendo esa última escena y espero que haya valido la pena, ¡en serio!

Como ya es habitual, estuve investigando mucho para algunos elementos que incluí, como lo son las clases de arquería. Quise agregar solo las cosas justas para dar a entender que el personaje entiende de lo que habla y no quedara poco menos que un manual. Busquen por ahí qué es una dragonera, en realidad es algo mucho más simple de lo que el nombre indica xD

Por otro lado, oficialmente terminé mis estudios y me gradúo a finales de mes. También quería contarles que salí muy bien con de las tesis. Sé que mi vida personal no les interesa, pero lo importante de todo esto es que tengo el tiempo del mundo para poder escribir. Así que haré el esfuerzo para volver a la publicación regular que había establecido cuando comencé este fic. Pero ya saben, no prometo nada.

En fin, espero que me digan qué les pareció este capítulo. Los que vienen estarán más concentrados a lo que es el avance a nivel trama, así que estarán más condensados en información. Como siempre gracias a todos por su apoyo, me ayudan un montón.

¡Nos leemos!