Nota: Este escrito pertenece a Naty aka Selector18 perdón por tardarme tanto! Lo siento. Pero aquí tienes, con todo el fluff y la miel que tanto querías.

Advertencia: extremadamente fluff, lee bajo tu propio riesgo.

‹‹Galbi››

«Que se busquen jóvenes vírgenes y hermosas para el rey. Que nombre el rey para cada provincia de su reino delegados que reúnan a todas esas jóvenes hermosas en el harem de la ciudad de [...]. Que sean puestas bajo el cuidado de Diavel, el encargado de las mujeres del rey, y que se les dé un tratamiento de belleza. Y que se convierta en reina la joven que más le guste al rey.» Esta propuesta le agradó al rey, y ordenó que así se hiciera.

— Ya casi no se nota — dice Alice examinando la mano de la joven con detenimiento —Si usa el aceite que el sacerdote ha preparado, pronto no le quedará más que una pequeña cicatriz.

La muchacha resguarda la mano contra su pecho tras examinarla. Se ve una fea línea roja que resalta de modo alarmante en su piel blanca, Asuna no entiende como su rubia acompañante no hace alusión a lo horrible que se ve. Quizás la culpa que siente la obliga a no mencionar palabra.

—Gracias Alice.

—No tiene que agradecer... —la escolta dejo de hablar al advertir la súbita presencia de alguien tras su espalda. Se pone muy recta antes de ponerse de pie.

Asuna también lo advierte, toma las mantas y se cubre lo mejor que puede. Realmente no viste ligero, pero no puede evitar hacerlo cada vez que él prorrumpe en su habitación.

El recién llegado contempla con aburrimiento a Alice, y es la señal inequívoca para que esta se marche silenciosamente, dejando a los dos soberanos dentro de la alcoba.

—¿Seguirás por mucho tiempo sin probar bocado? —pregunta viéndola fijo.

Se refiere a su decisión de negarse a compartir la mesa con él.

—No tengo apetito.

Aunque se esperaba esa respuesta no puede evitar la oleada de malhumor que hizo que su rostro se convierta en una máscara de seriedad. Apreta la mandíbula de tal forma que un músculo empieza a latirle en la mejilla.

—Si quieres continuar con tu ayuno infinito no tengo inconveniente —Pero... —su mirada se endurece —Que no llegue a mis oídos que has estado rondando las cocinas del palacio mendigando una hogaza de pan, porque ay de la doncella que se atreva a desobedecer mis órdenes.

—No tiene que amenazarme, entiendo muy bien lo que me está diciendo, señor.

¡La muy insolente no duda en sostenerle la mirada! ¡Lo está retando con toda deliberación! Lo peor es que ese hecho en vez de desagradarle, a Kazuto le parece fascinante.

Y ahí está otra vez esa sensación de vértigo en su estómago. Es tan contradictorio... como ese fuego desafiante que late en las hermosas pupilas ambarinas.

Se han quedado viendo fijo por algunos segundos, y la valentía de su reina al sostenerle la vista pese al rubor de sus mejillas, le deja entrever otro rasgo interesante de su carácter rebelde.

—De todas formas en veinte minutos debes estar conmigo en la sala del trono.

Sin esperar respuesta Kazuto se retira. Su rostro no esconde la sonrisa ladeada que adorna sus labios.

El estómago le tiembla.

Las manos se le estremecen de hambre, pero se obliga porfiadamente a ignorar el malestar. Primeramente porque no quiere darle el gusto a él, que sonríe de ese modo odioso como si supiera, y segundo porque está en otra de esas reuniones de protocolo donde de las ciudades vecinas han venido a conocerla y no puede presentar mal semblante.

Pero el sudor frío le baja por la frente al igual que el cosquilleo de debilidad por sus piernas. Con una mano se apoya en el alto respaldo de la silla del rey y ruega que el mareo amaine. Si el joven delante suyo se ha percatado de sus acciones no lo demuestra, está hablando con algunas personas en un idioma que no entiende.

—¿Quiere un poco de agua fresca, mi señora? —le pregunta el copero y sin esperar respuesta le tiende una copa de metal llena del mencionado líquido.

La bebe de un gesto, notando que al menos el líquido le produce una sensación de saciedad que la hace olvidar por algunos minutos que no ha desayunado nada desde ayer. Luego de la orden terminante del soberano siente terror que por culpa de su negligencia algún inocente sufra castigo.

Lo ve tirano, déspota... y aunque sea joven y muy bien parecido es un cruel rey.

