Capítulo 2: Conociendo a Blancanieves

Emma se despertó sintiéndose algo inestable y confundida, después de todo lo que pasó la noche anterior. Se duchó, se cambió, desayunó algo rápido, agarró el libro de Cuentos de Hadas y se fue a la repostería. Cuando entró no había nadie, pero espero pacientemente ya que la campanilla de la puerta le indicaba a los que atendían cuando un nuevo cliente entraba. Estaba mirando algunos postres con curiosidad, cuando una mujer apareció a atenderla. La mujer era flaca, tenía el cabello corto, y estaba vistiendo un vestido con flores. Pero si Emma la miraba bien, la mujer se transformaba en Blancanieves ante sus ojos. Su cabello se alargaba y quedaba cubierto con hermosos bucles; y su vestimenta se transformaba en un vestido largo color amarillo, y una cinta roja atada en forma de moño en la cabeza.

- Hola, soy Mary Margaret. – Se presentó la mujer amablemente. - ¿En que puedo ayudarte? – Preguntó.

- Ayer compré una cupcake, y pusieron equivocadamente este libro en mi pedido. – Respondió Emma sacando el libro de su bolsa y entregándoselo a la otra.

- No es mío, y nunca lo he visto aquí. – Dijo Mary Margaret observándolo con curiosidad. – Deberías quedártelo. – Indicó devolviéndoselo.

- No, quédatelo o dáselo a quien quieras. – Dijo Emma sin aceptar el libro de regreso.

- Tú lo encontraste, así que deberías quedártelo y hacer lo que quieras con el. – Insistió Mary Margeret. - ¿Eres Emma Swan? – Preguntó.

- Si. – Asistió Emma. - ¿Cómo sabes? – Preguntó asombrada.

- Tu nombre está escrito en la primera página. – Respondió Mary Margaret mostrándole el escrito en tinta, y Emma se sorprendió ya que eso no había estado escrito el día anterior. – Quizás haya sido un regalo de alguien. – Dijo entregándole el libro.

- Bien, supongo que gracias. – Dijo Emma sin saber bien que decir. – Adiós. – Se despidió dirigiéndose a la puerta de salida.

- Adiós, que tengas un gran día. – Le deseó Mary Margaret.

Al salir de la tienda se apoyó contra la pared y respiró profundo unas cuantas veces. Era raro haber visto a esa mujer por momentos como Blancanieves, y por momentos como Mary Margaret. ¿Se estaría volviendo loca o Garfio tendría razón? Si Garfio tenía razón esa mujer que acababa de conocer era su madre, y ella no estaba lista para enfrentar ni aceptar eso. Miró el libro que tenía en sus manos y sentía que le quemaba, así que lo agarró y lo tiró a un tacho de basura.

- ¿Qué crees que estás haciendo? – Preguntó una voz haciéndola sobresaltar.

- ¿Tú de nuevo? ¿Me estás acosando? – Preguntó ella, cuando se dio vuelta y se encontró con Killian, Garfio, o como quiera que se llame. Tuvo que sacudir un par de veces su cabeza para dejar de verlo vestido como un pirata.

- Claro que no, simplemente te estoy siguiendo para ayudarte a cumplir tu destino. – Justificó él defensivamente. – Y tirar ese libro a la basura es un error. – Agregó señalando el tacho con su garfio.

- Estás loco. – Dijo ella y se empezó a hacer camino por la calle.

- ¿Cómo me podes decir eso cuando acabas de conocer a tu madre? – Preguntó él siguiéndola.

- Esa mujer no es mi madre y los Cuentos de Hadas no existen, así que déjame en paz. – Dijo ella enojada.

- No puedo creer que seas tan negadora. – Comentó él frustrado.

- ¿Tienes idea de lo terrible que suena que yo sea la responsable de salvar a todos los personajes de cuento y devolver los finales felices? – Preguntó ella quejándose. - ¡Y si fuera verdad, no me importa, porque yo no pedí ni quiero esa clase de responsabilidad! – Exclamó frustrada.

- Lo lamento pero es tu destino, tú eres la salvadora. – Dijo él con convicción.

