Antes de comenzar, quiero agradecer de todo corazón a Linkand0606 por hacer una linda portada para este fic, ¡nuevamente muchas gracias! :D

¡Zelda no me pertenece!

Disfruten~


Primera parte: El Hyrule de nuestros días

I

"El príncipe de Hyrule. La aprendiz de bruja"


Tal y como el rey le dijo, Impa bautizó a la pequeña niña con el nombre de Zelda y se encargó de ella hasta el final.

Impa nunca fue muy amiga de los niños. A menudo, muchos corrían lejos de su cabaña en cuanto la veían, asustados por los rumores que giraban en torno a ella, los cuales hablaban de que su mirada escarlata poseía el poder de paralizar a sus víctimas, que para sus pociones utilizaba los más exóticos y macabros ingredientes, que sus conjuros tenían el poder de torturar si así ella lo deseaba y era capaz de maldecir y de lanzar tormentos, que traía la mala suerte, que verla era mal augurio y marchitaba las cosechas, pero nada de eso era cierto. Zelda fue la primera en comprobarlo, incluso con los problemas que la vieja anciana tuvo al criarla.

La mirada rojiza de Impa, aunque increíblemente severa era, no tenía ningún poder capaz de paralizar a nadie, a menos que fuera de miedo, como muchas veces le había sucedido a ella cuando cometía alguna travesura. ¿Cuántas veces Impa no la había golpeado con su bastón en la cabeza, seguida de aquella mirada, para luego apretarle los cachetes y decirle que fuera más avispada a la hora de realizar mezclas? Zelda había perdido la cuenta desde hace mucho, si es que alguna vez tuvo la intención de llevarla.

La creencia de los ingredientes que usaba para sus brebajes también resultó ser falsa, pues los elíxires curativos que Impa preparaba solo se lograban con ingredientes nada que ver con los que los rumores murmuraban. Entre ésos estaban plumas, dientes de monstruos e insectos enteros o partes de éstos.

El resto se contestaba por sí solo: la anciana nunca había sido capaz de conjurar magia oscura de esa calaña; magia negra y prohibida —muy a pesar que su raza tuviera afinidad con las artes oscuras—, tan solo hechizos elementales y de curación.

El día en que vieron por primera vez a la anciana acompañada por Zelda, ésta era tan solo una bebé de unos meses que iba amarrada a su espalda y envuelta en un pañuelo, como un bulto pequeño. Fue entonces que la gente comenzó a preguntarse por la veracidad de aquellos rumores, pues no concebían que una niña de tan buen aspecto pudiera estar tan campante al lado de una bruja de mala fama, como muchos la habían tachado. Zelda continuó viéndose en el pueblo siempre acompañada de la vieja anciana, y siempre que se aparecía, causaba la misma impresión. Con su cabello castaño claro, sus rasgos finos, sus mejillas rosadas resaltando sobre la piel nívea, sus orejas puntiagudas y sus ojos de ese tono azulado que ponderaba en la realeza, daba una impresión absolutamente distinta de la anciana.

Impa estaba marcada con montones de arrugas en todo su rostro, manchas en la piel consecuencia de los años de exponerse al sol, lunares ganados con la edad, y sus ojos rojos eran apenas divisibles entre medio de las pequeñas aberturas de sus párpados caídos a causa de los años. Sus manos huesudas y venosas, de finos y largos dedos, eran diestros a la hora de curar heridas y también eran las mismas manos con las alguna vez le limpió las lágrimas, le dio de comer, se apoyó para aprender a caminar, le apretó los cachetes y le acarició el fino cabello entre palabras de consuelo y abrazos dados con sus ya huesudos brazos. En su juventud, Impa había sido una mujer alta y esbelta, una digna guerrera del clan sheikah, de cabellos permanentemente canosos, piel morena, pero su estatura había disminuido con el paso de los años y de su musculatura y fuerza de antaño ya poco o nada quedaba. Tan solo le restaba la fortaleza con la que desde niña se había entrenado, su paciencia infinita y la perseverancia que la caracterizaba, cualidades que más tarde transmitió a Zelda.

La niña fue entonces la encargada de limpiar el nombre de quien consideraba su abuela: Impa no era mala, ni una bruja siquiera, tan solo una curandera de grandes conocimientos en la materia, y si veías bien en el fondo, hasta agradable y cariñosa era. Animados por las palabras de la niña, los pobladores del pequeño pueblo del bosque de Farone, comenzaron a recurrir hasta donde la anciana para consultar por remedios y pociones. Mas aún, los niños del pueblo, quienes siempre la había visto como una jovencita misteriosa y de costumbres extrañas, no tardaron en tacharla de la misma forma que hicieron con Impa en algún momento. Y así fue que quedó como Zelda, la aprendiz de bruja.

Zelda no tuvo más remedio que tomárselo con humor, a consejo de Impa, pero a menudo los amenazaba con enredarles la lengua con un conjuro si seguían repitiéndole aquel apodo, pese a las palabras de la sabia anciana.

Los primeros días a cuidado de la niña —tan débil que casi ni lloraba—, Impa tuvo que buscar ese instinto maternal del cual toda su vida careció, pues a sus noventa y siete años de edad nunca había criado un niño. La anciana mujer la alimentó a base de leche de cabra ordoniana, que gozaba fama de nutritiva, y pastas elaboradas con hierbas de la región que cumplían la labor de fortalecerla y mantenerla sana. No era mentira cuando le dijo al rey que la niña corría riesgo de fallecer al poco tiempo de nacida, y ella no podía darse el lujo de dejar a su suerte a la pequeña, por lo que puso todos sus conocimientos a servicio de ella y se empeñó en darle los mejores cuidados. Aquel esfuerzo dio maravillosos frutos: a los dos años de edad, la pequeña Zelda era muy capaz de corretear sobre sus piececitos como cualquier otro niño sin ningún problema de salud, sus pulmones eran muy capaces de prodigarla de oxígeno y su cuerpo funcionaba perfectamente. Lastimeramente, tendía a enfermarse fácilmente; aquel era el recuerdo constante de la mujer quien le había dado la vida, pues la niña era tan enfermiza como la reina Elena lo fue en vida.

