El sol produce destellos hipnóticos en el agua que fluye libremente por el canal.

Asuna observa el reflejo enceguecedor por algunos segundos, antes de apartar la mirada más allá: hacia los agrimensores que con varas secas miden el nivel del agua. El grupo de hombres ha trabajo fervientemente bajo el tórrido sol del verano. Y ese día en especial, el astro rey parece quemar con más fuerza que nunca.

—¿Le parece bien aquí su majestad? — El hombre imponente, cuyo torso se halla desnudo de la cintura para arriba, se seca el sudor de la frente cuando se dirige a ella. Es de mediana edad, pero tiene una contextura física increíble. Su cuerpo, casi iguala al del capitán de la guardia, Agil. Es el padre adoptivo de Alice por lo que sabe, y aunque no tiene un origen noble, es el mejor en su oficio. Un agrícola muy próspero. Razón principal para que su orgullosa hija lo hubiera recomendado para el puesto.

La joven acaricia el ala de su sombrero de paja, corre el velo de su rostro hacia un lado, para ver a los obreros que esperan sus órdenes.

—¿Usted que opina, señor Bercouli? —pregunta con suavidad, abanicándose con una mano. Las mangas del vestido que usa, aunque son ligeras, le pasan y debido a la temperatura del día, le pican un poco. Observa a su guardia, que está con una sombrilla abierta a pocos pasos de ella, luciendo una expresión indescifrable.

—Pienso que es el sitio indicado, mi reina —responde con toda franqueza.

—Muy bien, instalen por favor el Shaduf —incapaz de mantenerse por más tiempo a salvo en los márgenes del río, se levanta el ruedo del vestido con la intención de meterse ella también. La mayoría de los trabajadores están sumergidos en el canal, mojados de los lomos hacia abajo, y considera injusto que ellos estén allí, mientras ella luce tan seca.

Quizás adivinando su intención, un brazo firme la frena de cometer semejante travesura. No necesita voltearse para ver quien es. La garra de acero que presiona su brazo es fuerte, pero gentil —Asuna no te atrevas, ese no es un espectáculo que deseo compartir con todos —la voz de Kazuto tiene una nota de humor en el fondo. El brazo se traslada ahora a la cintura femenina, mientras una sombrilla los cubre. El rey acomoda el velo de su sombrero, volviendo a cubrirla con él, pese a sus protestas —El sol está muy fuerte hoy, debes proteger tu piel —él luce un sombrero de paja, y también se ha metido con sus hombres al río; lleva el bajo de los pantalones arremangados a la altura de las rodillas, y con ese aspecto parece todo un campesino.

Asuna siente la tentación de soltar una carcajada. ¡Protegerse del sol! Por supuesto Kazuto ignora sus correrías entre los montes y valles cuando cuidaba su rebaño de ovejas, el sol durante esos días era un amigo constante que siempre la acompañaba, confiriéndole a su piel un precioso matiz dorado. Lo recuerda porque cuando pisó al palacio por primera vez, ese fue uno de los rasgos que la hizo llamativa ante los ojos del rey.

Cuando la travesía de crear el sistema de riego empezó, de algún modo Kazuto fue muy consciente de que no podía dejar a su reina al margen de toda esa tarea. La idea de desviar el cause del río a través de canales que conectaran el reino, beneficiando así al pueblo, había sido de ella. La mente de su esposa nunca dejaba de sorprenderle.

Y aunque el plan original no lo oyó por boca de ella, pues fue en el tiempo en que la pelirroja había osado escapar del palacio, Eugeo se lo relató con todo detalle en la siguiente reunión que mantuvo con sus consejeros. El grupo de hombres escuchó con la boca abierta mientras el joven rubio relataba con entusiasmo todo el ambicioso proyecto. Ninguno se mofó, ni ninguno fue capaz de negar que era una idea maravillosa, y que si era ejecutada con perfección, llenaría de prosperidad y buenaventura el reino, a tal extremo que su fama sería conocida en los países vecinos.

A nadie se le ocurrió tachar de menos la idea de la reina, primeramente por respeto a Kazuto, quien cada día que pasaba se mostraba cada vez más encandilado con ella; y luego, porque cuando los planos se aprobaron e iniciaron la búsqueda de los agrimensores que midieran la tierra y la cuadrilla que se ocuparía de cavar los túneles, la integridad de Asuna se vio comprometida a manos de esa impostora. El saldo fatal de ese enfrentamiento fueron aquellos horribles días de fiebre y su consiguiente larga convalecencia.

Pese a todo, el proyecto siguió a cargo de Eugeo y Agil; Kazuto, en esos momentos, no tenía cabeza para pensar en cálculos matemáticos, ni tenía intenciones de salir del palacio. Era cierto que no estaba en plena facultades para gobernar, ni para tomar decisiones. Empero, cuando la reina finalmente se repuso, el proyecto de riego ya estaba en marcha.

Por supuesto llevó muchos meses y mucho esfuerzo construir los primeros canales, y luego de que Asuna diera a luz, resultó imposible convencerla de que debía quedarse a resguardo del palacio. Testaruda como era, amenazó con escaparse y ponerse a cavar a la par de los hombres si su rey no le daba el permiso de acompañarlos. Era su idea. Y otra vez, Kazuto debía reconocer que ese rasgo rebelde y osado de la joven lo seducía terriblemente.

Estaba terriblemente enamorado y no se preocupaba en ocultarlo.

Las jornadas bajo el sol eran larguísimas y exhaustivas, trataban de dividirlas en bloques cortos para no agobiar a los trabajadores, el astro rey no confería descanso ni a rico, ni a pobre. Por esa razón, y para cuidar el cutis de Asuna, Kazuto adquirió un hermoso sombrero occidental para ella; según lo dicho por el mercader que lo trajo desde París; era el último grito de la moda entre la aristocracia francesa. Se trataba de un sombrero de paja, de ala muy ancha, cubierto por un largo velo de tul.

Quizás era cierto, podía ser usado por las jóvenes francesas en sus paseos diarios por las avenidas de París, pero para una reina que estaba acostumbrada a ser besada por el sol, resultaba un incordio.

