Hola que `hay pequeñas criaturitas del dolor, aquí no más yo tirándola a loco con una nueva historia que me está empezando a agradar. Si , si, les debo como mil historias más pero estoe s algo que ya no podía sacarme de mi cabeza y si no hacía algo JURO QUE MATO A PUTO GATP DEL VECINO!"! SI, LA LOCURA VOLVIIÓ A MI Y ESO ES BUENO. LO MEJOR SALE DE LOS LOCOS. EN FIN, NO LES QUITO TIEMPO, LES DEJO CON LA LECTURA Y CON LA PROMESA DE UNA NUEVA ACTULIZACIÓN a la historia que sé que todos están esperando y que seguro ya a más de uno han matado a alguien lanzando el ordenador por la ventana por no ver mis actualizaciones. Sin más. Nos leemos luego!

Capítulo 1: ¿Soy un vikingo?

Soy Hiccup Horrendo Haddock III, mejor conocido como el pescado parlanchín, mételapata Haddock, fracaso inminente, deshonra andante y otros tantos encantadores nombres, nótese el sarcasmo, que los peludos y sudorosos habitantes de mi aldea me apodaron de forma no tan amigable. Bueno, ¿En realidad que tan amable puede ser un raudo vikingo duro como roca y tan inteligente como un ave? Suaves, ni con una casa de seda. En fin, seguro se preguntan cuál es el alboroto. Resulta que soy el hijo del jefe de la aldea, Stoick El Basto, gran y poderoso guerrero. Se dice que cuando apenas era un niño, le arrancó la cabeza con las manos desnudas a más de cien piratas. Vaya que uno puede exagerar, pero si lo conocieran lo pondrían a tela de juicio. También he de ahí mi gran sobrenombre; deshonra andante. Ser el hijo de un gran jefe genera muchas expectativas, expectativas que no cumplo ni por error. El más débil de mi generación, y de seguro de las que me precederán, me pesan las espadas, no puedo con las hachas, ni mucho menos los martillos ¿Cómo me defiendo? Ahí es la broma, no podría ni con la ayuda de un puto dragón, claro, si estos existieran. Una parte de mí se había rendido hace mucho tiempo, después de todo, era más que obvio que será mi primo Snotlout el que herede el manto de jefe, pero no puedo dejar de querer ser aceptado, ser un vikingo, como mi pueblo… pero mis intentos han terminado con grandes desastres, he ahí mi otro sobrenombre. Esa es la historia de mi joven vida, esto me lleva a cuestionarme… ¿Soy uno de ellos?

El adolescente de cabellos cobrizos deja de mover el carboncillo, suelta un pesado suspiro cerrando su diario y escondiéndolo debajo de su cama. Sus manos se pasean por sus cabellos de forma angustiosa. Se preguntaba una y otra vez la razón por la que los dioses lo odiaban tanto, si, seguro se estaban cagando de la risa en ese momento. Parda de cabrones. Sale de su habitación rumbo a la cocina, tomó lo primero que encontró; pan y pescado. El silencio reinaba la gran casa Haddock y así lo prefería. La soledad era un muy buen compañero del cual ya se había acostumbrado a tener a su lado a la sombría presencia, ella no lo juzgaba, no lo hería, siempre acompañándolo en esos agrios momentos… cómo no preferirla. Su padre… bueno, no era el más carismático y su madre… falleció cuando él era apenas un bebé, así que no recordaba mucho de ella. Seguro sacó la mayor parte de ella, de su padre sólo el apellido.

Termina de comer y deja el plato en el fregadero, ya se le hacía tarde para el trabajo. Si, incluso él tenía trabajo y debía ser agradecido de tener uno. En la aldea todos contribuían con algo, de ahí el dicho que tanto le decía: quien no trabaja, no come. Aunque para su parecer al pueblo le faltaba comer un poquitín menos.

