JuJu's Bizarre Adventure: Bold as Love
Escrito por agu10play en colaboración con argent1n0

Capítulo 1 – Call of the Wilde

Desde pequeño, el joven zorro Nicholas Wilde no disfrutaba especialmente de los días de lluvia pues, casualidad o no, el cielo siempre había precipitado en los momentos más difíciles de su vida, y las gotas de agua fría que ahora golpeaban contra el pelaje de su rostro no hacían más que recordarle esos malos momentos. Maldijo por lo bajo el hecho de no haber empacado su paraguas mientras bajaba por la escalinata de la estación de Bunnyburrow, la única parada del expreso de Zootopia, y sintió el fango bajo sus patas colarse entre sus dedos.

Hacía mucho tiempo que no visitaba un pueblo rural como el que ahora tenía enfrente, pero tenía pensado disfrutarlo en lo que durara su visita en el momento en que dejara de lloviznar. Hasta entonces, esperaría pacientemente en la habitación de hotel que había reservado, y se recostaría para disfrutar de una merecida siesta. Una vez descansado, retomaría su trabajo como correspondía.

Mientras recorría las calles que poco a poco se despejaban por causa del mal tiempo que, según la coneja que pasó a su lado segundos antes, derivaría en una tormenta en poco tiempo, Nicholas se tomó la libertad de explorar el pueblo con la mirada. El área comercial que circundaba la estación estaba llena de negocios de todo tipo, desde inmensas tiendas de abarrotes a tiendas de electrónica, mueblerías, florerías y todo tipo de locales, algo que el zorro realmente no se esperaba de un pueblo de conejos donde la mayoría de sus habitantes trabajaba el campo. Tenía en mente algo mucho más rústico, pero el presente escenario no le molestaba. De hecho, incluso le hacía pensar que ni siquiera había salido de la ciudad.

Luego de caminar cinco calles con la cabeza descubierta, el zorro vestido de traje y guantes negros cruzó la entrada del hotel con gesto cansado, limpiándose el fango de sus patas en el recibimiento para luego acercarse al mostrador, donde una joven coneja blanca de ojos rojos con camisa rosa a cuadros le recibió con una sonrisa.

—¡Buenos días señor! ¿Qué se le ofrece?

—Buenos días, señorita... Lucy —nombró con una sonrisa al leer la tarjeta en su pecho, mientras se quitaba los guantes y los guardaba en el bolsillo derecho de su pantalón—. Mi nombre es Nicholas Wilde, tengo una habitación reservada.

—Nicholas... ¿Piberius Wilde?

—Exactamente.

—Aquí tiene, es la 302 —dijo al tenderle una tarjeta—. Suba por las escaleras al tercer piso, es la primera puerta a la izquierda. No tiene pérdida.

—Muchas gracias, Lucy.

—¡Un placer! Si llega a necesitar algo, sólo avíseme —dijo alegremente, y el zorro se dispuso a pasar junto al mostrador para subir las escaleras, no sin antes dejar caer sus llaves "accidentalmente", apenas pisando los primeros escalones cuando la recepcionista le llamó la atención.

—¡Señor Wilde! Sus llaves… —se acercó para entregárselas, y el zorro capturó su pata entre las suyas con delicadeza.

—Oh, muchas gracias Lucy. Debo de estar algo distraído —dijo al tomar las llaves, sorprendiendo a la coneja por aquel contacto—. Que tenga buenos días —se despidió, subiendo las escaleras.

"Habría sido demasiado fácil si fuera ella. Tal parece que tendré que seguir buscando", pensó mientras observaba la llave de la habitación—. "Una tarjeta magnética, ¿eh?"

Desde un principio se creyó que encontraría algo mucho más rustico de lo que tuvo enfrente cuando abrió la puerta de la habitación: calefacción, un mini bar, sábanas de seda, almohadas de plumas, y una bella vista del pueblo en su totalidad. Sonrió al pensar que, cada tanto, merecía la pena trabajar para la fundación S-paw-agon. Y hablando de eso, ya iba siendo hora de que diera su informe, por lo que tomó su celular y llamó al contacto indicado. Continuó echando un vistazo a su alrededor en lo que el tono sonaba, y cuando oyó la voz de su compañera regresó su atención al teléfono rápidamente.

Wilde, ¿eres tú?

—¡Clarice, luz de mis ojos! Por supuesto que soy yo. ¿Acaso no tienes un identificador de llamadas ahí?

Sí, pero considerando tu forma de trabajar cabe la posibilidad de que te hayan asesinado y usado tu teléfono. Siempre hay que estar listo para cualquier escenario cuando se trata de ti.

