Dicen que, debajo del agua, el sonido va a una velocidad mucho mayor que por el aire. Dicen que lo que suena en el agua, puede oírse a millas a la redonda. De ser así, ¿Qué se oirá en aquella zona? ¿Qué se oirá bajo aquél solitario faro, en alta mar? ¿Será un explorador externo capaz de detectar el colapso de la antaño lujosa ciudad?
Puede que sí, puede que no. Pero, si algo es seguro, es que quien se acerque a las ventanas acristaladas de Hephaestus podrá observar al pequeño grupo que está diezmando los splicers que ahora pueblan el centro de control geotérmico.
Antiguos compañeros de Roy Salazar, que hace no tanto estaban luchando por mantener en funcionamiento las turbinas geotérmicas que alimentaban a la ciudad entera. Anteriormente cerebritos, habían sido deformados por el ADAM, convertidos en mutantes adictos. Lo único que los diferenciaba de Roy era que, en su ambición, el joven ingeniero sabía que había algo que lo aguardaba más allá, algo después de Rapture. Roy tenía algo por lo que luchar, por lo que aguantar. Ellos no. Y esa pequeña diferencia, esa minúscula disparidad en su causa, era lo que hacía que estuvieran en extremos opuestos de la escopeta. Y Roy apretaba el gatillo, y las balas de fósforo lanzaban a los splicers hacia atrás, estallando en llamas. A su espalda, Ikana Diamond hacía lo que mejor se le daba, usando los plásmidos para convertir a todo aquel que se le ponía delante en una estatua de hielo, y para terminar, Bunker, el grandísimo Big Daddy, los hacía estallar en añicos.

- ¿Es eso todo lo que tienes, Ryan? - Gritó Roy. - ¿Es esa toda la fuerza que puedes convocar? ¡Si el dirigente de Rapture es así de débil, entonces lo mejor es que Rapture quede en manos de Atlas y los suyos!
- ¿Débil? - Dijo la voz de Ryan, por megafonía. Ikana y Roy se miraron. - ¿Crees que soy débil sólo por haber conseguido engañar a Karlosky? Puede que hayas conseguido entrar en Hephaestus, pero si crees que vas a terminar en algún lugar que no sea mi pared de trofeos estás muy equivocado. ¡Rapture nunca quedará en manos de un parásito como tú!
- ¿Parásito, señor Ryan? - Replicó Roy, mirando a la cámara. - ¿Me recuerda quién se pasa el día "administrando cosas" jugando al golf en su despacho y quién se patea Rapture de arriba abajo para arreglar los desperfectos de Rapture? ¡Todos estos splicers eran los verdaderos trabajadores, los que, junto con McDonaugh, mantenían en pie la ciudad! ¡Usted es el único parásito aquí, usted y todos los estirados que ha invitado en su ciudad! - Ikana se mantuvo en silencio, no sólo porque no tuviera nada que decir... Sino porque sabía que, en cierta forma, ella había sido uno de esos parásitos. En su faceta de patinadora de élite, al menos.
- En una cosa has acertado, chico. - Resonó Ryan por megafonía. - ¡Esta es MI ciudad! ¡Yo la he construido y yo la he llevado a la gloria! ¡Y no pienso dejar que un mequetrefe de tres al cuarto me dé lecciones de moral!

Acto seguido, dos bots de seguridad aparecieron tras una esquina, con su pitido habitual, brillando rojo y tiroteándolos nada más verlos. Pero a estas alturas del partido cada uno en el grupo tenía claro su papel, y mientras Bunker los protegía de los disparos, Ikana congelaba uno de los bots, cubriéndolo de hielo, mientras Roy usaba la pirateadora a distancia para hacerse con el control del otro.
Estaban esperándolo, igual que esperaban calentar a Ryan y obligarlo a prestarles toda su atención.
- En el fondo, ¿Sabéis qué? En el fondo no importa. - Dijo, y podían adivinar que sonreía, en su sillón. - Porque ésta vez, la barrera que me separa a mí, el empresario, de vosotros, los parásitos, no es sólo metafórica.
- ¿De verdad va a jugar a eso, señor Ryan? - Intervino Ikana, sin poder evitarlo. - ¿Va a esconderse en su despacho y esperar a que su ci... a que Rapture se derrumbe sobre sí misma? ¡Está bien! Juegue a ser el rey de las cenizas si quiere, pero no podrá evitar que nosotros salgamos de aquí!
- ¡Rapture prevalecerá! - Replicó Andrew Ryan. - ¡Atlas y sus rebeldes no son más que necios, destinados a desaparecer, ahogados en su propia corrupción! En cuanto a vosotros... ¡No seréis los primeros que habéis intentado salir de aquí, ni los primeros en encontrarse con un obstáculo inquebrantable! Desde el más grande hasta el más pequeño... ¡Rapture es para siempre!