Su andar fue acompañado de miradas prejuiciosas y murmullos ofensivos. Los aldeanos poco se molestaban en disimular sus pareceres del hijo de su jefe. En el pasado más de uno puso en duda la fidelidad de su madre y que el era el engendro de algún otro pobre diablo. Tenía cinco años, lo recordaba bien. Fue ahí donde por primera y única vez cuando vio a su padre defenderlo… pero una acción no justificaban toda una vida…

Sin darse cuenta había llegado a la forja. Su mentor, Gobber El Rudo, era un experto herrero aún con la falta de una pierna y un brazo. El único que en verdad podía considerar como familia, un tío increíble y un segundo padre. El único que aún creía en él… un golpe en la cabeza lo trajo a la realidad.

-Muchacho cabrón, ¿Te pesaban las mantas o qué?- dijo con burla combinado con reclamo.

-Buenos días también- respondió sarcásticamente el joven mientras se sobaba la cabeza.

-Anda ya, ponte a trabajar, que los Hofferson vienen por su pedido.

Los Hofferson, esa era una de las familias más influyentes y respetadas de la isla. Junto con los Haddocks y Jogerson. La rivalidad de la familia de los primeros y terceros eran tan antigua como las raíces de un árbol y vaya que esa si era toda una casta de guerreros. Más no era eso lo que llegaba a su mente cuando oía ese apellido. A su mente llegaba la imagen de una chica de su edad de ojos tan azules como el mar y cabello rubio dorado. Reconocida como de las mejores candidatas a escudera oficial, inteligente, bella y una furia andante. Pretendientes le sobraban y más de una familia ya había pedido su mano para alguno de sus vástagos. Por ser mujer estaría condenada, pero gracias a la protección de su prima, Stormfly La Mortifera Hofferson, hija del difunto Flinn El Valiente, ni el padre de la misma chica pudo hacer algo al respecto. Aquella chica de cabello rubia, con un mechón pintado de azul era la encarnación de una tormenta de granizo. En serio que daba miedo.

Todos en el pueblo sabían del temperamento de la rubia menor, por eso ella misma quería ganarse su propio nombre y hacerse independiente, vaya que odiaba depender de los demás aquella chica rubia de hacha doble. Y hablando de hachas, ahí estaba la de ella. El arma era bastante nueva pero el constante uso le había desgastado el filo de ambas partes, seguro por andar partiendo piedras o entrenando… o ambas. El trabajo de la fragua era duro, pero llevadero, ahora había pedidos a montones pues las pruebas de los jóvenes candidatos a convertirse en vikingos, en uno más de la tribu… un lugar para ellos…

Decidió enfocarse en el hacha, la afilo y le dio unos toques extras. Gobber lo observaba a la distancia, verlo dedicado en su labor lo hacía pensar en que tendría futuro en la aldea, aunque sea de herrero. Lo que menos deseaba era verlo expulsado de la isla. Era lo menos que podía hacer. Por su amigo… y por su amiga…

Los años de adiestramiento lograron echar raíces. El herrero veía satisfecho los grandes trabajos de su aprendiz con orgullo, nadie lo sabía pero ese niño había hecho más de la mitad de las armas que la aldea portaba en batallas contra marginados, piratas y los salvajes del norte. Sus mayores enemigos. Más bestias que hombres, de ferocidad bestial y gran fuerza. Vestían pieles de animales y armaduras desgastadas pero duras, tenían la costumbre de colgarse partes de hombres que ellos mataban encima de ellos navegaban las aguas frías en busca de botines. Saquear, matar, violar y quemar. Eso es lo que hacían y para lo que vivían.

-Y yo le dije: lo tienes sujetado al revés, deja y te ayudo- dijo una voz ya conocida por muchos y unas risas seguidas después. El chico se giró para ver a Stormfly junto con su habitual grupo de compañeros y algunos Hofferson.

-¿Y se la clavaste?- pregunto una chica de cabello rubio opaco trenzado de forma recta cayendo por su espalda.

