Era como una flor exótica, era de un bello color azul, era intoxicante como una droga y tan precioso como la vida . Era un oleo fresco, pintado en la oscuridad de la desesperación, su autor cegado por la locura, pretendió lograr la perfección.

Sonríe para mamá, te sienta bien ese vestido.

Escucha a mamá, todos te quieren dañar, así que quédate conmigo yo te protegeré.

No te emociones, tu debilidad notarán.

No tienes el derecho a llorar, porque eres un monstruo, no tienes vida, me perteneces.

Era una dama refinada, cubierta de las más finas telas, era un monstruo que no debe salir, era un chico de secundaria entrenando para ser asesino. Era un asesino sin que nadie se diera cuenta.

Era la muñeca perfecta, cabello sedoso, pálida piel de porcelana, un trozo de cielo en sus pupilas, figura delicada y frágil. Perfecto ángel de inocencia. De caderas pronunciadas y cintura reducida. De hombros estéticos y piernas torneadas, era una delicia para la vista, con pequeñas manos cálidas que prometían ser hábiles para cualquier cosa. Sonrisa angelical y labios como pétalos de sakura. Sus pestañas oscuras y cargadas como la noche. Su nariz fina y elegante.

Sus rasgos engañaban su sexo.

Mejillas turgentes como el melocotón en temporada pero carecientes de cualquier color. En su piel, en sus ojos, en su voz no había ni una gota de vida en su ser.

Si tal figura de inocencia no era suficiente para hacerte caer, contaba con una voz de sirena, el canto de los ángeles y la gracia de un ruiseñor. Era imposible salvarse de sus encantos.

Era la muñeca perfecta.

Era una serpiente, con colmillos llenos de odio por la vida, reposando en su interior, esperando el momento que fuera llamada. Cuando aquella muñeca se rompiese, cuando los abusos fueran insoportables y sus sentimientos se marchitaran, cuando invocara el pandemonio en venganza.

Era muchas cosas, era nada.

Estaba muerto aún respirando. Tenía vida aún en la muerte.

Éste ser sin lugar en el mundo, éste ser sin definición alguna... Este es Nagisa Shiota.