—¿Y qué ocurre si deseo un beso de mi señor? —pregunta traviesa, espiando a su marido a través del tul, el que también fungía la función de protegerla de los insectos.

Kazuto ríe entre dientes, un sonido bajo y ronco que hace que las mejillas de Asuna se enciendan. Maniobra la sombrilla de tal forma que los proteja de toda mirada curiosa, y alzando una esquina del velo la besa fugazmente.

—No pensaba meterme a nadar —le confiesa después, delineando los labios besables del rey con su dedo índice —Solo quería refrescarme los pies.

—¿Tienes calor? —él se aleja con preocupación. Ni siquiera espera que ella le conteste —Alice, Eugeo nos volvemos al palacio —anuncia a su guardia personal.

—Iré con ustedes —Alice desaparece para buscar los caballos, ignorando las protestas de la reina.

Kazuto desaparece también para darle indicaciones a Bercouli y a la cuadrilla que se encuentra sumergida en el río. Solo Eugeo permanece allí con la sombrilla que ocupara Alice, protegiendo a su señora.

—¿Por qué es así? —pregunta al aire, arrancándose el sombrero. Su cabello del color del atardecer cae como una ola sepultando sus hombros y espalda.

—Él se preocupa por usted —responde y atrapa el desgraciado objeto que estuvo a punto de botar. Desde la enfermedad de Asuna y el embarazo, y ni qué decir luego del nacimiento del bebé, Kazuto se ha vuelto muy protector con ella. Y aunque es un rasgo tierno, por momentos la pone de mal humor que la considere tan frágil.

Ni siquiera la deja montar su propio caballo. Pero eso en parte es culpa suya; cuando se dio cuenta que esperaban que ella se subiera a un palki para trasladarla con comodidad fuera del palacio, puso el grito en el cielo. Le parecía una aberración ese vehículo a tracción humana, y aunque la anterior reina, y muchas mujeres de la época usaban esa litera para ser transportadas en el colmo del lujo y la vanidad, Asuna se negó terminantemente, aduciendo que sabía montar a caballo. Su oferta fue aceptada a medias, aun en esos detalles la seguían cuidando.

—Te pones de su lado con sorprendente facilidad —le regaña.

—No siempre —ríe entre dientes.

La conversación se interrumpe, Kazuto regresa y por la intensidad de su ceño fruncido le ha molestado que ella exponga de esa forma su rostro al quemante sol.

—Tú te quedarás aquí, cualquier novedad o contratiempo me la comunicas de inmediato—le ordena a su consejero el cual asiente, entregándole el sombrero de su señora.

Alice llega luego con dos hermosos alazanes de color negro y cola erguida. Monta a pelo como una amazona india, y espera a que la pareja también lo haga. Asuna recoge el ruedo de su vestido e ignorando la mano del joven que se ha alzado en su dirección, sin ayuda se sube al caballo y lo monta a horcajadas, al estilo masculino, se agarra de las largas crines y espera que Kazuto se suba detrás de ella.

Alice hace un silbido leve y su cabalgadura se pone en marcha, abriendo el camino. Tras colocar el gorro en la cabeza de su esposa, Kazuto clava los talones en las ancas del animal y este, sigue a su compañero en un trote suave por el polvoroso sendero.

En el patio interior los siervos están allí para recibir los caballos. Kazuto desaparece inmediatamente ni bien descienden, y ella se queda un poco más hablando con ellos. Es un rasgo de la reina que no va a cambiar; el preocuparse por las necesidades de sus súbditos.

Su inquietud por la clase baja, fue la que impulsó ese proyecto de riego que apenas está atravesando la fase inicial. Pero cuando acabe, la mayoría de las familias no tendrá necesidad de caminar kilómetros por el desierto cargando los cántaros con agua en sus lomos. Asimismo, con la ayuda de Natsuk Aki y su provechosa sabiduría botánica, ha seleccionado varias clases de semillas y ha otorgado grandes cantidades de ellas a la plebe, enseñándoles a cultivar.

El pueblo la adora. Y los que no la adoran, la respetan. Es un hecho que a Kazuto lo tiene francamente fascinado.

Asuna pasa junto a la fuente de Stacia y le sonríe en agradecimiento en tanto se suelta el lazo de su vestido. Ansía vestir algo más liviano... o sencillamente arrancarse las pesadas mangas.

—Alice ve a refrescarte, estaré en mi habitación —le ordena a su guardia a sabiendas que la seguiría como una sombra dentro del palacio. Pero la blonda también tiene derecho a descansar de sus obligaciones de vez en cuando.

Sin detenerse a oír su queja, entra por las puertas de oro, saluda a los guardias que custodian la habitación y sigue hacia la derecha, hasta sus aposentos. El clima ahí en la sombra es más fresco y le produce cierto alivio. Se hace una coleta improvisada con su propio cabello, y empuja la puerta de su recámara.

Lo que encuentra allí no la sorprende. De hecho, la hace sonreír.

Su esposo, el flamante rey, está echado en el suelo con su bebé en el pecho, el cual gorjea feliz ante las cosquillas que él le hace. Su aya se encuentra a varios pasos de ellos intentando no sonreír.

—¿Dio problemas hoy Rika? —le pregunta con suavidad, para no importunar al par.

Luego de todo lo que esa joven de rostro pecoso ha hecho por ella, consideró justo retribuirle de algún modo. Así que luego de consultarlo con Kazuto, la mandó a llamar para que cuidara al bebé; al futuro heredero. Y luego de que Rika se hizo cargo de Yui tras la liberación de las doncellas, supo que era la persona más capacitada para el puesto.

Por supuesto para la joven fue un cambio beneficioso dejar su oficio de bailarina y pasar a servir en una ocupación mucho más digna dentro del palacio. Además, amaba al bebé con todas sus fuerzas. Nunca lo consideró una carga. Jamás.

—Ha estado algo molesto, mordiendo y babeando todo —expresa, y quizás no mide el tono elevado de su voz, porque Kazuto deja de observar a su hijo para prestarle atención —Creo que le van a salir los dientes pronto, la señora Natsuki le puso una pasta de miel y jengibre para calmar su molestia y creo que ha funcionado.