-Claro, mi generosidad me obliga a corregir los errores de los demás- dijo petulante- Su lanza no debía de apuntarme a mí, sino a él, más preciso, su gran estómago.

Las risas juveniles inundaron la herrería, Gobber se les unió entre esas, Hiccup prefería mantenerse al margen.

Sus ojos visualizaron a varias joyitas de la aldea. Stormfly; esbelta y de largas y fuertes piernas. Usaba pantalones y una falda de cuero con púas dejando parte de la pierna derecha descubierta por encima con una camisa azul sin mangas con líneas amarillas, usaba una coronilla de cuero con púas en su frente, cinturón; con púas, botas; púas, protectores de brazos de cuero; púas… sí que le gustaban las púas. Tiene 19 años

Barch y Blech Los Espantosos Thorton, gemelos bastardos, hijos de distinta madre, pero se ganaron el apellido por sus logros en la graduación y en varias batallas y por ende un lugar en la familia. Altos y muy delgados, sin ninguna clara señal de músculo sobresaliente y un inicio ligero de barba. Cabrones del engaño y del sigilo. Poco se sabían de sus métodos de su pelea pues tienen el mal hábito de encender unos jarros redondos rellenos de extrañas hierbas que causaban mucho humo. Al final del humo sólo había cadáveres y cuerpos tirados. Locos en batalla, normales fuera de esta. ¿Bipolaridad? Tal vez. Ambos vestían ropas verdes con protecciones de cuero con cotas de mallas de hierro, no usaban mucha armadura pues decían que eran muy ruidosas. Ambos usaban lo mismo, y si, ambos usaban falda en algunas ocasiones. No. Nadie que ame su casa y a su ganado se burlaba de ellos. Su humo "especial" deja una peste a ropa extra sudada hecha bola guardada en una caja de viseras de pescado. Si, nada agradable. De edad de 22 años.

Hookfang Pesadilla Jogerson, inmenso vikingo cabrón. Dos metros de alto, helados ojos amarillos y cabello rojo duro. De barbilla alargada con barba media corta trenzada en tres partes y cuerpo musculoso, sin llegar a ser siquiera como los de mi tío Snipetlut, pero más alto que él. No es que también sea mi primo. No. De hecho le faltó muy poco para no ser reconocido como un Jogerson, pues sus padres son de una rama muy alejada, pero por la muerte de su padre antes de su nacimiento heredó el apellido de su madre. Snotlout casi siempre está pegado a él, aunque se nota que se siente superior por portar más sangre familiar. Son momentos divertidos cuando golpea a mi "querido primo" y hace honor a su título exagerado… aunque se lo ganó a pulso y mucha sangre… dioses, el muy cabrón provoca las pesadillas de todos los niños de la aldea… y muchos adultos. Tiene la costumbre de prenderle fuego a sus dos mazos de púas y matar a sus enemigos a golpes… mientras gritan envueltos en llamas… sí. El título le queda. Y solo tiene 23 años…

-Oigan… uff… por qué no me esperaron- dijo llegando una chica bastante pasada de peso de cabello castaño claro, se veía claramente agotada.

-A tu paso llegaríamos mañana- se burló Barch- Y con suerte- secundo su gemelo.

Ambos empezaron a reírse. La chica bajo su cabeza ante las burlas de los gemelos. Se nota que tiene serios problemas de autoestima. Por cierto, su nombre es Meatlug Ingerman. De ojos color miel y vestido armadura de cuero tochado con unos pantalones del mismo color. Vaya que tiene protecciones de armadura de cuero con hierro y no era para menos. Si bien no es la más sobresaliente de su grupo (de hecho la molestan bastante) tampoco se queda atrás. Ella carga directo contra sus enemigos de forma directa, blandiendo con ferocidad y un poder bastante destructivo una gran maza de puar. Nada que ver con la joven fuera del campo de batalla. Otro ejemplo de bipolaridad vikinga. No tiene un sobrenombre pues no le gustó el que le pusieron y, por extraño que parezca, pidió amablemente que no la nombraran más de esa manera y no la culpo. Nadie quiere llamarse Albóndiga Asesina.

