Capítulo IV: Di lo que sientes y haz lo que piensas, excepto cuando no te convenga.

En mi primera vida, fueron muchas las personas que conocí quienes no dudaban en admitir su miedo innato a las conversaciones casuales, y los silencios incómodo a las que estas podían conllevar.

En lo que a mí respecta, era aquella clase de charlas bastante importante; no sólo servían de rompehielos, también ofrecían la impresión de un carácter accesible y amistoso, lo cual nunca iba de más. Los beneficios de una buena reputación eran incontables.

Algunos se referirán a esta actitud como hipócrita, o tal vez manipuladora. Yo prefiero llamarla diplomática.

—¿Cómo estuvo tu vuelo, Rusia?

Dicho país me observó con una mirada indescifrable, tal vez un tanto calculadora, antes de responder a mi pregunta.

—Tranquilo. Además, me recibió un buen clima, lo cual es bastante agradable.

Divertida, no pude evitar sonreír de verdad.

—Estamos a doce grados Celsius, Rusia.

—Sí. Bastante agradable, ¿no? Incluso hay algo de sol.

—Supongo que es un día cálido considerando que son inicios de marzo.

—Ah, quisiera poder decir que ese es el caso en mi tierra.

—Uhm…— Chasqueé la lengua, pensativa, ignorando a Inglaterra que me miraba extrañado desde la periferia. —¿Qué hay de la ciudades ubicadas cerca del mar Negro? De seguro no hace tanto frío en ellas.

—¿Uh?

Mi sonrisa se ensanchó aun más ante su mirada perdida.

«The more you know, bitches.»

—¿O me equivoco?

—Ah…—El país, todavía soviético, parecía sacado de un trance. Recuperando la compostura habitual, su expresión engañosa y amigable regresó con una sonrisa. —No, tienes razón. Pero no me esperaba que supieras algo así de mí.

—Bueno, la verdad es que…

«Mi antiguo profesor de geografía y estudios sociales era un negrero de porquería que tenía cierta morbosa fascinación con obligarnos a calcar mapas.»

Ese hombre contaba entre las pocas cosas que jamás extrañaría de mi antiguo mundo. A veces, podía jurar que aún sentía los callos en las yemas de mis dedos.

—¿Sí?

Rusia insistió, curioso por mi respuesta. Inglaterra, quien hasta hace poco se había encontrado a una distancia prudente del país soviético, empezaba a encorvarse hacia nuestra dirección para escuchar también lo que tenía que decir.

Una serie de pisadas sordas interrumpió mis próximas palabras. Las puertas de la habitación se abrieron a azotazos, a lo que siguió la entrada de cierto país norteamericano.

—¡Buenos días, el héroe ha llegado!

A pesar de que el timbre de su voz era lo suficientemente alto para romper cristales y casi derrumbar el resto de mi figurativa torre de paciencia, traté de ignorar el fastidio al que me sometía. Le ofrecí una amigable sonrisa.

—Mira, mira lo que el viento trajo; es aquel por quien llorábamos.

América rió de buena gana y optó por seguirme la corriente.

O, vete a saber, tal vez pensaba que hablaba en serio.

—¡Wow! ¿De verdad? No sabía que me habían extrañado tanto, pero creo que exageras cuando dices que "lloraban" por mí. No se tú, pero los británicos no pueden demostrar sentimientos.

—¡Hey!

—Oh, no puedo decir que esté de acuerdo contigo—. Inglaterra me miró con gratitud. —Por el momento, me ha ofrecido múltiples muestras de diferentes emociones; como enojo, impaciencia, irritación, arrogancia…

«Oh, Iggy, no me mires así. Debes admitir que fue ingenioso.»

—Ah, Danna es bastante graciosa. ¿No es verdad, camarada?

América, quien yacía inclinado sobre su barriga y trataba de recuperar el aire tras un ataque de risas, no pudo acopiar ni una pizca de ganas para contradecir a su rival comunista. Levantó sus pulgares, aún así, sintiendo una gran y aparente urgencia de demostrar su aprobación,.