—Me tienes bastante fe, preciosa. Aprecio el gesto.

¿Qué se te ofrece?

—Sólo quería avisar que ya estoy en el hotel. Esperaré a que la lluvia pare y… saldré a pasear.

Entendido. ¿Algo más?

—Que quisiera que estuvieras aquí conmigo, tomarnos algo del mini bar y reír como lo hacíamos antes de que te dieran un trabajo de escritorio.

Si estuviera ahí, te pondría las patas en la tierra de una bofetada si hiciera falta, tal y como lo hice la última vez. Tienes trabajo que hacer, Wilde. Aún estás en servicio.

—Ugh... recuérdame por qué me mandaron a mi, cuando se suponía que tendría vacaciones dentro de un par de días.

Podrías considerar esto como unas vacaciones también, genio. Después de todo, te están pagando todos los gastos mientras estás ahí, sin mencionar que tienes goce de haberes. Lo único que debes hacer es rastrear a la Usuaria.

—Podrían haber mandado a una docena de agentes más para eso, no me necesitaban realmente. Tal vez el director sólo quiere fastidiarme.

Tristemente, te necesitan más de lo que piensas. Hace unos días, la fundación recibió un dato de un anónimo sobre una Usuaria ocultándose en ese pueblo, y es nuestro trabajo encontrarla y ponerla a salvo.

—Creí que nuestra fundación sólo se ocupaba de mantener vigilados a los Usuarios para que no cometieran ilícitos, no de custodiarlos.

Así era, hasta que S.A.V.A.G.E se puso en movimiento. En los últimos dos días han desaparecido muchos de los Usuarios que teníamos vigilados en la ciudad, y estamos seguros de que esa organización es responsable de ello.

—¿Cómo es que estamos tan seguros?

Es casi como si se los hubiera tragado la tierra. Tiene que haber sido obra de otros Usuarios, y sabemos que hay varios trabajando para ellos.

—Aun así, encontrar a una coneja en particular en un lugar como este... ni siquiera es buscar una aguja en un pajar, es buscar una aguja entre un montón de agujas.

¿Te estás rindiendo antes de comenzar?

—Claro que no, sabes que nunca he rechazado un desafío. Es por eso que aún no he desistido en que aceptes mi invitación de ir a cenar.

Lo lamento Wilde, pero tengo que recordarte que estoy en pareja, comprometida, casada, y unida por la cadera con mi trabajo.

—Es una suerte que no sea celoso.

Eres un tonto.

—Pero soy tu tonto —respondió alegremente, sonriendo incluso más cuando percibió una risa contenida por parte de su compañera.

Será mejor que empieces a concentrarte. Tu habilidad es la única que nos da una oportunidad de encontrarla, pero debes saber que hay probabilidades de que S.A.V.A.G.E ya esté tras ella también. No te confíes, y vigila tu espalda.

—Es lindo saber que aún te preocupas por mí.

Me preocupa más que cumplas con tu trabajo. Ahora tengo que colgar, tengo varios archivos de los que aún debo ocuparme. Buena suerte, Wilde.

—Siempre tan simpática —sonrió el zorro antes de guardar el celular en el bolsillo, dejándose caer sobre la mullida cama matrimonial y cerrando sus ojos con una sonrisa, intentando olvidar que en el exterior aún llovía. La sonrisa en sus labios se borró poco a poco a medida que recordaba la razón por la que allí se encontraba, considerando el peso y la dificultad de la labor que debía de realizar.

En el pueblo, según el último censo, había alrededor de ochenta y dos millones de conejos habitando las madrigueras, y el zorro tenía que encontrar a una sola en el medio de semejante multitud. ¿Pero cómo hallar a una en particular en un lugar como ese? Ahí era en donde entraba el fantástico Nicholas Wilde quien, haciendo uso de su gran habilidad, encontraría a la coneja especial, si de verdad existía. Para eso pasaría los siguientes días recorriendo el lugar, hablando con los pueblerinos y, poco a poco y sin saberlo, estos conejos lo llevarían directamente hacia su objetivo.

—Y pensar que, si S.A.V.A.G.E no hubiera comenzado a moverse, tal vez ni siquiera tendría la necesidad de estar aquí —susurró para sí mismo, exhausto.

Por razones de seguridad, S-paw-agon vigilaba a los animales con habilidades especiales que habitaban la ciudad y sus alrededores, asegurándose de que no intentaran usar sus poderes en actividades ilegales. Pero recientemente se había sabido de una organización que reunía a los animales para sus propios fines maléficos: S.A.V.A.G.E.

