Rey sentía como si esa hubiese sido la espera más larga en toda su vida.

Ni los trece años en Jakku le había parecido tan extensos como aquellas horas en que, aparentando serenidad, permanecía dando vueltas frente a la habitación donde yacía casi partido en dos el joven hijo de la General Organa.

¿Qué le podía importar realmente?

Pero sus lágrimas incluso contrariaban esa pregunta.

No podía controlarse.

No podía entender qué era lo que estaba sucediéndole. Nunca se había sentido igual.

Cuando Finn estaba herido gravemente y en coma, se sintió sinceramente angustiada y mal, pero esto era muchísimo peor, y no sabía describir el porqué.

Si hubiese visto desde fuera su propia angustia, habría entendido sus sentimientos de inmediato, pero eso era imposible.

En cambio, Luke Skywalker lo entendió todo con claridad. No eran malos los sentimientos de Rey, pero la alejaban del camino jedi que él pensaba que ella había elegido.

Las lágrimas de la muchacha confirmaban a todas luces que estaba enamorada de su sobrino, quien luchaba por su vida desde el día que sus padres lo habían concebido.

Luke siempre había pensado en que ser un Skywalker no era más que una maldición. Esto sólo lo confirmaba.

Sin importar cuan desesperadamente tratasen de hacer el bien, de salir de ese camino manchado por la obscuridad, era imposible. Y cuando se intentaba... Siempre acababa mal.

El hombre se sentía tan culpable como la propia Rey. Ben había salido a pelear con dos consumados siths, y valientemente se había enfrentado a ellos para proteger a todos los demás. Luke había permanecido a un lado, observando, sin hacer nada. Su propia hermana sabía de la perturbación que abrumaba sus conexiones en la fuerza y aún así, ninguno había hecho algo para ayudar.

Rey tenía razón.

Eran unos hipócritas.

...

Ben abrió los ojos un momento, tiempo suficiente para contemplar la habitación. Iluminada, rodeada de cortinajes blancos, incluso le lastimó un tanto la vista. No había nadie en ella y parecía estar completamente solo.

Intentó incorporarse, pero el sufrimiento físico fue insoportable a la mitad de camino y terminó acostándose violentamente, sosteniéndose el abdomen con tal fuerza que sus párpados se cerraron con rapidez y dejaron salir unas cuantas lágrimas de dolor.

Fue entonces que su vista se detuvo en éste, y sus dedos se detuvieron sobre un gran vendaje que a su vez cubría una enorme extensión de gasa, la que, al levantar, pudo contemplar que cubría una inmensa herida cerrada con tantos puntos de sutura que sin quererlo, se sorprendió, abrumado.

Nunca había sido herido de gravedad ni se había enfrentado a nadie que pudiera vencerlo. Lo de Rey era otra cosa.

Con los ojos muy abiertos y los labios formando una letra "o" casi perfecta y casi imperceptible, apretó los puños.

Le temblaban las manos.

Su preocupación se tornó terror casi de inmediato, al constatar que los monitores a los que había estado conectado la mayor parte de su convalecencia en la unidad de emergencia, pitaban y chirriaban al haberse arrancado los sensores de éstos del pecho desnudo y de los brazos musculosos que temblaban la par de sus manos, en ese momento torpes y completamente inexpertas en cualquier labor de primeros auxilios que pudiese autoprodigarse.

Dejó que el dolor pasara, aunque le molestaba profundamente en la cabeza el estruendoso sonido de los monitores incesantes que chocaba contra sus oídos frágiles en ese instante. Sus manos se mudaron de su abdomen a sus oídos entonces y de pronto sus ojos se fijaron en la puerta de la habitación, que se abrió estrepitosamente.

Rey entró, con el rostro casi de piedra, lágrimas bordéandole la línea de los ojos castaños y una palidez de muerte y se quedó estática frente a los ojos de Ben, que no hizo una sola mueca, no emitió ningún sonido y por toda respuesta, sus manos comenzaron a bajar dejando el refugio que habían apenas conseguido sobre las orejas del joven y que intentaban protegerle del ruido ensordecedor en la habitación.

De nuevo, a Ben le pareció que la habitación estaba demasiado blanca, demasiado iluminada. Pero esta luz ya no le parecía terrible y sorprendente, sino cálida, abrumadoramente cálida y nueva.

Su rostro se suavizó, ignorando por completo el pitido penetrante de los monitores y no hizo mas que observar a la joven vestida de gris, con el cabello revuelto y sin peinar, que él no sabía en ese instante, pero que casi discernía, que se había negado a permanecer lejos de él y que apenas si se había permitido un baño y ropa limpia.