—¡Danna!—Inglaterra gruñó irritado.

Me encogí de hombros.

«No me arrepiento ni me disculpo por nada.»

—¡Oye!

Whoops, creo que había expresado ese último pensamiento en voz alta.

Opté por asimilar una actitud un tanto más cínica. Guiñé con picardía, esperando que con esto entendiera que no hablaba en serio. El rostro enojado de Inglaterra se transformó en uno de incredulidad. Cruzando los brazos, decidió fijar su mirada en la pared.

Enarqué las cejas

«Déjame tocarte una canción en el violín más pequeño del mundo.»

—Iggy, te harás viejo pronto si sigues frunciendo el ceño de esa forma.

No pude evitar sonreír. Admitidamente, los comentarios burlescos de América eran muy entretenidos.

En una época diferente, cuando estaba a punto de cursar mi último año en el colegio, decidí ceder ante las muchas insistencias de mi mejor amiga, quien durante varios meses quiso convencerme de que viera Hetalia. No sabiendo que esperar y un tanto escéptica, me encontré positivamente sorprendida ante la calidad del show. Recuerdo haberme preguntado por qué no la había visto antes. Siempre he sido fanática de la parodia, después de todo.

Su nombre era Camila. Nos conocíamos desde quinto grado, aunque nuestra amistad no se entabló sino hasta nuestra educación secundaria. Con ojos verde sierra y sinceros, pelo como espigas y la piel bronceada por su rutina deportiva, podía considerar a Camila como una de las pocas personas capaces de sacarme de la monotonía a la que me había sometido durante los primeros años de mi adolescencia.

Sus personajes favoritos, creo recordar, constaban en Japón y Canadá. Por más irónico que fuera, América e Italia no eran mucho de su agrado, a pesar de sus similitudes. Camila rara vez permanecía callada, le sonría a los obstáculos que el mundo ponía ante sus pies, y parecía pasearse a través de la vida como alguien que tiene todo el tiempo y las posibilidades del universo en las palmas de sus manos.

"Cuántas veces te esperó. Cuantas veces te esperara."

«Duerme sólo el gato tieso.

Llora triste el colibrí.»

—Ah… ¿Danna? ¿Tengo algo en la cara?... ¿Danna?

Con un parpadeo, los ojos glaucos fueron reemplazados por azules cristalinos. América, extrañado, se rascaba una mejilla sonrosada con el dedo índice.

—Ah…—Musité, buscando concentrarme. —No, no es nada de eso. Sólo me recuerdas a alguien, eso es todo.

América pestañeó un par de veces, y una sonrisa pareció querer formarse en su rostro. Aquel gesto, sin embargo, terminó por congelarse antes de que tuviera la oportunidad de tomar forma. Inglaterra ahogó un grito, a lo que mi cabeza prácticamente se torció hacia su dirección. Miré confundida su cara horrorizada.

—¿Vraiment?— El aliento de Francia me rozó la nuca y los vellos de mis brazos se erizaron como los de un gato. —¿Podrá ese "alguien" tratarse de un amante? ¡La envidia que tengo! Cómo me gustaría que me vieras con semejante ternura también.

Petrificada, sin aún entender que demonios estaba pasando, sentí una mano queriéndose posar sobre mi cintura.

«¡Hijuepu-!»


Por lo que veía, la semana de Inglaterra no habría podido haber empezado mejor.

«Por lo menos a alguien se le alegró el día.»

—¡Jajajaja! ¿Qué puedo decir? ¡Cosechas lo que siembras, cara de sapo! Ahora lo pensarás dos veces antes de dejarte guiar por tus impulsos libidinosos.

Francia fulminó a Inglaterra con la mirada.

—¡Sigue riendo, asexual! Al fin y al cabo, no soy yo el que tiene telarañas en el…

«Me pregunto que tipo de consecuencias traería a este mundo si llegara a asesinar a uno de estos países.»