De Impa, Zelda aprendió a elaborar pociones, a sanar con magia y con sus propias manos, coser heridas, tratar infecciones y quemaduras, curar enfermedades con infusiones y caldos, saber qué uso darle a cada ingrediente, alimento, hongo o planta que existiese, algunos hechizos de uso cotidiano y defensa personal, campos de fuerza, hechizos elementales, de luz y oscuridad, teniendo mayor afinidad a los conjuros de agua y luz, cosas que Impa atribuyó a la marca de las Diosas y su conexión con la deidad de la sabiduría. Con el tiempo, Zelda se transformó en mucho mejor hechicera de lo que alguna vez fue ella, quien estaba más bien entrenada en el combate cuerpo a cuerpo, del cual debido a su estado solo pudo enseñarle la teoría, y Zelda, quien siempre había sido buena aprendiendo, no dudaba en ponerlo en práctica de vez en cuando.

Allá en el bosque la vida transcurrió ligera para ella, sin muchas ataduras ni preocupaciones por delante, más que recolectar ingredientes para los brebajes e ir al pueblo de vez en cuando a comprar provisiones, y por qué no, promocionar el negocio.

A temprana edad la niña había comprendido que ella no tenía ni padre, ni madre, como los demás niños, solo a Impa, con lo que ni sangre compartía, pero lo sentía como si así fuera. Impa nunca tuvo que inventarle una mentira a Zelda respecto a ese asunto, por lo que solo se limitó a darle una verdad a medias: su madre falleció dándole a luz, no tenía que saber que su padre la había abandonado y a la niña nunca le interesó saber de él realmente. La anciana era su todo, su familia completa y pequeña, sin padres ni hermanos, pero con cariño de sobra. Ella que poco sabía sobre los hylianos no entendía que era pertenecer a esa raza ni el origen de sus orejas puntiagudas, pero conoció el orgullo del pueblo de las sombras y la humildad y las tradiciones supersticiosas de los humanos. La marca de la Trifuerza en su mano por otra parte, permaneció siempre oculta bajo un trozo de tela, una venda, los guantes de lana durante el invierno y bajo un trozo de seda durante el verano. La explicación de Impa para el asunto fue escueta: «No sé qué significa», simplemente, y Zelda que poco a poco comenzaba a acomplejarse porque la consideraban rara, no pretendió llamar más la atención, por lo que de ahí surgió su afán de cubrirse la mano sin que Impa interviniera siquiera, aunque, de todas formas, los humanos nada sabían de la Trifuerza. La muchacha tampoco investigó por sus propios medios: era como una mancha de forma singular en su mano, nada más, pero eso no quitaba el hecho que sintiera curiosidad.

Impa en toda su estadía en el corazón del bosque nunca vivió mejor hasta que Zelda llegó a su vida. Con su carácter risueño y dulce, osado cuando se le requería, y su curiosidad infinita, la sed de investigación insaciable, la imaginación increíbles, las ocurrencias recurrentes, todo gracias a esa chiquilla que poco a poco crecía cada más y más bella. A sus veinte años de edad, era una joven hyliana de casi un metro setenta, figura esbelta y rasgos encantadores que captaban la mirada de quien los viera. Recordaba el repelús que le daba el capturar insectos y diseminarlos para elaborar pociones —arrancarles las antenas, las patas, las alas, los aguijones—, o las veces que se equivocaba con las mezclas y el contenido de los pesados calderones estallaban en nubes de variados colores que terminaban decorando las paredes y coloreando los objetos que tocaban, sus mil y un intentos por recrear un brebaje con sabor a fresas o sus fórmulas para camuflar el olor de las pócimas.

Impa en esas dos décadas que pasó junto a Zelda entregó todo su esfuerzo y se lo dedicó a ella, la dotó de todos los conocimientos que poseía, de cuanta virtud pudiera inculcarle, la paciencia, el respecto, la fortaleza, a no rendirse nunca y a ver la belleza en todo lo que existía. Ella que con los años se había transformado en alguien de carácter parsimonioso y dominado de ataraxia, hizo de quien alguna vez fue la heredera al trono una chica sencilla de carácter solidario, amable y altruista. Y es que a veces daba gracias a las Diosas por tal regalo, por darle la oportunidad de tenerla a su cuidado, porque siendo de otra forma, Impa nunca habría podido lograr esa cercanía que tenía con ella.

Impa hubiera vivido otros veinte años más junto a Zelda de habérselo permitido.

El hecho sucedió un día como cualquiera, en el que Zelda volvía del bosque para recolectar hongos y elaborar un brebaje que le había pedido una señora del pueblo, quien decía padecer de un extraño resfriado que la estaba atacando. Entró a la cabaña, dejó la cesta, se quitó la capucha violácea y fue hasta la sala donde tenían los calderos y demás instrumentos, en donde Impa permanecía gran parte del día. Por primera vez en su vida la muchacha sintió que la cabaña estaba fría, completamente desprovista del humear de los calderos que la mantenía permanentemente cálida y llena de sus vapores místicos de funciones variadas; ninguno de ellos estaba encendido y el aire que desde pequeña había sentido emanar de las mismas paredes parecía estar perdido. Algo iba mal.

La sala de experimentos estaba vacía como supuso Zelda, no había rastro de la actividad de Impa en el lugar, la sheikah era muy ordenada y en la habitación podían verse a simple vista los frascos abiertos regados fuera de sus estantes, tal y como ella los había dejado al ocuparlos; era Impa quien siempre se encargaba de dejarlos en su sitio, de clasificarlos según le conviniera, pero nada de eso había pasado esa vez.

