Disclaimer: Los personajes de Akagami Shirayukihime no me pertenecen. La trama de esta historia sí (si queréis utilizarla, por favor, consultádmelo)

Capítulo 1: De encuentros afortunados y desafortunados

Shirayuki salió por la puerta de la residencia con su bolso lleno de libros bajo el brazo. En el campus de la Universidad de Clarines no había mucha gente: algunos alumnos en pequeños grupos estaban sentados o tumbados en la hierba, otros paseaban charlando y unos pocos iban de camino a sus casas. Había una especie de pasividad alegre en el ambiente, característica de los primeros días de universidad después del verano y de las horas después de comer. La mayoría de las clases de la universidad habían terminado y los pocos alumnos con horarios de tardes ya estaban en las aulas.

Entre todas estas personas, Shirayuki caminaba con aire decidido y una sonrisa suave en la cara, contagiada de la alegría del ambiente. A pesar de que apenas llevaba una semana en la universidad, se dirigía a la bilbioteca a comprobar y contrastar los apuntes.

Como era de esperar, el edificio estaba casi vacío, lo que Shirayuki agradeció. Se instaló en una de las mesas cerca de los enormes ventanales del primer piso, rodeada de libros y hojas, y se sumergió en sus estudios.

Al cabo de una hora aproximadamente, el agradable silencio reinante se vio interrumpido por el sonido de voces que se acercaban. En las mesas, varios estudiantes alzaron la cabeza, sorprendidos. Shirayuki, entre ellos, dirigió su mirada a las escaleras, a tiempo de ver a los causantes del alboroto llegar al piso. Se trataba de un pequeño grupo de cuatro personas, compuesto por dos chicos y dos chicas. Estas últimas se dedicaban a reírse tontamente de lo que les estaba explicando el chico que llevaba la voz cantante: un joven castaño no demasiado alto que hablaba y gesticulaba teatralmente.

–Y esta es la biblioteca... Un lugar no demasiado popular, – dijo con una falsa risotada –. Creedme, si queréis vivir la auténtica vida universitaria no pasareis mucho tiempo aquí. Sé de lo que hablo, por algo soy conocido como el "príncipe del campus".

Mientras hablaba, el grupo se paseaba por entre las mesas. Las chicas colgadas del brazo de su interlocutor y el cuarto integrante del grupo siguiéndoles silenciosamente detrás. Los estudiantes que minutos antes habían levantado la cabeza molestos, habían vuelto a sus libros, como queriendo pasar desapercibidos. Shirayuki, al ver la actitud de los de a su alrededor se concentró de nuevo en sus papeles, intentando bloquear la irritante conversación de fondo.

–Raji, explícanos otra vez sobre tus coches... – pidió una de las chicas poniendo morritos. Complaciéndola, el chico comenzó a enumerar y describir detalladamente sus propiedades, mientras se acercaba peligrosamente a la mesa de Shirayuki. Esta leía por tercera vez un párrafo explicando las propiedades medicianles de la Melisa officinalis, sin ser capaz de retener ni una palabra.

–… y mi favorito es el Mustang rojo. Tiene 421caballos y pasa de 0 a 100 en 4,8 segundos. Es una auténtica maravilla de la ingeniería. No es algo que cualquiera se pueda permitir – dijo dirigiendo una mirada despectiva a las personas estudiando a su alrededor. Con estas últimas palabras, Raji se paró frente a Shirayuki, apoyándose en la mesa que los separaba. Alargó la mano hasta alcanzar un mechón rojo de la larga melena de la pelirroja y lo contempló fascinado.

– Pero aún así, podría dejarte acompañarme – dijo dirigiéndose a la chica que le miraba horrorizada –. Sin duda alguna es un color fuera de lo común…

–Emm… no gracias. – Balbuceó ella con cierta incomodidad. Había hecho un gesto con la cabeza para intentar que soltase su pelo pero Raji solo se había acercado más.

–Vamos, te daré un trato especial. – Dijo él con una sonrisa seductora. En un movimiento totalmente estudiado, se inclinó a oler el pelo de Shirayuki, sus ojos brillando maliciosamente y su cara a apenas veinte centímetros de la de ella.

Esa fue la gota que colmó el vaso. Con un golpe brusco y firme, Shirayuki apartó la mano del chico de su pelo y se levantó. Toda duda y vacilación se había desvanecido de sus ojos.

–Si no he sido clara, me repetiré: no gracias, no quiero acompañarte – comenzó Shirayuki – y si ahora me disculpas, continuaré estudiando, que es lo que todos en este edificio intentamos hacer. Si tienes que hablar, hazlo fuera de una zona donde se guarda el silencio–

Raji enrojeció de rabia y vergüenza. Miraba a la estudiante que le había desafiado y que ahora le ignoraba, lleno de incredulidad. Detrás suyo las dos novatas que le habían estado siguiendo admiradas retrocedían, queriendo alejarse de tan incómoda situación. Frustrado, alargó el brazo y barrió los contenidos de la mesa con una sonrisa envenenada.