- ¿Por qué estás tan interesado en ayudarme si crees que eres Capitán Garfio, es decir un villano? ¿Qué es lo que quieres? – Cuestionó ella deteniéndose bruscamente y volviéndose hacia él.

- No lo creo, lo soy. – Aclaró él. – Y lo que quiero, como todos, es mi final feliz. – Informó.

- ¿Y cuál sería tu final feliz? – Pidió saber ella.

- Matar al monstruo que asesinó a la mujer que amaba. – Contestó él, sus ojos llenos de furia y dolor.

- Olvídalo, incluso si tu loca teoría fuera verdad no te ayudaría. – Negó ella, después de un largo silencio donde solamente se dedicaron a verse intensamente a los ojos.

- ¿Por qué no? – Preguntó él, con una mezcla de enojo y sorpresa.

- Porque la venganza no es un final feliz, la venganza solo trae más dolor y te hace sentir vacío. – Expresó ella su opinión. – No me sigas más, sino llamaré a la policía. – Advirtió en forma de amenaza.

No quería más problemas, ni dudas, ni confusiones. Así que se fue de allí lo más rápido que pudo, deseando no volverse a cruzar más con ese hombre. Se subió a su auto amarillo y se fue a perseguir a una de sus marcas. Pasó toda la tarde siguiendo al criminal, hasta atraparlo. Cuando lo llevó a la comisaría ignoró el hecho de que el jefe de policía lucía como un hombre lobo, agarró su recompensa y se fue. Cuando llegó a donde vivía, ya era la noche tarde. Lo único que quería era darse un baño de agua caliente, comer algo y dormir.

- Emma, necesito hablar contigo. – Dijo Sam, el conserje de su edificio cuando se encontraron en el hall de entrada.

- Hola Sam. – Saludó Emma cortésmente. – Te escucho. – Indicó dándole pie a que inicie la conversación.

- Lo siento, pero no puedes quedarte más en el edificio. – Dijo Sam sin filtro.

- ¿Qué? ¿Por qué? – Cuestionó Emma confundida.

- Porque tu trabajo es peligro, y después del escándalo de ayer las personas del edificio prefieren que te vayas para su seguridad. – Explicó Sam.

- Pero yo no tengo a donde ir. – Se quejó Emma.

- Ese no es mi problema. – Dijo Sam haciendo hombros. – Yo tengo que mantener a todas las personas del edificio felices, y si para eso tengo que echarte, soy capaz de hacerlo. – Argumentó.

- Si sos capaz, de hecho lo estás haciendo, no te importa que me quede en la calle. – Dijo Emma intentando de mostrarse indiferente, ante todo lo que la situación estaba generando dentro de ella.

- Lo siento Emma. – Se disculpó Sam. – Pero yo decido quien se queda o no en mi edificio, y tú te vas. – Dijo con seriedad.

La noticia le cayó como un balde de agua fría en la cabeza. ¿Ahora que iba a hacer? ¿Dónde iba a ir? Era tarde y no quería gastar lo poco que había recibido de recompensa en una noche de hotel. Guardó sus pocas pertenencias en tres cajas, y abandonó el edificio. Estaba guardando las cajas en el baúl de su auto, cuando nuevamente apareció Killian. Debía admitir que había algo atractivo en él, e incluso sentía una extraña conexión entre ambos. Pero la idea de que la estuviera persiguiendo no le gustaba para nada. Ella siempre había estado sola, y era mejor así. ¿Acaso ese hombre nunca se iba a cansar de perseguirla?

- ¿Qué haces acá? ¿Qué parte no entendiste de que no quiero que me sigas? – Cuestionó ella enojada.

- Lo siento. – Se disculpó él. – Es que como escuché que te echaron de tu departamento… - Comentó a decir.

- ¿Cómo sabes? Mejor no respondas – Lo interrumpió ella. – ¡Me echaron por culpa tuya, de Walsh y todos esos hombres de negro! ¡Si no habrían aparecido en mi vida, no estaría en esta situación! – Se descargó.

- Entiendo. – Asistió él buscando calmarla. – Sé lo que es estar abandonado en la calle, así que vine a ofrecerte hospedaje. – Ofreció amablemente. – Puedes quedarte conmigo en el Jolly Roger. – Aclaró al ver que ella no había entendido a lo que se refería.