Tampoco lo sabía, pero también podía casi adivinarlo, porque algo en ambos los unía más allá de toda comprensión, que Rey no había dormido, no había comido y había pasado la mayor parte del tiempo fuera de su habitación, contemplándole por momentos a través de la ventanilla de la puerta y otros tantos ratos paseándose nerviosamente frente a ésta, sin hablar con nadie ni tener nada qué decir.

Vio la desesperación en sus ojos, el profundo dolor que atenazaba el alma de la joven que sentíase culpable por no haber podido ayudarle en un momento decisivo, pero que, sin que él realmente lo comprendiera, habría dado la vida por él, del modo que en su momento la habría dado por su padre, cuando él mismo era quien lo había asesinado.

Sintió de nuevo aquel sentimiento que había llegado demasiado tarde a sus manos, que ya habían activado su sable y atravesaron el cuerpo endeble de su padre, que ya no era tan joven como antes, cuando le acunaba en sus brazos por las noches siendo un niño en el Halcón, mientras lo acompañaba a alguna de esas misiones de negocios, de ésas encubiertas para su madre, de ésas de las que no debía saber nada.

Supo entonces que, donde quiera que estuviese su padre, a donde fuese que los Caballeros de Ren le tuviesen en calidad de cautivo, estaba mejor que cerca de él.

Fue en la mirada adolorida de Rey que encontró paz en algún momento en que no creía que volvería a conocerla.

Rey le recordaba mucho a su madre cuando era joven y lo había preparado para alguna de esas fiestas diplomáticas: Serena y digna, pero con una inquebrantable fortaleza y carácter que no correspondían a su belleza peculiar.

Rey, mientras lo miraba, no sabía si acercarse. No sabía qué sentir, y se avergonzaba de que lo único que encontraba en su interior en ese instante, era alivio. Un profundo alivio porque Ben no había muerto, porque sus ojos estaban abiertos frente a ella, porque aún cuando su blanca piel estaba más pálida que nunca y negros surcos le bordeaban los hermosos ojos verde obscuro, estaba vivo, allí, frente a ella, y en su cabeza parecía repetirse una y otra vez la misma frase...

"No lo he perdido. Está aquí".

No lo había perdido.

Ben bajó los brazos y mientras Rey se acercó al monitor y lo apagó de un manotazo, Ben no pudo reprimirse y le tomó el antebrazo con firmeza, sin violencia, y la obligó a sentarse en la cama junto a él.

Sin dejar de mirarla, parecía poder decirle todo, pero no hizo nada.

Sólo podía recordar entonces cómo había intentado penetrar su mente de nuevo, cuando pelearon. El frío le calaba los huesos bajo la enorme túnica negra, la herida que la ballesta láser de Chewie le había provocado, no dejaba de sangrar y le provocaba escozor insoportable. Pero ni la molestia ni el dolor de aquella herida se comparaban lo más mínimo con el rostro acongojado de la joven, peleando con fuerza, intentando vencerlo... Y aún consiguiéndolo, su semblante seguía apesadumbrado por haberlo herido, o eso creyó ver él.

Tampoco se comparaban con el dolor de haber provocado una sola herida a su padre, su sangre, la razón por la que había deseado, siendo niño, haber sido un gran piloto como él.

Rey, sin embargo era todo eso. Y más.

Sin soltar su antebrazo y ante el asombro de la joven que, no pudiendo aguantar la extraña emoción que hacía presa de ella, comenzó a llorar desconsolada, los brazos del joven, aún con las líneas de alimentación conectadas a él, la apresaron entre ellos, abrazándola, casi asfixiándola, y la hicieron feliz un segundo, el que habría deseado que durase más.

Y lo habría deseado porque nunca esperó el momento que siguió a ese segundo efímero en que estuvo a punto de confesar sus verdaderos sentimientos.

Ben Solo había sido parte de un plan de los hermanos zabrak de Dathomir, plan que habían ejecutado a la perfección y que lo arrastraría de nueva cuenta a la misma espiral de pena y sufrimiento al que ya había sido arrastrado una vez por Snoke.

Y entonces vio Rey cambiar los hermosos ojos compasivos del joven a una mirada de intenso odio, con la que de hecho comenzó a perder la respiración y luego de eso, el conocimiento.

No supo más de sí.

Sus ojos se entreabrieron mientras vio al joven incorporarse, en tanto ella caía estruendosamente al suelo, junto a la cama de la que había estado pendiente por casi dos semanas enteras, y se cerraron casi inmediatamente mientras éste salía de la habitación, a medio vestir y con el mismo semblante inmisericorde con que le había conocido.