- En eso tiene razón. - Suspiró Roy, con los bots de seguridad, pirateados, zumbando en torno a él. - Está demasiado bien protegido. Para gente de a pie, como nosotros, es imposible llegar a su nivel. Pero, como suele ocurrir con la gente grande como usted, ha cometido un error. Un error catastrófico que le puede costar mucho. Un error que quizá, un día, le cueste la vida.
- ¿Y qué error es ese, muchacho? - Aquella transmisión fue importante, no por las palabras de Andrew Ryan, sino por el sonido de algo ligero cayendo al suelo que se oyó tras ellas.
- Has pasado por alto a los más pequeños. O, en éste caso, a las más Pequeñas.
- ¿Qué...? - La voz del empresario se oyó agitada. - ¿Qué estás haciendo aquí, mocosa? - El Big Daddy gruñó. Aquella táctica no le gustaba, ya que implicaba que la Little Sister estuviera fuera de su alcance. - ¿Qué tienes ahí? Aparta, pequeño monstruo. ¡Te he dicho que te te apartes! - Las luces de la escafandra de Bunker tornaron color ámbar. - ¡No te atrevas a apuntarme con eso!
- Ya sé que no eres un ángel. - Se oyó la voz infantil de la pequeña Alice. - Pero tío Roy me lo ha pedido. Es para el señor Pompas.

Y, entonces, Andrew Ryan lanzó un grito de dolor. - ¡Ya está, Alice! - Gritó Ikana, al oír al otro lado los sonidos de los bots de seguridad. - ¡Corre, corre al respiradero! - Las balas de oían por los altavoces, cuando los bots trataban de alcanzar a la pequeña de la aguja. - ¡Ven con nosotros, con tu papá!
- ¡Maldita niña de mierda! - Gritó Ryan. - ¡Te mataré! ¡Mataré a todos tus amigos y te crucificaré en medio de la sala de trofeos!
- ¡Noo! ¡Duele, señor Pompas! ¡Hazles daño, duele! - Gritaba la voz de la pequeña, que se alejaba, y el señor pompas, el gigantesco Big Daddy rugió, y con un golpe de escudo, destruyó el altavoz del que provenían los gritos. Sí, dolía... Pero sabían que la pequeña era capaz de regenerarse de aquello, y de mucho más.

- ¡Vamos! - Gritó Roy, poniéndose en marcha. - ¡Ya tengo el hacedor de muestras genéticas! ¡Tenemos que volver al conducto de ventilación antes de que la encuentre algún splicer!
Y así fue como comenzó la última parte de su accidentado periplo. Así fue cómo el grupo de Roy e Ikana comenzó su huida, hacia la libertad. Su huida contrarreloj, contra la misma muerte.
Una embestida de Bunker libró el conducto por el que salía la pequeña de splicers, la pequeña se abrazó lloriqueando a su Protector, y sin detenerse a matarlos, los cuatro viajeros echaron a correr por el pasillo acristalado hacia la batisfera, bajo la atronadora voz de Andrew Ryan.
- ¿Os creéis listos? - Gritaba, rabioso. - ¿Os creéis ingeniosos? ¿Creéis que tenéis o habéis tenido alguna vez alguna posibilidad de salir de aquí? ¡El compromiso con Rapture es de por vida! ¡Yo os sentencio a muerte, y Rapture será vuestra tumba! ¡A todo el personal disponible! Tres gusanos han creído que podían desafiarme a mí, deasfiarnos a todos nosotros! ¡Tienen la absurda esperanza de poder llegar sanos y salvos hasta el centro de bienvenida, para salir y contarle al mundo de la existencia de Rapture! Está en nuestras manos enseñarles lo que hacemos con esas esperanzas. ¡Quiero a Roy Salazar y la señorita Diamond vivos! - Gritó, resonando por el hangar de la batisfera por el que ahora corrían Ikana y los demás. - Sobre los otros dos... Quiero que le saquéis a ese pequeño monstruo hasta la última gota de su sangre mutante... Y quiero que lo hagáis despacio.