—¡Rayos, Francia! ¡Deja de movelte!— Refunfuñó China, quien por el momento sostenía al francés de sus hombros, queriendo evitar que este se alzara. —¡Quédate quieto! No puedo aplicar el ungüento.

Suspirando con pesadez, caminé hacia ambos países. Francia levantó su mirada, encontrándose con la mía, y se vio inmediatamente paralizado. Me acuclillé para estar a su altura y rodé los ojos cuando él se encogió por mi cercanía.

«No lo golpeé tan fuerte.»

El moretón en su mejilla quiso disentir.

Recapitulando, no había ocurrido gran maravilla. La nación Europea me había pegado un susto de muerte, a lo que yo respondí pegándole un porrazo en la cara. China, quien llegó tan sólo unos segundos más tarde, fue testigo del cuerpo inconsciente de Francia, el cual trataba de ser reanimado con todos mis esfuerzos, mientras Inglaterra reía a carcajadas y América, elogiando mi fuerza, no dejaba de apretarme los antebrazos.

Ignorando la mirada aterrorizada de Francia, agarre su mentón con una mano, mientras que con la otra presioné una bolsa de hielo que había conseguido en la cocina contra su piel azulada.

—Lo siento. Exageré demasiado—Un mechón rubio cayó sobre mis dedos, estorbando mi trabajo. Lo peiné por detrás de su oreja. —No era mi intención lastimarte.

«Mucho.»

Cual santo remedio, Francia se animó al escuchar esas palabras. Sus ojos se ensancharon, antes de adquirir un extraño resplandor. Esbozando una media sonrisa, cubrió mi mano con una de las suyas, e inclinó la cabeza.

—Ah, no, mademoiselle. No tienes porqué disculparte. Admito que fui bastante inoportuno. Además…— Acercó más su rostro. —Si alguien tan bella como tú cuida de mí, creo que este golpe ha valido la pena.

—¿Francia?— Susurré. Nuestras narices casi se rozaban.

Bloody hell. What is happening?

Ambos ignoramos a Inglaterra.

—¿Sí?

—Retrocede un poco, por favor. Te encuentras en mi espacio personal.

El país francés rió con ligereza.

—Ah, pero mademoiselle, no hay razón de ser tímida…

—Francia…—Apreté su mano con fuerza.

Nunca he visto a nadie replegarse con tanta rapidez. Italia se habría sentido orgulloso.

—¡Espera, espera, espera! ¡Je me rends! No hay necesidad de recurrir a la violencia.

«Ah, las famosas palabras "me rindo". Típico Francia.»

—¿Podrías dejar de exaltarlo? No puedo terminar mi trabajo—. La voz irritada de China llamó mi atención. Levanté la mirada, encontrándome con ojos oscuros y fulminantes. Pestañeé extrañada, fijándome en la expresión hostil de la nación asiática.

«De acuerdo, ¿y ahora qué?»

—Uhm…

—¿Y tú qué haces aquí?

«Oh, wow. ¿Conque directo al grano, eh? Creo que puedo respetar eso.»

—Yo la traje—. Inglaterra interrumpió, dando unos pasos hacia adelante.

—¿¡Hah!? ¿Estás loco?—China me miró de reojo. —Sé que sus circunstancias son bastante misteriosas, pero aún no tenemos ni idea de quien es ella. Puede que parezca una víctima, pero en realidad no sabemos de lo que sea capaz. ¿En que estabas pensando cuando la trajiste a una reunión de estrategia militar? ¿Qué harás si desaparece con todos nuestros secretos?

«Vaya, vaya. ¿Así que nunca se tragó mi historia del todo? ¿Cuántas veces se habrá leído "El arte de la guerra"?»

Inglaterra tragó en seco, pero nunca retiró la mirada.

—La señorita Necker ya me ha explicado sus intenciones. Además, considerando que ella es una viajera del futuro, dudo que pueda descubrir aquí algo que no conozca ya.