—Gracias Rika, puedes retirarte. Hasta mañana.

—Hasta mañana Asu- ... —se da cuenta que Kazuto está allí y se corrige, presurosa —... Mi señora, mi señor...

La joven inclina la cabeza a modo de saludo y se aleja antes que alguno de los dos pudiera responderle.

Asuna se sienta en la alfombra que ocupa su marido y se recuesta a su lado, usando su pecho como almohada. El bebé abre grande sus ojos grises al reconocerla y estalla en una alegre carcajada. Fue gateando hasta ella y sentándose en el hueco que ambos dejan, le agarra un mechón de su largo cabello y lo tironea suavemente.

—Este niño tiene una fijación increíble con mi pelo —murmura en un puchero. Mientras abre la mano de su hijo con delicadeza y recupera su rizo. Se inclina y besa el diminuto puño de su bebé varias veces —Se parece a su padre.

El pequeño la observa sin borrar la sonrisa, y notando que ya no puede disponer de la cabellera de su madre, se contenta con tironear un extremo de su falda.

—De tal palo, tal astilla —le susurra el joven tras girar la cabeza en su dirección, el eco de su voz le cosquillea el cuello. Sus labios presionan un punto tras su oído que la hace inspirar repentinamente. Asuna huele a flores de almendra.

—Deja eso —le recrimina, dándole un golpecito en la rodilla a modo de advertencia.

Kazuto se incorpora sonriendo, sus ojos nunca sueltan los suyos. Es su propio atardecer, su paraíso terrenal, las hermosas pupilas de su reina, semejantes a dos soles, iluminan cada recoveco de su alma. Es una conexión profunda y tan íntima que no le molesta que ella pueda leerlo como un libro abierto.

—¿Te he dicho ya que te amo?

Ahora es el turno de Asuna para elevar las esquinas de sus labios en una sonrisa —Nunca es suficiente oír a mi señor declarar que no puede vivir sin mí... —responde sin titubear, irguiéndose levemente sobre él. Por la posición que adopta, su torso se dibuja magistral bajo su vestido, algunos mechones de su largo cabello caen sobre el rostro masculino.

—Rebelde, traviesa y... seductora... Pero, eres la mujer que amo con todo lo que tengo — Kazuto acalla el mohín pícaro de su esposa con un beso vehemente. El que por supuesto no dura mucho por el bebé, que se ha quedado pasmado contemplándolos; con sus cejas casi unidas sobre sus ojos de acero, parpadeando en silencio.

Kazuto ríe entre dientes y se pone de pie llevando a su hijo consigo, ayuda a Asuna a levantarse, y con el pequeño asegurado completamente a su pecho se le acerca.

— Es increíble lo rápido que está creciendo. Si me parece que fue ayer que nació —dice con cariño, pasando su mano grande por los pálidos cabellos del bebé que se alisan tras su tacto.

—Es cierto.

—No me sorprendería que mañana tras volver del río, lo vea blandiendo una espada y apuntándome con ella —ríe por su propia ocurrencia y sosteniendo a su hijo frente a sus ojos, añade —Hodei deja de crecer.

—Kazuto —Asuna le regaña, conteniendo la risita que sus palabras le causan. Aunque en el fondo entiende, los meses se suceden uno tras otro, pero el gradual crecimiento del bebé pone en evidencia lo rápido que pasa el tiempo —Es hora de su baño, ¿por qué no vas a ver a Yui? Esa niña nunca me pone atención cuando le digo que está entrenando demasiado. Sólo te escucha a ti.

El joven besa los ensortijados cabellos del pequeño y luego roza la sien de su esposa con ternura. Le entrega al niño con delicadeza —Con gusto, mi señora. Mi ser vive para complacerla a usted.

El movimiento de la niña es perfecto, traza una finta delicada en el aire, antes de atacar con una estocada a su oponente, quien a duras penas, consigue moverse del objetivo y defenderse.

Pese a su aparente derrota, esta vuelve a su posición inicial, con su espada de madera; su pecho recto, barbilla alta y mano esgrimiendo el arma con concentración. Ajena al espectador que mira sus movimientos con ojos brillantes y orgullo paternal, se mueve de un lado al otro esquivando los sablazos de su maestra. Yui tiene ocho años, la esgrima constante la ha moldeado y parece mucho mayor de lo que es en realidad. Su cuerpo es esbelto y el cambio es muy evidente, sobre todo, cuando se encuentra vistiendo ese traje de entrenamiento masculino, con su largo cabello negro atado en una coleta alta.

Ambas giran por el suelo arenoso, delineando un círculo imaginario, sus pies, al igual que sus manos se mueven en una sincronía exagerada, donde hasta el pestañear está deliberadamente estudiado. El duelo de espadas es una danza milenaria, donde la perfección y el manejo del arma van de la mano. Ellas así lo saben y así lo ejecutan.

—Señorita Yui creo que ya es suficiente —la detiene la mujer clavando la espada en la arena para dar por terminada la clase de entrenamiento, su voz sale en cortos jadeos —El clima es agobiante, puede ser peligroso para usted.

—Pero, señora Sortiliena... —reprime una queja.

—Ya escuchaste a tu maestra, Yui —Kazuto decide intervenir saliendo del escondite que lo tuvo oculto y adentrándose en la arena de combate.

Los ojos grises de la pequeña se abren de dicha al verlo y corre hacia él, aventando su espada de madera hacia cualquier dirección —¡Kirito! —se echa a sus brazos, y aunque su aspecto no es el mejor, no se preocupa por abrazar al rey; su hermano, en términos prácticos, aunque para ella, funge el papel de padre.

—¿Qué es esta felicidad desmedida? —ríe el joven algo avergonzado de que persista en seguir llamándole de esa forma tan ridícula y frente a su maestra. Cortesía de Alice, por supuesto.

—Normalmente nunca vuelves tan temprano del río —responde con un puchero pequeño.