Si las anteriores palabras apasionadas de Ryan no habían encendido a los splicers, probablemente a los de todo Rapture, aquellas palabras y aquella oferta de seguro lo habían hecho. No podían perder ni un momento. No podían pararse ni siquiera a estornudar.
Por suerte, el camino al Metro de Rapture era lo suficientemente corto como para que ningún splicer ofreciera verdadera resistencia, y dejando detrás un campo de estatuas de hielo hechas añicos, se pusieron en marcha a través de Rapture, en dirección al Centro de Bienvenida. En dirección, a la libertad.

Mientras tanto, se dedicaron a reagruparse, aclarar las ideas y contar la munición. Metieron la mayoría de jeringas de EVE en la riñonera de Roy, donde antes llevaba la munición normal, aunque Ikana se guardó alguna en la funda de su pierna, oculta, que antes llevaba una pistola. Había servido bien aquella arma, aunque la había perdido tiempo atrás. Tal vez en Fort Frolic. O en Arcadia.
Respecto a las armas, Ikana recargó la escopeta y le colocó el último dardo a la pirateadora automática, y le entregó la palanca al Big Daddy, que con toda seguridad la usaría mucho mejor.
Roy, por su parte, no se encargó de hacer inventario, sino estuvo todo el viaje ocupado en crear una llave genética a partir de la muestra de sangre recogida por la pequeña
- ¿Bien? - Preguntó ésta, con su rostro inexpresivo ladeado y sus ojos brillantes mirándolo fijamente. Pero Roy sonrió y asintió, entregándole el premio prometido: Un tarro de miel, lleno hasta los topes. Y la pequeña estuvo entretenida durante el resto del paseo.

- Cuando salgamos allí, va a ser el infierno. - Suspiró Diamond, según se acercaban a la zona del Kashmir. - Puede que le hayamos puesto los puntos sobre las íes a Ryan, pero lo cierto es que él tiene Rapture en la palma de su mano. ¿Habéis oído hablar del sistema de feromonas? - Suspiró. Para no darse cuenta de cómo su ciudad se estaba yendo al garete, Ryan había mostrado una gran capacidad de previsión. - Fue algo que se empezaba a probar tras la muerte de Frank Fontaine, cuando Ryan se hizo con el negocio de plásmidos. Se dio cuenta de que necesitaba una forma de mantener el control, de que si los habitantes de Rapture se volvían locos, él aún podía sacar algo bueno. Y ahora, gracias a un sistema de feromonas, puede controlar a todos y cada uno de los splicers.
- Es decir, que estamos muertos. - Replicó Roy. - Menudo panorama.
- Todos los splicers van a saltarnos encima para cortarnos el paso. - Accedió ella. - Y probablemente sean muchos más de los que hemos visto hasta ahora. Pero no estamos muertos. - Los miró, a los tres. A la pequeña que comía miel directamente del tarro, al monstruoso Big Daddy que gruñía atento, y a Roy. El interesado ingeniero del que Ikana sabía que sólo podía fiarse mientras a él le conviniera. - Estamos vivos, y vamos a salir de aquí de la misma forma. - Puede que Andrew Ryan fuera más poderoso, puede que jugase en casa, que sus fuerzas fueran más numerosas... - Pero tenemos algo de lo que ellos carecen, algo muy importante. - Respiró hondo. - Determinación. Determinación por ver el sol de nuevo, por recuperar una vida digna en la superficie. - Miró al grandullón. - Determinación porque nuestra pequeña recupere la infancia que Rapture le arrebató.
- Bueno... Técnicamente, Rapture es prácticamente la hija de Ryan, al menos en su cabeza. - Repuso Roy.
- Técnicamente, - replicó Ikana. - Estamos obligándolo a dividir sus fuerzas. ¿Que prefiere priorizar? ¿Combatir a Atlas, o detenernos a nosotros?