—Así es—. Aseguré. —La razón de mi presencia es para tan sólo confirmar en que punto de la historia me encuentro. No tengo otro motivo. Lamento que no pueda confiar en mí, señor China, pero espero que podamos llevarnos mejor en un futuro preferiblemente cercano.

Incliné mi cabeza y torso, observando el piso. ¿Era apropiado inclinarse en la cultura china, o era aquello algo japonés?

Aparentemente, había tomado la decisión correcta porque cuando volví a erguirme, China me observaba halagado y un tanto maravillado.

—Ah…—Tosió sobre su puño—. Veo que sabes tratar a tus superiores con respeto.

«¿Cuál superior?»

—Bueno, si eres tan sincera como dices ser, no veo porqué no podrías quedarte.

Una mano se posó sobre mi hombre, pero a diferencia a la de Francia, ésta era mucho más pesada y fría.

—Claro que puede quedarse. Danna parece simpática. No es del tipo de persona que haría algo fuera de lugar… ¿verdad?

Ante esa voz, mi único consuelo era la certeza de que no podía morir con facilidad. Observé a Rusia sobre mi hombro, esperando que éste no pudiera advertir como los músculos de mi cuello se habían tornado en piedra.

—Algo tan desagradecido jamás se me habría cruzado por la mente.

La sonrisa del país soviético se ensanchó más de lo que me parecía soportable y tuve que hacer uso de toda mi fuerza de voluntad para no golpear su mano.

—O-oye, Rusia. Me parece que ya hemos desperdiciado mucho tiempo. Sería mejor que empezáramos con la reunión, ¿no lo crees?— La caballerosidad de Francia, por primera vez oportuna desde mi llegada, decidió interrumpir aquel punto muerto. Me separó de Rusia con tanta discreción como le fue posible.

—Ah, por supuesto que sí. Lo siento, ¿podemos continuar?

—¡Ah, bien! ¡Es mi hora de brillar!— América se paró en frente del pizarrón, garabateando algo que, supuse, debía ser un barco. —Este es mi grandioso plan: "Operación Héroe azul hamburguesa y compañía".

Desde la periferia, observé a Inglaterra dándose una palmada en la frente.


Caos. Aquella podría ser la síntesis de todo lo que había vivido las últimas dos horas y media. Debía, sin embargo, darles algo de crédito: Era difícil hablar tantas tonterías por tal cantidad de tiempo. Yo sabía de eso. Había sido adolescente también, después de todo. Se necesitaba mucha creatividad para tanta bufonada.

No les mentiré; no me encontraba irritada en lo absoluto. Al contrario, todo esto no me habría podido haber parecido más divertido.

—¡Repite eso una vez más, asexual!

Le di otro sorbo a mi té. Estaba bastante bueno, ¿de que sería? Tendría que preguntarle a China más tarde.

—¿Ah? ¿Por qué te ofendes? Sólo estoy declarando un hecho. No hay nada de malo en llamar a un inútil, inútil.

«Podría pedirle una muestra… Ah, pero probablemente me cobraría. China no ofrece nada gratis. Vaya lástima.»

—¿Inútil yo? ¡Honhonhonhon! ¡Eso no fue lo que dijiste cuando perdiste Normandía!

«Uh oh. Ouch.»

Debía admitirme sorprendida cuando Inglaterra sonrió, en lugar de darle un aneurisma, como había creído que sucedería.

—¿Te refieres a ese pedazo de tierra que también está bajo custodia alemana? Eso, por ejemplo, es un caso de inutilidad. O si quieres más referencias, podemos hablar de cómo perdiste a Canadá y no pudiste hacer nada en mi contra.

Me parecía increíble como nunca parecían acordarse de Canadá, a menos de que les conviniera, como en este mismo instante.

«Siéntete orgulloso, Matthew, por lo menos te mencionaron.»

—Es muy entretenido verlos, ¿no?

Observé a Rusia por el rabillo del ojo, ofreciéndole una ligera sonrisa.

—Vaya que sí. Me imagino que nunca hay momentos aburridos en esta sala de reuniones.

