Capítulo 5: Acechados

Simultáneamente, como si pareciese que lo hubiesen planeado así, Stryker y Nitara se desplazaron en sincronía hacia su adversario. Salem se preparó. Dio un paso hacia atrás y extendió los puños hacia adelante para protegerse. Había algo en sus ojos, Nitara lo percibió. Esa excitación que siempre aparecía cuando parecía dispuesto a conseguir lo que quería. La imagen le resultó bastante amedrentadora, pero después de lo lejos que había llegado, sabía que no podía echarse atrás en ese momento.

Desde el aire, la vampiresa le lanzó una serie de contundentes patadas, todas hacia su cabeza y a su pecho mientras Stryker, desde la Tierra, abatía con una ráfaga de puños (bastante pretensiosos, pensó ella), hacia Salem. El vampiro, visiblemente emocionado, luchaba con una sonrisa de oreja a oreja. Bloqueaba y evadía todos sus ataques con una destreza notable, que poco a poco comenzaba a alterar al oficial, que lanzaba cada vez más puñetazos alborotados.

El vampiro dio un repentino giro hacia atrás. Stryker corrió rápidamente para alcanzarlo, pero descuidó su guardia y Salem le acertó un puñetazo en el vientre, seguido de una patada giratoria que lo dejó de rodillas. Parecía dispuesto a seguir golpeándolo, pero Nitara arremetió con una nueva patada desde el aire que acertó en el rostro de Salem. Tras una leve estabilización, el vampiro alzó la vista hacia ella, con un hilillo de sangre cayéndole por el mentón. Ella retrocedió, pero él se alzó ligeramente del aire para sujetar su pierna y, dar un giro y lanzarla hacia Stryker, que acababa de ponerse de pie. Ambos chocaron y rodaron por el suelo.

Salem se lanzó directamente sobre Nitara, con un puñetazo. Ella lo advirtió justo a tiempo y rodó, lanzando una barrida que su enemigo evitó con un salto. La vampiresa retrocedió, poniéndose de pie para evitar unos golpes hacia ella. Se agachó justo a tiempo para evadir una patada giratorio.

― ¡No vas a frustrar mis planes! ―le gritó, entrando en un estado de alteración que le sorprendió ―. ¡No van a encerrarme otra vez! ¡No vas a volver a traicionarme!

― ¡Jamás te traicioné! ―dijo ella, llena de ira. Logrando acertarle un golpe en el rostro ―. ¡Ni lo habría hecho! ―añadió, lanzando una patada de lado que le dio en el cráneo ―. ¡Eras importante para mí! ―Lanzó otro puñetazo que le dio de lleno en el pecho, haciéndolo retroceder y caer de rodillas.

Salem, respirando lentamente, alzó la vista hacia ella. Nitara creyó que decirle aquello podía haberlo hecho cambiar de parecer, pero no fue así. Lucía aun más enfurecido y con más deseos de despedazarla que nunca. Rugió brevemente, mostrando sus colmillos, y se lanzó hacia ella corriendo, pero fue detenido por Stryker, que lo derribo con un sorpresivo tacle lateral.

Una vez encima, se encaramó hasta la altura de su rostro y comenzó a atacarlo con una serie de puñetazos al rostro. Primero con el izquierdo, luego con el derecho, luego con el izquierdo otra vez. La sangre surgía a borbotones hacia el suelo, hasta que el vampiro finalmente reaccionó y bloqueó los golpes del oficial. Sujetó su brazo y, tras acertarle un codazo en el rostro, lo lanzó a un lado.

Seguido a eso, retomó la atención a su presa principal: Nitara. Esta se elevó en el aire pare evadir un zarpazo de sus garras, pero Salem desplegó sus aires y la acompañó en su vuelo. Ya en las alturas, intercambiaron puños patadas, mientras ascendían en medio de la sala del trono hasta encontrarse cerca de la altura del techo, completamente vidriado que permitía la entrada de la luz lunar.

Las destrezas de Salem eran notablemente mayores que las suyas en todo sentido. A pesar de todo lo que lo habían atacado, el seguía tan enérgico y entusiasmado como al principio, mientras ella se encontraba ya muy agotada. Le era difícil evadir los ataques de su enemigo, y aún más lograr atacar mientras mantenía la estabilidad en el vuelo. De repente, recibió un golpe que la hizo salir despedida hacia atrás y estamparse de espaldas contra la pared. Intentó impulsarse hacia adelante, pero antes de logar hacerlo Salem se había aproximado en un parpado y, extendiendo sus brazos, sujetó su mano derecha firmemente sobre su cuello, empujándola nuevamente hacia la pared. Allí, comenzó a estrangularla.