- Antes que ir a tu barco contigo, prefiero quedarme en la calle. – Dijo ella con frialdad mientras cerraba su auto con llave. – No me sigas más, simplemente haz tu vida. – Indicó haciéndose camino calle abajo.

- Como desees. – Aceptó él algo desilusionado.

Emma caminó en búsqueda de algún restaurante abierto, ya que todavía no había cenado y tenía hambre. Después de dar un par de vueltas, encontró uno llamado "El Bosque Encantado", y se rió ante la ironía del nombre. Entró, se sentó en una mesa vacía, y pidió un queso a la parrilla y un chocolate caliente con canela. Nuevamente algunas de las personas que estaban allí se tornaban personajes de cuentos para sus ojos, y eso la estaba haciendo volver loca. La camarera parecía Caperucita Roja, la mujer grande de la caja su abuela, y entre algunos de los presentes podía distinguir a algunos enanos y Pepe Grillo. ¿Cómo era que su vida se estaba transformando en eso? ¿Qué rayos estaba pasando en su cabeza? Tomó un sorbo de su chocolate para calmarse, y escondió su cara entre la mesa y sus brazos para intentar apartarse del mundo por un rato.

- ¿Emma? – Preguntó Mary Margaret.

- Hola Mary. – Saludó Emma dejando ver su cara y acomodándose para sentarse como una persona normal.

- ¿Estás bien? – Preguntó Mary Margaret.

- Si, es solo que tuve un mal día. – Respondió Emma.

- Entiendo, todos tenemos uno de esos de vez en cuando. – Asistió Mary Margaret.

Comenzaron a conversar natural y fluidamente, así que Mary Margaret se unió a la mesa con ella. Cenaron juntas, y luego Emma se fue del restaurante. Caminó unas cuadras hasta llegar a donde estaba estacionado su auto. Se subió al asiento trasero y se acostó. Se tapó con una manta que tenía y se acomodó hasta encontrar una pose que no la haga quedar dura. Unas horas después alguien golpeó la ventanilla de su auto, haciéndola sobresaltar. Era Mary Margaret.

- ¿Estás bien? – Preguntó Mary Margaret cuando la otra bajó la ventanilla.

- De todos los malos lugares donde he estado, mi auto está bastante bien. – Respondió Emma con cierto humor.

- ¿Estás durmiendo en tu auto? – Preguntó Mary Margaret horrorizada ante la idea.

- Hasta que consiga un lugar donde no me echen por el peligro que implica mi trabajo. – Contestó Emma saliendo del auto para poder hablar más tranquilas. - ¿Qué haces aquí tan tarde? Pensé que te habías ido a tu casa. – Dijo girando el tono de conversación hacia la otra.

- Tuve una cita. – Respondió Mary Margaret con cara de disgusto.

- Parece que las cosas no fueron muy bien. – Comentó Emma observando sus reacciones.

- No, no fueron bien. – Dijo Mary Margaret negando con la cabeza. – Pero bueno, supongo que está bien. Si el verdadero amor fuera sencillo, todos lo tendrían. – Comentó con cierto positivismo.

- Si. – Asistió, Emma sin saber bien que decir.

- Tengo una habitación extra si no queres pasar las noches en tu auto. – Ofreció Mary Margaret amablemente.

- Gracias, pero no soy buena compañera de departamento. - Dijo Emma rechazando la propuesta de la otra. – Estoy mejor estando sola. – Agregó tristemente.

- Bueno, cualquier cosa aquí tienes mi tarjeta. – Aceptó Mary Margaret dándole una tarjeta con sus datos personales. - Buenas noches. – Se despidió.

- Buenas noches. – Dijo Emma mientras veía a Mary Margaret alejarse.

Vio a su "supuesta madre" desaparecer de su vista, y sintió cierta nostalgia. Todo lo que había interactuado con esa extraña la hacía pensar que la comparación entre Mary Margaret y Blancanieves era totalmente acertada; su belleza, su amabilidad, su inocencia, y su sentido de esperanza ante el amor y la vida. La mujer parecía sin duda sacada de un Cuento de Hadas. Y quizás la idea de tener una madre como ella, una persona tan buena, no era tan terrible en el fondo.