Despertó como si un rayo de luz hubiese dado de lleno sobre ella. Lo hizo con energía, como quien acaba de sufrir una pesadilla. Pero no se sentía aterrada o cansada, para nada. Se sentía completamente revitalizada. Estaba sentada, a pocos metros del lago de lava. Miró a su alrededor, desesperadamente, como si buscase una señal de que todo lo que creía haber vivido había sido real, y esta llegó.

Un bulto comenzó a surgir desde la lava. Algo metálico y de forma esférica. Al principio, le costó identificar que podía ser hasta que poco a poco, dos brazos sobre los que se escurrían chorros de lava ardiente emergieron sobre los bordes de la plataforma, y poco a poco aquella extraña figura, que por alguna razón le despertó una sensación agradable, salió completamente a la luz. Nitara nunca había visto a aquella cosa. Lucía como un ser humano, anatómicamente al menos, pero estaba cubierto completamente por algo que a Nitara le apreció una armadura metálica. De su cuerpo se emitían algunas débiles luces verdes.

―He encontrado su pertenencia ―le dijo, de repente, y entonces ella comprendió por qué le despertó aquella calma. Sobre su mano, se encontraba el brillante orbe que ella tanto había anhelado.

Emitía vapores ardientes, de quien sabe cuántas rocas fundidas. Nitara lo contempló, con la mirada perdida. Miró brevemente a Cyrax y luego regresó la vista al orbe, fijando su atención en el interior. Algo parecía moverse allí. Como si, dentro de aquella pequeña esfera, su mundo, su hogar, aun siguiese intacto, vivo. Sonrió.

―¿Puedo tomarlo? ―le pregutó al ciborg. Este, tras un segundo, asintió.

Ella lo sujetó con ambas manos. Ardía. Sentía su piel quemarse ante el contacto, pero ella no sentía dolor, porque el placer y la alegría estaba por encima de cualquier pena. La energía del orbe comenzó a recorrerla. Nitara sintió el poder recorriendo todo su cuerpo. Pudo sentir a Vaeternus en su interior.

En aquel instante, advirtió unas pisadas aproximándose, tanto ella como Cyrax se voltearon a ver. Por un segundo, se le ocurrió que podía ser Stryker pero, cuando vio a Salem llegar con el cuerpo cubierto de sangre, Nitara no se sorprendió. Desde sus dedos aun goteaba el rojo carmesí, y jadeaba, como si hubiese liberado algo de ese espíritu salvaje que traía contenido. La vampiresa pudo sentir el olor de Kurtis, impregnado sobre todo el cuerpo de Salem. Una tristeza contundente la abatió, pero en aquel lugar, sujetando el orbe, el sentimiento fue repentinamente reemplazado por una inusitada y sorpresiva sed de venganza.

Pero Salem miraba fijamente al orbe, con sorpresa, pero no con la emoción que ella había sentido. Lo miraba con curiosidad, pero una inconfundible indiferencia.

― ¿Eso es Vaeternus? ―le pregunto un segundo antes de llevar un brazo a su boca y relamerse los dedos.

―Este es nuestro hogar ―respondió ella, solemne. Caminando hacia él.

Salem se rió estruendosamente, en un claro intento de subestimarla. Un segundo después, se lanzó hacia ella dispuesto a luchar, pero esta vez ella no temió. Estiró un puño, pero un centímetro antes de impactar en el bello rostro de Nitara, el vampiro se sintió completamente paralizado, como si una fuerza ajena lo hubiese detenido. Se quedó allí, petrificado, mirándola con los ojos abiertos de par en par.

―En Vaeternus no puedes herir a tus hermanos ―explicó ella ―. Está prohibido por nuestros Dioses.

Ella lo miró de pies a cabeza, con una clara expresión de pena. Sentía pena por lo que podía ser de él. Detuvo su vista en el medallón que pendía sobre su cuello, ese que le había sido robado. Extendió su brazo con parsimonia y, de un tirón, lo tomó.

―Esto me pertenece ―le dijo, y luego regresó la vista hacia él―. Es hora de que conozcas tu hogar, Salem. Lo necesitas.

Acercó el orbe al vampiro, que lo contempló con todo sentimiento opuesto al que ella había sentido. Lo vio con el más absoluto terror antes de que la esfera comience a brillar con intensidad y, de un segundo a otro, lo absorba.

Nitara tomó el orbe entre sus brazos y se abrazó a él. Tomó aire hondamente, mientras Cyrax se acercaba a ella.

―Se acabó ―musitó, y luego se volteó al Lin Kuei ―. Necesitarás esto para regresar a tu reino.

La vampiresa le extendió el medallón rojo de su madre y Cyrax lo tomó con cuidado y fascinación.

―Solo tienes que desear ir a tu reino ―le explicó, mirando la reliquia con afecto ―. Y te llevará allí.

Luego, volteó suavemente su vista hacia las escalinatas. La puerta estaba abierta, pero ella la miró, allí petrificada, y decidió que no quería ver lo que había más allá.

―Lleva su cuerpo ― pidió Nitara ―. Llévalo a su hogar.

―Así será ―asintió con gravedad Cyrax.

La vampiresa observó al ciborg marcharse de la habitación y, una vez sola, volvió a abrazar al orbe. Por su mente, pasaron por su cabeza recuerdos de todo lo que había tenido que pasar para llegar allí. Pero decidió que, si debía volver a hacerlo todo para recuperar Vaeternus una vez más, sin dudas lo habría hecho.

Sintió pena por Stryker, pero le alivió pensar que no eran tan diferentes. Ellos habían estado dispuestos a todo por su reino, y ella habría aceptado la muerte por esa lucha, así como lo había hecho cuando Salem había estado a punto de matarla.

―Gracias ―murmuró, sonriendo ―. Gracias por todo, Stryker.

Extendió el orbe por sobre su brazo, sintiendo como este deseaba salir a la luz. Percibía a Vaeternus en busca de libertad. Algo húmedo había comenzado a escurrir por su rostro, ¿lágrimas? Ya ni siquiera recordaba cuando era la última vez que había llorado.

Lanzó el orbe al suelo y este se partió. Una luz la rodeó por completo y, de un segundo a otro, perdió la noción de la realidad.

Cuando volvió a abrirlos, en un tiempo que a ella le habían parecido horas, aun se encontraba de pie, como si nada a su alrededor hubiese cambiado.

Pero de hecho, absolutamente todo había cambiado.

Sus hermanos, mucho más desconcertados que ella, se contemplaban entre sí más que confundidos. No le sorprendió. Estaba segura de que al igual que ella, pocos recordaban su reino. Una larga llanura, que parecía eterna, se extendía a su alrededor. Algunos volaban de aquí para allá, percibiendo lo que su hogar les ofrecía. . A lo lejos, pudo ver a Erk con su mata de cabello negro desordenado, contemplando los efluentes de sangre que alimentaban a toda la población de Vaeternus, como sus padres le habían contado hacía cientos de años. Cuando sus vistas coincidieron, él le sonrió débilmente.

Una cálida y revitalizante luz los bañaba entre la oscuridad de lo que los humanos conocían como noche. Pero para ellos, aquella penumbra tenuemente iluminada era eterna.

Giró la vista sin dirección alguna, reconociendo a los vampiros con los que había convivido durante cientos de años y que tantas veces se habían tomado sus historias como un cuento. Y ahora, la miraban como a una heroína.

A su alrededor, Vaeternus vivía.

Fin

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