-Aquí está el pedido, niña- dice Gobber depositando en la barra un montón de armas; hachas y lanzas. Los hofferson las prefieren. Y adicional un montón de dagas envueltas en pieles curtidas.

-Muchas gracias, Gobber, ya se me estaban acabando- dice la rubia mientras pasaba las cosas a algunos miembros de su familia.

-Deja de perder dagas, niña, que el hierro no es inagotable- dice a modo de regaño el vikingo bigotón.

-Pero me da flojera recoger todas- se queja ella mientras sonríe- Además no me gusta limpiar desastres.

-Pero eres la única vikinga que he visto que se la pasa más de cuatro horas aseándose- le devuelve el herrero.

-Oye, ser una vikinga no significa que deba verme y oler como una.

-Pero vaya que espantas a los hombres como una- soltó uno de los gemelos en un susurro. Lástima que no fue lo suficientemente bajo como para pasar desapercibido pues la vikinga lanzó una de las dagas de la bolsa y le dio al gemelo de la derecha justo en el pie.

-¡La madre de…! ¡¿Cómo mierdas supiste que fui yo?!- gritó Berch mientras se quitaba la daga y daba varios saltos. Los demás reían ante la escena. Dolor, clásico humor vikingo.

-No lo hice- dijo con simpleza la joven.

Si, sin duda era todo un amor aquella vikinga.

-Gobber, se te olvida esa espada- dijo Hiccup a su mentor mientras señalaba una espada situada en la esquina. Estaba sucia, magullada y restos de sangre seca.

-Esa no es de ella, niño- dice Gobber- La trajo él…

Hubo un súbito silencio en el lugar. Ni la herida recién hecha lograba un quejido.

-¿Cuánto por ella?- le dijo cortantemente Stormfly a Gobber.

-Niña, solo mírala, no durará ni una tajada- dice el herrero mientras la enseñaba.

-Eso solo la hace más valiosa para ella, Gobber- dice el serio Hookfang- Ya sabes lo obsesionada que está la rubia por ese rarito- dice con desdén eso último.

-Pues ese rarito pateó, arrastró y colgó tu culo en las pruebas de nuestra generación- contraatacó Stormfly con burla.

-Fue suerte- dice mientras se cruza de brazos.

-También ha matado a más salvajes de la neblina que tú- añadió Belch

-Suerte.

-¿No detuvo una flecha con su boca?- dijo ahora Barch.

-…Suerte…- dijo más serio y molesto.

-Y no fue él el que…

-¡Ya!- grita enfurecido- Si quieres ve y dale las nalgas, cabrón- insulta al gemelo Thorton.

-Huy, alguien amaneció en esos días- las risas resurgieron haciendo rabiar al Hogerson, todos menos Meatlug.

-Jajaja, ya, en serio, cuánto- dice la Hofferson seria.

-…Te la regalo, véalo como un extra por ser buena cliente- dice el vikingo calvo mientras le extiende la espada. La chica la toma con velocidad y la observa con devoción.

-Seguro y mató a muchos con ella- dice en voz queda.

Tanto mi mentor y compañía prefirieron hacer oídos sordos. No era un secreto para la aldea que la Mortífera tenía un enamoramiento profundo por ese chico… además de casi la mitad de la población femenina de Berk. Era natural, aquel chico representaba todo lo que una mujer deseaba en un hombre. Fuerza, ferocidad, poder y la palabra peligro grabada en la frente. Aunque en su caso eso le sale por cada poro. Aún recuerdo los sucesos de anoche. Justo cuando la luna desapareció hubo un ataque de bárbaros de la neblina, estos cabrones parece que son cagados por ésta pues de ella salen varios barcos de guerra llenos de estos. En fin, ese era el día en día de Berk. Tan natural es que hasta escuche a varios aldeanos decirse los buenos días. Vikingos. Mi trabajo consiste en ayudar a Gobber a reparar y dar armas. Un lindo trabajo si tomas en cuenta que podría llegar un salvaje y abrirme el cuello.