—Es cierto —Kazuto sonríe en silencio, guardando para sí la verdadera razón del porqué tomó esa decisión. El bienestar de la reina y su hijo le preocupan de modo casi egoísta, llegando al extremo de considerar encerrarla dentro del palacio para así estar seguro de que ella estuviera bien. Pero Asuna es testaruda y rompe todos los protocolos. Suspira resignado —El calor allá afuera era terrible, como bien dijo Liena.

La nombrada asiente sin quitar sus ojos azules de él, un suave rubor le oscurece las mejillas, haciendo que sus pupilas parezcan más brillantes. Inconscientemente se humedece los labios, aunque el rey ni siquiera lo nota.

—¿Ya lo ve señorita Yui? Es mejor continuar con la clase mañana.

La pequeña hace un gesto caprichoso que a Kazuto le resulta terriblemente familiar. Ríe en voz alta mientras le acaricia la cabeza. Yui tiene tanto carácter como Asuna. Jamás olvidaría el día, cuando poco antes de nacer Hodei, esa pequeña anunció, con toda seriedad del mundo, que no quería ser consejera del rey, sino que quería ser guardia. Y una tan poderosa como Alice, o incluso mejor.

Como era de esperarse Asuna se opuso terminantemente. La vida de un soldado era dura y peligrosa... y no quería ese futuro para su hermana bebé.

No obstante, esa pequeña era tan obstinada como ella, y durante los meses que siguieron, pese a su negativa, se dedicó a estudiar a Kazuto y Eugeo mientras entrenaban, y se aprendió de memoria sus movimientos básicos. Ella sola, sin ayuda de nadie.

Era ágil y rápida, sin duda rasgos que compartía con la reina. Kazuto decidió no intervenir en ese asunto de hermanas, aunque a escondidas le confió a Yui que si Asuna aceptaba, ella sería la guardia más bonita y más fuerte del reino y que estaría muy feliz de que fuera la elegida para cuidar de Hodei, así como Alice cuidaba de Asuna.

La rubia tuvo mucho que ver en la reticente aceptación de la reina; ella no estaba del todo convencida y la joven de mirar azur debió prometerle algo muy profundo e importante, algo que solo ellas sabían, para que Asuna diera el brazo a torcer.

A la semana siguiente la niña lucía un uniforme de caballero y con una pequeña espada de madera tallada a su medida, se preparaba para recibir su primera clase. Sortiliena Serlut fue la maestra elegida para enseñarle la esgrima y todos sus rudimentos básicos.

Ahora, un año después, se convirtió en una excelente alumna. El orgullo de los reyes.

—Ve a refrescarte Yui —le ordena Kazuto con cariño —Asuna estaba por bañar a Hodei, supongo que le vendría bien un poco de ayuda.

Los ojos grises de la pequeña se abren con ilusión. Pese a todo, sigue siendo la niña que adora que su hermana mayor la bañe y le lave el cabello, y que ama pasar tiempo con el bebé, a quien ve como su hermano menor.

Kazuto contempla con una sonrisa de satisfacción como la silueta de la niña se pierde tras las puertas del palacio, se convence de que alguna de las siervas le saldrá al encuentro y la escoltará el resto del camino hasta los aposentos reales.

—Mi señor —la voz de Sortiliena hace que vuelva los ojos hacia ella con interrogación —Me place mucho poder servirle.

—Gracias Liena, Asuna y yo valoramos mucho eso —sin decir más se aparta de ella y camina hasta donde Yui aventó la espada en plena arena, la recoge con la intención de volverla a su sitio.

La mujer se apresura a copiar su acción se acerca hasta donde él esta, ansiosa de mantener el hilo de conversación. Hace lo propio guardando su arma, alargando el momento.

—Mi señor —Agil aparece al inicio de la arena de entrenamiento y se detiene. Lleva el casco bajo el brazo y el sol de la tarde hace que se vea más imponente de lo que realmente es. No menciona más palabra, pero la expresión adusta de su rostro denota que el motivo que lo ha llevado hasta allí es grave.

Kazuto lo había enviado a investigar cierto detalle hace ya bastante tiempo, posiblemente le traía novedades frescas de ese encargo.

—Gracias por tu arduo trabajo, Liena —la saluda al pasar, sin darle demasiada importancia. Lo que ella nota y como tantas veces, la entristece.

Sin mirar atrás, sigue a su capitán de guardia y ambos entran al palacio en silencio.

—No hay pista alguna de ella, señor. Ni una sola. Pareciera que las arenas del desierto se la tragaron...

—No digas eso, Agil. No quiero que Asuna te escuche.

—Lo siento, majestad. Tiene razón, perdone la imprudencia de mis palabras.

Kazuto lo observa exasperado, distraídamente se frota la sien. La puerta del estudio se abre en ese momento y cuando se gira, pensando encontrar la preciosa silueta de la reina, ve a Eugeo. Este luce agotado. Dos gruesas motas rojas le tiñen las mejillas y el rey no puede evitar la sonrisa divertida que le aflora a los labios. El consejero real se ha quemado terriblemente con el sol.

—Ni lo menciones —le recrimina alzando las manos, viéndolo venir.

—Solo iba a preguntar como iba todo.

—Maravilloso. Bercouli sabe muy bien lo que hace, si seguimos así, el mes próximo podemos empezar a construir el otro canal que una el lado izquierdo del reino; las zonas altas, hogar de la reina.

Kazuto asiente. Esa sin duda es una buena noticia. Por fin algo agradable para comunicarle, para ver como los luceros de Asuna se encienden en admiración hacia él, viendo como hace hasta lo imposible por hacerla feliz.

—Veo que Agil ha vuelto —Eugeo continúa en su lugar —¿Has traído novedades?

—Como le decía a su majestad, me temo que no son las esperadas —el rey se toca la nuca mientras lo escucha relatar las mismas palabras que mencionara anteriormente —El pequeño hogar en el que solía vivir la reina se encuentra en una zona montañosa y la cantidad de habitantes que allí moran es nula; pero no nos brindaron ninguna noticia relevante, además de que parecían un poco reacios a responder nuestras preguntas. También hablamos con el esposo de la aya del príncipe Hodei y algunas personas que él conocía, pero nadie sabe qué pasó con esa muchacha. Mis hombres recorrieron las ferias aledañas y algunas carpas nómadas que habitan las llanuras, con la esperanza de que algún mercader nos brindara algo de información certera con lo cual iniciar una búsqueda más exhaustiva... Pero no hay nada, mi señor. Es como si la tierra se la hubiera tragado sin dejar rastro.