Ella intentaba resistirse, pero ya no le quedaban fuerzas para detener a su formidable enemigo, que poco a poco comenzaba a quitarle la vida.

Desde abajo, Stryker observaba con impotencia a su aliada, cada vez más al borde de la muerte y sin poder hacer nada. Habría deseado al menos su pistola para poder disparar, pero la había perdido en su última batalla.

― ¡Suéltala, desgraciado! ―gritó con rabia, buscando desesperadamente con la vista algo que le permitiese llegar hasta él, pero no había nada allí que le sea útil.

A Stryker solo le quedaba mirar, con la culpa de sentir que pudo hacer algo, como su compañera perdía la vida poco a poco. En su vida como oficial de policía, esa era una situación que se repetía una y otra vez, una película ya vista. Pero, por más veces que viese morir a alguien, que un compañero respire por última vez en sus brazos, nunca se había acostumbrado. Perder a alguien a quien él sentía que debía proteger era un golpe duro, que no sanaba nunca.

Nitara ya no parecía resistirse. Ya no le quedaban fuerzas. Sus brazos se habían quedado estáticos y sus piernas ya no se sacudían de un lado a otro. Su cuerpo se veía lánguido y débil. Sus ojos perdidos y sin vida. Pero de repente, sin que Stryker siquiera lo hubiese advertido, un resplandor verde rodeó a Salem y este salió despedido hacia un lado. Impactó contra la pared y, envuelto en lo que al oficial le pareció una red, cayó al suelo con un potente ruido seco, rugiendo y pataleando contra lo que lo había atrapado. Mientras, Nitara, ya sin reaccionar, se dejó caer libremente al suelo. Stryker corrió hacia ella, logrando atraparla justo antes de que impacte contra el suelo.

― ¿Nitara? ―le preguntó, rápidamente, sacudiéndola suavemente ―. Dame una señal de que sigues viva.

―Espero no haber llegado tarde ―dijo una voz a su espalda. Kurtis se volteó rápidamente, reconociendo aquella metálica coraza dorada. Era Cyrax.

―¡Nitara! ― gritó, nuevamente.

En esta ocasión, la vampiresa tosió tenuemente, señal que Stryker agradeció. Ya aliviado, se volteó una vez más al ciborg.

―¿Cómo? ―inquirió.

―Raiden me envió. Dijo que les sería útil mi ayuda.

Y, tras reflexionarlo un instante, Stryker no pudo evitar pensar que el Dios no les había perdido el rastro en todo ese tiempo. La coraza de Cyrax quizás resistiría al lago de lava.

―¿Quién es el enemigo? ― preguntó el Lin Kuei, mirando a Salem luchar contra las redes.

―No importa ahora, tu tarea es otra ―le ordenó Stryker, a lo que su aliado pareció confundido ―. Llévate a Nitara, por aquella puerta. ―Señaló hacia la puerta que se encontraba junto al trono del Emperador ―. Bajo la lava, hay un orbe. Tienes que tomarlo.

―¿Bajo lava? ―preguntó Cyrax y, a pesar de su tono robótico e inexpresivo, el oficial pudo sentir un tono de sopresa.

―¡Ve! ―le espetó, apresurado.

El ciborg no preguntó más; pasó un brazo de Nitara por detrás de su hombro, aunque esta lucía aun totalmente inconsciente y, sin discutir más (aunque aun debatiéndose si realmente le habían hablado de tener que introducirse en lava), se dirigió a las escalinatas que llevaban a la habitación del orbe.

A poca distancia, Salem había comenzado a liberarse de las redes con que Cyrax lo había atrapado. Lucía más furioso que nunca, aunque eso no parecía descriptivamente posible. Stryker podía oírlo gruñir a distancia, y eso le helaba la sangre. Pero no iba a retroceder. Tenía que ganar tiempo para salvar a la gente de la tierra, para salvar a Nitara, para salvar a sus amigos.

Y mientras Salem se acercaba, a cada paso el oficial estaba seguro de que no ganaría la batalla. La figura alta, robusta y oscura de su enemigo, con las enormes alas negras que se extendían a los lados, le hacía pensar que lo que se avecinaba era la muerte. Pero esta vez, el oficial no sentía aquella terrible aversión que sintió en alguna ocasión, donde sobrevivir era un objetivo primordial. Lucharía contra la muerte, no se entregaría con facilidad, aunque a aquellas alturas le pareciese que el momento había llegado inexorablemente.

Pero si estaba cumpliendo su destino, él la aceptaría.