A/N: ¡Hola a todos! Ha sido una larga espera, pero aquí estamos de nuevo

Disclaimer: Los personajes de Akagami Shirayukihime no me pertenecen. La trama de esta historia sí (si queréis utilizarla, por favor, consultádmelo)

Capítulo 3:

Huéspedes horripilantes

Zen estaba irritado. Aunque intentaba disimularlo, los atentos ojos de Kiki no se dejaban engañar por su acto de atento capitán del equipo. Se estaba esforzando en centrar su atención en la conversación con los novatos y de mantener el ambiente alegre, pero de vez en cuando su mirada se dirigía hacia el otro extremo del local y fruncía ligeramente el ceño. Otros gestos que le delataban eran la inusual fuerza con la que agarraba los cubiertos y que apenas prestaba atención a lo que comía. Y por si esto no fuera suficiente confirmación, Mitsuhide también lo había notado.

Solo habían necesitado intercambiar una mirada para confirmar sus sospechas. La telepatía entre los dos era impecable, al menos en lo que se refería a su amigo. Ambos conocían hasta tal punto a Zen que era para ellos un libro abierto. Y en ese momento, Kiki debía reconocer que ella era partícipe de la irritación de Zen, y sin duda alguna Mitsuhide también.

En el otro lado del local, Raji Shenazard comentaba a viva voz el poder de la empresa de su padre mientras lanzaba miradas despectivas hacia la barra, donde una azorada camarera pelirroja preparaba un pedido. En las últimas dos veces que Shirayuki les había atendido, fuese lo que fuese, Raji había encontrado la manera de quejarse de su trabajo de manera humillante. Ya fuese diciendo que el menú no era de su gusto o quejándose de la disposición del local, las exigencias aumentaban el trabajo de la joven camarera.

Y en todo ese tiempo, Zen se había tenido que emplear al máximo para frenar su impulso de levantarse y acabar de una vez con ese asunto. Shirayuki le había indicado con un gesto que no interviniese y eso iba a hacer, de momento.

Desde la barra, también Suzu y Yuzuri disimulaban su incomodidad. Yuzuri se había ofrecido para cambiar zonas, pero Shirayuki no había querido ni oír hablar de ello. Debía librar su batalla, ya había aprendido que no podía dejar que fuesen otros los que solucionasen sus problemas. Y, pensaba Shirayuki, de momento las molestias ocasionadas por Raji daban más pena que trabajo.

– Ey, relléname el café, – dijo Raji cuando Shirayuki pasaba junto a la mesa. La pelirroja, que cargaba con las fuentes vacías de otros clientes, disimuló con elegancia el sobresalto que casi había enviado al suelo los platos.

–Ahora te atiendo, – contestó.

Cuando poco después se acercó a la mesa y vio la sonrisa jocosa de Raji, supo que le iba a acarrear problemas. Otra vez.

– Hola, ¿quieres pedir otro café? ¿O será algo distinto?

– No, quiero que me rellenes el café, ¿entiendes?, – respondió Raji. – No creía que fuese a ser tan difícil.

A las palabras le siguieron un coro de risas de los amigos de Schenazard que se encontraban en la mesa. A estas alturas, Shirayuki entendía muy bien que Raji pretendía convertirla en la distracción de la tarde, pero ella no iba a dejarle. Plasmó una sonrisa en su cara y explicó con paciencia.

– Como está indicado en el menú, en este establecimiento no rellenamos las bebidas. Si quieres, puedes pedir otro café.

– Lo sé, lo he leído en el menú, pero este es un caso especial, – explicó Raji seriamente.

Ante sus palabras, Shirayuki se sorprendió. Era cierto que a veces premiaban a clientes, pero nunca se daban por demanda de los estos, sino por iniciativa del local. Y nadie realmente los pedía, ya que eran gestos esporádicos de generosidad. Decidida a pensar que Raji tenía un motivo de peso, Shirayuki inquirió:

– ¿Y cuál es esa casuística?

– Que soy Raji Shenazard, – dijo el joven con aire de suficiencia.

– Ahá, – contestó Shirayuki perpleja. – Y eso significa que…

– Mi padre es uno de los grandes inversores en la universidad, y podría echarte de ella en cualquier momento, ¿te enteras? – Los amigos de Raji se rieron de nuevo. Pero el ruido del café había disminuido considerablemente y sus risas murieron rápidamente.

– Me alegro de que hayas decidido visitarnos. Pero siento informarte que la preeminenciade tu padre no es motivo para que recibas un trato preferente, señor. – Pronunció la última palabra con frialdad y, por un momento, Raji pudo entrever tras el rostro amable y cortés de Shirayuki una severidad inesperada. Por una fracción de segundo, se vio intimidado.

La mayoría de la gente a estas alturas habría comprendido que la paciencia de la camarera se había agotado y, con solo echar un vistazo a su alrededor, habría dilucido que la del resto de las personas del local, también. Pero Raji aún pensaba que llevaba la sartén por el mango en la discusión, y decidió arriesgarse con un golpe de efecto.

– Mira, pelirroja, no me rayes una segunda vez, – dijo alzando la voz, hasta hablar a voz de grito –. Y haz lo que te digo. Puede que lo dejase pasar el otro día, pero mi paciencia tiene un límite.