—Dile lo otro —Kazuto interviene, tocándose el mentón.

—Lo que si hemos logrado averiguar es que no solo la hermana de la reina se encuentra extraviada, sino también varias de las doncellas que escaparon del palacio aquel día.

Eugeo mira a su amigo con el entrecejo fruncido en preocupación. La expresión del rey es de desesperación total. Le da la espalda, pero bajo la chaqueta real se adivinan las líneas tensas de su espalda.

—¿Crees que alguien las haya secuestrado para venderlas como esclavas?

—Los mercaderes que transitan el desierto son hombres crueles y codiciosos, Asuna me confió como solía lidiar con ellos cuando les vendía mercancía de valor, muchos son de bajos escrúpulos, ruines, tramposos... no me sorprendería que cometieran una barbarie semejante.

—Con su permiso, mi señor, ordenaré que la investigación siga. Tanto al norte como al sur, alguien debió verlas. No pueden desaparecer así simplemente.

—Está bien Agil, confío en ti —Kazuto le toca el hombro. El cansancio evidente en su rostro y en su voz.

El capitán hace una reverencia hacia los dos señores y se aleja del recinto. Eugeo ni siquiera espera que la puerta se cierre, para acercarse a su amigo que ha vuelto a tomar posición junto a la ventana. Su mandíbula esta tensa, como si se contuviera de gritar. El rubio le conoce demasiado bien; está turbado.

—Es la tercera expedición que sale en su búsqueda. Y Kazuto, creo que ya es tiempo de...

—No. no puedo hacerlo aún —sus nudillos se ponen blancos al ceñirse dolorosamente —No puedo dar por finalizado esto sin saber que fue de Shinon. Asuna no lo soportaría.

—Pero su majestad no ha dado señales de que ese asunto le aflija... recuerda los primeros meses, era una obsesión salir del palacio para buscar a esa muchacha; últimamente parece haberse adaptado a vivir aquí, te ama...

—¡La conozco demasiado bien, Eugeo! —lo mira con ojos centelleantes —Es solo una máscara, la inquietud se halla siempre latente en sus ojos. Cuando piensa que no me doy cuenta, ella... No, no puedo rendirme aún... eso terminaría por destrozarla.

Eugeo advierte que quizás se ha excedido con sus palabras —Lo lamento, majestad. Fue una impertinencia de mi parte acotar algo semejante. Olvide mis palabras.

El rey niega cerrando los ojos, exhala un suspiro tembloroso.

—¡Aquí estás! —la voz cantarina de la reina irrumpe en el salón. Viste oportunamente de malva, un vestido vaporoso que deja sus hombros al desnudo. Lleva el cabello recogido para disgusto infantil del rey, y además de su sonrisa amistosa y el brillo enamorado de sus luceros dorados, está libre de joyas. Fiel a su naturaleza, simple, portando solo su belleza. Lo abraza presurosa de la cintura y le besa el cuello con una risita.

Eugeo parpadea sorprendido e incómodo de quedarse atrapado en un momento íntimo entre los dos. Pese a que la actitud amorosa de Asuna le apena, nunca los ha visto en ese plan; ambos son demasiado celosos de su intimidad.

—Eugeo está aquí... —suena la ligera voz del rey.

Asuna gira la cabeza desde su escondite tras el hombro de Kazuto, sus mejillas en cuestión de segundos igualan el ardiente color de su cabello. Se separa presurosa, pese a la risa de su marido.

—No se preocupe por mí, majestad —se inclina —Y si le interesa saber, el Shaduf funciona de maravilla, venía a darle esas noticias a Kazuto. Sin embargo, creo que usted también se sentirá complacida de oírlas, no me canso de decir que es un excelente proyecto, mi señora.

—G-Gracias Eugeo —todavía se siente avergonzada de su proceder. Intuye que Alice hará mofa de ese desliz por mucho tiempo.

—Con su permiso, iré en busca de Natsuki para que me de un emplasto —se señala el rostro.

—Fue tu culpa, quise obsequiarte un sombrero occidental y no lo quisiste.

Eugeo lo mira de reojo y en silencio se apresura a marcharse —Sigan en sus asuntos —menciona sin mirarles. Y sale.

Asuna gruñe de vergüenza y se cubre la cara con las manos. Kazuto la abraza con fuerza de modo que su rostro queda parcialmente oculto entre su traje real. Su pecho vibra de modo delicioso mientras la risa lo sacude de arriba abajo; él es tan masculino y huele condenadamente bien. Por varios segundos se permite quedarse muy quieta, al abrigo de su cuerpo..

—Mi reina nunca se ha mostrado tan ansiosa por mí.

Eso la abochorna aun más, trata de alejarse, pero los brazos del joven la aprietan con mayor ahínco. Siente los diestros labios de Kazuto a un lado de su cuello, como hiciera antes ella. Solo que las acciones de él tienen otra connotación, un rumbo más vehemente, y que está dando resultado, puesto que ella se rinde a sus caricias de buena gana; buscando su boca de delirio.

—Te amo Kazuto —menciona con voz pequeña, contra sus labios.

—Yo te amo más, mi reina —la besa fugazmente, antes de abrir los ojos y perderse en la mirada ambarina que permanece atenta a él —Mi reina caótica y rebelde... mi perfecta flor del desierto.

—No me llames así...

—Mi bailarina sensual... mis ojos se encadenaron a tus caderas desde el primer momento en que te vi...

—¡Kazuto! —le sisea apretando los párpados, su boca torcida en un gesto enojoso.

Empero, él ríe. Le acaricia las mejillas con la yema de los dedos, sintiendo el inusual calor del rubor en ellas.

Le encanta provocarla de ese modo.

—En algún momento tendrás que aceptar lo perdido que estoy por ti, Asuna —declara con suavidad, modulando cada palabra lentamente —Desde el primer momento en que te vi bailar.