Las cosas se estaban dando cómo siempre. Los Esfumadores, así es como los llamamos por aquí, buscaban nuestras reservas para el invierno crudo, claro, más helado de lo que ya es. Las joyitas de Berk mostraban su valía, el grupo de adolescentes apagaban los incendios… suertudos, su trabajo es mejor que el mío (cabe mencionar que Astrid está con esa patrulla). A veces la veo pasar de largo, y solo puedo verla. De lejos…

En fin, a lo que iba. Ese chico. Mi padre daba instrucciones a los hombres de las catapultas que disparaban a los barcos mientras luchaba con el beta. Los beta son los líderes de las incursiones de los Esfumadores, estos llevan orejas de hombres en sus armaduras. Los delta llevan cabezas de hombres. Nadie ha visto cual es el rango más alto. Y espero nunca verlo yo. De vuelta a la historia. Gobber había salido a ayudarles, pues los invasores encontraron a las ovejas. Fue cuando lo oyeron gritar. Tanto Esfumadores, Marginados, piratas y berkianos temían y respetaban ese grito que no se oía a nada que se haya oído nadie. La cabeza del beta cayó desde lo alto de la torre de la catapulta. De tras de ella la sombra de un hombre. El hijo maldito del rayo y de la misma muerte hizo acto de presencia. Es un chico de diecinueve años, cabello oscuro corto con cierta caída rebelde hace atrás de su cabeza, alto, de piel pálida, una extraña consistencia musculosa y esbelta. Ojos de un verde tóxico que brilla con intensidad por los reflejos del fuego y la oscuridad. En su mano posaba una espada ensangrentada y en la otra la cabeza cercenada.

Las cosas fueron las siguientes. Los ratones estaban en la casa del gato. Él, cual sombra de muerte, pasaba de enemigo a enemigo. Muerto tras muerto. Poco se veía se aquel reflejo de acero afilado que cortaba la carne como cuchillo al rojo vivo a la mantequilla. Empezó la retirada enemiga. Huían de él. Del recolector de vidas.

Si, sé que no he dicho su nombre. No es por despiste, en realidad es porque no posee uno. Es el hijo bastardo de algún vikingo o forastero. Quien sabe, hasta donde sé su madre nunca confeso de quien era el hijo. Según escuche, fue desconocida por sus dos padres, su única familia y enviada al bosque a morir. Grande fue su sorpresa cuando llegó con un bebé en brazos a comprar provisiones. Nadie sabe cómo sobrevivió sola y más en dónde vivía, pues a nadie le interesó. Sus padres habían muerto, ella ya no tenía un apellido ni familia. Gobber me contó que él fue uno de los pocos en ayudarle, no es común las muestras de bondad por aquí.

Los años pasaron y el niño creció, recuerdo poco de eso pues no salía mucho de mi casa, pero nunca olvide esos ojos brillantes… el niño creció como un marginado al igual que su madre. Nunca respondió ante los insultos. Recogía armas y pedazos de hierro y se los daba a Gobber para conseguir comida para él y su madre. Siempre fue callado y ninguno de los habitantes de la isla escuchó su voz. Con el tiempo su madre enfermó en uno de los inviernos. El chico pasó días enteros trabajando en lo que había para conseguirle medicinas. Su madre no lo logró. Ese día se hizo de noche, el sol fue tapado con frondosas nubes cargadas con el trueno de Thor y el martillar de su yunque nunca llegó, pues nadie escuchó el relámpago. Solo un grito desgarrador, un grito que se convirtió en rugido.