Podían conseguirlo. El riesgo de que huyeran de Rapture y su secreto dejar de serlo era demasiado peligroso para Ryan. Era obvio que les mandaría escuadrones enteros de splicers para impedírselo, para guardar su secreto. Era obvio que estarían a punto de morir. Pero no pensaba darse por vencida. Nunca se daría por vencida. Diamond sabía los riesgos cuando se embarcó en aquella misión. Todos lo sabían.
Iban a rebelarse contra la ciudad entera... Si no les caían encima el equivalente en splicers, casi sería subestimarlos.
Así que no fue ninguna sorpresa cuando, al emerger en el muelle del Centro de Bienvenida, en el lugar opuesto a la batisfera del Faro, se encontraron con todo un ejército de splicers.

- ¡Muy bien, muchachos! - Dijo el splicer que estaba más cerca de la salida, cuando la compuerta de la batisfera chirrió para abrirse, con su arma apuntándolos. - Salid despacio, entregad a la mocosa, y os prometo una muer... - El golpetazo de un frasco de miel en la cara lo dejó sin aliento, y el escopetazo de Roy lo dejó sin vida. Pero también pareció ser el pistoletazo de salida para que el resto de splicers, que se mantenían expectantes, se abalanzaran sobre ellos.
Disparos, granadas, proyectiles ígneos... El escudo del Big Daddy los interceptó, con un bramido, y procedió a embestir entre ellos, con Diamond y Roy detrás. Y comenzó la carrera, la recta final. La recta por su libertad, por sus vidas.

Bunker iba primero, convertido en una locomotora cuyas embestidas derribaban a todo aquel que se ponía en su camino. Splicers matones, de granadas... Las bombas estallaban contra el escudo del grandullón, haciendo un sonido parecido al que hacían los huesos cuando los aplastaba contra las paredes.
También, al parecer, alguien había conseguido hechizar a un Big Daddy para ponerlo en su contra, pero no supuso mucho problema, ya que no trataban de matarlo, e Ikana se limitó a congelarlo en el sitio, aunque tuvo que recurrir a todas sus reservas de EVE. Durante los siguientes minutos, tuvo que recurrir al fusil semiautomático que robó a un splicer derribado por Bunker, hasta que Roy le pasó una aguja.
Aquello era una locura. Una auténtica locura. Ikana y Roy trataban de usar las curvas naturales del terreno para cubrirse, protegiéndose de los disparos y las granadas, con un bot de seguridad domesticado por el ingeniero, pero cuantos más enemigos pasaban sin matar – y no podían permitirse detenerse a matarlos a todos – más enemigos tenían detrás, y más veces tenía que volverse Bunker para proteger la retaguardia, con Alice gritando de miedo.

No podían seguir así. Tarde o temprano la marabunta que los perseguía se uniría al a marabunta que los esperaba delante. Los estaban acorralando, y todos lo sabían aunque ninguno quisiera admitirlo. Y al final, ocurrió lo que tenía que pasar, cuando se encontraban en uno de los túneles acristalados que comunicaban entre edificios: Un plásmido eléctrico trató de alcanzar, sin éxito, a Roy o a Ikana, y aterrizó en el colosal Big Daddy, haciéndolo arrodillarse, paralizado. Los iban a atrapar. Y entonces Roy se volvió, con una brillante idea, agarrando a Ikana del hombro y obligándola a detenerse. - Así que nos queréis a nosotros, ¿Eh? - La miró, rezando por que comprendiera el plan. Eran demasiados para diezmarlos con su escopeta, con las armas de las que disponían. Bombas, armas de fuego, splicers araña... Incluso el Big Daddy salvaje, que se había librado del hielo y ahora los seguía junto a la horda de splicers. Demasiados para librarse de ellos directamente. Pero no pensaba hacer tal cosa. - Siento aguaros la fiesta.

Un splicer araña se lanzaba hacia él, pero Roy no estaba como para atenderlo: Estaba ocupado en disparar contra la pared, la zona de unión entre las vigas metálicas y la cristalera que cubría el pasadizo, el punto débil de la infraestructura. Una vía de agua a presión barrió de allí al splicer, aumentando de tamaño según el agua conseguía abrir un mayor agujero, ayudado por las balas que le quedaban a Roy, convirtiendo la fuente en un muro de agua que inundaba el pasadizo. Entonces, miró a su compañera y asintió. Y ella sonrió, sabiendo exactamente lo que tenía que hacer.
Mirando a los splicers que trataban de atravesar la corriente de agua, la mujer rubia sonrió. - ¡Hai hai! - Se despidió en finés, y procedió a congelar el muro de agua, con splicers incluidos, creando una barrera helada entre ellos y sus perseguidores, congelando a los más adelantados y reduciendo en gran medida sus atacantes.
No era una barrera perfecta, no era eterna, pero por el momento, era la que necesitaban. Y, sin tomarse ni siquiera un respiro – únicamente un pinchazo de EVE para recuperar las reservas de Ikana – el grupo prosiguió su camino, entrando al Kashmir.