Nadie sabía quiénes eran, o desde donde operaban, pero no mucho tiempo atrás habían comenzado a reunir a todos estos mamíferos, quienes de un momento a otro desaparecían sin dejar rastro. La fundación había comenzado a enviar a sus agentes en busca de los animales que aún no habían desaparecido, para ponerlos a salvo en instalaciones perfectamente aseguradas e impedir que las filas de la organización aumentaran incluso más.

Normalmente la fundación S-paw-agon no hubiera hecho caso a un dato anónimo como el que habían recibido en cuanto a la coneja, pero si la habilidad que detallaban sobre ella era cierta, entonces no podían permitir que cayera en las patas equivocadas. De suceder, S-paw-agon se habría hecho con un poderoso enemigo. El solo pensar en todo lo que podía suceder si fallaba en su misión no hizo más que provocarle cansancio al pobre zorro quien, azorado por la responsabilidad, cayó dormido al poco tiempo sin siquiera darse cuenta.


Unas horas después, el zorro de pelaje naranja y ojos verdes ya estaba saliendo por la puerta principal del hotel, no sin antes haberse vestido apropiadamente para mezclarse entre los civiles. Una camisa verde y corbata azul marino con jeans color crema fue el conjunto elegido, y estaba bastante contento con el resultado. Después de todo, debía parecer un zorro de negocios que había ido allí de vacaciones.

Si bien aquella era una tarde gris, pues las nubes aún cubrían el cielo, no parecía que fuese a llover de nuevo, por lo que el zorro se dispuso a hacer su labor y se internó en el pueblo con el sólo objeto de pasear, observar y escuchar. La mayor parte de las veces, las mejores pistas llegaban a él cuando no se molestaba en buscarlas. En este sentido, se podía decir que Wilde creía en el destino, creía que los animales se encontraban con quien debían encontrarse, en el momento en que debían hacerlo, y dónde debían hacerlo. Y si el destino estaba de su parte esta vez, entonces encontraría a la coneja que buscaba pues, tal y como ella, él era un Usuario, y tal y como decía su jefe, los caminos de los Usuarios estaban destinados a cruzarse.

Sus pasos no tardaron en dejarlo en la puerta de la escuela del pueblo cuando la campana sonó, y una marabunta de pequeños conejos, corderos y ovejas salieron a la carrera con intención de alejarse tan rápido como pudieran de aquel lugar que los niños sólo perciben como una prisión con horario de nueve a cinco. Sólo entonces Nicholas cayó en la cuenta de que, luego de cambiar su vestuario, había olvidado colocarse sus preciados guantes aislantes que evitaban que utilizara su habilidad de una manera no deseada, y esto fue exactamente lo que sucedió cuando los niños pasaron a su lado sin darle tiempo a alejarse, rozando sus patas. Intentó levantarlas para evitar el contacto, pero los conejos saltando se encargaron de frustrar aquel intento.

"¡Que bien, por fin a casa!", "tengo que ir a casa de Enrico y devolverle sus juegos", "si hago la tarea temprano de seguro mi hermana verá esa película conmigo", "¿dónde está Roy? Cielos, quería caminar con él a casa", "espero no haber olvidado la carpeta otra vez en casa de Ariadna", "faltan sólo unos cuantos días más para las vacaciones, ¡si!".

—Maldición —dijo el zorro por lo bajo cuando los pequeños terminaron de pasar a su lado, sufriendo una fuerte jaqueca.

Ya que su habilidad le permitía conocer los recuerdos de los animales cuando hacía contacto con ellos, debía guardarse del contacto indeseado mediante los guantes que había olvidado colocarse antes de salir del hotel. Y varios contactos como los que acababa de sufrir sólo le traían lo que el llamaba "sobrecargas de información", un montón de datos sueltos e innecesarios que sólo resultaban en un fuerte zumbido en lo más recóndito de su mente.

Se tomó un momento para recostarse contra una pared, esperando a que la molestia se fuera, y cuando las palpitaciones aminoraron el zorro se dispuso a continuar con su camino. Aún tenía mucho trabajo que hacer, y disponía de poco tiempo para lograrlo. No sabía si S.A.V.A.G.E ya había enviado a uno de los suyos a buscar a la coneja también, pero no iba a permitirse perder contra nadie. En ese ámbito, su habilidad resultaba invicta, y se aseguraría de que continuara así.