China suspiró, sobándose las sienes.

—No es divertido. Es inmaduro. Mah, ¿pero que puedo esperar de semejantes naciones?

Y a todo esto, tal vez se estarán preguntando, ¿dónde está América mientras que esto sucede? ¿No debería estar indignado de que su reunión está siendo interrumpida? Pues, para responder tal pregunta, sólo es necesario girar la cabeza treinta y siete grados a la derecha. Más de eso no es recomendable.

A menos de que aprecien la artística imagen que ofrece la comida masticada.

«Es un poco pasado del medio día. No me sorprende que tenga hambre.» Pensé, observando al rubio comer su hamburguesa con placer casi orgásmico, sin molestarse siquiera en cerrar la boca.

Y hablando de hambre…

Impulsada por el olor a comida rápida, me dirigí hacia el país inglés, ignorando el aura peligrosa que pendía entre él y su rival francés.

Tiré de su manga y pretendí no ver su mirada fulminante.

—¿Inglaterra?

—¿Qué quieres?

«En primer lugar, que me dulcifiques ese tonito antes de que pierda lo estribos.»

—Ya es hora del almuerzo. ¿Podríamos hacer una pausa y continuar más tarde?

—Aún hay mucho que hacer, Danna.

«Y no tendríamos tanto que hacer si tú y Francia decidieran ponerse serios en lugar de discutir como quinceañeros.»

—Han… "trabajado" en esto por horas. No hará mal un descanso y algo de comida para recuperar energía—. Tiré de su manga otra vez e incliné la cabeza a un lado, entrecerrando los ojos y frunciendo el ceño de manera casi imperceptible. —Si estás tan ocupado, ¿no te molestaría si yo saliera por mi cuenta? Tengo hambre.

Las facciones de Inglaterra se suavizaron. Empezaba a cantar victoria cuando…

—No creo que sea buena idea que salgas sola, cariño. No conoces bien los alrededores y podrías perderte.

«¡Ay, pues no! Mira que dulzura más protectora. ¡Está claro que morirme de inanición mientras tú discutes con tu novia francesita es la mejor opción! ¡Carajo!»

—¿Tienes hambre, Danna? ¿Por qué no lo dijiste antes? ¡Toma una, puedes agradecérmelo más tarde!

América dijo de repente, sosteniendo una hamburguesa ante mis ojos. Sorprendida, la miré sin moverme por unos segundos, antes de aceptarla con una sonrisa sincera en mis labios.

—Muchas gracias, América, eres muy amable.

—¡Hehehe! No hay problema.

Sintiéndome de mejor humor, me disponía a darle a un mordisco a la hamburguesa, cuando la apariencia inesperada de una mano sobre mi boca negó aquel intento.

¡Nooon! ¡Mademoiselle! ¡No te envenenes con semejante basura! ¡Si Inglaterra no quiere tomar su responsabilidad como hombre y anfitrión, entonces permite que sea yo el que sacie tu hambre!

Con un gesto desdeñoso, agarró la hamburguesa y la arrojó al otro lado de la mesa.

—¡Hey!— América y yo gritamos al unísono, indignados. Claro, sí, desperdicia comida en tiempos de guerra. ¿Por qué no? Deberíamos arrojar las reservas de agua de las flotas por la borda, ya que estamos en eso.

Francia me agarró de la mano, sus dedos sintiéndose suaves pero firmes alrededor de los míos.

—Tienes razón, mademoiselle. Es hora del almuerzo, ¿y que mejor forma hay de deleitarse si no es con algo de cuisine française? No puedo imaginar el sufrimiento por el que has tenido que pasar al comer por dos semanas los platos que este… pirata maleducado debió haber preparado para ti.

Ignoramos el "¡Oye!" indignado a nuestras espaldas. Dejándome guiar por Francia a lo que supuse, sería la cocina, opté por no tratar de soltar mi mano.

—No ha sido tan malo—. Protesté. —Además, yo he sido la que ha cocinado la mayoría de nuestras comidas.