La zona donde había comenzado todo. Donde la pequeña Alice, que ahora iba subida al hombro de Bunker, hacía su ruta cuando Ikana y Roy se la encontraron. Apenas habían pasado unas horas. Apenas un par de días, desde que Roy había sacado a Ikana y la había llevado allí. Parecían semanas y semanas. Toda una vida vivida. Peleando y haciendo tratos con adictos mutantes, para volver a pelear con ellos cuando los rompían. Cuando había llegado allí, Roy apenas había tomado un arma, pero ahora, su fiel escopeta era prácticamente una extensión de sí mismo, o al menos así lo sentía. Donde antes apenas quedaban un par de splicers rondando en busca de cadáveres con ADAM, ahora había cuadrillas de ellos, esperando a aniquilar al grupo de viajeros antes de que llegaran a la batisfera.

Pero había algo que no había cambiado. Cuando el primero de ellos los apuntó con un arma, lo único que pudo hacer fue ser aplastado, contra la pared, por el escudo blindado de Bunker. A continuación, el grandullón arremetió contra el siguiente, pero éste desapareció con un chasquido para abalanzarse por detrás hacia él, siendo congelado por Ikana. Esa era otra de las cosas que había cambiado: Aunque no habían pasado mucho tiempo juntos, nuestros protagonistas habían aprendido a compenetrarse al luchar, habían aprendido que lo que no podían ganar solos, podían ganarlo con ayuda.
Pero la intensidad de aquella última batalla, la carrera, el gran número de enemigos que los acosaba por todas partes... Era simplemente demasiado, sobre todo una vez los de atrás comenzaron a sobrepasar el hielo. Y Bunker se quitaba splicers araña que trataban de acuchillarlo o de robarle a Alice, mientra que Ikana congelaba a los splicer Houndini que lograban arrebatarle a la pequeña antes de que lo hicieran. Una bola de fuego casi golpea a Roy, al que las gafas de protección que siempre llevaba salvaron de tener más que una cara chamuscada.

La misión final. El asalto más masivo que habían recibido, sin poder siquiera contar sus enemigos. Al llegar a la estancia principal del Centro de Recepción, con el Jardín de Recolectoras en lo alto de las escaleras,Bunker apenas conseguía librarse de los splicers que se le subían encima, mientras que Ikana y Roy, que se habían quedado sin balas, tuvieron que recurrir a sus ataques cuerpo a cuerpo, con la primera recuperando su palanca y el segundo tomando la escopeta por el cañón tratando de repartir con la misma fuerza que Ikana.
- ¡No te pares! - Gritó ella, cuando él se detuvo a pasarle la última reserva de EVE. - ¡A la batisfera!
- ¡No podremos! - Gritó Roy, interponiendo la escopeta entre él y el gancho de un splicer araña. - ¡Son demasiados!
Efectivamente, eran demasiados. Pero, por el momento, sólo por el momento, ellos eran mejores. Ellos tenían al Big Daddy. Y no era un Big Daddy cualquiera: El primer y único modelo Bunker. Embistiendo ferozmente, con el rojo centelleando en su escafandra, el coloso se abrió camino entre los splicers, aplastando a todos los que se encontraba a su paso, y los llevó hasta las escaleras, mientras oían, tras ellos, los pasos de un Big Daddy, probablemente uno hechizado. Uno que había logrado, gracias a su taladro, sortear la barrera de hielo.