Pero antes de hacer nada más, requeriría de su cura natural para la jaqueca provocada por las sobrecargas de información que muy de tanto en tanto sufría por una razón u otra: moras. Aquella ambrosía de dioses de sabor inigualable curaba cualquier mal que el zorro pudiera sufrir -o al menos se convencía de ello-, por lo que buscó rápidamente una verdulería en las cercanías. Sus ojos hallaron una a menos de media calle, y el zorro enfiló rápidamente hacia ella, feliz de ver que no había fila alguna para comprar.

—¡Buenas tardes! ¿Hay alguien? —llamó en la puerta al ver que no había nadie atendiendo, y una cálida voz le respondió con tono alegre.

—Aguarde un momento, ¡enseguida lo atiendo! —dijo al salir.

Tal fue la sorpresa del zorro cuando, al contemplar a la verdulera, encontró a una joven coneja gris de ojos violeta que vestía prendas no menos que particulares. Sus ojos vagaron por su short de jogging azul roto que terminaba arriba de las rodillas, una playera blanca con un corazón azul en el centro del pecho, y una chaqueta de jean sin mangas. Todo esto sin mencionar el colgante dorado con la forma del símbolo de la paz en su cuello, y los varios aros dorados de diferentes tamaños que decoraban su oreja derecha. Su apariencia y su brillante sonrisa le recordaban a una juventud que él no había sabido disfrutar, y pensó en la suerte que debía tener aquella coneja, con todo un mundo de oportunidades delante de ella.

—¡Disculpe la tardanza! Dígame, ¿qué se le ofrece? —preguntó con entusiasmo, y Nicholas respondió con una sincera sonrisa.

—Buenas tardes, señorita. Quisiera medio kilo de moras, si no es mucha molestia.

—Por supuesto, un momento —asintió, tomando una bolsa que tenía a la pata rápidamente, y llenándola con el fruto solicitado de uno de los cajones con plena agilidad.

—Parece que tendremos buen tiempo el resto del día, ¿no le parece? —intentó entablar conversación.

—Nah, de seguro lloverá de nuevo en unos minutos —dijo al terminar de llenar la bolsa, para voltearse y encontrar al zorro dirigiéndole una mirada interrogante—. Sólo tiene que mirar las nubes, aún no han terminado su trabajo aquí.

—A veces las nubes pueden ser tan engañosas como los animales.

—Quizá, pero por suerte yo sé leerlas muy bien. Son diez con cincuenta —solicitó ella, y Nicholas procedió a extraer el cambio de su billetera.

—Es una habilidad que en estos días no viene nada mal, señorita...

—Judy, es un placer señor...

—Wilde, Nicholas Wilde —dijo al tomar la bolsa con la pata izquierda, y tendiéndole la derecha. Judy le dio un fuerte apretón, y durante aquel instante, Nicholas fue capaz de percibir fugaces retazos de la información más reciente y más al alcance.

"De verdad que no sabe combinar bien la ropa, creo que le quedaría mejor una camisa color verde claro", "¿Será de por aquí? Creo que nunca lo había visto", "Quizá no tenga un buen sentido de la moda, pero sin duda es muy apuesto".

Nicholas rompió el apretón de patas antes de que se prolongara más de la cuenta, con una amplia y divertida sonrisa dibujada al ver que había impresionado a la vendedora.

"Puro encanto Wilde", pensó.

—No es de por aquí, ¿verdad? —preguntó con curiosidad.

—Nop, a decir verdad vivo en Zootopia, pero vine aquí de vacaciones para alejarme un poco del ajetreo en la ciudad.

—¿En verdad? Quiero decir... sólo tuve oportunidad de ir una vez, pero Zootopia me pareció una ciudad encantadora. ¿Quién querría alejarse de ella?

—Los animales que viven ahí —dijo el zorro, recibiendo una divertida risa por parte de la coneja en respuesta, cuando una coneja más pequeña asomó por la trastienda en busca de la mayor.

—¡JuJu! —gritó con fuerza—. ¡Kathy dice que tienes que ayudarla a preparar la cena hoy!

—Cielos, lo había olvidado. Dile que terminaré aquí en un momento e iré, que Daisy tome el relevo por un rato. ¿Está bien? —la pequeña asintió en respuesta, y partió al trote.

—¿JuJu? —dijo el zorro, mientras se le dibujaba una sonrisa—. No había escuchado ese nombre por estos pagos, ¿es extranjero?

—En realidad me llamo Judy June, pero todos me dicen JuJu.

—Es un lindo nombre —dijo sinceramente—. Como le decía... JuJu, no todo es color de rosa en la gran ciudad, por más que lo parezca.