Entonces, varias cosas sucedieron a la vez. Desde el otro lado del comedor, Zen perdió los estribos y se levantó con estrépito. El resto de los clientes no permanecieron impasibles; la gran mayoría ahogaron una exclamación de sorpresa o pronunciaron murmullos de desaprobación, mientras que otros siguieron el ejemplo de Zen, dispuestos a intervenir. Detrás de Shirayki, Suzu y Yuzuri se materializaron en un instante, con sendos gestos de enfado.

Pero entre el tumulto se alzó un sonido singular; desde la entrada del establecimiento alguien se aclaraba la garganta. Una mujer rubia con gesto serio y mirada suspicaz llamó la atención de los presentes, saludó con un gesto de cabeza a algunas personas de la sala y se acercó a Shirayuki y Raji. Su presencia, extrañamente, pareció destensar el ambiente en un instante y se reiniciaron las conversaciones en las mesas. Zen, a regañadientes, se sentó de nuevo.

– Hola, soy Haki, la encargada del local, – se presentó a Raji. – ¿Cuál es el problema?


– Así que le has echado, sin más, – preguntaba Maikiri a su hermana desde su lugar en uno de los taburetes de la barra. A su lado, Kiki y Zen reordenaban las piezas del ajedrez, preparando una segunda partida. Lyras había cerrado hacía un cuarto de hora y en la sala del local aún se hablaba del incidente del día.

– En Lyras no echamos a la gente, les invitamos a abandonar el local si no se encuentran a gusto en él o se lo impiden a otros, – contestó Haki sin levantar la mirada de los papeles de cuentas. Subrayó uno y se lo pasó a Mitsuhide, que a su lado revisaba su propio montón de números, concentrado. Comentaron algo, ajenos a los demás de la sala, y prosiguieron su trabajo.

– Pues me alegro que le echaras, lástima que no haya podido verlo, – continuó Maikiri, ignorando el hecho de que su hermana estaba ocupada. La conocía lo suficiente como para saber que no iba extraerla totalmente de su trabajo, era una habilidad que reservaba para casos especiales.

– Desde luego. Suerte que has llegado a tiempo, se nos estaba a punto de escapar de las manos – comentó Suzu distraídamente mientras guardaba los alimentos del mostrador. Yuzuri asintió al oír esto.

– Yo no logro entender por qué ha decidido armar tanto alboroto, – comenzó. – Cierto que suele puede ser seco y arrogante, pero a mí nunca me había faltado al respeto, al menos conmigo delante.

Esta última frase iba dirigida con cierta interrogación a Shirayuki, que sabía muy bien que les debía una explicación. Hasta entonces, se había mantenido un poco apartada de la conversación, sumida en sus pensamientos mientras barría la sala. No se sentía avergonzada de su actuación, y Haki no había mostrado signos de desaprobación cuando le había explicado lo sucedido. No obstante, lamentaba haber comenzado con mal pie su trabajo en Lyras, y no haber sido capaz de poner punto y final a la situación por su propia cuenta. Otra vez, pues en la biblioteca le había sucedido lo mismo. Suspiró:

– Podríamos decir que no es la primera vez que me enfrento a Raji. Por lo que puedo suponer que pretendía vengarse haciéndome quedar mal. –

Shirayuki les explicó el anterior encontronazo con Raji. Lo que arrancó más de una carcajada de Zen y Maikiri.

– Esto lo explica todo, – dijo Zen cuando el relato acabó. Parecía que iba añadir algo más, pero se lo pensó mejor y calló.

– Esto ya está, – anunció en ese momento Mitsuhide, tras acabar de revisar el último papel del montón. Se reclinó en el asiento, dispuesto a continuar la conversación, pero Kiki le cortó.

– Si ya habéis acabado, es hora de que nos vayamos –. Tanto Zen como Mitsuhide parecían reticentes, pero ninguno se atrevió a cuestionarla.

– Sí. Ya va siendo hora de acabar de cerrar, – aseveró Haki. – Gracias por la ayuda, Mitsuhide. Espero volver a veros pronto por aquí.

Tras despedirse y abandonar el local, Kiki, Mitsuhide y Zen se sumergieron en la noche, charlando despreocupadamente. En Lyras, se acabaron las últimas tareas rápidamente, entre los bostezos de algunos.

Durante el camino de vuelta a la residencia y las respectivas casas, Haki y Shirayuki hablaron un rato, rezagándose ligeramente del grupo principal, donde Suzu, Yuzuri y Maikiri conversaban jovialmente. Haki se interesó por las impresiones del primer día de Shirayuki, y a la vez le corrigió en algún aspecto. No obstante, haciendo referencia al incidente con Raji, solo le confirmó que había actuado correctamente.

– Como sabes, Lyras se trata de un proyecto que nació como prototipo de mi tesis doctoral, – explicó Haki a su empleada novel. – Quiero proponer cambios y mejoras al modelo tradicional de un negocio pequeño, demostrando que estas proporcionan beneficiossensibles. Por eso, este café tiene un sistema tan innovador.

– No negaré que estees un proyecto ambicioso, – prosiguió. – Pero estoy convencida de que podemos llevarlo a cabo. Espero poder contar contigo durante mucho tiempo.

– Así es –. Shirayuki sonrió, en su interior rebosante de júbilo. Lyras era una gran familia, y ella había pasado a formar parte. Por primera vez desde que estaba en la universidad, tan lejos de casa, había encontrado algo de lo que formar parte.

Mucho después, la pelirroja aún sentía una calidez insospechada en su interior.


A/N: Gracias por tomaros el tiempo de leerlo

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