Asuna rompe con su propia turbación y le come la boca de un beso rabioso. Kazuto ahoga un gemido de sorpresa, cuando la lengua de su esposa lo seduce, instándole a participar. Ambos ciegos al lugar donde se hallan, absortos en sí mismos, y en el amor que se tienen, el cual desborda como un torrente de miel.

La noche cerrada cae sobre el palacio silencioso. Las antorchas ubicadas en los pasillos languidecen ante el viento inusual que sopla a esas horas. El aire huele a tormenta. El calor del día se concentra en nubes cargadas de agua que chocan entre si anunciando la lluvia.

El aroma a mirra se condensa con el de la tierra húmeda, ligeras gotas empiezan a caer aquí y allá, endulzando el ambiente.

Kazuto no puede dormir. Sus ojos se encuentran abiertos por completo observando los altos techos de la recámara que comparte con la reina. Se voltea lentamente hacia ella viendo que está profundamente dormida. Aquel es un rasgo suyo que le resulta fascinante, y puede pasar largos minutos en fervorosa contemplación sin hacer otro sonido más que respirar. Y es que cuando el dios del sueño se precipita con su embrujo sobre ella, no existe poder humano sobre la tierra que evite que caiga dormida. El sueño de Asuna es tan profundo que podría pasar una estampida de elefantes a su lado y ella no se daría cuenta.

Él reconoce que cuando todavía no estaban en estos términos; a hurtadillas la observaba dormir, arrobado por su belleza. Conmovido por esa beldad rebelde cuyo temple durante el día era fiero como el de una guerrera, y de noche se asemejaba al de un indefenso niño dormido.

Era el misterio más hermoso al que se pudo haber enfrentado alguna vez.

Ahora la ve allí, compartiendo el lecho con él, con las manos junto a sus mejillas, sus cabellos en desorden, desparramados por las almohadas y por su pecho, cubriéndole a él en el proceso. Sus labios rosados entreabiertos, suspirando en silencio. Las mantas apenas la cubren, el aire fresco de aquella noche de tormenta es agradable, su piel desnuda se eriza en deleite.

Kazuto sonríe, amoroso, y le besa la frente. Por supuesto, la joven no se mueve. Un trueno quiebra el silencio de la noche, seguido de otro. Pronto, una sucesión de relámpagos ilumina el firmamento, los latigazos de luz, delinean el rostro profundamente dormido de la reina, que ni se inmuta ante tanto estruendo.

El joven sale de la cama, se echa la túnica por encima de la cabeza y se ciñe los pantalones. Se vuelve en silencio y estira las mantas sobre el cuerpo de la pelirroja, quien ni siquiera se inmuta. Hace todo con cierta prisa, pues está preocupado; Hodei es un bebé pequeño y aunque quizás no entienda lo que está sucediendo, posiblemente los truenos lo hayan despertado. Con el corazón latiéndole en las venas de las garganta, fruto del temor natural de todo padre primerizo, se apresura a atravesar la recámara. En el extremo opuesto hay una antesala de gran tamaño que Asuna misma remodeló para que fuera la habitación del niño, por lo menos hasta que creciera lo suficiente como para tener sus propios aposentos.

Los candiles alumbran lo suficiente como para que descubra la minúscula estructura de hierro ubicada en el centro. Sin vacilar, corre los velos azules que mantienen la cuna a resguardo y descubre a su hijo con sus grandes ojos grises abiertos desmesuradamente. Su pequeña boca torcida en un puchero a punto de convertirse en una rabieta.

—Hey, hey... ven aquí, Hodei ¿te asustó la tormenta? —lo levanta con cuidado y lo sostiene contra su pecho. Ha visto a Asuna hacer eso muchas veces para apaciguar el llanto del infante.

El contacto con su padre da resultado, los espasmos que sacudían al pequeño se aquietan. Aun así no vuelve a recostarlo en la cuna. Afianzándolo entre sus brazos sale al pasillo. Los guardias, sorprendidos de verlo en medio de la noche, toman posición de inmediato, alarmados de que su señor abandonara los aposentos de modo tan repentino.

—Descansen —menciona con suavidad —Solo voy a dar un pequeño paseo con el príncipe para que vuelva a dormirse. No es necesaria la escolta, estaré dentro de los límites del palacio.

Sin dar tiempo a que alguno de los hombres responda, se aleja por el pasillo, descalzo.

Las luces de las antorchas parpadean al mismo tiempo que la lluvia arrecia, cayendo violentamente sobre los techos, azotando las ventanas y los cortinajes que se sacuden como estandartes abandonados gracias al viento atroz. El sonido de las gotas al golpear los muros exteriores es tan fuerte, que por varios segundos se queda sordo. El olor de la hierba mojada se mezcla con el de los inciensos, la fragancia a mirra, siempre tan común en las habitaciones del palacio, huele a lluvia.

—No debes tener miedo a esta clase de noches, hijo mío. Los días de lluvia pueden ser muy... —Kazuto le habla con suavidad al bebé cuyas pestañas vibran al luchar con el sueño. Igual que su madre —divertidas... —finaliza con un susurro viendo que se ha dormido. No puede evitar la sonrisa de ternura que sin permiso se instala en su rostro. Se siente inmensamente feliz.

Acuna a su heredero; un heredero al que todo el reino adora al igual que a la reina. Los rasgos de Hodei, mas notables a esa edad lo dejan maravillado: tiene el cabello de Asuna en una tonalidad más clara, más cobriza, la nariz pequeña y su sonrisa. También su carácter firme y rebelde; esa tendencia a provocar rabietas, sin duda debe significar algo.

—Te amo, hijo... —susurra, pero su voz queda a medio camino. Alguien está parado detrás suyo. De alguna forma, advierte la presencia de otro cuerpo humano entre las sombras y esa sensación oscura hace que un escalofrío le corra por la espalda. Sabe que se trata de alguien ajeno a los habitantes del castillo.

¿Un ladrón quizás? Aunque es demasiado ambicioso perpetrar semejante acción en una fortaleza como aquella.

