Prólogo: Lo que somos

El cuerpo, ya incapaz de defenderse, seguía temblando suavemente mientras sus húmedas fauces se deslizaban sobre el cuello. Lentamente, los dedos descendieron sobre los brazos de su atacante y el brazo, ya sin oponer resistencia, se dejó caer y balancearse. En sus ojos había quedado grabada, como esculpida en piedra, la expresión del más intenso horror.

A su alrededor, la oscuridad de la noche los cobijaba. Una suave brisa que emitía un suave pero escalofriante silbido. Quizás, a una persona, la atmósfera bien pudo resultarle terrorífica, pero el lugar estaba solo habitado por hijos de la noche. A su alrededor, algunos de los habitantes de lo que alguna vez fue el temido Vaeternus, se agolpaban entre los reticulados del techo, contemplando el siniestro espectáculo.

Cuando por fin pareció satisfecha la criatura dejó caer descuidadamente a su víctima, que se desplomó sobre el suelo de madera pesadamente, ya sin la más mínima muestra de algún signo vital. Su piel había adquirido un tono pálido, casi grisáceo, como si ya no quedase nada en su interior. Salem se irguió, mientras una brillante cascada de sangre se precipitaba sobre su pecho. La luz de la luna, que entraba por las puertas del taller en que se encontraban, bañó con su líquido brillo su espalda, cubierta por un desgastado abrigo negro.

Alzó sus ojos grises, hacia la oscuridad del techo y lanzó un rugido gutural , tan imponente y salvaje que algunos de sus hermanos retrocedieron trastabillando hacia atrás, sacudiendo el polvo que cubría a las estructuras de metal.

Ella, que lo había estado observando desde la oscuridad, se aproximó lentamente, como si evaluase cada uno de sus pasos. Pero no estaba asustada, ella nunca estaba asustada. La vida la había curado del miedo. Más bien parecía un científico que está analizando a un nuevo descubrimiento. Estaba siendo cautelosa.

Nitara rodeó al cuerpo del hombre con una expresión de desagrado en el rostro. De aproximadamente unos 40 años; cabello canoso, llevaba un mameluco de grafa de antaño celeste que ahora estaba regado por gotas carmesí, distribuidas sin orden alguno como un salpicado.

Pero su expresión no era tal por ver a un hombre desplomado, muerto y bañado en su propia sangre. Era la mirada. Esos ojos congelados, fríos y abiertos de par en par. La boca abierta y tensa. La expresión de un hombre que parecía haber intuido, quizás por instinto, que estaba a punto de morir. No volvería a respirar ni a hablar; no regresaría a casa a abrazar a sus hijos ni a su esposa (si es que la tenía, claro).

Se inclinó, extendió un brazo, cubierto por un chaleco carmesí. Posó suavemente los dedos sobre los párpados del sujeto y los hizo descender.

― ¿Hasta cuándo seguiremos con esto? ―exclamó, apesadumbrada. La pregunta no parecía dirigida a nadie en particular, pero varios de los vampiros allí presentes lograron oírla.

A pocos metros de ella, Salem se volteó lentamente y entornó los ojos hacia ella como si acabase de notar su presencia. Muchos de los presentes comenzaron a murmurar rápidamente cosas indescifrables para Nitara.

― ¿No lo has entendido aún? ― inquirió el vampiro.

Recorrió el taller durante unos segundos, llevando una mano a su propia cabeza y removiendo suavemente sus cabellos castaños hasta que de repente extendió sus alas en un gesto claramente imperioso.

―Esto es lo que somos ― sentenció.

Y Nitara vio, con pena, como la gran mayoría de sus hermanos sonreían e incluso, algunos pocos, vitoreaban a quien habían adoptado como su líder.