Francia se detuvo sin aviso previo e Inglaterra chocó contra mis espaldas.

—¿¡Qué!?— Le gritó al país anglosajón, indignado e incrédulo. — ¿Primero le quitas toda posibilidad de que regresa a casa y luego haces que trabaje para ti? ¡Meras agallas que tienes, Iggy!

Inglaterra parecía querer protestar, pero retiró la mirada a último momento.

—No es así—. Interrumpí. —Yo me ofrecí a ayudarlo. Me pareció justo, viendo que me iba a quedar en su casa y todo.

Francia cerró la boca de inmediato, viéndose contrariado.

—Pero…

—No es un problema. Esto es algo que quiero hacer, me sentiría muy culpable de lo contrario.

Cerrando y abriendo sus ojos, el francés suspiró resignado, antes de esbozar una pequeña sonrisa. No pude evitar sentirme aliviada e irritada a la vez cuando Francis pareció volver a recuperar sus aires de charmant, sujetándome ambas manos.

—¡Ah! ¡Qué mujer más altruista y de corazón tan puro! Sólo un tonto sería infeliz o desagradecido a tu lado. Jamás pensé que sería posible para mí decir esto, pero que envidia tengo por Inglaterra—.

«Esas son rosas. Las rosas volvieron. Que me lleve el cuerno.»

—Oye, oye—. Inglaterra farfulló irritado.

—¿Y que hay de ti, mon mouton noir? ¿Dónde está el amor? Según lo que he entendido, Danna no ha hecho más que tratarte bien estas últimas semanas mientras que tú ni siquiera tienes la decencia de alimentarla. Aunque ahora me explico por qué has subido de peso.

—¡Urgh!

No pude evitar la risa que escapó de mis labios.

«Burn, baby, burn.»

Francia rió conmigo y me ofreció su brazo.

—¿Qué dices, mademoiselle? ¿Te apetecería probar una deliciosa comida francesa?

Enganché mi brazo en el suyo.

¡Mangez bien, riez souvent, aimez beaucoup!

Exclamé de buena gana. Los ojos de Francia parecieron brillar.


Cerrando la puerta principal a sus espaldas, Inglaterra suspiró con pesadez.

—¿Cansado?—Pregunté casual, rodando mis hombros. El país inglés sólo gruñó en respuesta. No me sentía sorprendida. Considerando lo mucho que había gritado y peleado durante el día, me habría parecido extraño si no se hubiera hallado agotado. Conducir dos horas de ida y otras dos de regreso tampoco parecía ayudar mucho. —Puedo preparar algo de té, si quieres.

Inglaterra pareció contemplar aquella proposición, antes de negar con la cabeza.

—No, muchas gracias. Soy yo él que debería preguntare eso. No debes estar acostumbrada a este estilo de vida.

Oh, Iggy, si sólo supieras a que tipo de estilo de vida me he acostumbrado los últimos tiempos de mi vida.

—Puedes ir a ponerte cómoda. Voy a preparar algo de té. Más tarde te traigo una taza, ¿de acuerdo?

«Aparentemente, las palabras de Francia le afectaron más de lo que me imaginaba.»

No expresé aquellos pensamientos en voz alta, pero esperaba que mi sonrisa fuera suficiente para demostrar mi gratitud.

—Gracias, Inglaterra, Que tengas una buena noche.

—Buenas noches a ti también, Danna.

Con aquella última despedida, me dirigí hacia mi habitación.

«Vaya noche más extraña.» Me dije a mí misma, aunque no estaba segura de donde había venido aquel pensamiento.

Era una noche como cualquier otra. Garantizado, no debía ser más de las siete y afuera ya estaba oscuro como boca de lobo, aunque aquello podía asociarse con la estación actual. El clima estaba frío, aunque no era nada diferente de lo que había vivido las últimas semanas.

«¿Por qué, entonces, parece todo tan fuera de lugar? A menos que…»

A menos que…

Con el corazón en la garganta, abrí la puerta de mi recámara. Dos pasos adelante. Encendí la luz.