Sin detenerse, bajaron la escalera prácticamente rodando por ella, y cuando lo hizo Bunker, tras ellos, golpeó la puerta, derribándola y encajándola para retrasar a sus perseguidores. La cámara de seguridad que habían encontrado la vez anterior parpadeo con una luz roja, pero un balazo de Roy la apagó para siempre, y el equipo entabló su última carrera hacia la batisfera. Pero los splicers tenían caminos que sólo ellos conocían, agujeros entre las estancias, en las paredes, por los que los splicers arañas salían como... Bueno, como arácnidos, escalando por el techo y saltando sobre ellos. Ikana, en cabeza, fue la que abrió la puerta de la batisfera, la primera que entró llevando a la pequeña Alice de la mano. Cuando Roy las siguió, con la llave genética, un splicer Houdini le cayó encima.
- Hola, nene. - Sonrió, malevolamente, con su rostro mutante y una bola de fuego preparada. Pero no llegó a dispararla: Una mano lo agarró de la espalda. Bunker lo estrelló contra el borde del escudo, y lo lanzó luego contra otro splicer. Pero, para entonces, la sala entera estaba rodeada de mutantes, que se acercaban al muelle por todos los ángulos.
- No. - Roy tragó saliva, retrocediendo hacia la batisfera. - No. Son demasiados. No podremos salir de aquí.
Sin balas, sin EVE, no podían hacer nada contra todos aquellos splicers. No podrían librarse de ellos. Se lanzarían contra la batisfera. La destruirían y la inutilizarían. La abrirían como una nuez y los matarían a todos. Lo único que los separaba, lo único que impedía que se abalanzasen sobre ellos... Era el colosal Big Daddy, cuyo escudo, como siempre, los mantenía a salvo, bloqueando el acceso al vehículo. Bunker.

El Big Daddy se volvió, entonces, y los tres pudieron admirar el brillo multicolor que había en sus ojos, mientras miraba a Alice.
- Señor... Pompas. - Musitó ésta. Pero entonces, el primero de los splicers se abalanzó sobre ellos, seguido por los demás, y Bunker se volvió, con un rugido salvaje, con intención de enfrentarse él sólo a la horda de splicers, si con eso podía impedir que llegaran a la batisfera.

Y así, tanto Roy como Ikana hicieron lo que sabían que tenían que hacer, su última oportunidad de salir de allí, antes de que alguno de aquellos monstruos llegase hasta el vehículo de su salvación. Cerraron la puerta de la batisfera, sintiendo que al hacerlo aplastaban en medio sus corazones. Alice gritó, pegándose a la puerta, al ver al Big Daddy comenzar a ser superado por sus enemigos.

- ¡No! - Gritó la pequeña, aplastando la cara contra el cristal. - ¡Señor Pompas! ¡No, ven! ¡Ven, Señor P.! - Al oírla, el grandullón se volvió levemente hacia ella, pero sus ojos... Sus ojos ya eran todo rojos, su escafandra ardía con la furia de un padre protector. Y en vez de hacer lo que habría hecho un Big Daddy corriente, en vez de recuperar a su pequeña al coste que fuera, se volvió contra los splicers y barrió con el escudo, deshaciéndose de unos cuantos antes de que otros suplieran su lugar.
Y dio un golpe al suelo con el escudo, con tal fuerza que levantó una pequeña ola que sacudió la batisfera alejándose del borde, aturdiendo a todos los splicers de la sala. Y bramó, por encima de los gritos de la pequeña. Y al oírlo, tanto Roy como Ikana, tuvieron clara una cosa: No importaba cuantos splicers hubiera allí, intentando matarlo o sortearlo. Porque él era el rey de la sala, el defensor definitivo. El único e inimitable, Bunker I.

Pero la emoción al oírlo establecer su superioridad no duró mucho. La batisfera se sumergió, por fin, y lo único que pudieron oír fue a la pequeña, mientras se alejaban bajo el agua. - ¡No! - Gritaba, entre lágrimas. - ¡Señor pompas! ¡Señor Pompas, no te vayas! ¡No!
Pero no se podía hacer nada. Tanto Roy como Ikana lo sabían. Nunca se había podido. Lo habían sabido desde el principio: Ni en el remoto caso de que el grandullón hubiera entrado en la batisfera habrían podido hacer nada por él. Al igual que todos los demás Big Daddies, Bunker pertenecía a Rapture. Una bestia despojada de su identidad, de su rostro y de su cuerpo, domesticada al servicio de Ryan, Fontaine y su horrendo sistema. Pero, a pesar de todo, había alguien que lloraba por él. A pesar de no ser nada y no ser nadie, una pequeña derramaba sus lágrimas gritando su nombre. Una pequeña que Roy había escogido por inexpresiva, estaba llorando por su padre.