Zelda dejó el cuarto y llamó a la anciana por toda la casa hasta ir al lugar más obvio: la habitación de ella, a la cual no volvía hasta bien entrada la noche, y en ese momento apenas el sol empezaba a ocultarse llenando al cielo con sus tonos anaranjados.

Bajo ese escenario fue que Zelda encontró a Impa en su cama descompuesta y roja de la fiebre, débil como nunca la había visto y murmurando palabras incomprensibles entre delirio y delirio. La muchacha puso todos sus conocimientos en mejorar su estado, como alguna vez la anciana había hecho logrando salvarle la vida: brebajes que recuperaban la salud en un instante y costaba elaborarlos, curaciones exóticas, conjuros arcanos de lenguas olvidadas, rezos interminables, magia sanadora, pero nada resultó. A Impa la energía con la que siempre realizó su día a día se le escapó de un momento a otro: esa mañana simplemente se había sentido sin las ganas de hacer nada, ni la capacidad de lograrlo. Luego comenzaron los malestares, los dolores infernales en sus desgastadas articulaciones, las fiebres constantes, las jaquecas que amenazaban con destrozarle el cráneo. A momentos sentía que la mente se le iba, los montones de conocimientos que había transmitido a Zelda se le olvidaban y la basta memoria de la que siempre había gozado a menudo se le iba.

Impa padecía de una enfermedad misteriosa que por mucho que Zelda investigara no lograba dar con un diagnóstico, escarbó en toda fuente de conocimiento que tuviera al alcance, con los médicos de los poblados cercanos, los antiguos libros de la biblioteca del pueblo y aquellos que la anciana ocultaba a buen recaudo, escritos en la lengua de la tribu de las sombras, con la que Impa le había hablado por primera vez, mas nada encontró.

La muerte para Impa fue al igual que una nube tormentosa que poco a poco iba arrastrándola hacia ella y la absorbía, lentamente, al igual que una tortura que nunca terminaba. Zelda en ese tiempo la acompañó a tiempo completo, rieron y lloraron juntas, la cuidó y estuvo con ella hasta el final, se dieron el tiempo de hablar de todo, sus secretos, sus anhelos, sus pensamientos, los planes que hubieran querido realizar, pero no podrían y terminarían siendo eso: un sueño.

Desesperada, a veces Zelda suplicaba a la Diosas por una salvación para la vieja anciana, sin concebir todavía la idea de vivir sin ella. Los días que transcurrían viendo cómo se marchitaba y cada vez se le hacían más insoportables y duros de llevar, preguntándose cuándo llegaría el último de ellos.

—Por favor no me dejes, Impa, que me moriré contigo si tú lo haces —rogaba Zelda con lágrimas en los ojos que brotaban a borbotones.

Impa solo reía y contestaba, acariciándole la cabeza:

—Pero si tú eres tan joven, mi niña, ¿por qué privarte del placer de la vida? —cuestionaba ella—. Ahora anda a tomar agua y secarte las lágrimas.

El último día en la vida de Impa ella tenía 117 años y Zelda hace pocas semanas había alcanzado los 20. Era primavera y la vieja anciana se hizo los ánimos de levantarse, preparar un último brebaje que colocó en un frasco con una escritura especial y lo ocultó en el estante, junto a algo más…pero eso era otra historia. Le preparó una última comida a Zelda y le dio una última lección: «A veces no obtenemos lo que queremos, pero logramos lo que no creíamos ser capaces»; tiempo después lo entendería.

Impa se fue a recostar temprano esa vez a petición de Zelda, aun pese a sus intenciones de pasar el último día al igual que uno normal, pero la enfermedad la seguía amedrentando y finalmente terminó cediendo a exigencia de su propio cuerpo. Una vez más la joven se quedó velando por ella, hasta que el sueño la venció y terminó dormida sobre la silla que tenía que tenía cerca de la cama de Impa, apoyada sobre ésta y con una de sus manos entrelazada con la de ella.

—Buenas noches, niña de mi corazón —le dijo a Zelda que yacía entre sueños; quizá una parte de ella la escuchara, nunca lo sabría.

Amaneció muerta esa mañana, la muchacha despertó con la mano fría y tiesa de Impa aún entre la suya. La velaron con una ceremonia tradicional de los humanos, Zelda y los pobladores de la comunidad del bosque, los adultos, los niños que corrían de ella y las otras ancianas con las que compartía los secretos milenarios de su medicina. Al fin y al cabo, todo tenían cierto afecto por aquella vieja tan misteriosa que habían tachado de bruja, al igual que a su aprendiz.

Los sheikahs, como contaba la leyenda, surgieron de las sombras, sutilmente, sigilosos entre medio de las tinieblas en los que ellos perfectamente podían guiarse. El lugar favorito de la juventud de Impa había sido una inhóspita cueva en la que Zelda nunca se había adentrado por temor al sitio, pero que la anciana conocía como la palma de su mano sin necesidad de que los rayos del sol la tocaran para vislumbrar cómo era. Aquél fue el lugar que escogió la joven para dejar los restos de quien fue su madre, abuela, amiga y maestra, justo en la entrada, donde la luz ya no se asomaba; marcado por el ojo de la lágrima sangrienta.

Zelda perdió la sonrisa y las cualidades por las que siempre la habían reconocido, no tenía más ganas de crear nuevos brebajes ni de investigar acerca de nada, porque tampoco quería saber de nada. Los calderos permanentemente cálidos terminaron por empolvarse y los ingredientes por descomponerse. Y a la destartalada cabaña que cierta vitalidad conservaba, tras veinte años de la presencia siempre alegre de la muchacha, pudo finalmente llamarse dignamente la morada de una bruja. Pero ella ya no estaba.