Nada.

«¿Entonces no era eso? ¿Me estará venciendo por fin la locura?»

Con la respiración temblorosa, me arrojé sobre la cama. Tomé profundas bocanadas de aire.

«…tres, cuatro, cinco. Respira. Mi pulso sigue errático.»

Girando sobre mis espaldas, observé el candelabro de cristal y empecé a contar los focos. Una luz, dos luces, tres luces, cuatro luces…

Luego, las piedritas translúcidas; …veintiocho, veintinueve, treinta…

Mis párpados se sentían pesados. Por un momento, luché contra el sueño. Debía todavía cambiarme de ropa, cepillarme los dientes y lavarme la cara.

«Inglaterra me despertará.»

Convencida con ese último pensamiento, cerré los ojos.

—No es de buena educación dormirse cuando hay invitados, ¿sabes?

La sangre se congeló en mis venas. Se congeló de tal forma que debería haber sido imposible mover músculo alguno sin que me rompiera en pedazos.

Pero de alguna u otra forma, me enderecé sobre el colchón. De alguno u otra forma, obligué que mis ojos enfrentaran el origen de aquella voz gutural.

Posado en la otra esquina de la cama, como un gallinazo, yacía la caricatura de un niño. De piel negra como la pez, pelo claro como polvo de estrellas y esqueleto de pájaro que sobresalía, como bultos, de las formas más enfermizas: La caricatura de un niño, pues me negaba a creer que una forma tan frágil perteneciera a un ser de semejante repugnancia.

Repugnante, como su mirada. Su mirada carente de malicia. Una mirada carente de todo.

Una mirada completamente vacía. Repugnante, peor que los ojos de una muñeca.

Vul…— Mi voz emergió débil, como el roce de una libélula. Un humano normal no la habría escuchado, pero Vul la escuchó.

Pretendió sonreír. Fue una pobre imitación. Sus labios blancos se estiraron, moldeando una mueca que revelaba dos hileras de dientes afilados.

—Es un gusto verte, Danna.


27. Febrero. 1942

Para Camila:

Ayer el cielo se despejó durante la noche. Vi una estrella fugaz.

Creo que tuviste razón. Siempre necesité un poco más de fe en este tipo de cosas. Supongo que sólo necesité viajar entre mundos para comprender eso.

El deseo se cumplió. Dije que quería verte y soñé contigo; más lúcida que nunca. No es precisamente lo que quería, pero supongo que aquello fue culpa mía por no haber sido más específica.

No me extrañas demasiado, ¿verdad?

No te preocupes. Es improbable que vea otra estrella fugaz demasiado pronto, pero los dientes de león están a punto de florecer. En cuanto aquello ocurra, voy a soplar uno cada día para soñar todas las noches contigo. De esa forma, yo también podré seguir extrañándote.

Te amo. Te amo mucho.

Siempre tuya, tu amiga, tu hermana

Danna Necker

(Posdata: ¿Cómo le va a Joaquín en el cole? ¿Ha tenido ya a su primer amor?)


Uff, en primer lugar; perdón si me tardé un poco más que con mis primeros tres capítulos. Entré a mi último año de preparatoria, por lo que he estado algo ocupada.

¡Muchas gracias, NataLEEa y Golddylily! Sus palabras me motivan mucho. Y me alegra saber que una amiga ecuatoriana lea mi historia.

Ahora, por el vocabulario:

¡Mangez bien, riez souvent, aimez beaucoup!: Come bien, ríe seguido, ama en abundancia.

Los versos "Cuantas veces te esperó. Cuantas veces te esperara." Son parte de un poema llamado "Romance sonámbulo" de Federico García Lorca. A veces se harán referencias de este poema en esta fic.

Si tienen más preguntas, pregunten :D

¡Las reviews me motivan y me hacen feliz! Por favor, si no es mucha molestia, me gustaría saber que opinan de esta fanfic hasta ahora.