El otro rasgo positivo de beberse esa copa de agua es que siente que recupera los sentidos. Hace un calor agobiante y el aire dentro de la sala ya se siente pesado y húmedo... quizás sean sus escasas fuerzas hablando.

—Alteza... —se dirige a su marido, y su voz sonó tan baja, tan endeble que por un segundo piensa que él no la escuchó. Pero se equivoca, este vuelve la mirada sobre su hombro y la contempla con esa expresión inescrutable de siempre —Se-señor, quisiera retirarme al jardín, si no hay inconveniente.

La observa fijo por varios segundos donde Asuna siente que lo poco que hay en su estómago va a salir por su garganta, finalmente le hace un gesto vago con su mano —Adelante —replica entre dientes no dándole mayor importancia.

Asuna recoge el borde de su vestido y camina a paso rápido, atravesando la sala del trono antes de que el monarca cambie de idea.

Éste, pese a que habla con otro de sus subordinados de los pueblos aledaños, pausa un segundo y llama en voz alta —Alice —la silueta de la escolta de cabello dorado como el sol, sale de las sombras donde estaba confinada, y sin más palabras toma el mismo camino que la reina eligió.

Asuna la contempla con desconfianza, cierto que es la única persona en aquella cárcel de oro con la que habla con mayor regularidad, pero ese detalle no le confiere ninguna garantía de seguridad. La contempla a ella y a la bandeja a rebosar de frutas y pan que le ha ofrecida con toda algarabía.

—Gracias, no tengo apetito — murmura y le da la espalda. Pero su estómago escoge justo esa pausa silenciosa para protestar de modo tan audible que Asuna siente que sus mejillas se incendian de vergüenza.

Empero Alice no estalla en risas ni nada parecido, su voz suena cansina en cierta forma —Esperaba que con todo el carácter que demostró días atrás haría algo más que solo una tonta huelga de hambre.

La respuesta de la reina no se deja esperar; ofendida, la contempla sobre su hombro con esa mirada vehemente que portaba aquella tarde en donde entregó su libertad a cientos de doncellas a cambio de la suya.

—Si muere de inanición, todo lo que logró se volverá inútil. —señala con su brazo libre la vasta extensión que las rodea — Este patio hoy está libre de concubinas gracias a usted, alteza, ¿qué cree que haría Kazuto si usted no estuviera? —sonríe lentamente de modo malicioso —Le bastaría un solo chasquido de sus dedos para volver a llenar el harem.

Ha dado en la tecla, la expresión horrorizada de la pelirroja es tal que por un momento siente ganas de reír, y se arriesga a tirar su última carta a riesgo de recibir un castigo por pasarse de impertinente —Pensaba que era más inteligente. Después de todo, ha alborotado a toda la guardia... una guardia que el rey siempre creyó era infranqueable.

—Esto no tiene que ver con eso —responde cruzando los brazos sobre su estómago —Es realmente odioso.

Alice inclina la cabeza, no da crédito a lo que ha oído. Busca esconder la sonrisa de las comisuras de sus labios de alguna forma —¿Mi señora se refiere...?

—A él, al rey.

—Oh, sí. Kazuto tiene un temperamento muy particular —responde risueña mirándola fijamente.

Asuna vuelve la vista al frente, dándole la espalda —¿Piensas que si yo no estuviera aquí él... él volvería a llenar el harem de concubinas?

—Soy capaz de afirmarlo con los ojos cerrados.

La reina mantuvo la pose tensa por varios segundos. Alice no puede saber en qué está pensando, aunque por su silencio puede adivinarlo.

—Escapar no es la solución —murmura con suavidad y la rodea volviendo a ofrecerle la bandeja con alimentos que lleva.

Asuna suspira; ha acariciado la idea del escape desde que despertó en esa pesadilla. Al oír las palabras de la joven se da cuenta de cuan imposible suena.

Reprime un suspiro de frustración y contempla por un segundo las frutas con ojos ávidos, para luego encontrar el rostro sereno de su escolta —Lo siento, Alice. No puedo comprometerte a esto... él ha dicho que castigaría a cualquiera que osara ayudarme.

—Kazuto jamás se atrevería a hacer algo que ponga en riesgo su amistad con Eugeo.

A la joven reina no se le pasa por alto que la blonda se refiere a los miembros de la nobleza con demasiada familiaridad; no solo nombra al rey sin título, sino también al joven lord rubio.

—No se preocupe por mí, y coma algo —le insiste —Antes de que caiga desmayada y en todo el palacio se arme un revuelo.

Aquello dibuja una débil sonrisa en el rostro de la soberana, escoge una fruta y se la lleva a los labios. Es una manzana tierna y dulce, y por supuesto la engulle en un santiamén.