La situación en Hyrule a la que Níkolas se enfrentaba en ese entonces podía considerarse regular y estable: el número de ataques por parte de los pueblos del Oeste había disminuido en cosa de tres años y el ejército Hyruleano era temible a ojos de las naciones vecinas, nadie en su sano juicio quería concertar un encuentro con la nación Hyliana y su invencible milicia.

Un siglo atrás, en el cual Harkinian XVI reinaba Hyrule con mano dura, hubo un nuevo intento de golpe de estado por parte de los pueblos del Oeste liderados por el hombre gerudo nacido cada 100 años, por lo cual, era el rey de la tribu de guerreras y ladronas, quien había logrado reunirlos a todos e ir en contra de Hyrule. Pero Harkinian, conocido por su carácter precavido, no tardó en reunir a sus fuerzas y reducir la amenaza poniendo el encuentro en contra del enemigo. El rey de Hyrule venció en el combate mismo al rey de las gerudo, atravesándolo con su espada y dándole final a la raíz del problema. Mas después resuelto el conflicto, tomó nuevas medidas para el resto de revolucionarios: esclavitud.

La medida fue aprobada un año después de terminada la guerra por los miembros del consejo de aquel entonces, ancianos cansados de las guerrillas esporádicas y del carácter hostil de los habitantes del árido desierto, con los cuales por más que intentaran establecer dialogo, siempre habían optado por las opciones más violentas; y Harkinian les devolvió la mano de la misma forma. La ley dictaba que cualquier habitante del desierto que fuera visto en aptitud de rebelión podía ser tomado como esclavo, oportunidad que no pudo desaprovecharse.

Los primeros años en el que el dictado corrió, tan solo eran tomadas un par de gerudos a la semana a las cuales era tan difícil doblegarlas, que en la mayoría de los casos terminaban por ser ejecutadas públicamente, con el único afán de demostrar que, quisiesen o no, igualmente terminarían fulminadas por Hyrule, ya fuera con su dignidad o su vida.

La esclavitud en Hyrule de todas formas continuó siendo escasa para un pueblo de mentalidad libertadora y poco acostumbrado a tales prácticas. Las pocas gerudos a las cuales se le fue doblegada la voluntad terminaron sirviendo tanto en el Castillo de Hyrule, en las mansiones, haciendas y palacetes de las familias de clase alta, y en la actualidad eran las descendientes de aquellas las que actualmente servían, ya fuera como nanas o nodrizas, amas de llave, hacenderas domésticas, para entregar servicios de poca virtud o trabajando forzadamente en lo que se les pudiera encomendar.

Lucy era una de las descendientes de esas guerreras que alguna vez se creyeron capaces de hacerles frente a los Hyruleanos y había nacido en el lugar que representaba la cúspide de la nación, por lo que no conocía la libertad, pero había tenido más suerte que otras esclavas en sus mismas condiciones. Su vida se había llevado con relativa tranquilidad hasta el momento, a excepción de las hostilidades por su posición en ese mundo y el desprecio de su sangre gerudo, apreciable en sus ojos color almíbar, su piel morena, su nariz alargada y el cabello rojo como el fuego, como la misma ira y el resentimiento del pueblo que provenía, ése que flagraba como una llama siempre viva, lanzando chispas a quien se le acercara.

La joven muchacha, de entonces dieciocho años, corrió la misma suerte que muchas de sus compañeras, teniendo la desgracia de ser violentada por un soldado ebrio que la encontró deambulando en medio de la oscuridad de los pasillos del castillo, bien entrada la noche. Escenas como ésas eran tan comunes que no hubo mayor escándalo, pero para un lugar de apariencia tan acendrada como lo era el palacio no era lo mismo. El soldado es cuestión fue revocado de su cargo y a Lucy solo le quedó la satisfacción de que aquél que había cometido tal atrocidad contra ella ya no estaría pululando cerca suyo; no quería que nadie la tocara.

El fruto de aquel desafortunado encuentro terminó de gestarse producto de un aborto espontaneo, sufrido debido a las degradantes condiciones en las que vivía —las habitaciones sucias, la comida escasa, las largas jornadas de trabajo. Por suerte, no sufrió mayores complicaciones y se le permitió reposar durante un tiempo para recuperarse.

Poco tiempo después del evento, se enteró de boca de sus compañeras que el rey Níkolas había llegado sin la reina Elena, quien había fallecido dando a luz a su primer hijo, aquel pequeño que había cargado en brazos hasta el castillo y se delegó de inmediato a una nodriza para alimentarlo; mientras que su propia hija lo hacía con agua de arroz, fuera de eso, no había nadie que se hiciera cargo oficialmente del recién nacido. El castillo entero estaba pendiente de los preparativos para el funeral de la reina, que debía efectuarse lo más pronto posible, la anterior monarca llevaba al menos una semana fallecida y todavía no se le daba sepultura. La imagen del palacio se vistió de luto durante un tiempo y las cortinas azules fueron reemplazadas por otras de un azabache que no permitían ser atravesadas por la luz y lo único que lograba era acrecentar el calor de la estación entrante.

Lucy que durante el embarazo de la reina Elena se había hecho cargo de ella, gracias a sus dotes de enfermera, desde ese instante fue la encargada de criar a Link; y supo que le tocaría amar a ese pequeño en lugar del bebé que había tenido en el vientre.

Link resultó ser un chiquillo escuálido y muy pequeño durante sus primeros meses de vida, cosa más que esperable para todos dada la condición de la reina. La noticia del nacimiento del pequeño y su próxima celebración y bautizo fue la que levantó los ánimos entre la población y los trabajadores del castillo, y no solo por eso, sino porque el niño estaba bendecido por la Diosas. Las jornadas de Lucy a partir de entonces fueron menos extenuantes y se les concedieron privilegios que ninguna esclava en su condición hubiera obtenido nunca; el rey sabía que con ella su hijo estaba en buenas manos.