Junto al estrépito de las cosas de Shirayuki al caer, se oyó el sonido de unas cuantas sillas al moverse rápidamente. Cuando Raji alzó la mirada hacia su alrededor vio que la mayoría de los estudiantes que tan adecuadamente los habían estado ignorando se encontraban ahora de pie, lanzándole una mirada asesina.

– ¿No la has entendido? Aquí estamos estudiando y nos estás molestando, márchate. – Dijo uno de los estudiantes. La tensión en el ambiente se hubiese podido cortar con un cuchillo.

– Me acordaré de esto – musitó Raji con rabia. El pequeño grupo de alborotadores se veía de golpe en desventaja, y tuvieron que abandonar el edificio.

Cuando se marcharon, todos los estudiantes de la biblioteca respiraron de nuevo con cierto alivio. Nadie musitó una palabra, simplemente volvieron cada uno a sus asuntos como si nada hubiera sucedido. Shirayuki recogió los papeles y objetos del suelo y se puso de nuevo a trabajar.

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Horas más tarde, Shirayuki volvía a la residencia, exhausta. Después de su sesión de estudio en la biblioteca había ido a hacer recados. Había recorrido el barrio a lo largo y ancho, desde la librería especializada cerca de la estación hasta la copistería de la universidad, pasando por un par de papelerías, correos y el súper. Andaba, pues, cargada de bolsas grandes y pequeñas.

Aunque nunca lo reconocería, le dolían los brazos y le molestaban los zapatos, después de tan larga travesía. Se moría de ganas de llegar a la residencia, cenar con sus compañeras e irse a dormir. No obstante, la residencia no aparecía. O más bien, Shirayuki no la encontraba. El campus era muy grande y desde hacía rato no reconocía ninguna facultad. Antes de seguir caminando sin rumbo, se detuvo al lado de un edificio bajo, parecido a un polideportivo, que tenía frente a la entrada un enorme plafón con un mapa del campus.

Lo contempló un rato buscando su residencia, sin éxito. Se le empezó a encoger el corazón, pero examinó nuevamente el plano, buscando nombres conocidos. Descubrió su facultad y la biblioteca, pero de nuevo fue incapaz de encontrar su residencia. Intentó deducir donde debería estar en base a la localización de la biblioteca y la facultad, pero los edificios que encontraba no llevaban el nombre de la residencia.

– ¿Necesitas ayuda?– Sonó una voz detrás de Shirayuki.

Esta dio un respingo, asustada. Su interlocutor era un chico algo mayor que ella, con unos sorprendentemente brillantes ojos azules. Tenía un aire decidido y la miraba con cierta curiosidad.

– Perdona por asustarte, mi nombre es Zen, soy estudiante de la universidad ¿estás buscando algún lugar en concreto?– Ofreció el chico de nuevo educadamente. Por mucho que le avergonzase, Shirayuki no tenía más remedio que reconocer que estaba perdida.

– Soy Shirayuki. Estoy buscando mi residencia y no aparece en el mapa… Es "El Chopo", si no recuerdo mal – dijo, roja como una amapola pero sin apartar la mirada. Ante estas palabras, Zen sonrió. Contempló durante un segundo el mapa, como para cerciorarse de algo y habló.

– No te equivocas de nombre, pero tu residencia se encuentra en la plaza Levante, en lo que se conoce como "Las cuatro copas", por agrupar cuatro residencias de estudiantes en un mismo complejo, – explicó –. Sígueme, no queda muy lejos.

Iniciaron la ruta por la universidad, conversando amigablemente. De vez en cuando, Zen señalaba los edificios y explicaba qué eran, y algún que otro dato interesante. Shirayuki tomaba nota mentalmente, intentando recordar el camino y situarse.

– Estoy cursando segundo de Derecho. De hecho, en esa facultad, – comentaba Zen en ése momento mientras señalaba un edificio alto y de ladrillo anaranjado. – Clases todas las mañanas y alguna que otra tarde. ¿Tú qué estás estudiando, Shirayuki?

– He empezado este año Farmacia – comenzó ella. Zen la escuchaba con interés y haciendo las preguntas adecuadas en cada momento. Casi sin darse cuenta, Shirayuki se encontró hablándole sobre sus prácticas de laboratorio y sus primeras impresiones.

Caminaban sin prisa por la avenida principal de la universidad, cruzándose de vez en cuando con otros estudiantes, muchos de los cuales saludaban a Zen al pasar. Shirayuki se dio cuenta de esto, pero no dijo nada.

– Aquí estamos, señorita. – Anunció Zen con una reverencia cómica cuando llegaron ante la puerta de la residencia. Shirayuki rió y le dio las gracias, mientras cogía las bolsas que le había estado llevando.

– Hasta la próxima – se despidió él.

– Que vaya bien – contestó ella.

Shirayuki entró en el edificio y sonrió recordando su bochorno al reconocer que se había perdido. Llegó a su habitación, donde empezó a ordenar las compras con prisa para poder bajar a cenar. Cuando más tarde se fue a la cama, su mente hacía ya tiempo que había dejado de dar vueltas a los sucesos del día.


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Spesseps