Sintiendo un arrebato de ternura por aquel momento, Ikana la abrazó suavemente desde atrás. Al notarla, el llanto de la pequeña se convirtió en meros sollozos, mientras veían alejarse donde Bunker aún debía de estar luchando por su vida. Diamond le dio la vuelta, mirando a sus ojos brillantes dorados. - Está bien. - Le sonrió. - Él está bien.
- ¿E-el Señor Pompas? - Preguntó la pequeña. - ¿Bu-Bunker?
- Así es. - Respondió Ikana. - Está aquí, con nosotros. Aquí. - Dijo, poniendo la mano en el pecho de la pequeña. - Aquí, siempre estará contigo, estés donde estés.
Y ahora por fin estaban en el lugar correcto. Después de tanto tiempo. Después de todas las batallas, después del teniente, de Star, de Ryan y de todo. Por fin, estaban camino a casa. Al mundo real. Saliendo de aquella pesadilla interminable que representaba Rapture.

- Ahora usaré la radio para llamar a mi socio, que tiene un barco en Islandia, y...
- No. - Lo interrumpió Ikana, que no quería saber nada de lo que harían después. - No quiero saber nada de socios. Vayámonos a París. Quiero ir a París.
- ¿Qué tenéis todos los europeos con París? - Preguntó él, sonriendo y comprendiendo, pero ella ya no le hacía caso, sino que le canturreaba a la pequeña, acurrucada en su regazo, una canción.

- Quand il me prend dans ses bras
Il me parle tout bas
Je vois la vie en rose

Il me dit des mots d'amour
Des mots de tous les jours
Et ça me fait quelque chose...

Y así, con La Vie en Rose acunándolos, no sólo a la pequeña, sino a los tres, se elevaron por las aguas. Alejándose de la pesadilla, volviendo a un mundo donde los únicos peligros que había eran los de la Guerra fría. Un mundo abierto, sin hombres superiores como Andrew Ryan o Frank Fontaine. Sin adictos mutantes. La pequeña cerró los ojos, acunada por Ikana y su canción, y hasta el propio Roy apoyó la cabeza en su hombro. Diamond no había olvidado su intento de traición, ni todo lo que habían hecho... Pero, en el fondo, daba igual. Daba todo igual. Porque estaban saliendo de Rapture. Estaban haciendo lo imposible. Estaban volviendo al mundo normal.

Y, finalmente, en un momento sólo calificable de mágico, rompieron la superficie. El pequeño espacio al que estaban confinados - que les parecía demasiado grande sin la puerta del grandullón ocupando la mitad - se abrió, ante el muelle que había en el interior del faro. Tomando en brazos a la Little Sister, Ikana siguió a Roy, que salió en dirección a las escaleras.

- ¿Y qué pasará ahora? - Le preguntó, subiendo tras él. - ¿Quién se supone que tiene que venir a por nosotros?
- Mi socio. - Replicó Roy, con cierta alegría. - Un tipo importante en América, que me... nos ha ofrecido cierta suma, por todos los materiales que le llevemos de Rapture. Como esa jeringa de EVE que sigues guardando en la funda de la pierna, esa de la que nos hemos olvidado. O como por ejemplo, una muestra de tu sangre, o de la sangre de la pequeña.
- Que te quede claro. - Replicó ella. - Quien quiera que quiera acceder a ella tendrá que pasar por encima de mí. Si pretendes hacer negocios con ella...
- Nada de tráfico de personas, lo sé. - La tranquilizó Roy. - Ikana, no estamos en Rapture. Todo irá bien, ¿De acuerdo? Te dejaré participar en la negociación con mi socio.
- Está bien. - Accedió ella. - A propósito, ¿Cómo dijiste que se llamaba ese socio tuyo?
- ¿Mi socio? - Roy sonrió. - Johnson. Cave Johnson.

Y continuaron charlando sobre qué les depararía el futuro. Sabiendo que, al menos, no les depararía una tumba submarina, perdida de la mano de dios... Y, sin darse cuenta de la figura blanca, cubierta de yeso, que, aferrada con sendos ganchos metálicos a la trasera de la batisfera, los había seguido hasta allí. Kira, la splicer asesina de Sander Cohen, giró la cabeza sin rasgos para mirarlos, y se movió. Completamente silenciosa... Y completamente letal.