Afirma el cuerpo de su bebé contra el pecho, pero no se da la vuelta. No va a exponer a Hodei. Cuenta mentalmente las posibilidades que tiene de escapar y dar la alarma. Se encuentra alejado de su habitación; la lluvia cae sin misericordia ahogando todo sonido. Por eso no fue consciente del intruso hasta ahora. La guardia está lejos y él se encuentra desprotegido.

El horrible deja vu de lo que le ocurrió a su esposa lo deja aturdido... otra vez se siente desprotegido dentro de su palacio. Pero junta nuevas fuerzas por el tesoro que arrulla contra su pecho.

—¿Quién eres? —pregunta firme, jugando su última carta, rogando que el sereno, que hace su recorrido por el palacio a cada hora, de la alarma. Pero sus probabilidades de que eso ocurra son pocas.

Siente la punta de algo punzante clavándose en su costado y luego una voz femenina con un curioso acento, se oye con nitidez.

—¿Dónde está Asuna?

Kazuto parpadea, sorprendido ante ese giro de los acontecimientos. No le cuesta mucho hilar toda la situación en su mente. Busca en su memoria el nombre requerido y responde con lentitud.

—¿Shino? —el respingo que oye en respuesta le indica que no se ha equivocado.

Escucha los pasos que se mueven y de pronto lo rodean, hasta tenerla frente a frente. Se trata de una mujer, ataviada con una túnica negra, el rostro lo tiene cubierto con un velo y solo sus ojos, cual gemas de carbón, se perciben en la penumbra que dibujan los candiles. No es mucho más alta que Asuna, aunque sí un poco más corpulenta.

—¿Quien eres? —le sisea extendiendo una espada corta en su dirección. Pero antes de que Kazuto pueda responder, el filo le apunta directamente al rostro. Ella lo ha reconocido —¡Eres el emperador!

Él retrocede, ella le sigue sin titubear. Las luces tenues que fluctúan le alcanzan y es visible el bulto que el joven monarca lleva en sus brazos. Los cabellos del pequeño de seguro llamean en esa oscuridad.

—¿Dónde tienes a mi hermana? ¿En qué calabozo la mantienes prisionera?

—Tus hermanas está bien, Shino. Ambas... —le responde en tono conciliador. Por como aquellos ojos oscuros se han abierto, se da cuenta que ya descubrió al bebé, la diminuta silueta de Hodei es tan evidente... aunque no menciona palabras.

—Yui... —Su voz sale apretada en reconocimiento.

—Ella está aquí también... si quieres puedes verlas...—se detiene cuando el filo de la espada apunta a la cabeza del infante dormido y Kazuto se llena de terror —E-es mi hijo... tu sobrino... hijo de tu hermana Asuna.

Eso parece enfurecerla —¿Qué le has hecho a mi hermana?

—¡Shino no!

La hoja se mueve con rapidez, pero su golpe es repelido por otro acero. Uno que frena la estocada casi sobre la cabeza del rey. Shino alza la mirada y descubre a Asuna, jadeante, ataviada en un ligero camisón, mientras sostiene una espada en las manos. Tiene los ojos llenos de lágrimas. Pero antes de precipitarse sobre ella, se arroja al cuerpo de su rey, temerosa de que hubiera sufrido algún daño.

La guardia aparece detrás, alertada por el sonido de los aceros, pero Kazuto les ordena no intervenir. Alice también está ahí, con los ojos parpadeantes de sueño pero con la espada lista entre las manos.

Kazuto se encuentra bien, el pequeño Hodei también; este ni se ha enterado de nada, sigue dormido profundamente en los brazos de su papá.

Abrazando la cintura de Kazuto, enfrenta al fantasma de su hermana que sigue lela, con el acero rozando el suelo como si pesara toneladas.

—Este es mi hijo Hodei...

—Asuna vine a rescatarte... —dice como si no la hubiera oído.

—... Kazuto es su padre y yo... estoy casada con él... —continúa la reina —Mi vida está aquí ahora.

—El último recuerdo que tengo es haberte visto tras esas malditas puertas azules, en ese patio... llorando por encadenarte a este monstruo... Entregando tu libertad a cambio de la mía...

Asuna comprende que Shino tiene razón. Ella no ha sido testigo de todo lo que ocurrió después, de cuanto ha sufrido, de cuanto ha llorado por ella... de como ha rendido su corazón a ese hombre que en ese momento besa sus cabellos con preocupación.

—Es una larga historia Shino... Pero mi vida está con mi hijo, con Yui, con mi gente... —mira al joven a su lado que sigue silencioso, pero reacio a abandonarla —Junto al hombre que amo...

—¡Puedes venir con nosotras! Nosotras... que nos hemos preparado para este día... Para rescatarte... así como tú nos...

—No quiero ir a ningún lado sin él —le interrumpe con calma.

Shino suelta la espada en este punto, se quita el velo enseñando su rostro hermoso, los ojos le arden de lágrimas contenidas, al igual que los de Asuna.

—Hermana... —abre los brazos en una invitación inequívoca.

Y Asuna se suelta de su lugar y se precipita a ella. La abraza con fuerza, hundiendo su rostro en el cuello de la menor. Kazuto se da la vuelta para echar a la guardia de allí. Pero estos parecen reacios a irse y con justa razón, pero aquella es una orden del rey. Y se cumple a rajatabla.

Finalmente, solo Alice y Eugeo quedan allí, alejados del grupo y manteniendo una distancia prudencial, con sus armas listas en caso de que sea necesario.

Las otras dos hablan en susurros mientras el tiempo corre. Empero, urge acostar al pequeño, por lo que Kazuto se acerca —Asuna, creo que voy a llevarme a Hodei.

—No espera —la reina lo detiene para tomar al pequeño en sus brazos, el infante emite algunos sonidos de protesta ante las bruscas acciones de las que es objeto, pero se acomoda rápidamente al amparo de su madre —Este es mi hijo —le dice a su hermana cuyos ojos parpadean, húmedos y brillantes.

La muchacha no se atreve a extender sus manos, aunque estas le cosquillean por verlo más de cerca, por tomarlo. Por supuesto, la silueta del monarca allí presente la intimida bastante.