La muchacha de dieciocho se las ingenió para criar al niño, que trataba al igual que un hijo y le prodigaba de todo lo que no pudo darle su propia madre: canciones, juegos, risas, besos, cariño y de vez en cuando un coscorrón para que obedeciera. En ese raras ocasiones que Lucy lo regañaba, Link se tiraba al piso pataleando y amenazaba con acusarla su padre, pero nunca lo hizo, quizá porque suponía el castigo que sufriría esa mujer que representaba su universo.

En ese entonces la nodriza ya había vuelto a las habitación de los esclavos y era Lucy quien la compartía con él, recostándose en un colchón junto a la cuna, pero Link siempre se había a negado a ocuparla y en su lugar se acurrucaba junto al cuerpo cálido de quien consideraba una madre. A veces, Lucy despertaba con la respiración tranquila del niño junto a su cuello, entonces se quedaba mirándolo y lo acariciaba en la oscuridad, estremecida por el amor que sentía hacia el niño de cabellos rubios alborotados, piel suave y mejillas arreboladas, pensando en la hija propia y si hubiera podido prodigarle el mismo cariño, pues a las esclavas se les arrebataban a sus niñas antes de siquiera ponérselas en el pecho en la mayoría de los casos, porque así le separación era más fácil.

A sus tres años, Link era un niño inteligente que acataba a todo lo que se le dijese y dominaba dos idiomas: el hyliano que hablaba la población hyruleana y el dialecto que los esclavos hablaban, la lengua gerudo originaria, aún utilizada con el objetivo de despistar a los amos. Lucy siempre procuraba nunca emplearla bajo la cercanía del niño a prohibición de Níkolas, que no quería escuchar esa lengua maldita en boca de su hijo, pero Link que se estaba formando, y escuchaba ambos idiomas al mismo tiempo, no pudo evitar aprenderla. Al final, Lucy desistió de la prohibición porque su lengua materna también era el gerudo y tenía que admitir que la primera vez que le habló al niño había sido utilizando ésta.

Por razones como ésas era que el tema de la esclavitud era habitualmente tomado por Link y su padre, que durante todo su vida había sido muy práctico, y lo explicaba sin pelos en la lengua, de forma que él no pudiera refutarle porque aún le faltaba madurez y vocabulario para poder contestarle. Níkolas le quitó la costumbre de decirle "mamá" a la esclava con amenazas de refregarle la boca con jabón que Link obedecía por el temor que le provocaba, pero en las noches, cuando Lucy le contaba cuentos de su tierra antes de dormir, la llamaba como se le diera la gana, sin entender el por qué le era vedada tal cosa a la luz del día, que era tan normal para cualquier otro niño. ¿Por qué con Lucy era distinto? En cambio ella nunca intentó ocultar esa diferencia que había entre ambos, al igual que el rey, y contestaba:

—Porque eres varón, rico, libre y hyliano.

—¿¡Pero por qué tú no!?

—Porque así de jodida es la vida, mi niño. Ahora ven aquí para limpiarte los mocos.

Y luego de eso Link sufría de un ataque de llanto que Lucy calmaba con abrazos y palabras de consuelo. Adoraba a ese chiquillo sensible que consentía en todo lo que podía.

Producto de ese consentimiento fue que Link prácticamente creció a sus anchas y hacía lo que se le daba la gana. A menudo se escabullía para jugar con las pocas niñas que rondaban por el castillo y Lucy nunca se lo prohibió, porque no había nada más triste que un niño solitario. Las primeras ataduras que tuvo que pasar comenzaron a eso de los cinco años, cuando Níkolas se dio cuenta que el niño ya llevaba mucho tiempo en estado salvaje y ya era hora que aprendiera más de lo básico; ya era capaz de leer, escribir y hablar correctamente, porque leía con voracidad y parloteaba hasta por los codos. El rey no tardó en contratar a los mejores expertos en educación para cumplir la función de educar a su muchacho, los cuales inculcarían los conocimientos que harían de él buen y sabio gobernante, tal y como tenía pensado desde el inicio.

No esperaba llevarse tal fiasco.

El afán de Link por saltarse las clases nació desde el primer día al darse cuenta que todos sus maestros eran unos ancianos estirados, aburridos y prepotentes, más interesados en que el príncipe aprendiera de memoria tanto como le dijesen a que realmente aprendiera. Debido a esa conducta fue que Lucy desde entonces era la encargada de despacharlo hasta la biblioteca y que cumpliera con su horario; pero él era más astuto.

Link era capaz de fingir enfermedades con el mismo realismo que haría un actor profesional, desde simples resfriados, bajas de presión, dolores infernales, ataques de un asma que no poseía, fiebres, convulsiones y desmayos, con tanta veracidad, que a Lucy le costaba diferenciar cuando era verdad. Muy en cambio, Níkolas era difícil de convencer. Cada vez que se presentaba uno de esos episodios, la gerudo iba directo hasta donde el rey para informarle, en un acto que Link consideraba traición, entonces Níkolas llegaba a la habitación encontrando al príncipe siguiendo su actuación y lo despabilaba con agua fría, una buena regañada y un par de coscorrones, para luego ordenar que lo vistieran, de ahí no había remedio que asumir que pasaría otro día bajo la rutina de los otros.

Así pasaban los días en el castillo, Link era un joven que mientras más crecía más rebelde se ponía, ya no le bastaba con saltarse las clases y escaparse del palacio, aun bajo la mirada permanente de los guardias apostados por todas partes, sino que se esforzaba por llevar la contraria y hacer a oídos sordos a cuanto se le pidiera. Hortence fue la primera en aburrirse con la actitud del chiquillo en lugar de Níkolas, a quien se le podría considerar más indignado por la situación, pero no era así, y ella, como madrastra que era, no dudó en meter las manos en el caso.