—O quizá es usted quien no tiene deseos de ver las cosas de ese color —retrucó, disfrutando de aquel intercambio con el zorro, tanto como él lo hacía.

—No soy una nube, señorita. No lograrás leerme.

—Quizá leer nubes no sea mi única especialidad —se apoyó sobre el mostrador, y Nicholas rió para sus adentros.

—¿Qué tal si te dijera que... puedo leer a los animales? Ver en sus ojos, y conocerlos más que lo que se conocen a sí mismos.

—Diría que es una habilidad bastante útil —respondió ella, retadora.

—No me crees, ¿verdad? —preguntó, y la coneja se encogió de hombros con una sonrisa—. De acuerdo, te lo probaré. Dame las patas —ofreció las suyas, pero la coneja dudó un instante—. Vamos, dámelas.

—Está bien, pero espero no arrepentirme de esto —puso sus patas sobre las del zorro, quien las sujetó con una de sus garras.

—No lo harás, créeme —convenció el zorro, cerrando sus ojos. Mientras que Judy creía que Nicholas sólo fingía concentrarse, el otro se zambulló en los recuerdos de la coneja, en un intento por obtener cualquier información útil que pudiera conducirle a la Usuaria que buscaba—. Creciste en una granja...

—Eso es bastante obvio. Es de conocimiento público de todo Bunnyburrow que mi familia está conformada por los mejores granjeros de la comarca, y este es uno de los tantos negocios en que vendemos las verduras que cultivamos. No tomaste muchos riesgos ahí —dijo la coneja, arqueando una ceja.

—Aguarda, aguarda —pidió el zorro, aun buscando—. Tus padres te quieren demasiado, al igual que tus... doscientos setenta y cuatro hermanos —enumeró al abrir uno de sus ojos, buscando confirmar el dato.

—Acertó en el número, muy bien. Pero aún no estoy impresionada.

—De acuerdo, entonces escucha esto —se sumergió incluso más, aprovechando el poco tiempo del que disponía para encontrar algo útil, y entonces apareció. El zorro no pudo evitar abrir los ojos, y soltar lo que acababa de descubrir—. Cuando eras pequeña, te lastimaste con un metal extraño. Tuviste una infección, y una fiebre muy alta, más de lo normal —comenzó a decir, y la sonrisa de Judy se desvaneció al instante mientras intercalaba su mirada entre los ojos del zorro y sus patas que ahora sostenían las suyas—. Los doctores creyeron que no sobrevivirías, pero lo hiciste y...

—Uh... de acuerdo, creo que es suficiente —dijo al retirar sus patas rápidamente, y Nicholas comprendió el error que había cometido.

—¿Acaso te asusté?

—Para nada, es sólo que... me estuvo tomando de las patas mucho tiempo, señor Wilde. ¿Qué tal si estuviera casada? Mi marido podría salir de la trastienda y patearle el trasero.

—No veo anillo en ese dedo.

—Podría habérmelo quitado para trabajar —respondió con una astuta sonrisa.

—No lo hizo —negó con la cabeza.

—¿Cómo está tan seguro? —preguntó, cuando de un momento a otro comenzó a llover. Pasaron en silencio unos pocos instantes, hasta que el zorro lo rompió.

—Puedo leer a los animales tan bien como usted puede leer las nubes —sonrió al tomar una de las moras de la bolsa para engullirla de un bocado. Eran tan deliciosas como esperaba que fueran—. Creo que es hora de regresar al hotel. Ha sido todo un placer —se despidió el zorro, disponiéndose a partir. Para ese instante, Judy había recuperado su típica y jovial sonrisa.

—Lo mismo digo, Nicholas. ¡Espero nos visite nuevamente!

—Delo por hecho, JuJu —agitó una pata al mirar a sus espaldas, antes de devolver la vista al frente—. Delo por hecho.

Mientras el zorro se alejaba del local de la coneja, una misteriosa figura observaba la escena mediante binoculares desde un piso alto del edificio de enfrente. Aquella tomó su celular en una pata mientras veía a la joven coneja retirarse al interior del negocio nuevamente.

—Señor... si, soy yo. Confirmo que el zorro ha llegado a la madriguera —habló por el auricular, recibiendo una breve respuesta por parte de su interlocutor—. Si señor, me pondré patas a la obra enseguida —respondió para cortar la comunicación, sonriendo mientras se relamía sus afilados dientes—. Tu momento ha llegado, conejita —susurró, impaciente por la pronta caída de la noche.