—Sé que mi señora no desea estar aquí —insiste la blonda lentamente —Pero quizás, si busca la forma de... encajar en este lugar, y ayudar. Sé ve que no es como la anterior soberana... —la nombra en un susurro —Esa no veía más allá de su nariz... Y antes de gastar energía en pensar en cómo llevarle la contra al rey, ¿por qué no busca la forma de ayudar al pueblo? Aunque reniegue del título, hay ciento de miles de personas allá afuera que esperan que su reina responda por ellos de alguna manera.

Eso hace que Asuna mantenga el silencio por largos segundos. Se muerde el labio y asiente —Tienes razón Alice.

Como toda respuesta la nombrada suelta un imperceptible suspiro de alivio y sonríe.

—Explícame ¿por qué sigues igual de ceñudo cuando el reino entero está en paz, y todos aman a la nueva soberana?

Kazuto guarda silencio. Está de pie ante una de las ventanas que da al patio exterior, el cual está vacío. Sus ojos grises se pierden en la magnificencia de todo lo que lo rodea —Hay demasiada soledad.

Eugeo alza las cejas sorprendido de que dijera algo semejante —¿Su alteza extraña el harem?

Este se gira enfrentando a su amigo con interrogación —Por supuesto que no, gracias a ella ya no tenemos harem ¿acaso lo olvidaste?

—Entonces... —reitera lo que estaba diciendo —¿Por qué tienes esa expresión enojosa todo el tiempo?

—Es por ella.

—¿La reina?

—No sé lo que piensa, ni lo que quiere. Hace lo que digo sin rechistar, pero ha extendido un muro en torno a ella que no sé...

—Y por supuesto su alteza no está acostumbrado a qué eso ocurra —le sigue el juego con humor —Normalmente las doncellas se arrojan a sus pies para cumplir sus deseos, pero la nueva reina no ha hecho nada de eso; es altiva y temperamental —escucha que su amigo a su lado suelta una maldición entre dientes —¿No has pensado que todo este entorno es demasiado para ella? ¿Conoces, acaso, su origen, de dónde proviene, o si tiene familia? Le has arrancado la libertad de tajo... ¿esperas que de un día para el otro te idolatre como un dios?

—¡No espero eso!

—Trata de conocerla y que ella te conozca; que vea que no eres el ser tirano y déspota que todos creen —al ver que su amigo y rey seguía muy silencioso, añadió —Por su forma de comportarse, no parece una mujer intrigante, estoy seguro de que su forma de actuar se debe a algo mucho más concreto... ¿quizás esté protegiendo a alguien?

—Sí, eso mencionaste la última vez...

—Creo que si descubres de qué se trata podrás llegar a su corazón...

—¿Por qué querría hacer algo semejante? —pregunta a borbotones con un ligero acento molesto.

—No olvides que necesitas un heredero, los reinos del sur pueden aprovechar esa debilidad en tus filas y atacar...

Las palabras de Eugeo llevan mucha razón; necesita perpetuar su descendencia, pero... ¿cómo lograrlo? Desde su sensual baile en la sala del trono no ha vuelto a tener un tiempo a solas con ella. Ni siquiera un momento íntimo.

—La reina Asuna es completamente diferente a tu anterior esposa —afirma con toda deliberación —No sueñes usar las mismas artimañas para acercarte a ella.

—¡Por supuesto que no! —molesto por las palabras livianas de su mejor amigo sale de la habitación para pasear por los jardines.

Pese a todo; la conversación sigue en su mente, cual ave suspendida en vuelo.

Inspecciona las cocinas sin advertir las miradas curiosas que se levantan en torno a ella. No todos los días las cocineras y siervas del palacio ven a la reina paseándose con concentración informándose de los platillos y la cantidad de alimentos que se prepararán aquel día.

La antigua reina Sachi no hacía ese tipo de cosas, ella no salía del castillo por razón alguna, consideraba abominable mezclarse con la servidumbre. El rey Kazuto tampoco lo hace, salvo si es necesario. Normalmente quien se ocupa de esos trámites es su general Agil.

—¿Qué hacen con la comida que sobra? —vuelve a preguntar porque está segura de que no ha oído bien.

—Nos deshacemos de ella, alteza. A nuestro señor no le gustan los platillos recalentados.

—¡Es que preparan una cantidad desorbitante! —exclama —¡Platillos que no han sido tocados los lanzan al basural!