Fue en eso que Link cumplía los cuatro años cuando Níkolas decidió comprometerse de nuevo. La madrastra resultó ser una de las hijas mayores de una familia noble, al igual que Elena. Níkolas la conoció en uno de esos bailes sin motivos que se organizaban de vez en cuando en el castillo como pretexto de hacer vida social y no parecer un recluido. La reconoció casi al instante, entre el resto de damas que utilizaban sus mejores galas. Mas sin importar que todas lucieran esplendorosas, no pudo evitar quedarse prendado de ese cabello azabache y del aire coqueto que destilaba, de la risa atrevida, de esos ojos verdes que sentía lo escarbaban en lo más profundo. Níkolas por primera vez se sintió inadecuado: los años que había pasado viudo marchitaron los modales que tan normales eran en su juventud y el carácter se le había endurecido reinando solo; haciéndose cargo de todo Hyrule y sus pesares. El traje que utilizaba en ese momento, gracias a sus estilistas, estaba a la moda, y aun así se sentía ridículo dentro de la chaqueta, los pantalones a medio ajustar, las botas de caña alta donde los pies le sudaban y el pañuelo en el cuello que le apretaba y escocía la zona con su tacto. Al lado de ella, Níkolas resultaba muy tosco.

Se llamaba Hortence Lowcraft, tenía veintisiete años y estaba soltera, según se enteró de boca de una de las tantas hermanas de la mujer, ya casada, por cierto. Níkolas no tardó en concertar una reunión seria con el padre de la muchacha para pedirle permiso para cortejarla, a lo que el conde Lowcraft aceptó gustoso, tenía pensado casar a su hija con un buen partido, pero nunca pensó que se trataría de un pez tan gordo como el mismo rey.

Hortence lo conquistó con largas conversaciones, risitas tontas y ese aire atrevido que salía de vez en cuando y a Níkolas le gustaba y enloquecía. Elena nunca había sido así con él, Hortence en cambio era buena para la conversación en comparación a su ex-mujer, cuyos silencios había confundido muchas veces con timidez, sin saber que ella apenas estaba interesada en escucharlo.

En pocos meses el compromiso estuvo confirmado para la población entera y Link se enfrentó a la noticia de tener a alguien más en la familia. Hortence por supuesto que sabía de su existencia, pero para ella, sin estar casada, era una molestia. Tenía planeado hacerse con el cariño del chiquillo, pero al parecer él era más listo y fue quien inició una cadena de hostilidades que continuarían toda la vida.

A Link no le agradaba esa mujer, parecía falsa, como una muñeca, era arrogante y fastidiosa, ¡nunca se quedaba callada! El chiquillo se propuso hacerle la vida imposible.

El día de la boda y próxima coronación para quien sería reina de Hyrule, Link estaba cerca de cumplir los cinco años, pero le sobraba imaginación para gastar travesuras y fastidiar a quien no fuera de su agrado, que de todas formas no era mucha gente. Al niño lo repeinaron tratando de arreglar su cabello desordenado, le pusieron su mejor traje y uno que otro adorno para resaltar su estatus, los guantes de cuero que cumplían la función de ocultar la marca de las Diosas fueron reemplazados por otros blancos incluso. Estaba sentado junto a Lucy y otro dos guardias que cumplían la función de guardaespaldas para él y los demás representantes de tierras lejanas y las comunidades Hyruleanas, en los asientos principales que daban una vista excelente de todo lo que pasaba tanto en el pasillo como en el altar, en donde Níkolas esperaba a su futura esposa.

La figura de Hortence apareció en la entrada del templo con el sonido de la fanfarria anunciando su llegada, arrastrando la cola del pomposo vestido de exagerado diseño. Todo ocurría perfectamente: era el centro de atención, con todas las miradas puestas en ella y llenas de envidia por su suerte y posición, como siempre había soñado. Tras de ella la niña de las flores arrojaba pétalos de rosa de diversos colores, de forma mecánica, muy acostumbrada al tacto, hasta que algo peludo topó con sus dedos. La muchacha lo agarró por auto reflejo sin saber qué era lo que tenía en su mano, y por primera vez desde que inició el recorrido apartó la vista del frente para dirigirla hasta el sitio donde iniciaba su desconcierto.

El grito de la muchacha resonó por todo el templo, deteniéndose la música y arrastrando consigo la atención de los invitados. El cuerpo de un ratón muerto fue lo causó tanta alarma en la joven. Hortence se dio la vuelta para exigirle respuestas por tal escándalo hasta que el cadáver del roedor le cayó en el escote y los gritos de la mocosa fueron sustituidos por los de ella. Hortence comenzó a saltar ridículamente tratando de quitárselo del sitio, completamente negada a tomarlo con sus manos enguantadas, se le desarmó el peinado, se le cayó el velo y las risas de los invitados no tardaron en escucharse ante la escena, hasta que las damas presentes se percataron de la razón de su exaltación y reaccionaron de la misma manera. El caos se extendió por toda la sala y Link tuvo que contenerse de todo corazón para no jactarse de su hazaña y aquel efecto tan inesperado.

Incluso sin dar señales, Hortence supo que él había sido culpable de su desastre.

El acontecimiento quedó marcado por todos como la boda más desastrosa de toda la historia hyruleana para la desdicha de Hortence, avergonzada y humillada por su hijastro. Mas la ceremonia se vio en necesidad de continuar en algún momento y Link tuvo, una vez más, resignarse a ver como esa mujer que tanto detestaba convertirse en reina y esposa de su padre.