—¿Debo irme? —este susurra a su vez, mirando a Shino con cierta ironía.

—Ve a descansar —Asuna le besa la mejilla y le roza amorosamente el mentón con sus dedos.

—¿Es seguro que pueda irme? ¿No tratarás de huir de mí en lo que no estoy? —prosigue juguetón.

La reina contiene una risita y acepta el beso rápido que deposita en sus labios risueños. No obstante, él sigue allí, sin duda esperando la respuesta de esa cuñada a la que no conoce lo suficiente.

—No voy a robarme a su reina, majestad —musita Shino con sequedad —. Al menos no hasta que compruebe con mis propios ojos que mi hermana se encuentra a gusto aquí.

Que esa joven lo desafíe con tanta altanería es un rasgo que le resulta muy familiar. Entrecierra los ojos, reprimiendo una carcajada mordaz. La obstinación de Asuna es algo que encuentra fascinante, pero en otros le resulta desagradable.

—Ya Shino —la detiene con un ademán —Vete a dormir. Todo estará bien...

Kazuto acepta las palabras de Asuna y hace una ligera reverencia a ambas —Alice se quedará aquí —menciona sin volverse aunque sintiendo la mirada sorprendida de su esposa en la espalda —Eugeo, ven conmigo.

—Es hermoso... —la joven de corto cabello se cubre los labios viendo al pequeño dormido —Hodei... el dios de la tempestad... —sonríe pese a sus ojos mas brillantes —Que nombre tan conveniente.

—Se puede decir que tiene un carácter indomable.

—¿Cómo su madre? —prosigue la broma deslizando los dedos por el cobrizo cabello de su sobrino, que se remueve entre sueños pero no despierta —Hasta las tierras altas han llegado los rumores de que la reina es fuerte y temperamental como un ciclón... Pero no sabía que se referían a ti.

—Shino...

—Todos los cambios que el reino estaba haciendo corrían de boca en boca como reguero de pólvora, pero yo no hacía más que pensar en mi hermana mayor, siendo prisionera de un déspota... Por supuesto, no se me ocurrió pensar que esa reina a la que todos adoraban como la misma diosa Stacia era a quien yo quería salvar —suspira —Nos hemos preparado tanto para nada...

—No digas eso —se apresura a interumpir —Quizás el destino lo quiso así.

Shino se seca los ojos con un gesto práctico —¿Seguro no quieres venir conmigo?

Tras sus palabras, la espada de Alice golpea el suelo casi en modo amenazante. No obstante Asuna no le da mayor importancia.

—¿Seguro no quieres quedarte aquí? Hay espacio para ti y...

—Ahórrate la sugerencia —la interrumpe —, ambas sabemos que no funcionaría —se inclina ante su hermana, de modo que solo ella pueda oírla, mira con recelo a esa rubia esbelta que custodia la salida y que no le quita los ojos de encima —. Basta una palabra tuya para sacarte de aquí, Asuna.

Ella mueve la cabeza en negación —No iré a ningún lado si mi rey no viene conmigo.

—En verdad, lo amas... —reconoce impresionada.

—Con toda mi alma.

—Está bien —la abraza fugazmente cuidando del infante en medio de ambas —Mi lugar no está aquí en el palacio, Asuna, así como el tuyo no está fuera de estas cuatro paredes.

—Espera Shino...

—Eso no quiere decir que ya no vendré —se corrige al ver la mueca triste en la cara de la reina —, ansío ver a Yui y ser testigo de como este niño crece... Pero no desde aquí.

—¿Estás segura?

—Sí.

—Está bien.

—Además ellas me necesitan.

Ellas, hace alusión a aquellas doncellas que también escaparon aquel fatídico día. ¿Quién hubiera dicho que su hermana se convertiría en una especie de guía para ellas? Shino siendo una muchacha silenciosa y sumisa... de poco carácter y hasta dócil. Hoy, sin embargo, es una amazona tenaz quien se inclina respetuosamente ante la reina, repite la acción ante Alice, y tras cruzar la abertura, se lleva el puño cerrado a su pecho en una promesa silenciosa hacia su hermana.

Minutos después se pierde bajo la lluvia que sigue azotando el reino.

—¿Majestad? —la voz de Alice suena preocupada al ver que la joven pelirroja no se ha movido.

—Ella está bien —murmura con suavidad.

Pero sus palabras se detienen, cuando Kazuto y Eugeo entran a la sala, el primero se acerca hasta ella y soltando un suspiro de alivio la cobija entre sus brazos y besa sus cabellos revueltos. Asuna se aferra a él en silencio.

—Ya puedes soltarme —le dice con un mohín que pretende ser enojoso.

—Aún no, todavía no puedo creer que sigues aquí —la aprieta un poco más contra su cuerpo, hasta que Asuna ahoga una risita contra su cuello.

—Puedo arrepentirme si quieres.

—¡Ni pensarlo, majestad! Ahora es mía.

—Tonto... —sisea. Pese a todo; le retribuye el abrazo hasta que su mejilla se apoya confiadamente contra el pecho masculino. Este vibra a medida que algunas palabras que no comprende salen de sus labios. Asuna alza la cabeza para verlo, las luces ondulantes de las velas se reflejan en los ojos grises del rey —¿Qué dices...?

Kazuto murmura viéndola fijamente — 'Ana 'ahbik... 'ant galbi...

—¿Qué?

—Te amo —recita —Eres mi corazón.

Y ahora sí. FINAL.

Gracias a todo el que ha leído esta historia, una de mis favoritos. La que me ha llevado a investigar la cultura oriental antigua, con algunos aciertos y algunas fallas. He dado muchos manotazos de ahogado. Lo sé. Pero aún así amo esta historia.

Basada en la premisa de la historia bíblica de Esther, aquella mujer que hechizó a un rey y salvó a su pueblo de morir por medio de un gran holocausto. WOW. Como siempre dije, extraje la idea para representarla con mi OTP.

Gracias a todos! Proximo fic a actualizarse pronto (este finde o antes) Second Chance, y luego MAR (sí, leyeron bien)

Sumi~

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Y para los que tenían alguna duda, 'Galbi' (o qalbi) significa corazón.