—Ha sido la orden de nuestro señor el rey desde el comienzo de su reinado —explica la cocinera y se inclina para demostrarle respeto. Le asusta que la reina le hable de igual a igual, como si tuviera conocimiento de lo que estaba diciendo.

—Es demasiado —murmura para sí —Sé que de aquí salen las raciones para alimentar a todo el palacio, aun así...

—Así es, alteza.

Asuna se queda en silencio algunos segundos. Luego se yergue —A partir de hoy solo harán la mitad de la ración —ordena altiva —Es decir, si hacían cuatrocientos platillos, harán doscientos, si eran trescientos prepararán ciento cincuenta, así sucesivamente —la expresión de sorpresa en los ojos de quienes escuchan la obliga a mantener la compostura —Hay que cuidar la despensa y las provisiones del reino, y no permitiré que sigan realizando tanto derroche.

—P-por supuesto, alteza...

—Algo más —da la vuelta sobre sí misma y contempla a las siervas que mantienen la cabeza baja esperando el resto de sus órdenes —A partir de hoy, todo alimento que sobre de la mesa del rey será repartido entre las familias de bajos recursos del pueblo... —una oleada de murmullos acompaña su última oración, y Asuna no entiende si están en acuerdo o en desacuerdo con ella. Pero las palabras ya han salido de su boca, ya no hay vuelta atrás.

—Así se hará, alteza —responde la cocinera conteniendo el aliento.

—De ahora en más llevaré el control de las despensas del palacio, cualquier duda, o pregunta la hablarán conmigo.

Sabe que quizás se está tomando atribuciones que a su marido no le harán mucha gracia... pero las palabras de Alice le han tocado una fibra sensible en la que no había pensado hasta el momento. Llevaba días renegando de su suerte, y rebelándose contra ese ser déspota de ojos color plata... Pero, ¿qué culpa tenía el pueblo de su propia insensatez?

Aunque no quisiera era la reina, y se esperaba que actuara como tal... su pueblo... su pueblo la necesitaba.

Se dirige a la puerta con la intención de volver a su habitación, siendo seguida por algunas doncellas cuando, una hilera de siervas entra con numerosos cántaros cargados con agua. Ellas se hacen a un lado para cederle el paso, y Asuna advierte al final de la fila a una mujer entrada en años cuya vasija se tambalea ante el peso. Sus temblorosas manos apenas pueden sostenerla.

—Mi señor ordena que el almuerzo se sirva en los jardines... —el alto hombre se detiene al observar la comitiva intrusa dentro de las cocinas. Desde el incidente en el patio del harem no ha vuelto a encontrarse con esa joven cuya diadema de oro en sus cabellos del color del atardecer la proclaman como la reina —Mi señora... — murmura inclinando cortésmente la cabeza ante ella.

—General —le copia el gesto, preguntándose si está en lo correcto y debe inclinarse ante él. No olvida el mal trago que le hizo pasar con el asunto de la anterior reina... Se pregunta si debe ofrecerle una disculpa por haberlo desafiado con tanta saña. Lo correcto sería hacerlo.

Pero lo que ocurre a continuación la detiene.

La anciana del cántaro ha seguido su camino mientras ella conversaba con Agil, pero el peso que soporta es tanto que, se tambalea de tal forma que ella, quien la observaba por el rabillo del ojo, se lanza a ayudarle sin pensar en lo que está haciendo.

—¡General, por favor...!

Pero el pedido llega tarde, en su afán de sujetar a la pobre mujer, el cántaro se le ha regado encima, bañándola de pies a cabeza.

Al alzar la cabeza descubre que todos la están mirando con censura, y Asuna se da cuenta que esta vez se ha pasado. Una reina que se precie de serlo no actuaría de ese modo impulsivo. Las doncellas se precipitan ante ella, y en medio de la bruma que puebla sus pensamientos permite que la transporten a la seguridad de sus aposentos.

—¿Qué estás diciendo? —Kazuto se vuelve a su general ante las noticias que estupefacto este le cuenta.

—La reina me ordenó que ayudara a una sierva a cargar su vasija de agua... —repite Agil aun no sabiendo sin sentirse ofendido o sorprendido.

—¿Pero que se ha creído?

—Eso no es todo, ha dado instrucciones de los platillos que deben servirse en la mesa de mi señor el rey...

—¿Qué? —mira a Eugeo cuya mueca jocosa no puede pasar por alto —¿Te estás divirtiendo?

—Deberías estar satisfecho, ha pasado de sentirse una intrusa y tu enemiga a intentar comprender como funciona el palacio... No puedes culparla, no te ocupaste de ella y consideraste gracioso dejarla a su suerte —contesta Eugeo de muy buen humor.