Níkolas agradeció de buen talante la sensualidad que Hortence demostró a partir de esa noche, sin saber que todas esas maromas en la cama eran con el objetivo de controlarlo con la mera acción de mantenerlo a gusto y susurrarle lo que quería que hiciera, como le habían dicho sus hermanas.

No pasó mucho tiempo para que le notificaran que estaba embarazada. Hortence siguió utilizando los mismos vestidos ajustados, hasta que el vientre se le hinchó y ya no pudo seguir utilizándolos. Cuando la barriga comenzó a hacerse evidente, se recluyó en su habitación, pues ninguna señorita de clase alta se exhibía en sociedad con la señal de haber copulado. Ahí pasó los días acompañada de sus hermanas, su madre y un par de gigantescos perros que poseía como mascotas.

La primera hija del matrimonio nació sin complicaciones y muy sana. En el castillo se recibió a la princesita con la alegría esperada, a excepción de Hortence, que se echó a llorar de la rabia porque esperaba un varón que pudiera competir con Link por el trono. Níkolas rompió la tradición por primera vez en varios siglos llamando a su primogénita con el nombre de "Marie", sin justificarle a nadie el porqué de su decisión; ninguno sospechaba que aquella niña no era su primera hija y que simplemente no había sido capaz de poner un nombre que colocó varios años antes. Luego eso, al igual que hicieron con Link, delegaron a una niña con una nodriza y una esclava se hizo cargo de refregarle los pechos a Hortence con una mezcla de miel y manteca y envolvérselos con un pañuelo rojo para secar la leche, secreto revelado por una bruja del bosque de Farone a una de las sirvientas del castillo.

Hortence dio a luz un total de nueve niñas hasta la fecha, año tras año, sin lograr llegar hasta el varón tan deseado. Níkolas se resignó a la idea de que el cuerpo del cual se había enamorado estaba perdido irremediablemente entre la grasa acumulada en cada embarazo, deformándole el cuerpo. La reina cedía a los antojos con voracidad y no era de extrañarse que se la pasara comiendo, se embarazaba nuevamente antes de poder siquiera recuperarse del anterior y pasaba sus días alejada de sus obligaciones como gobernante, se les delegaba por completo a Níkolas que cada día estaba más cansado, ojeroso y harto de todo.

La primera vez que Hortence intentó devolverle la jugada a Link, éste tenía ocho años recientemente cumplidos. Estaba ya hastiada de la actitud consentida de su hijastro y no tardó en reconocer en cuál era su principal causante. La reina utilizó todas sus artimañas para convencer a Níkolas de vender a la gerudo sin que Link se diera cuenta alguna de lo que planeaba. Tardó un buen tiempo en conseguirlo, hasta que Níkolas, harto de sus exigencias y más que cansado de un hijo tan irresponsable y poco comprometido con lo que más tarde sería su reino, terminó cediendo.

La transacción ocurrió una tarde como cualquiera en el niño se encontraba fuera de las paredes del palacio, como acostumbraba, por primera vez para conveniencia de él y de Hortence. Níkolas recibió al conde Lowcraft dentro de su estudio y acordó un buen precio por la esclava, pues además de ser nana Lucy resultó ser enfermera, ama de llaves y encargada de los esclavos domésticos. Link se enteró durante esa noche que aquella que consideraba una madre ya no estaba y no podrían volver a recuperarla: había sido vendida al igual que un objeto que ya no servía. El niño se echó a llorar por dos días enteros en los cuales no hizo más que lamentarse por su pérdida y ni todas las sirvientas juntas pudieron calmarlo.

Cuando vieron que los ánimos del príncipe no mejoraban y que su estado poco a poco iba empeorando, Níkolas llamó a los médicos que tiempo antes atendieron a Elena, sin poder dar con un diagnóstico claro. Link no comía ni dormía, pasaba sus horas acurrucado en su cama sin más lágrimas para llorar y embotado por la fiebre y la jaqueca, estaba pálido, ojeroso, casi ni hablaba y cuando lo hacía, era para preguntar cuándo volvería Lucy, tras una semana de ausencia en el castillo.

Una semana más tarde, Níkolas tuvo que convocar nuevamente al conde Lowcraft a petición de todos en el castillo, quienes aseguraban que el príncipe se moriría de la tristeza si la gerudo no volvía. Su suegro, extrañado, aceptó el trato sabiendo en qué estado se encontraba quien consideraba su nieto, pero lo cobró el doble del precio por el que el regente se la había vendido, pues era tan buena en su oficio como el hombre había asegurado y realmente haría mucha falta dentro de la mansión donde vivía.

Lucy volvió cinco días más tarde y Link finalmente recuperó los ánimos y volvió a ser tan insoportable como siempre le resultó a Hortence, enervada por haber fallado en su plan.

El segundo altercado sucedió cuando Link cumplía ya los quince años. En ese entonces, para suerte de todos, se le había aplacado un poco más el carácter y dentro del castillo y la nobleza podía decirse que tenían a un heredero que podía finalmente llamársele príncipe. La disciplina de la esgrima, equitación y el tiro con arco (únicas clases con la que cumplía al pie de la letra), terminaron por bajarle los humos un poco y ya no era tan revoltoso como antes, pero seguía conservando ese aire jovial y jocoso con el que se le reconocía desde su infancia.

Hortence se preparaba para uno de los bailes que más había esperado y encargó un ostentoso vestido para la ocasión. Llevaba toda la tarde preparándose: depilación con azúcar, baños de leche para la piel, exfoliaciones con miel y jugo de limón, infusiones para aclararle la garganta y un peinado preparado desde hace horas por su doncella personal. Dos sirvientas más se encargaban de vestirla, ajustándole el corset para disimular la grasa acumulada en el abdomen tras cada embarazo, la medias para ocultar la celulitis y maquillaje de sobra para ocultar la papada. Se paró de su asiento para ponerse el vestido, mientras una de las doncellas acomodaba los vuelos de la falda y otra amarraba el listón a su cintura.