El chico llegó a la aldea durante una de las redadas. Tendría él unos doce años… fue cuando se empezó a forjar su reputación y su leyenda. No se sabe a cuantos mató, pero la cabeza del jefe beta posada entre sus brazos fue suficiente información. No acabó ahí. Los chicos que se metían con él empezaron a visitar a Ghoti con frecuencia, ya se imaginaran por qué. Con cada batalla el ganaba más fama, su ferocidad y fuerza, aún a su corta edad, era el miedo para todo guerrero que lo veía blandir un arma. Más de un berkiano resultó herido cuando se atravesaba en su camino. Los días de mirarlo y hablar mal de él terminaron cuando a sus quince años decapitó a un delta. Un acto que sólo poderosos jefes como mi padre han hecho. Ese día se ganó el título de Furia Nocturna.

Uno pensaría que con todo el respeto y admiración que se ganó empezaría a vivir en la aldea, tener su propia casa, riquezas y una gran cantidad de mujeres. La sorpresa fue de todos cuando rechazó todo eso no solo frente toda la aldea, sino en la cara de mi padre, el jefe. Tenía diez años cuando vi por primera vez a mi padre caer. Ese chico derrotó en un combate mano a mano al imponente Stoick el Vasto en frente de toda la aldea. Por derecho él tendría que ser el nuevo jefe, pero era claro que no deseaba eso. Como forma de compensar su falta aceptó formar parte del grupo de nuevos reclutas. Se convirtió en vikingo de la aldea.

Después de derrotar al jefe y ser el mejor vikingo de su generación le llovieron miles de propuestas de matrimonio, tierras, casas, riquezas y un nombre por parte de muchos clanes. Sobre todo por parte de los Jogerson y de los Hofferson. Rechazó a cada una de las familias. Claro, los Jogerson no se lo tomaron a bien, pero nada como mandar a Hookfang a los curanderos por tres meses no pudo arreglar. La verdad es que nadie, ni yo, logramos entenderlo. Tiene todo lo necesario como para ser el héroe de la aldea y vivir una cómoda vida… por qué lo rechaza… cuando hay gente como yo que matarían por ser como él aunque sólo sea un día…

Otra cosa que olvide mencionar… él no habla…

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-¡O acabamos con ellos o ellos nos acaban!- decía el imponente jefe de barba roja- Una búsqueda más, antes de las heladas- el silencio habitaba el salón.

-Los que van nunca regresan- dijo la voz de un vikingo al fondo del salón.

-Son gajes del oficio- señaló Stoick- Y sé que fuiste tú, Patrick- otra vez el silencio y uno que otra excusa en murmullos- Los que se queden cuidaran de Hiccup.

La reacción de todos fue como el aceptar comer un enorme pastel de miel a una piedra. Inmediatamente aceptaron. A Stoick no le gustaba usar a su hijo como medio para convencer a la gente, además de que destacaba que todos los aldeanos lo despreciaban. Todos empezaron a retirarse para prepararse para el viaje, que muy bien sería el último de muchos de ellos.

-Empacaré mis calzones- dijo Gobber mientras se limpiaba los labios del resto de aguamiel que tomaba.

-No, tú te quedarás a entrenar a los nuevos reclutas- sentenció el inmenso jefe.

-¡Perfecto! Así Hiccup tendrá todo este tiempo solo, afilará espadas, cuidará del horno ¡Que podría salir mal!- dio un largo trago de su bebida. Stoick suspiró en señal de cansancio.

-¿Qué haré con él?...- esa pregunta era más para él, pero no evito que su mejor amigo le respondiera.

-Que entre con los otros- dijo con simpleza.

-¡Hablo en serio!- dijo el jefe de forma exaltada.

-Yo también- otra respuesta simple.

-No sobreviviría ni al primer día- alego el barbón peli rojo.

-No te consta.

-Me consta.

-No, claro que no.