Kazuto abre la boca para responder, pero se da cuenta que no tiene con qué refutarle; así que acomodando la capa sobre sus hombros sale de la sala dejando a su consejero y general envueltos en un silencio que para ellos es risible.

—¿Qué opinas?

—La verdad es que me agrada, pero vaya que tiene carácter.

—¿Aun sigues pensando qué es la indicada?

—Por supuesto, eso no lo he dudado por un solo instante. Es la única capaz de hacerle frente y obligarle a salir del letargo.

—Brindo por eso —Eugeo se llevó la copa a los labios y rió entre dientes antes de beber.

El sonido tormentoso de su calzado al hundirse en los suelos ponía en evidencia el humor tempestuoso que llevaba. Oh, y no iba a disfrazarlo. La servidumbre que cruzaba de camino a las habitaciones de la reina se corría amedrentada ante su mal talante.

Empujó las puertas de la antesala a sus aposentos encontrándose a Alice quien alzó los ojos sorprendida de verlo allí a una hora en la que usualmente se encontraba en la sala del trono.

—¿Señor?

—No te metas en esto Alice, ¿está allí?

La rubia asintió guardando para sí todo detalle. Notó como el soberano pasaba de ella y abría la última puerta que lo separaba de la pelirroja. Sonrió maliciosamente y salió de la sala, cerrando tras su espalda. Les dijo a los guardias que no molestaran a ninguno de los soberanos bajo ningún pretexto, y satisfecha con eso se alejó.

Al abrir la última puerta no esperaba encontrase con semejante espectáculo.

Los rayos del traicionero sol se condensan alrededor de su cabello suelto, este es tan largo que puede asegurar sin exagerar que debe llegarle más abajo de la cintura... Tiene el color del fuego. Y está desnuda... bueno, lleva el torso sin cubrir y las curvas le parecen exuberantes... Claramente no es una niña.

Y quizás sea la sorpresa de verlo allí en sus aposentos que la mantienen lela por algunos segundos los que Kazuto aprovecha para observarla a su antojo. Ha despedido a sus doncellas con anterioridad asegurando que podría mudarse ella sola sus vestidos. Y Alice se ofreció a montar guardia en la antesala para evitar justamente... esto.

Kazuto no ha estado con una mujer en mucho tiempo y siente su cuerpo reaccionar ante ella. Es inevitable no recordar la atracción que despertó en él al verla bailando con tanta sensualidad en la sala del trono, y recuerda cuanto ansiaba poseerla... ¿No fue acaso ese detalle lo que desencadenó todo aquel problema que parece no tener fin?

Cuando Kazuto da un paso hacia delante, es que ella reacciona y manotea el vestido que iba a ponerse buscando cubrirse con él. Es orgullosa y pese a que sus mejillas están rojas, lucha por parecer digna y repuesta ante la vista de aquel hombre cuyos ojos parecen plata líquida.

—¿Qué diablos estás haciendo con mi palacio...? —ruge con voz ronca.

Así que ya le han ido con el chisme —Es mi pueblo... —musita, pero en algún momento el rey ha llegado hasta ella e inclinándose ante su rostro, no puede hacer otra cosa más que observarse en esos ojos que se han enturbiado. Siente la respiración del joven sobre su nariz y por alguna razón inexplicable su boca se seca, su aliento se corta y lo próximo que Asuna sabe, es que el rey Kazuto ha enmarcado su espalda desnuda con sus brazos, y sus labios demandantes se encuentran con los suyos de un modo que nunca ha experimentado.

Sus piernas se doblan por alguna razón, pero él está allí para sujetarla, y... eso no se siente tan mal... Es el último pensamiento coherente que aparece en su cabeza, antes que sus sentidos se apaguen y se sumerja en aquello que reconoce como su primer beso real...

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Nota:

Ante todo quiero pedir perdón por tardar tanto en actualizar este fic... No me creerán pero es uno de mis fics favoritos... solo que el tiempo no me ayuda :'(

Bueno me decido subirlo hoy porque ayer 18 de Noviembre fue mi aniversario de escritora! Y quiero compartir algo con ustedes aunque sea algo pequeño ^^

Y bueno este capítulo se supone que iba a ser el final, pero... hay demasiados cabos sueltos (para variar como todas las historias de Sumi que empiezan siendo oneshots y luego terminan en longs fics xD) a esta historia le quedan a lo much capitulos más...

Gracias por leer!

Nati aka Selector18 gracias por tu paciencia 3 aquí está! Es bueno hacer tratos contigo!

Sumi Chan~