—Mi señora…—comenzó tímidamente la doncella—, su vestido no le cierra.

La molestia de la reina fue en aumento desde entonces, las doncellas intentaron de todo para poder dar con una solución y aplacar la furia que se iba formando en la mujer, al igual que un volcán entrando en erupción, pero ninguna de ellas encontró nada qué hacer. Producto de la idea de una de las doncellas fue la de recurrir a Lucy, quien era experta en solucionar todo tipo de altercados, sin tener idea del rencor que Lowcraft tenía hacia la gerudo. La mujer llegó hasta la habitación de Hortence donde nunca antes había entrado, vio la situación y propuso coser un trozo de tela a la espalda del vestido y ocultarlo con una capa, que de tanta moda estaban entre las señoritas de clase alta.

Hortence entonces se levantó, enfurecida ante la sugerencia, los rizos de su peinado se le desarmaron y el vestido de la discordia se le desacomodó, tenía la cara roja del enojo y, dominada por esa ira, tomó la fusta que siempre tenía al alcance de su mano, descargando un golpe tras otro en la espalda de la pobre esclava. Lucy solo pudo hacerse un ovillo en el suelo y cubrirse la nuca con las manos. "¡Zas!" sonaba la fusta, golpe tras golpe, hasta que Link, con la furia de un animal enardecido, entró en la habitación, empujó a su madrastra, le quitó el arma y le propinó un golpe que le cortó la respiración por la sorpresa. El joven estaba preparado para lanzarle un nuevo golpe dispuesto a marcarle el rostro hasta que Lucy, con la escasa fuerza que le restaba, le agarró el brazo, deteniéndolo en el acto.

La marca en el cuello que le quedó a Hortence tras el hecho no impidió que asistiera al baile, pero sí fue suficiente para finalmente convencer a Níkolas que tomara las medidas que tanto le exigió durante años.

El servicio militar en Hyrule se desarrollaba en el norte del país, en la cumbre de las heladas montañas de la región de Lanayru, con el objetivo de endurecerles el carácter de los soldados que sobrevivieran los dos años en el clima inhóspito y arrebatador. Níkolas terminó inscribiendo a su hijo incluso estando lejos de cumplir los dieciséis, edad mínima para entrar.

En la cima de la Cordillera de Hebra, como se le conocía al terreno que colindaba con el vecino reino de Labrynna, Link dormía junto a sus compañeros a la intemperie y los despertaban con agua capaz de provocarles una pulmonía. Luego de esos los separaban de las frazadas para trotar por una hora sin descansar en medio de la nieve. El príncipe no creía ser capaz de tolerar un frío mayor al de las paredes frías paredes del castillo durante el invierno, hasta que le tocó recostarse sobre la nieve en un saco de dormir sin mayores protecciones que la ropa y unas mantas, y no solo eso, sino que, tan acostumbrado a los sabores refinados de la comida en el palacio, los primeros días pese a lo hambriento que se encontrara, se negaba a probar bocado alguno, pero Link nunca en su vida había pasado hambre y la única resistencia física que poseía era la de las clases que requerían ese esfuerzo. Resistió seis días ayunando como faquir, hasta que se desmayó a mitad del entrenamiento y no despertó pasadas varias horas después, en una de las cabañas que componían la fortaleza del establecimiento militar, y él juró por todas las Diosas de la creación que la sopa de pollo que le trajeron tras eso era la mejor que había probado en toda la vida, pese a que le sabía aguada y sin pisca de sal ni de aliño.

Los dos años que pasó confinado lograron templarle el carácter. Aprendió a enfrentarse a las más crueles situaciones, algo de estrategia militar, refinarse en el arte de la espada y a obedecer sin rechistar. Sin duda, ya no era el niño consentido y mimado que con quince años había llegado. A sus dieciocho años, Link lucía una musculatura envidiable que se apreciaba en los abdominales bien marcados, los brazos fuertes, la espalda ancha y su porte de guerrero con el que más tarde sería reconocido. Medía cerca de un metro ochenta y tenía el rostro apuesto, de piel pálida debido a la poca exposición al sol en el último tiempo, mandíbula recta, rasgos delicados y varoniles, pómulos afilados, labios finos, unos ojos azules que derretían a varias y el cabello rubio muy claro.

Link no tenía idea de cuánto la experiencia le serviría, dos años más tarde.

...


¡Espero que les haya gustado este primer capítulo! Me esforcé mucho para hacerlo, creo que es, hasta el momento, lo más extenso que he escrito...lo digo muy en serio.

Estoy muy contenta de saber que la historia ha sido bien recibida pese a su crudo inicio, espero que siga siendo así con los hechos relatados en este capítulo. Ya pudimos ver qué ocurrió con nuestros protagonistas y cómo más o menos se irán desenvolviendo en los acontecimientos posteriores.

Para los anónimos:

mari: ¡Que bueno que te haya gustado! Ojalá este lograra lo mismo. Ya poco a poco se irá desenvolviendo más detalles de la trama.

Muchas gracias por comentar y por pasarte a leer mi historia.

¡Saludos!

SakuraXD: Gracias por pasarte a leer y comentar. Me alegra mucho que te parezca interesante. Ahora pudimos ver cómo le fue a cada uno con sus vidas cambiadas y el efecto que provocará más tarde a lo largo de la historia.

La portada como dije al inicio fue elaborada por Linkand0606, a mí en lo personal también me encantó :3

Nuevamente gracias, ¡saludos!

Al resto igualmente muchas gracias por comentar, también a todos los que la están siguiendo y han dejado a favoritos. ¡Me esforzaré por ustedes!

Intentaré seguir subiendo los capítulos cada dos semanas todos los lunes dentro de lo que sea posible, deseenme suerte xD

¡Nos leemos en el siguiente!