-Sí, claro que sí- dijo el jefe mientras se ponía de pie- Cuando era niño…

-Allá va…- dijo con desgano el vikingo bigotón.

-Mi padre me dijo que le diera un cabezazo a una roca. Pensé que estaba loco, pero no lo cuestione y lo hice ¿Sabes qué pasó?

-Te dio jaqueca- decía sin gana.

-La piedra se partió en dos- decía cada vez más emocionado- Ahí comprendí de lo que era capaz un vikingo; derivar montañas, arrasar bosques ¡Domar mares!...- la chispa de entusiasmo fue bajando en Stoick- Desde pequeño ya sabía lo que haría, en lo que me convertiría… Hiccup no es como yo…

-Stoick- el mencionado voltea a ver a su amigo- Sabes que no siempre estarás para protegerlo, él debe de aprender. Seguro y ya está metido en problemas justo ahora…

-…Está bien.

-¡Qué bueno porque ya sé de qué tratará el entrenamiento!- dijo con entusiasmo.

-¿Así?- dijo algo preocupado el jefe, algo en su interior le dijo que se arrepentiría.

-¡Entrenaran con las joyas de Berk! ¡Contra los dragones!

En la aldea era común nombrar a cada generación según su desempeño, pruebas o acciones sucedidas en los entrenamientos. Ya se imaginaran quienes eran los dragones.

-Gobber, hijo de las mil…

-Oye, que mi madre también te dio de su seno, así que respeto- lo interrumpió el herrero de mano intercambiable.

A Stoick le dio un enorme escalofrío por toda su espalda al recordar su poca niñez. Dioses, esa mujer sí que era fea. Pero no se podía echar para atrás. Era por el bien de su hijo… de su heredero… de Berk…

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Estoy en problemas, en uno grande y gordo. Estaba yo caminado solo por el bosque, vaya novedad, sin hacer nada en particular. Salvo quejándome de mi vida, lo de siempre. Pero decido yo, el pescado parlanchín, desquitar mi enojo golpeando una rama, vaya respuesta pues la rama me devolvió el golpe. Retrocedo unos pasos y caigo por una pequeña empinada. Después de rodar y magullar mi escuálido cuerpo pude notar que no estaba solo. A unos metros de mí, en una ensenada, estaba la persona más misteriosa, temida y respetada de la aldea. Pude notar un agujero en un árbol muerto y dentro de este había mantas, ollas de metal, alguna que otra piel (creo que era ropa) y una que otra arma. El árbol era lo suficientemente grande como para que una persona durmiera ahí… con que ahí vive… él estaba intentando pescar en un intento lastimoso con sus manos. Casi me da risa al ver que en su desesperación empieza a golpear el agua del lago con sus brazos… ahí fue cuando lo vi abrir la boca. Mostrando una hilera de dientes blancos… todos terminaban en punta… al parecer no ahogué muy bien mi preocupación pues volteó justo donde yo me escondía entre la maleza. ¿Qué que hice?. Correr.

Ahora aquí me ven, corriendo por mi vida. Pues había descubierto un gran secreto. Sólo los Esfumadores y su estirpe tenían esos dientes desde su nacimiento… y él era uno de ellos…

Llegué de milagro a mi casa. Mi idea era encerrarme en mi cuarto hasta que los glaciares del norte de derritieran, pero ¡Oh sorpresa! Mi padre me esperaba para decirme que entrenaría con los nuevos reclutas. Casi se me cae el alma al suelo. Los dioses me odian. Intenté alegar y cuando digo alegar es decir algo, ser ignorado y tener que aceptar… carajo… nos despedimos… tal vez… tal vez ninguno de los dos nos volvamos a ver…

Espero y les haya gustado este pedazo de capítulo y que me sean pacientes criaturitas pos la verdad es que la vida de adulto si que quita tiempo. JA, MADURO CABRÓN. Espero review y que muy `pronto nos leamos. Hasta luego! Y nos leemos luego!